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Europa tras el 11 de septiembre
FELIPE GONZALEZ
Felipe Gonzalez es ex-presidente del Gobierno espa�ol

El papel de la Uni�n Europea en la nueva realidad internacional vuelve a ser 
objeto de preocupaci�n, tanto si se trata de hacer una contribuci�n 
espec�fica a la paz en el conflicto israelo-palestino cuanto si hay que 
tomar posiciones en relaci�n con las propuestas de Estados Unidos.

En realidad, la dimensi�n exterior de la construcci�n europea ha sido objeto 
de debates permanentes entre sus miembros, incluida la etapa previa a su 
constituci�n como Uni�n Europea. Pero, a partir del Tratado de la Uni�n con 
las propuestas monetarias que dieron lugar al euro, se plante� con agudeza 
sin precedentes la necesidad de avanzar hacia una pol�tica exterior y de 
seguridad com�n, junto a la creaci�n y desarrollo de un espacio de Justicia 
e Interior que permitiera luchar contra la criminalidad organizada en la 
Europa sin fronteras.

No s�lo la din�mica interna pon�a de manifiesto la incoherencia entre la 
potencia econ�mica y comercial de la Uni�n y su fragilidad como actor 
pol�tico en la escena mundial, sino que la ca�da del muro de Berl�n, la 
desaparici�n del Pacto de Varsovia y la subsiguiente liquidaci�n de la Uni�n 
Sovi�tica, obligaban a revisar el papel de la Organizaci�n del Tratado del 
Atl�ntico Norte y, por ende, el de los socios europeos, estuvieran o no 
integrados en el Pacto Atl�ntico. Un nuevo orden internacional -pol�tico y 
de seguridad- trataba de emerger y los europeos deb�an situarse en �l.

Hace m�s de una d�cada, en Roma, se plante� a fondo la adaptaci�n de la OTAN 
a las nuevas circunstancias. Ni por un solo momento se cuestion� su 
pervivencia frente a la desaparici�n del enemigo de referencia. Desde 
entonces, como si el v�nculo con EE UU nos defendiera de nosotros mismos, no 
s�lo de la amenaza sovi�tica, la UE ha reiterado, una y otra vez, que 
cualquier paso en la direcci�n de desarrollar la pol�tica exterior y de 
seguridad exclu�a el distanciamiento del Pacto Atl�ntico, e inclu�a 
-expresamente- la lealtad con el socio americano. Cualquier desarrollo de 
una pol�tica de defensa y seguridad europeas se conceb�a, como m�ximo, como 
el reforzamiento del pilar europeo de la Alianza.

No pod�a ser de otra manera, no s�lo por la historia que acabo de recordar, 
sino por la incapacidad y/o la falta de voluntad de los pa�ses de la Uni�n 
para dotarse de medios que permitieran desarrollar un papel relativamente 
aut�nomo del socio americano. Como no se ha inventado una pol�tica exterior 
relevante sin el acompa�amiento de una pol�tica de seguridad, este factor ha 
de tenerse en cuenta para cualquier aproximaci�n a nuestro papel como 
europeos en el nuevo escenario mundial.

Para no generar confusi�n debo aclarar que he defendido en los debates 
europeos el mantenimiento del v�nculo atl�ntico como la f�rmula m�s adecuada 
para la seguridad europea. Pero esta aproximaci�n me parec�a compatible con 
un esfuerzo europeo mayor y con la definici�n de un papel propio compatible 
con esos v�nculos.

Los desaf�os planteados por la revoluci�n tecnol�gica -mundializaci�n de la 
informaci�n, de la econom�a o de las finanzas- no han sido considerados en 
los debates europeos sobre su papel en el mundo, hasta que los movimientos 
antiglobalizaci�n han irrumpido con fuerza en los foros internacionales m�s 
diversos, incluidos los de la Uni�n Europea.

Por eso, a pesar de la aceleraci�n introducida por la din�mica interna en la 
d�cada de la galopada europea, y los acontecimientos externos desde la ca�da 
del muro de Berl�n, la discusi�n sobre la pol�tica exterior y de seguridad 
no incorporaba ese factor clave en la transformaci�n del mundo que ha venido 
en llamarse la globalizaci�n.

Y, cuando el debate sobre los efectos de la globalizaci�n empezaba a tomar 
cuerpo, en particular en relaci�n con la mayor o menor capacidad de EE UU 
para responder eficientemente al fen�meno en t�rminos de competitividad, el 
terrible atentado a las Torres Gemelas y al Pent�gono cambia radicalmente el 
escenario en materia de seguridad internacional.

Adem�s, la crisis de la econom�a estadounidense arrastr� en pocos meses a la 
Uni�n Europea, dejando al pairo la pretendida autonom�a de Europa en materia 
econ�mica y su capacidad para tomar el relevo de la locomotora americana.

La Uni�n Europea, tras el 11 de septiembre, ni siquiera es mencionada por el 
presidente norteamericano en el discurso sobre el Estado de la Uni�n. En la 
nueva pol�tica de seguridad americana, ni la Uni�n Europea, ni siquiera la 
OTAN, parecen tener un papel relevante.

