La conquista democrática del referéndum y el futuro del TLC en Costa Rica

Alberto Cortés Ramos
Profesor asociado Escuela de Ciencias Políticas
Universidad de Costa Rica

El referéndum sobre el TLC es un triunfo del movimiento social anti-TLC

Más allá del intento del presidente de la 
República de apropiarse de la iniciativa 
democrática del referéndum sobre el TLC, no se 
debe obviar que su realización es un triunfo del 
movimiento social, político y ciudadano anti-TLC 
y no de quienes apoyan el tratado.

Esa decisión no es una graciosa concesión de un 
político que repitió una y otra vez que el país 
tiene capitán, que ha dicho que no era necesario 
un nuevo referéndum porque ya había habido uno en 
las elecciones presidenciales y que, además, dijo 
que la instancia que tenía que aprobar el tratado 
era la Asamblea Legislativa donde contaba con una 
clara mayoría de 38 votos, la denominada 
coalición de la mayoría automática.

Estas son evidencias suficientes que demuestran 
que la convocatoria al referéndum no es resultado 
de la convicción democrática del gobierno sino un 
intento de ponerle al mal tiempo buena cara. 
Además, de muy mal gusto el intento oportunista 
del presidente de quitarle la iniciativa de 
convocar el referéndum a los grupos sociales y a 
la ciudadanía, pero esto no es nuevo, ha sido una 
actitud permanente del bipartidismo.

Lo que no se puede permitir es que la actitud 
oportunista gubernamental opaque lo fundamental: 
el triunfo popular que es que, a instancia de un 
grupo de ciudadanos encabezados por José Miguel 
Corrales, el TSE se haya visto obligado a 
convocar al referéndum para resolver una decisión 
tan fundamental como el TLC.

Dicho sea de paso, vale la pena recordar que 
fueron los grupos empresariales conservadores de 
este país los que repitieron, una y otra vez, que 
el tratado no se podía resolver por medio de un 
referéndum porque contenía tema fiscales, 
argumento que también fue utilizado por altos 
funcionarios del gobierno.

Una pregunta clave

Para que no nos arrebaten el significado de esta 
victoria popular tenemos que responder la 
siguiente pregunta: ¿por qué el gobierno del 
capitán Arias y sus 999 tripulantes se vio 
obligado a convocar al referéndum? Esta es la 
cuestión. En esa línea, tenemos que analizar la 
trayectoria de la lucha contra el TLC y contra el 
proyecto neoliberal-transnacional que empujan de 
manera desesperada los grupos de poder que Arias 
representa, tomar consciencia de cuál era nuestra 
situación y la de ellos al iniciar esta lucha 
nacional y dónde estamos ahora, para entender el 
cambio de estrategia del grupo dominante.

En ese sentido, un primer elemento a recordar es 
que, después de la derrota del Combo en el 2000, 
los grupos de poder dominantes aprendieron la 
lección y decidieron rearticular una alternativa 
que les permitiera imponer de manera definitiva 
sus intereses y su visión excluyente y 
polarizante del desarrollo nacional.

Coyunturalmente, enfrentaron la elección de 2002 
impulsando la candidatura de Ábel Pacheco, una 
figura de transición que ellos imaginaron dócil y 
trataron como un títere hasta que les salió 
güero, particularmente a partir del momento en 
que don Ábel entendió la jugadita que le hicieron 
con una negociación del tratado que incluyó la 
entrega del ICE y del INS, cosa que él de manera 
explícita había dicho que no sucedería. A partir 
de ese momento, empezó a patear la pelota hacia 
adelante, con jugadas hábiles como la de la Junta 
de los Notables, para retrasar el envío del 
nefasto tratado a la asamblea. A esta altura del 
partido, se podría imaginar que la lógica de don 
Ábel fue la de aquél dicho popular que dice 
"quien quiere celeste, que le cueste". Es decir, 
si el tratado le serviría de forma tan descarada 
a un grupito tan pequeño y poderoso en detrimento 
de las grandes mayorías y del Estado Social de 
Derecho, pues que fueran ellos los que pagaran el 
costo político de la aprobación de ese tratado. 
Por supuesto, hubiera sido más digno que don Ábel 
hubiera tenido el valor de decir que los 
negociadores incumplieron el mandato que él les 
dio y que, por tanto, no aceptaba el tratado, 
pero eso no es obstáculo para reconocer que el 
retraso en el envío permitió que el TLC se 
transformara en un tema de la campaña 
presidencial, lo cual cambió de manera sustancial 
la dinámica electoral y política del país.

