Colext/Macondo Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior --------------------------------------------------
Sigue el debate en Espa�a por la canonizaci�n de Isabel la Cat�lica. He aqu� otra opini�n fundada en hechos hist�ricos. ELPAIS.ES EDICI�N IMPRESA > opini�n Otra santa m�s para la guerra Por JOS� �lvarez Junco: es catedr�tico de Historia del Pensamiento Pol�tico y los movimientos Sociales en la Universidad Complutense. Su libro mas reciente es Mater Dolorosa. La idea de Espa�a en el siglo XIX (Taaurus 2001) No ha podido ser m�s inoportuna la propuesta aprobada por la Conferencia Episcopal Espa�ola de que se reavive el proceso de beatificaci�n de Isabel la Cat�lica, iniciado por sus antecesores en tiempos de Franco y P�o XII. Vivimos momentos de m�xima gravedad en el conflicto israelo-palestino que envenenan diariamente jud�os ultraortodoxos y partidarios de la jihad isl�mica en su pugna por lugares y territorios que ambos consideran santos. En la India, en estos �ltimos d�as, y tambi�n disputando por un lugar sagrado, hind�es y musulmanes se han dedicado a quemar trenes atestados de gente (el fuego es un medio de liquidaci�n del adversario muy del gusto de las religiones, porque purifica, elimina cualquier resto de contaminaci�n mal�fica). Y desde Argelia hasta Manhattan, los fundamentalismos religiosos atizan el enfrentamiento entre pa�ses y culturas, por si fueran peque�os los problemas de la modernizaci�n y de la dependencia. Las religiones, en resumen, est�n demostrando ser un factor que agrava, m�s que apacigua, los conflictos humanos. Y he aqu� que el catolicismo, quiz� por haber perdido algo de sus viejos fervores b�licos, no ha desempe�ado un papel destacado en estas luchas recientes. Yo dir�a que por suerte para �l. Los obispos espa�oles, sin embargo, no est�n contentos. Quieren participar. La Iglesia eleva a alguien a los altares porque lo propone como modelo de conducta para los cristianos. �Lo fue de verdad Isabel de Trast�mara? Alcanz�, para empezar, el trono de Castilla de una forma, cuando menos, pol�mica: disput�ndoselo a Juana, hija leg�tima, en principio, del rey Enrique IV y su segunda esposa, Juana de Portugal, y reconocida como heredera por las Cortes de Toledo de 1462. Pero Isabel, hermana del monarca, se apoy� en las fracciones nobiliarias, siempre deseosas de socavar el poder real, y foment� el rumor de que Juana era la Beltraneja, una hija adulterina de la reina, logrando al fin que fuera desheredada. Ello dio lugar, como se sabe, a una guerra civil, desarrollada en varias fases, antes y despu�s de la muerte de Enrique IV. Juana recibi� el apoyo del rey de Portugal, su t�o Alfonso V, que pensaba desposarse con ella. Pero Isabel contraatac� concertando su matrimonio con el pr�ncipe heredero de Arag�n, Fernando, y apresur�ndose a celebrarlo. Un obst�culo se opon�a a las prisas de los contrayentes: que eran primos, lo que obligaba a pedir una dispensa papal que tardar�a meses en llegar. La dificultad se resolvi� falsificando el documento, hecho sobre el que hay acuerdo un�nime entre los historiadores y que espero los se�ores obispos no encuentren modelo recomendable de conducta (porque ser�a arrojar piedras contra su propio tejado). A partir de ah�, se inici� la fase definitiva de la guerra civil, que acab� en 1479 con la victoria de Isabel y el bando aragon�s. Hasta aqu�, por tanto, no tenemos mucho de ejemplar en la vida de Isabel. Como aspirante al poder, no hab�a sido sino una h�bil jugadora en el tablero pol�tico, sin m�s escr�pulos con la ley o con los derechos de los otros candidatos de los que mostrar�a un aventajado disc�pulo de Maquiavelo. Pero no es �sta la principal raz�n por la que no deber�an proponer su beatificaci�n, porque lo m�s grave vino luego, cuando se convirti� en reina y se gan� el t�tulo de Cat�lica. Una vez instalados en sus dos tronos, los monarcas de Castilla y Arag�n emprendieron, como todo el mundo sabe, una guerra contra el �nico reino musulm�n que quedaba en la Pen�nsula, el nazar� de Granada. La guerra fue larga y termin� en victoria. Pero no por medio de la 'conquista de Granada', como suele decirse, sino por la capitulaci�n pactada de esta ciudad. 