Colext/Macondo
Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior
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Tomado de la revista Dinners marzo 2002
A la sombra del fusil
por: Antonio Caballero
A finales de julio del a�o pasado pas� unos d�as en la zona de distensi�n que
exist�a en el Cagu�n: en "esas lejan�as", como llamaba despectivamente a las
regiones de guerrilla el finado Alvaro G�mez Hurtado, que fue uno de sus
creadores intelectuales (sin duda involuntario). No quedan tan lejos, y ahora lo
estamos viendo con todav�a mayor claridad. Un vuelo a Florencia en un avi�n
de Aires que sal�a al amanecer. Los verdes oscuros de la cordillera, los verdes
claros y cambiantes de los llanos selv�ticos del Caquet�, surcados por las
aguas serpenteantes de los grandes r�os. En el aeropuerto cog� un taxi
amarillo, que en s�lo dos horas m�s y por ochenta mil pesos me llev� hasta
San Vicente. "San Virolo, hermano", me corrigi� el chofer, un hombre fuerte
y gordo de bigotazos negros y cejas de carb�n, contento como un ni�o. Me
inform�:
�Al norte, paracos; al sur, guerrillos. Nosotros estamos en la mitad.
Cogimos rumbo al sur. Yo iba a oirles la carreta pol�tico-ideol�gico-militar a
los guerrilleros, no a los paramilitares. La carretera azul, fincas ganaderas
llenas de vacas inm�viles, caser�os espaciados al borde de los r�os
resplandecientes sombreados de anchos �rboles, helader�as que vomitaban
canciones de Shakira, altas palmas de cumare, retazos deshilachados de selva
densa, cananguchales y lagunas donde hubo en otro tiempo boas gigantes que
de un solo bocado se tragaban a un humano, troncos mutilados y renegridos
por el fuego de desmontes recientes. A la izquierda, a lo lejos, temblorosa en
el calor de la ma�ana que empezaba a crecer como una cosa viva, la serran�a
todav�a casi sin cicatrices de cocales, rayada verticalmente de cascadas de
papel de plata. Cruzamos varios r�os, veinte ca�os, treinta quebradas, cuatro
retenes militares: uno del ej�rcito, otro de los paras, dos de las FARC. Mi
taxista, baquiano experto, saludaba al pasar, sin detenerse.
Al llegar a San Vicente del Cagu�n �helader�as, hoteles, restaurantes, un
parque florecido, cincuenta y siete taxis, infinidad de motos, bandadas de
ni�os y de ni�as en uniforme de colegio, olor a fritangas y a algod�n de
az�car; no vi putas, pero ser�an apenas las nueve de la ma�ana� pregunt� por
la Casa de la Cultura, y en la Casa de la Cultura por la camarada Nora, que me
atendi� displicente y armada con un fusil. Siguiendo sus instrucciones contrat�
otro taxi amarillo manejado por un muchacho flaco y muy esc�ptico sobre el
"proceso de paz", que me llev� a Los Pozos por una carretera destapada,
esquivando los huecos con una sola mano. Pedacitos de monte a�n intacto, y
m�s desmontes de fincas, y m�s vacas inm�viles amarillas y blancas,
masticando o mir�ndonos pasar. No vi cocales. Supuse que estar�an m�s
adentro, o que los ahoga el polvo rojo del camino, quiz�s.