La conclusi�n de estos dos elementos combinados -poca relevancia en la 
econom�a global y menos en la seguridad global- se refleja en el fracaso de 
la iniciativa de reconocimiento del Estado Palestino en el Consejo de 
Asuntos Generales del d�a 18, corrigiendo la predecisi�n del Consejo 
informal de C�ceres.

El eje del mal ocupa todo el espacio acompa�ado de un incremento 
espectacular en los gastos de defensa estadounidenses. El discurso es una 
clara definici�n de la voluntad de Estados Unidos de hacer una pol�tica 
unilateral en materia de seguridad internacional, que dispondr�, seg�n sus 
prioridades, de las alianzas que considere convenientes en cada ocasi�n.

Cuando se produjo el ataque del 11 de septiembre, defend� la necesidad de 
una pol�tica solidaria con Estados Unidos. La Uni�n Europea ten�a y tiene 
dos buenas razones para hacerlo. La primera, porque la amenaza terrorista no 
va dirigida s�lo contra Estados Unidos, sino contra todos, y todos debemos 
contribuir a su erradicaci�n. Y, en segundo lugar, Europa se la debe a 
Estados Unidos por su ayuda en las dos terribles guerras mundiales que 
provoc�.

Sin embargo, las declaraciones de incondicionalidad con cualquier propuesta 
estadounidense en la lucha contra la nueva amenaza terrorista me preocuparon 
tanto como las posiciones de distanciamiento ante los atentados. Una 
relaci�n leal con Estados Unidos, de solidaridad plena con el dolor, nos 
obliga a discutir seriamente, como socios, no como s�bditos, lo que haya que 
hacer para combatir la amenaza del terror. S�lo una solidaridad sin sumisi�n 
puede ayudarnos a definir en qu� consiste la amenaza y qu� estrategia 
compartida se debe desarrollar.

Ahora, cuando el socio americano ha o�do reiterar aprior�sticas 
incondicionalidades, tenemos una gran dificultad para reaccionar aclarando 
que no todo lo que proponga es aceptable. Por ejemplo, atacar a Irak, o 
amenazar a Ir�n favoreciendo a los m�s integristas (los que hablan del 
imperio del mal refiri�ndose a Estados
Unidos), o dar una relevancia que no tiene al s�trapa norcoreano, poco o 
nada tiene que ver con la eficacia en la lucha contra el terrorismo 
internacional e, incluso, puede contribuir a escalarlo.

Ahora se torna m�s dif�cil explicar que la amenaza del terror es ubicua, que 
puede no estar ligada a ning�n Estado o naci�n como tal, y dirigirse a no 
importa qu� pa�s u objetivo, con procedimientos e instrumentos que poco o 
nada tienen que ver con los conflictos cl�sicos.

Ahora tendremos que recuperar el espacio perdido por otra estupidez 
propalada sin descanso, que declama que esos actos terroristas no tienen 
explicaci�n, confundiendo -intencionadamente- que no sean justificables con 
que no sean explicables. �C�mo combatir lo que no tiene explicaci�n? �C�mo 
prevenir racionalmente acciones de terror futuras si renunciamos a 
explicarnos lo que las engendra, aunque esas pr�cticas sean injustificables?

La nueva realidad ha reabierto el debate europeo sobre su papel en la 
globalizaci�n. Y este debate se ha agudizado con las cr�ticas de algunos 
dirigentes europeos y las respuestas estadounidenses. Pero, en todos los 
supuestos, crece un sentimiento de p�rdida de relevancia, oculto, con 
frecuencia, tras la afirmaci�n de que la Uni�n no quiere jugar un papel en 
materia de defensa y seguridad, como si su vocaci�n �nica fuera la de 
potencia ben�fica, sin el respaldo de un poder defensivo propio.

No parece adecuado, ni siquiera posible, que la Uni�n Europea compita en 
presupuestos de defensa con Estados Unidos, pero una pol�tica de seguridad, 
que acompa�e al prop�sito de aumentar la relevancia de Europa en pol�tica 
exterior, es absolutamente imprescindible. Si ni siquiera llegamos a un 
acuerdo para desarrollar un avi�n propio de combate, �c�mo podemos esperar 
que coordinemos las pol�ticas de defensa y seguridad, modificando la 
estrategia de nuestras fuerzas armadas para objetivos que son comunes y 
diferentes a los del pasado?

El problema no es definir nuestros gastos de defensa en funci�n de los de 
Estados Unidos, sino considerar -en serio- cu�les son nuestras necesidades 
de acuerdo con nuestros objetivos. Si el razonamiento se hace al rev�s, es 
una tonter�a afirmar que queremos jugar como potencia regional relevante 
para evitar el creciente unilateralismo.

Podemos seguir pagando las facturas de las m�ltiples reconstrucciones que 
nos esperan. Podemos emplear efectivos en la ayuda al mantenimiento de la 
paz. Pero seguiremos sin pesar, o disminuyendo nuestro liviano peso en el 
proceso de toma de decisiones que define la orientaci�n que quiere darse a 
la pol�tica de paz y seguridad en el mundo global.

�En qu� consiste la potencia europea?

>http://www.elpais.es/articulo.html?xref=20020223elpepiopi_8&type=Tes&anchor=elpepiopi&d_date=20020223



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    cortesia de Anibal Monsalve Salazar

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