'Capitulaciones' se llamaron, en efecto, a las condiciones firmadas por Isabel y su esposo, por las que el reino entr� bajo la soberan�a castellana, pero comprometi�ndose a respetar la lengua, la religi�n, la forma de vestir y las autoridades judiciales tradicionales de los hasta entonces s�bditos de Boabdil. Cl�usulas semejantes se hab�an pactado en previos avances cristianos hacia el sur y algo de tolerancia y de convivencia multicultural hab�a tenido lugar, en efecto, en el Toledo de Alfonso VI o la Sevilla de Alfonso X. Pero esta vez no iba a ser as�. Durante los primeros a�os, los reyes mantuvieron en el obispado de Granada a Hernando de Talavera, fraile culto y paciente que intent�, desde luego, la conversi�n de los musulmanes, pero por m�todos pac�ficos, limitando la actuaci�n de la Inquisici�n y haciendo que sus predicadores aprendieran el �rabe para facilitar la aceptaci�n de su mensaje. A Talavera -a quien nadie propone canonizar hoy- le sucedi� Cisneros, que emprendi� la evangelizaci�n de los musulmanes granadinos por m�todos coactivos mucho m�s directos, con lo que forz� r�pidamente unos miles de conversiones, pero tambi�n provoc� dos sublevaciones sucesivas, en el Albaic�n y las Alpujarras, reprimidas sin contemplaciones por orden de la propuesta beata y su esposo. El 14 de febrero de 1502 -acaba de cumplirse el medio milenio, aunque ha pasado desapercibido-, la real pareja decidi�, por fin, desentenderse de aquellas 'Capitulaciones' que hab�a firmado con toda solemnidad diez a�os antes. Y se decret� la expulsi�n de todos los granadinos que no aceptaran la conversi�n al cristianismo. No quiero en este art�culo discutir el acierto o la necesidad pol�tica de aquella medida, sino juzgarlo como ejemplo moral. Y, francamente, no me parece que est�n los tiempos como para erigir en modelo de conducta a quienes, por un lado, desprecian de manera tan descarada la palabra dada y, por otro, imponen su religi�n por medios tan violentos. Una imposici�n que se repetir�a en esa Am�rica en la que tantas almas se 'conquistaron', seg�n constatan con satisfacci�n los obispos. Con los musulmanes, los reyes no hac�an sino repetir la f�rmula utilizada diez a�os antes con los jud�os. El decreto de conversi�n forzosa o expulsi�n de los jud�os se hab�a dictado, en efecto, en la primavera de aquel c�lebre 1492, s�lo tres meses despu�s de la capitulaci�n de Granada. En este caso hubo una circunstancia agravante, ya que, seg�n parece, los monarcas aprovecharon la expulsi�n para desembarazarse de una comunidad con la que hab�an contra�do graves deudas durante la guerra granadina. De nuevo evitar� debatir aqu� si la paz social que gan� el pa�s con la homogeneidad religiosa compens� la p�rdida que supuso la expulsi�n de aquel sector social tan din�mico intelectual y profesionalmente. Ahora s�lo se trata de evaluar la cat�strofe humana que provoc� la medida, el desprecio que mostr� la reina hacia el sufrimiento de sus semejantes: unas cien mil personas, al menos, hubieron de abandonar la tierra donde sus antepasados hab�an vivido m�s de un milenio, se vieron obligados a malvender sus propiedades y a emigrar sin poder llevarse el oro o la plata obtenido en la venta, con las imaginables secuelas de muertes de ancianos y ni�os en el camino y de ejecuciones ejemplares para quienes se