En Los Pozos, dos cartelones inmensos con los retratos de Manuel Marulanda
y Jacobo Arenas, los mitol�gicos jefes de las FARC. Bajo los toldos blancos
de la "mesa de di�logo", o como se llamara aquella cosa, me esperaban Ra�l
Reyes, barbado y did�ctico, Iv�n R�os, barbado y po�tico, y Gabriel Angel,
imberbe y novel�stico, cinchados todos de cartucheras y cananas desde los pies
hasta los dientes, y los tres armados de fusil. Charlamos un rato: carreta
educativa y cultural. Cuando funcionaron por fin los tel�fonos satelitales, o los
walkie-talkies, apareci� Sim�n Trinidad, calvo y locuaz, de fusil. A ciento
veinte por hora �y hay que ver lo engorroso que resulta manejar de fusil�,
charlando el uno y el otro sobre carreta econ�mica y social, y acompa�ados
atr�s por la presencia ce�uda y silenciosa de un guerrillero feo y una
guerrillera bonita, uno y otra armados de fusil, desembarcamos en lo que mis
taxistas, o tal vez los peri�dicos, me hab�an descrito como la Casa Roja de
Manuel Marulanda, Tirofijo. Parece ser que ahora es una ruina bombardeada
por "bombas inteligentes", pero hace seis meses era una casa s�lida, como de
finquero pr�spero, con un ancho corredor bien ventilado, refrescada por la
sombra de los �rboles y los p�jaros y flanqueada por un campamento
humeante de muchos guerrilleros. Marulanda no vest�a uniforme, como los
dem�s, y tampoco llevaba fusil. Ol�a a un olor dulz�n, reci�n ba�ado, de jab�n
de beb�. Ese trueno.
Lo del fusil terciado omnipresente, tan llamativo y tan inc�modo, no era, creo
yo, una amenaza expl�cita para los visitantes. Sino un s�mbolo ret�rico: "Esto
somos nosotros". Del mismo modo, Atila el rey de los Hunos recib�a montado
en su caballo �en el caballo de Atila� a los emisarios imperiales de Bizancio
que iban a hacerle ofertas de paz. Yo no iba en esas. Yo iba s�lo a echar y a
o�r carreta, para entender lo que nos est� pasando en Colombia. Y es por eso,
supongo, que el comandante de las FARC sali� a recibirme al barandal de su
casa de finca desarmado y vestido de civil: no �bamos a pelear, ni a negociar,
sino a conversar. Me ofreci� un tinto. Me mir� de trav�s, de reojo, como
miran los toros.
Pas� treinta y seis horas en la casa de Manuel Marulanda, oyendo su carreta
pol�tica, oy�ndome �l la m�a, poni�ndonos de acuerdo en unas cosas y
discrepando en otras, sin m�s interrupciones que las de las comidas
compartidas con su joven mujer, Sonia, que cocinaba armada de fusil. Dos o
tres veces entr� alg�n guerrillero armado al corredor a decirle algo al o�do al
comandante, que le dijo que bueno o le dijo que no. Un atardecer lleg� el
Negro Acacio, comandante del Bloque Sur o de algo as�, a mantener con �l
una breve conferencia en una esquina, todo fusil, todo ojos y todo dientes
blancos. De cuando en cuando timbraba alg�n tel�fono (�satelital?) y
Marulanda contestaba y volv�a a su mecedora mascullando una disculpa sobre
una diligencia del Mono Jojoy o sobre la ca�da inesperada del �ndice Nasdaq
en la Bolsa de Nueva York o sobre una incursi�n de los paramilitares en
Urab�. Ocasionalmente se levantaba �l (o yo) para ir a orinar, o (�l) para
consultar un dato en su computador personal, o para pregunt�rselo a su mujer,
que lo sacaba del suyo:
�Sonia, �d�nde est� lo de los desplazados de la Bota Caucana, que aqu� no
sale?
O bien:
���Y el documento ese que sacamos sobre despenalizaci�n de la droga?
A veces interrump�amos la charla para estirar las piernas. Me se�alaba con el
dedo una lejana bruma gris, que era la Serran�a de La Macarena, donde sus
hombres estaban construyendo una carretera criticada por los ambientalistas.
O me comentaba, mostrando con ancho gesto del brazo los desmontes
abiertos:
�Han descumbrado mucho. Cuando yo pas� por aqu� la primera vez, hace
cuarenta a�os, aqu� no hab�a sino trochas de tigreros.
