Abril 14 de 2002
EL TIEMPO - RINC�N CARIBE
Resultaron peores que Ch�vez
Por Armando Benedetti Jimeno
Los enemigos de Ch�vez cometieron tantos errores como �l. Los mismos o peores errores. Actuaron bajo el mismo delirio de Ch�vez. Ofuscados por un respaldo popular que parec�a un�nime.
Nadie se imagin� a Ch�vez regresando al poder apenas 48 horas despu�s de su debacle. Los expertos de aqu�, de all�, del Fondo Monetario hicieron todos los pron�sticos imaginables sin incluir, desde luego, la delirante conjetura de que Ch�vez intercambiar�a con su muy provisorio sucesor el Palacio de Miraflores y las prisiones militares. Es obvio que el propio Ch�vez no se lo so��. A�n m�s que Carmona tampoco.
Ocurrieron muchas cosas, por supuesto. Antes y despu�s de la ca�da de Ch�vez. Y ocurrir�n otras, acaso m�s espectaculares. Al fin y al cabo, la crisis de Venezuela tiene un tama�o que supera cualquier fantas�a. Pero mientras hay oportunidad de digerir lo ocurrido hay que decir que los ins�litos acontecimientos del s�bado tienen una explicaci�n de primera mano: los enemigos de Ch�vez cometieron tantos errores como �l. Los mismos errores. Peores errores, si se quiere.
Para comenzar, actuaron bajo el mismo delirio de Ch�vez. Ofuscados por un respaldo popular que parec�a un�nime, obsedidos por el soporte de poderes que parec�an omn�modos (militares, medios de comunicaci�n, curas, sindicalistas petroleros, propietarios ofendidos y dirigentes gremiales) se dieron a la tarea de aprovechar oportunidades que, tambi�n, parec�an calvas. Ninguna concesi�n, ni c�lculo, ni negociaci�n, ni prudencia. Iluminados y soberbios, acabaron con la Constituci�n, la Ley, el Congreso, las Cortes, la Fiscal�a, la Defensor�a del Pueblo, las 49 leyes del conflicto, el 30 por ciento de opini�n favorable que las encuestas dec�an que Ch�vez conservaba en los cordones de miseria de Caracas.
Y m�s similitudes. Las escenas de grupos enardecidos pateando ministros, de allanamientos indiscriminados de la polic�a, de casi tantos muertos y heridos como los que tumbaron a Ch�vez, m�s el silencio s�bito de los medios de comunicaci�n que ya no part�an la pantalla para informar lo que estaba ocurriendo, precipitaron la sensaci�n, dentro y fuera de Venezuela, de que las locuras de Ch�vez estableciendo ri�as simult�neas con todos los enemigos, reales o inducidos, nacionales o extranjeros, eran calcadas por sus entusiastas sucesores.
La actitud de los presidentes de M�xico, Argentina y Paraguay frente a la legitimidad de ef�mero gobierno; las dubitaciones interesadas de la c�pula militar, a mitad de camino entre unas lealtades hasta el �ltimo momento , quien sabe si transidas por la corrupci�n y secretos inconfesables del poder, y el oportunismo de pen�ltima hora; la actitud barroca y vacilante de los cancilleres del Continente reunidos con oportunidad no deseada en Rep�blica Dominicana; la temeraria arrogancia de empresarios y curas que inventaban renuncias, se ilusionaban con una s�bita evaporaci�n del adversario y tumbaban instituciones constitucionales y legales mediante comunicados de prensa, abrieron paso a un retorno de otra manera impensable.
El gobierno de Colombia fue pillado dos veces con los pantalones abajo durante la corta y convulsionada crisis. (Bueno, la crisis sigue, claro). Pantalones abajo cuando se evidenci� timorato frente a las probadas connivencias de Ch�vez con la guerrilla. Y con los pantalones abajo cuando improvidentemente, por boca de cancilleres, ministros, militares y dirigentes gremiales se apresur� a festejar la ca�da de un r�gimen que ahora le sobrevive en Caracas. La falta de coherencia y rigor primeros y haber olvidado, cuando el festejo, que de cualquier manera est�bamos frente a un golpe de Estado, tendr�n un alto costo en las futuras instancias de una relaci�n de vecindad siempre dif�cil.
Tal vez, s�lo tal vez, si la oposici�n a Ch�vez hubiese calculado mejor las opciones, que nunca son todas ni tan alegres; si hubiese preservado una institucionalidad, empresa por supuesto mucho m�s dif�cil que la de supresiones abruptas e irreales, Ch�vez habr�a ca�do de verdad. Debemos a un delirio de genuino corte chavista la supervivencia del chavismo. Debemos a los curas que sal�an a las c�maras de televisi�n a contar que Ch�vez hab�a pedido perd�n, casi ridiculizando aquel supuesto acto de humildad y confesi�n; a los periodistas que despu�s callaron las atrocidades que en solo dos d�as superaron las de Ch�vez en tres a�os, a los militares que se exhibieron doblemente culpables, pero sobre todo a la ingenuidad de quienes creyeron que la pol�tica y el poder pueden manejarse tan higi�nica y efectivamente como una junta de accionistas, un cuartel o un c�nclave mon�stico, el que Ch�vez pueda perpetuarse en el poder qui�n sabe hasta cu�ndo. Que Dios proteja a los venezolanos. Y a nosotros.
