Colext/Macondo Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior --------------------------------------------------
- elpais.es opini�n La eficacia del 'se' Por MIGUEL HERRERO de MI��N Miguel Herrero de Min�n es miembro de la Real Academia de Ciencias Morales Y Pol�ticas. Se marcha, en todo el ancho mundo, con paso no firme, pero s� decidido, por la senda de la eficacia, no s�lo econ�mica, pero s� construida sobre patrones econ�micos. Y, por ello y para ello, se eliminan cuantos obst�culos puedan dificultar el camino hacia una m�s racional asignaci�n de recursos, algo cuya capacidad para hacer pan, aunque no siempre para distribuirlo y menos a�n para gustarlo, est� fuera de toda duda. En primer lugar, las cuestiones de escala. Una eficacia cuantitativamente medida requiere grandes dimensiones y por ello se precisa acabar con las barreras del tiempo y el espacio que, si persisten tenazmente aferradas a la mente cual b�rbaros prejuicios, pueden ser superadas merced a los progresos de la tecnolog�a. Despu�s, con las regulaciones que aspiran a tutelar valores ajenos al puro criterio de la eficiencia. Y, tras ellas, con las instituciones que supeditan la mera autonom�a de la voluntad y las estipulaciones que de ella surgen a criterios pretendidamente m�s estables y aun superiores. Por �ltimo, las diferencias de todo tipo que ocultan la pluralidad de intereses, de pr�cticas, de creencias y de valores; en dos palabras, de culturas e identidades que distorsionan, tanto en lo econ�mico como en lo pol�tico, la transparencia del �mbito, ll�mese o no mercado, que requiere el imperativo de la eficacia. En resumen, cuanto est� m�s all� de la oferta y la demanda. Queda en pie, cual vestigio de edades ya remotas, el Estado, en su tiempo, sin duda, util�simo artefacto para extirpar la violencia dom�stica y articular mercados nacionales, que alg�n ingenuo lleg� a calificar de obra de arte, pero que ya no responde a las exigencias de la eficacia e, incluso, resulta desde este supremo criterio, disfuncional. Disfuncional porque, por mucho que se privatice y desregule, contin�a empe�ado en monopolizar la producci�n y prestaci�n de determinados bienes p�blicos. Al menos, la seguridad interior y exterior que tan lucrativa puede ser en manos privadas, y todo eso que la funci�n p�blica mal gestiona con criterios ajenos a la eficacia como es la neutralidad o el servicio al inter�s general. �Hay, acaso, un inter�s superior al ajuste autom�tico del inter�s de todos? Incluso, merced al accidente hist�rico que fue el Estado social, hoy en v�as de superaci�n, algunos se empe�an en reservar al Estado cosas tales como la educaci�n, la salud y la previsi�n social con claro menoscabo de la competencia. Disfuncional porque, el Estado, aun despose�do paulatinamente de sus tareas gestoras, tiene pretensiones de seguir interviniendo en la vida social, ya como regulador del mercado, ya como estratega en la competencia econ�mica, cultural y pol�tica global, y todo ello supone trabas a la eficacia al introducir criterios ajenos a la misma, como es la justicia material en la distribuci�n de bienes -la palabra que hac�a temblar a Hayek-, las excepciones culturales, la salvaguarda de identidades pol�ticas, revestidas de vetustos prejuicios como la dignidad o el honor colectivos. Disfuncional, sobre todo, porque, en el marco de los Estados, se ha desarrollado o puede llegar a desarrollarse una opini�n p�blica y unas fuerzas pol�ticas democr�ticas, instrumentos de la ciudadan�a para imponer criterios que no siempre se ajustan a los imperativos de la eficacia. Hay ciudadanos tan ciegos e ignaros como para no querer apretarse el cintur�n cuando as� lo exige la correcta estabilidad de determinadas macromagnitudes, las m�s de las veces di�fanas como agua clara, o que pretenden mantener su identidad ya sea en la moneda, en la producci�n agraria, en el volumen de la circulaci�n rodada o en la lengua, cosas todas de ayer. Y su presi�n demag�gica puede entorpecer los imperativos de la historia bien conocidos por quienes los conocen. Sabido es que eso de la democracia est� muy bien como invento para legitimar la gobernancia, pero siempre que no dificulte la verdadera funci�n de �sta, el asegurar la eficacia. Ya sab�amos distinguir entre libertad y libertinaje y estamos a punto de diferenciar igualdad de igualdaje. �No confundamos democracia y demagogia! No ha faltado quien crea que la soluci�n est� en sustituir los Estados, tal como los conocemos, por estructuras hiperestatales de amplitud y nivel continental o, incluso, planetario. Pero, aparte de menudas dificultades t�cnicas, debidas en gran medida, a los at�vicos prejuicios del pueblo bajo, todo hace temer que si tales hiperestados llegaran a existir, con cuerpos pol�ticos tras ellos, capaces de vida democr�tica, los inconvenientes resultantes ser�an los mismos: af�n gestor de ciertos