-���Y todav�a quedan tigres?
�Eso qu�.
Beb�amos agua, y tinto. Marulanda me hab�a advertido de entrada que la
reuni�n no iba a ser como otra que tuvimos quince a�os antes, en el ca���n
del Duda, en los d�as de la tregua fugaz de Belisario, tomando brandy con
Jacobo Arenas disfrazado de tigre. Al d�a siguiente no nos acord�bamos de
nada.
�A prop�sito, �qu� pas� con aquella caricatura que le hice yo a Jacobo con
su uniforme de tigre, en un cart�n grande?
�El la ten�a colgada en su oficina. Pero la quemaron cuando el bombardeo de
Gaviria, que lleg� sin avisar. Medio bandido, ese Gaviria. Nosotros lo
llamamos el mansalvero.
Nos �bamos a dormir temprano, porque hab�a que ahorrar la gasolina de la
planta de luz. Yo apenas ten�a tiempo de leer dos o tres p�ginas de una novela
de Italo Calvino que me hab�a prestado Sonia para conciliar el sue�o, y de ir a
la carrera al ba�o antes de que apagaran la planta y se empezaran a escuchar
los ruidos misteriosos de la noche y los chasquidos met�licos de los fusiles del
campamento vecino. No hab�a mosquitos, lo cual me sorprendi�. Nos
levant�bamos antes del amanecer, en un olor a selva derribada, entre los gritos
de los p�jaros. Desayuno con arepas. Tinto. Agua.
�Bueno: �y qu� m�s?
�Est�bamos en lo de los secuestros, don Manuel.
Y discut�amos sobre los secuestros y la llamada Ley 002, que sac� la guerrilla
para que quienes paguen el costo de la guerra sean los oligarcas, y no el
pueblo ni la clase media.
�Pero ustedes secuestran a todo el mundo, rico o pobre, ni�o o viejo.
�Se cometen errores...
Estas cosas que cuento las reconstruyo de memoria. No tom� notas entonces,
y no se trataba de una entrevista period�stica, sino de una larga conversaci�n
entre personas que quer�an discutir con franqueza sobre lo que est� pasando
aqu�. Manuel Marulanda no me revel� nada novedoso ni secreto, sino que
repiti� en su voz, con su tono, las mismas cosas que vienen diciendo las FARC
desde hace d�cadas, y han reiterado hasta la saciedad ante la prensa o en los
mon�logos de la "mesa de di�logo". �Qu� me dijo de los secuestros? Que se
cometen errores que son de lamentar. �Del narcotr�fico? Que las FARC no
est�n en eso porque se corromper�an, y se limitan a proteger a los campesinos
cocaleros y a cobrarles tributos a los intermediarios. �De la destrucci�n de
pueblos enteros con cilindros explosivos? Que la guerra es la guerra, y ellos
no pueden perder tiempo echando tiritos hasta que le lleguen refuerzos a la
polic�a de un pueblo, cuando basta un cilindro. A las FARC, y a Marulanda
que es su jefe indiscutido (de eso no me cabe duda, despu�s de la visita), los
inspira una l�gica militar, antes que pol�tica: como dije m�s arriba, ellos son el
fusil. El poder, dec�a Mao, nace de la punta del fusil. Y, dec�a tambi�n, la
guerra se gana del campo a la ciudad. Las FARC no se consideran mao�stas,
pero en esas est�n. Y creen que van ganando.
�Pero est�n perdiendo cada d�a m�s el respaldo y la simpat�a popular. �No se
dan cuenta?
�Eso no es as�. Nosotros no somos una organizaci�n de beneficencia, sino un
grupo revolucionario armado. �Y usted cree que un grupo armado puede
crecer como hemos crecido si no tiene el apoyo de la gente? La gente nos
quiere.
