Monterrey y los payasos

Carlos Alberto Montaner

 

Madrid -- La reciente cita de Monterrey tuvo un aspecto serio y otro rid�culo. Ambos hay que abordarlos porque est�n  intimamente relacionados. Lo serio era el tema. Nada puede ser m�s trascendente que la ayuda

a los pa�ses pobres para que sus sociedades abandonen la miseria. Para los doscientos millones de latinoamericanos que padecen esta desgracia se trataba de un acontecimiento, nunca mejor dicho, ''vital''. A muchos de ellos les va la vida en el asunto. Lo rid�culo fue el espect�culo montado por Fidel Castro. ''Se rob� el show'', dijo muy ufano el canciller cubano P�rez Roque, quiz�s porque �sa es, precisamente, la tarea de los payasos en todos los circos: robarse el show.

No hay duda de que resulta moralmente adecuado contribuir al fin de la pobreza en el mundo. A cualquier persona sensible se le encoge el coraz�n ante las favelas, los ranchitos o las villas miseria de Am�rica Latina. Pero hay m�s: incluso, es conveniente para los ricos que las grandes muchedumbres de gentes hambrientas y enfermas se conviertan en saludables miembros de las clases medias con los cuales realizar transacciones econ�micas. No hay mayor estupidez que creer que a las naciones poderosas les conviene la existencia de naciones pobres. Lo que favorece a Estados Unidos es que M�xico alcance la prosperidad de Canad�, y que no descienda a la de Hait�. Lo que beneficia a los uruguayos no es que los argentinos y brasileros entren en crisis, sino que se enriquezcan sin l�mite. Y viceversa.

El problema radica en c�mo ayudar a las naciones pobres a desarrollarse. No se trata de mandar dinero ni cincuenta mil computadoras, como fr�volamente recetaba Clinton. La segunda mitad del siglo XX aport� una muestra extraordinaria sobre c�mo no se deben hacer las cosas. El Plan Marshall --once mil millones de d�lares para reconstruir Europa occidental tras la Segunda Guerra-- dio resultado. Pero la Alianza para el Progreso evapor� treinta mil millones en Am�rica Latina sin consecuencias apreciables. �Por qu� triunf� uno y fracas� la otra? Porque hoy sabemos algo que entonces no resultaba tan claro: el desarrollo es el resultado de una compleja ecuaci�n en la que entran las instituciones, los valores, la educaci�n, las pol�ticas p�blicas y el consenso general de la sociedad. El Plan Marshall abon� un terreno previamente fertilizado por la historia europea. Los d�lares de la Alianza para el Progreso se filtraron casi in�tilmente hacia el subsuelo a trav�s de una cultura refractaria a la creaci�n de riquezas.

Dos a�os antes de que John Kennedy comenzara a repartir el bot�n de la Alianza para el Progreso, un soci�logo norteamericano, Edward C. Banfield, publicaba un libro cl�sico que entonces no ley� casi nadie: Las bases morales de una sociedad atrasada. Era un estudio sobre un pueblo miserable del sur de Italia, pero sus conclusiones se pod�an extrapolar al resto de la especie humana. Donde no exist�an lazos de confianza y solidaridad entre la sociedad y la comunidad --m�s all� de la familia y los amigos-- el comportamiento general conduc�a al empobrecimiento. A�os m�s tarde llegaron las obras de Douglas North sobre el peso de las instituciones, y junto a esos estudios, los que aportaran Gary Becker, James Buchanan o nuestros Benegas Lynch, Carlos Rangel, Hernando de Soto, Garc�a Hamilton o Mariano Grondona --por s�lo citar a unos pocos latinoamericanos--, mas lo importante es que ya no cab�a la menor duda: ning�n factor por separado tra�a el desarrollo. Ninguno, aisladamente, era suficiente. Hab�a que contar con un eficaz estado de derecho, pero esto s�lo constitu�a el punto de partida. Era muy importante la educaci�n, pero sin un modelo econ�mico flexible basado en el mercado no hab�a resultados espectaculares. El estado no deb�a ser tan costoso que comprometiera el ahorro y la inversi�n, pero tampoco tan d�bil que no pudiera garantizar la seguridad de las personas ni proporcionar un sistema judicial r�pido y equitativo o brindar instrucci�n y salud p�blica a los m�s necesitados. No hab�a una flecha m�gica para matar al tigre de la pobreza: hab�a que dispararle una r�faga densa que ten�a elementos de econom�a, de derecho, de pedagog�a. En el fondo de todo estaba la cultura y la cosmovisi�n que �sta generaba en la sociedad que pugnaba por crear riqueza.

Entonces lleg� a Monterrey el clown cubano en uniforme de campa�a, a decir disparates contra Occidente, a crearle problemas a M�xico con Estados Unidos, su socio clave en materia econ�mica, a acusar a las naciones ricas de no subsidiarle a fondo perdido su peque�o manicomio, minuciosamente mal administrado. Estuvo varias horas y se fue, no sin antes quejarse de que el gobierno de Fox le puso ciertas limitaciones a su participaci�n. Luego el propio Castro, me cuentan desde La Habana, escribi� de su tembloroso pu�o y letra un feroz ataque contra Jorge Casta�eda, y lo hizo publicar como editorial an�nimo en Granma. El prop�sito era obvio: desestabilizar al gobierno de Fox.

�Qu� hacer frente a este inc�modo personaje, navajero de la pol�tica y enemigo de la concordia y del sentido com�n? Muy sencillo: apl�quenle siempre la ''cl�usula democr�tica'', que es la misma por la que Cuba no pertenece a la OEA, ni al Grupo de R�o o no puede forjar un pacto especial con la Uni�n Europea. Decl�renlo persona no grata en cualquier foro en el que las naciones tengan que discutir cuestiones serias. Los payasos son para los circos.

Marzo 31, 2002

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