servicios, intencionalidad estrat�gica, presi�n demag�gica... Lo que sobra es el Estado mismo, como instancia pol�tica, democr�ticamente regida y voluntad de poder al servicio de su pueblo. Por ello lo mejor es acabar con �l y, en tanto no desaparece y deja paso a la pura administraci�n de las cosas por una mano invisible, m�s vale vaciarlo. �C�mo? Primero, poniendo las parcelas m�s importantes de la otrora llamada cosa p�blica, fuera del alcance de la presi�n demag�gica. Para ello est�n las llamadas administraciones independientes. �Es importante la pol�tica monetaria? Pues encomi�ndese a un Banco Central Independiente que no responda ante instancia pol�tica alguna y si se consigue que, por su car�cter supranacional tampoco lo contrapese una opini�n p�blica, tanto mejor. �Y por qu� no hacer otro tanto con la pol�tica presupuestaria, cuyo control bien sabido es que hist�rica y l�gicamente aparece unido al de la pol�tica monetaria? Lo mismo ocurre en sectores tan sensibles como la pol�tica energ�tica o el mercado de valores y cabe plantearse, una vez comprobado 'emp�ricamente' la excelencia del sistema, por qu� no hacer otro tanto con la polic�a o las fuerzas armadas. �Que los electores voten y los Parlamentos debatan -sin quitar demasiado tiempo a la eficiencia ministerial-, pero que no juegen con las cosas de comer! Segundo, privatizando cuanto haya que privatizar, comenzando, claro est�, por lo que sea m�s rentable, pero con la disposici�n, incluso, a hacer rentable lo que no parec�a tal. �Qui�n pod�a imaginar que iba a serlo la seguridad p�blica, cuando el Estado, durante siglos, desde la Santa Hermandad hasta la Polic�a Nacional ha invertido millones a fondo perdido -y debiera haber invertido m�s- en garantizar el monopolio de la fuerza y despu�s han surgido como ping�e negocio las compa��as de seguridad privadas? Privatizando los servicios p�blicos, desde la seguridad social a las comunicaciones, cuyo control se disuelve en un mercado financiero global, no cabe duda de que al viejo Leviat�n estatal se le han limado, �qu� digo?, arrancado las u�as. El temor a que, paralelamente, un an�nimo Beemoth desarrolle garras mucho m�s temibles, es irrelevante, porque la lectura y meditaci�n de Hobbes no se incluye entre los vigentes criterios de eficacia. Tercero y m�s definitivo, es preciso acabar con los cuerpos pol�ticos, esos �mbitos en que la vida democr�tica, con todas sus dificultades, resulta posible y la voluntad popular llega a ser decisiva e incluso puede reaccionar en defensa de su identidad y de las instituciones que la representan. Para ello hay tres v�as concurrentes. La primera es hipertrofiar la apertura de la sociedad -un valor en s� muy precioso y que m�s all� de ciertos l�mites puede ser tan pat�geno como el desarrollo cancer�geno de cualquier v�scera- hasta hacerla una sociedad abstracta, esto es, ajena a cualquier grupo humano concreto en la que s�lo se dan relaciones funcionales, pero no cordiales. En la que se intercambia, pero no se comparte, un peligro que ya se�alara el liberal Popper. La segunda es demonizar cualquier reivindicaci�n identitaria y la misma noci�n de derechos colectivos. Y eso se hace en nombre de los derechos individuales, por m�s que la mayor�a de �stos -reli-gi�n, educaci�n, lengua, expresi�n, participaci�n ciudada-na-, s�lo se puedan dar en el horizonte de aqu�llos. E incluso en nombre de esos mismos derechos, despreciados cuando de da�os colaterales se trata, se erosiona cuando no se niega la soberan�a e independencia de los Estados, �nico freno hasta ahora inventado a la arbitrariedad del m�s fuerte. Tercero, disolviendo el cuerpo pol�tico, cargado de afectos nacionales, en una cascada de instituciones cada vez m�s virtualmente eficaces hacia arriba y cada vez m�s cercanas al ciudadano hacia abajo, como si la verdadera cercan�a fuera m�s espacial que afectiva, como si el vivir-con los otros hasta vivir e, incluso, morir para los otros, propio de lo pol�tico, fuera cosa de vecinos y no de conciudadanos. A eso se llama subsidiaridad. As� se puede ser eficaz del todo. Ya no habr� un 'nosotros' que exija, reivindique, resista y, menos a�n, decida. El impersonal 'se' -la forma inaut�ntica por excelencia en la que cada uno se disuelve en la banalidad mediocre y pierde su identidad y responsabi-lidad- decidir� lo que convenga. http://www.elpais.es/articulo.html?xref=20020316elpepiopi_8&type=Tes&anchor=elpepiopi&d_date=20020316 _________________________________________________________________ Con MSN Hotmail s�mese al servicio de correo electr�nico m�s grande del mundo. http://www.hotmail.com/ES -------------------------------------------------------------- To unsubscribe send an email to: [EMAIL PROTECTED] with UNSUBSCRIBE COLEXT as the BODY of the message. Un archivo de colext puede encontrarse en: http://www.mail-archive.com/[email protected]/ cortesia de Anibal Monsalve Salazar