���Ay, don Manuel...! La gente les teme. Tambi�n el general Bonett, cuando
era Comandante del ej�rcito hace tres o cuatro a�os, me dec�a: "La gente
quiere a su Ej�rcito". No: la gente le tiene miedo al que llega armado, y sale a
lambonearle. Preg�nteles a los paras, a ver si no.
Una vez le dije que en mi opini�n la gente est� queriendo m�s al ELN que a
las FARC. Se levant� de la silla:
���Eso no es as�!
Hablamos, claro est�, como hacemos todos los colombianos siempre, de las
candidaturas presidenciales. Pero a diferencia de todos los colombianos, a
Marulanda le da igual qui�n vaya a ser el pr�ximo presidente, pues est�
convencido de que cualquiera (Serpa o Noem�: hace seis meses Uribe
pr�cticamente no exist�a) romper� los di�logos. Cre�a entonces que
probablemente Pastrana no lo har�a antes del final de su gobierno, por ser lo
�nico que ten�a para mostrar en medio de las ruinas. Pero el pr�ximo
presidente s�: lo obligar�an las Fuerzas Armadas, los Estados Unidos, y el
Establecimiento, que no desea la paz, y menos a�n sus costos.
�Aqu� el gobierno no manda. Ni siquiera a sus propios militares. Lo que
vienen a hablar aqu� es carreta: ni la cumplen, ni la pueden cumplir. La
oligarqu�a quiere que la paz le salga gratis, porque est� acostumbrada a eso.
Por un azad�n, como los que repart�a Duarte Blum cuando Rojas. O por un
taxi, como los que promet�a Belisario, que ni los daba.
Hablamos de la zona de distensi�n y de sus ventajas.
�Con Samper nosotros breg�bamos a ver si nos desmilitarizaban La Uribe,
pero Bedoya y los militares no lo dejaron. Entonces lleg� Pastrana, que era
candidato, y nos dijo que si adem�s de La Uribe no quer�amos otros cuatro
municipios. �Y qu� ��bamos a decir nosotros? Pues que s�.
Le pregunt� a Tirofijo sobre su relaci�n personal con Pastrana, las veces que
lo ha visto. Solt� una medio risa contenida, breve, silenciosa, de campesino
desconfiado y que no tiene buenos dientes:
�Pues �l viene ac� en su helic�ptero, echa dos chistes y se va...
Hace seis meses, en julio, cuando habl� con Marulanda, las FARC se
preparaban para un recrudecimiento de la guerra, que consideraban inevitable.
Para una guerra larga, y que preve�an victoriosa para ellas. De una posible
intervenci�n norteamericana �"eso ser�a pelea de sapo con aplanadora"� no
tem�an nada m�s grave que la avara "ayuda" del Plan Colombia:
�Los gringos aqu� no se meten, porque esto es muy jodido.
�Y los paras? Marulanda se aferra a su tesis de que los paras carecen de
existencia propia, y son una mera fachada de los militares, hechura del
gobierno y, por supuesto, de la oligarqu�a.
���Usted de verdad cree que son s�lo eso? Tambi�n nacen de la
desesperaci�n de la gente com�n ante los desafueros de ustedes, de la
guerrilla.
���Pero no ve que los paras s�lo operan donde hay un batall�n o una
brigada? Si no fuera por el ej�rcito, no existir�an.
En resumen: todo es culpa de "ellos". Es decir, del gobierno, de los militares,
y de la oligarqu�a, respaldados por los Estados Unidos. El origen de la guerra
hace medio siglo, la continuaci�n de la guerra, su agravamiento y su creciente
ferocidad, son culpa de ellos: de su ego�smo, de su arrogancia, de su
ignorancia sobre lo que de verdad sucede en el pa�s. Marulanda me cont� una
an�cdota sobre el Comisionado de Paz �el anterior, ese que se llamaba
�c�mo?� que no sab�a que el mercado de un mes le cuesta a una familia de
campesinos cocaleros en el Putumayo m�s que a la familia de un Alto
Comisionado en Bogot�; y es por eso por lo que se siembra la coca. Ellos no
saben. No les importa. No quieren entender:
�No entienden sino a plomo.