resist�an a obedecer la orden. Hay todav�a rincones en Europa donde los descendientes de aquellos sefard�es conservan y cultivan su castellano del siglo XV y recuerdan con nostalgia aquella Sefarad de la que tuvieron que salir por orden de la reina cat�lica. �C�mo pueden recibir la noticia de la beatificaci�n de la firmante de aquel decreto? Puede que los obispos se hayan planteado esta pregunta y puede que no, pero en ambos casos parecen tener, ante esta poblaci�n, una insensibilidad parecida a la que mostr� aquella reina a la que hoy quieren beatificar. Tampoco terminan ah� los agravios. Otro m�s hay, esta vez inferido a la humanidad en su conjunto, a la libertad de pensamiento y expresi�n, al mundo moderno que anunciaba su aparici�n y a la comunidad intelectual en especial. Al comienzo mismo de su reinado, Isabel de Castilla, con el pretexto de vigilar la ortodoxia de los judeo-conversos y castigar a quienes recayesen en sus antiguos cultos, extendi� a Castilla el Tribunal del Santo Oficio. No es que hasta entonces no se hubiera reprimido la 'herej�a' -es decir, las interpretaciones del mensaje b�blico diferentes a la mantenida por la Iglesia-, pero este rinc�n de Europa se hab�a resistido a establecer un tribunal especial encargado de tal misi�n. Sigui� resisti�ndose, tras adoptar la medida los Reyes Cat�licos, como demuestra el asesinato del inquisidor Pedro de Arbu�s en Zaragoza. Pero a la postre los reyes impusieron su voluntad. Y como los jud�os y musulmanes acabaron siendo expulsados, sus sucesores, convertidos por ley en cristianos, cayeron bajo la jurisdicci�n inquisitorial, al igual que cay� todo sospechoso de albergar ideas innovadoras que pudieran atentar contra el dogma. Durante m�s de tres siglos, el tribunal pesar�a como una losa sobre cualquier mente pensante del pa�s y apartar�a a �ste de la revoluci�n intelectual que sacudi� a Europa. Y del n�mero total de 'relajados' -condenados a la hoguera- por parte del Santo Oficio a lo largo de sus trescientos a�os de historia, aproximadamente la mitad correspondieron al cuarto de siglo inicial; justamente los a�os que dur� el reinado de aquella Isabel I que ahora los obispos espa�oles proponen para la beatificaci�n. Ellos sabr�n. O de verdad se consideran mensajeros de una religi�n de paz y amor, y en ese caso adoptan gestos que ayuden a la reconciliaci�n y el apaciguamiento de los conflictos humanos, o prefieren ser beligerantes en la pugna por el poder terrenal, invocando mandatos sobrenaturales. En este �ltimo caso, no hay duda de que hacen bien en beatificar a Isabel la Cat�lica, porque sus medidas ayudaron a afianzar la influencia social y el poder pol�tico de la Iglesia durante siglos. Pero me temo que la �nica opci�n que nos queda entonces a los dem�s, a quienes queremos legar a nuestros hijos una sociedad pac�fica y civilizada, consiste en pedir que el dinero p�blico destinado a educaci�n se dedique exclusivamente a impartir valores c�vicos, sin el menor contenido religioso. No por anticlericalismo, sino por vacunarnos contra futuros conflictos. Porque, a juzgar por los modelos de conducta que nos proponen, los obispos parecen decantarse por un tipo de religi�n peligrosa para la convivencia ciudadana. http://www.elpais.es/articulo.html?xref=20020313elpepiopi_9&type=Tes&anchor=elpepiopi&d_date=20020313 _________________________________________________________________ Hable con sus amigos en l�nea, pruebe MSN Messenger: http://messenger.msn.es -------------------------------------------------------------- To unsubscribe send an email to: [EMAIL PROTECTED] with UNSUBSCRIBE COLEXT as the BODY of the message. Un archivo de colext puede encontrarse en: http://www.mail-archive.com/[email protected]/ cortesia de Anibal Monsalve Salazar