Repito que de mis conversaciones del Cagu�n no tom� notas. Aunque no eran
secretas, no eran para publicarlas: eran s�lo para hablar. As�, es posible que
algunas de las frases que pongo en boca del viejo Manuel Marulanda no sean
exactamente suyas, sino de otros jefes guerrilleros con quienes tambi�n habl�:
del did�ctico Ra�l Reyes, del locuaz y algo pomposo Sim�n Trinidad, del
simp�tico Joaqu�n G�mez, del aburrido e inteligente Andr�s Par�s. Creo que
no hay mucha diferencia: el contenido es el mismo en todos ellos, y el tono lo
impone Marulanda. Marulanda manda.
Segu�amos hablando, pero not� que empezaba a aburrirse conmigo. Nos
fuimos a dormir. El apag�n de la planta me cogi� en la p�gina tres.
A la madrugada del d�a siguiente, todav�a oscuro, despu�s del tinto amargo
tomamos el primer trago de la larga reuni�n. Vodka puro en vasito de
aguardiente. Marulanda estaba vestido de uniforme, y armado de fusil. Me
explic�, con su desganada risita campesina, que ese d�a ven�a a Los Pozos el
Alto Comisionado de la Paz �el de ahora, que se llama �c�mo?� y que era
por eso. Luego me ofreci� el fusil:
���No ve que esa gente no entiende sino a plomo?
Lo rechac�. Aunque comparto muchos de los an�lisis de la guerrilla, y
entiendo los motivos de su existencia (los gobiernos, los militares, la
oligarqu�a, los Estados Unidos), no acepto ni sus m�todos, ni la mayor parte
de sus objetivos. Creo que, justamente, se trata de hacerse entender sin plomo
y sin fusil. Marulanda se encogi� de hombros, y su mujer se ri�. Montamos en
una enorme camioneta �manejaba ella, y Marulanda acomod� el fusil entre �l
y yo�, bebimos otro trago de vodka �el vasito no aparec�a, tapado por el
fusil�, y arrancamos hacia Los Pozos por el t�nel negro de la carretera, roja
bajo los faros. Delante iban no menos de otras cinco camionetas cargadas de
guerrilleros con sus respectivos fusiles, y otras tantas ven�an detr�s. Cuando
ya clareaba el cielo �otro trago m�s tarde�paramos en un campamento
donde se entrenaban en la difusa luz ochenta o cien guerrilleros bajo las
�rdenes de Joaqu�n G�mez:
���Trote con levantamiento de talones! �Ar!
Y trotaban todos con levantamiento de talones, sin soltar el fusil. Dificil�simo,
e inclusive �pens� peligros�simo: si se les llega a soltar un tiro...
Desayunamos. Mientras Marulanda imprim�a en el computador el documento
aquel sobre las drogas que no hab�a encontrado la v�spera, G�mez me mostr�
las trincheras excavadas en la selva, como un anfitri�n orgulloso que lleva a
sus invitados a dar una vuelta por el jard�n. Despu�s alguno �creo que fue
Andr�s Par�s� me llev� en otra camioneta hasta Los Pozos. All� me esperaba
ya, como hab�amos convenido dos d�as antes, mi taxista flaco y esc�ptico.
Segu�a esc�ptico:
�Esto se rompe, los guerrillos se van, viene el ej�rcito y los paracos y el que
se jode es uno.
Y manejaba el taxi con una sola mano, como un prestidigitador. Sent� cierto
alivio cuando me dej� en San Vicente en manos de mi taxista gordo, que me
hab�a explicado que ten�a a�os de experiencia como chofer de bus en carretera
de monta�a. Cruzamos hondonadas verdes y retenes armados, y el taxista
�que a la venida me llamaba "hermano", pero que al verme volver de Casa
Roja untado de don Manuel me daba el tratamiento ceremonioso de "se�or
Caballero"� me iba mostrando con el dedo los sitios de inter�s: la laguna del
g���o que com�a hombres, la curva donde mataron a los Turbay, la planadita
junto al puente de hierro en que hubo una balacera entre la polic�a y las FARC
cuando la toma de El Doncello, en la que casi los matan a �l y a un
camar�grafo de la televisi�n por pararse a mirar, otra lagunita donde una vez
hab�a venido un se�or a cazar una babilla y mientras tanto alguien le rob� el
carro y la ropa y lo dej� empeloto cogiendo bus, un caser�o llamado Puerto
Arango donde �l ten�a una novia, el cuartel del Batall�n Cazadores, donde
antes del despeje los oficiales se la pasaban jugando al ping pong y al billar.
Cuando llegamos a Florencia era todav�a pronto para coger mi vuelo a
Bogot�, de modo que convid� al taxista a almorzar. Me llev� al restaurante de
un amigo suyo donde daban sopa de tortuga, pero lo hab�an cerrado porque la
sopa de tortuga est� prohibida por el Ministerio del Medio Ambiente.
Acabamos en otro, de otro amigo: carne, arroz, rajas de pl�tano maduro. Me
hizo cuentas sobre el costo de la vida en el Caquet� que hubieran dejado l�vido
al Comisionado de Paz. Me habl� de su hija, que se iba a casar pero no pudo
porque el novio pre��� a una prima y le toc� volarse a Neiva. Me se�al�, en
una mesa vecina, a uno de anteojos negros y bigote que almorzaba con una
rubia y ten�a una moto impresionante esper�ndolo en la puerta, y en voz baja
me dijo que era para. Hablamos de un primo suyo que hab�a sido raspach�n
con los narcos del Guain�a y hab�a vuelto muy enfermo, de otro que era oficial
naval, de otro que hab�a prosperado vendiendo en el Ecuador enjalmas de
burro rellenas de coca�na. Despu�s me llev� en el taxi a mostrarme el edificio
de la Gobernaci�n, un parque, un hotel nuevo y suntuoso, la imponente plaza
de toros donada a la ciudad por un narco benefactor, la base militar. Los
gringos, me explic�, est�n en la otra base, la de Larandia, m�s lejos, y en
Florencia no se dejan ver de uniforme. Me hizo conocer la Ciudadela
Habitacional 2000, todav�a en proyecto, donde pensaba comprarse un lote
para construir casa si el negocio del taxi segu�a bueno, con tanto periodista
yendo al Cagu�n. Pero si no, tocar� irse, me dijo. Y repiti� la frase del otro
taxista flaco y esc�ptico, que en �l, gordo y contento, sonaba a�n m�s dura:
�Porque el que sale jodido es uno.
Me dej� en el aeropuerto recomend�ndome que volviera al Caquet� antes de
que se acabe, "porque esto es mucha belleza".
Lo es, en efecto. Al despegar sobrevol� el avi�n el ancho r�o Orteguaza, los
tejados de zinc, los verdes como espejos, los r�os de colores dibujados como
en un mapa, el pie de monte de la cordillera, las nubes blandas y algodonosas
mirando el cielo bocabajo, los racimos de luces, las pesadas masas negras de
las monta�as llenas de guerrilleros, de paramilitares, de soldados, de
secuestrados, de fusiles y de gente infeliz. Tras aterrizar en Neiva seguimos a
Bogot�, que desde el aire se ve�a en el crep�sculo como un inmenso lecho de
brasas encendidas. Bogot�: esa ciudad que no quiere saber nada de lo que
pasa al sur de la Avenida Jim�nez, en las lejan�as.
Jesus desde Seattle
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cortesia de Anibal Monsalve Salazar