La apuesta de los grupos dominantes

Sin embargo, los grupos dominantes siempre 
trabajan en la configuración de varios escenarios 
pues no están dispuestos a ceder sus privilegios 
por iniciativa propia o gratuitamente y, mucho 
menos, están dispuestos a ser derrotados por la 
gente común, por la ciudadanía, por lo popular. 
Entonces, utilizando toda su capacidad de 
influencia, lograron que la Sala IV eliminara la 
prohibición de la reelección para permitir el 
lanzamiento del candidato perfecto, miembro de 
alcurnia de los grupos de poder, con un Nóbel de 
la Paz a sus espaldas, prestigio internacional y 
una alta valoración positiva en los estudios de 
opinión nacionales. Es decir, un candidato 
invencible. Oscar Arias y el TLC eran el combo 
perfecto, una apuesta ganadora para lograr mesa 
gallega e imponer el triunfo definitivo de los 
grupos de poder en la orientación del desarrollo 
nacional. Parafraseando al famoso Fukuyama, 
arribaríamos al fin de la historia costarricense 
pues de allí en adelante todo sería un para 
siempre más de lo mismo con un solo grupo de 
ganadores hasta el final de los tiempos.

Era tan evidente la sensación de triunfo ante tan 
magistral jugada que el periódico de los grupos 
de poder, La Nación, tituló una vez sí y otra 
también, que la ventaja de don Oscar era tan 
abrumadora, tan contundente, que la cosa ya 
estaba resuelta, el capitán ya estaba en Zapote 
aún cuando la campaña electoral ni siquiera había 
arrancado formalmente. Es más, para qué 
molestarse en ir a votar.

Que el triunfo anunciado se confirmaría el primer 
domingo de febrero de 2006 lo garantizaban dos 
campañas paralelas, la de Oscar Arias (Sí Costa 
Rica) y la del grupo Por Costa Rica (Sí al TLC), 
que parecían tener capacidad financiera 
ilimitada. En todo caso, desde la lógica de ellos 
valía la pena esa inversión porque la apuesta era 
muy alta; en realidad, no era una apuesta más, 
era la apuesta definitiva.

La respuesta ciudadana

Pero la manipulación mediática tiene límites y, 
afortunadamente, la gente tiene mucho más 
sabiduría política y sentido común que lo que los 
grupos de poder y la clase política tradicional 
imaginan. Afortunadamente, a los grupos de poder 
su prepotencia les ciega y les impide reconocer 
que el país cambió y que la gente ya no se deja 
manipular burdamente. Eso contribuye a explicar 
lo que sucedió en las elecciones presidenciales: 
poco a poco la campaña fue calentando, el tema 
del TLC se fue posicionando y las redes sociales 
contrarias al tratado se activaron, la voz se fue 
pasando, hubo un trabajo tipo celular, de 
hormiga, persona a persona, con los grupos 
juveniles utilizando medios novedosos vinculados 
a Internet y las organizaciones sociales 
utilizando medios alternativos, miles de acciones 
y micro-movimientos que permitieron que se 
generara una creciente resistencia política 
contra Arias, que terminó siendo capitalizada 
electoralmente por el candidato Ottón Solís del 
PAC, quien fue el que mejor logró posicionar el 
tema del rechazo al TLC.

El resultado electoral sorprendió a muchos, 
incluyendo a los grupos de poder que apoyaron al 
candidato invencible y seguro que a él también. 
El resultado final fue una diferencia del uno por 
ciento, menos de tres votos por mesa electoral, 
ni más ni menos que el resultado más ajustado de 
las elecciones contemporáneas en un proceso que, 
además, generó suspicacias y serios 
cuestionamientos por las debilidades en la 
fiscalización por parte del TSE e inconsistencias 
en muchas urnas y que parecían favorecer al 
partido del candidato reeleccionista.

La metáfora de la casa dividida

Una vez consolidado el resultado, pareció que el 
presidente Arias había entendido que su victoria 
fue pírrica, pues al inicio utilizó la metáfora 
de la casa dividida. El reconocimiento de que el 
país estaba polarizado debió haber obligado al 
presidente, en buena ley, a retirar el factor de 
conflicto, el TLC, y a crear un espacio 
democrático de verdadera negociación sobre el 
futuro del desarrollo nacional. Sin embargo, hizo 
todo lo contrario: un discurso prepotente que 
señalaba que era indiferente ganar por un voto o 
por muchos, el presidente manda y hace lo que 
quiere; que el país ya eligió capitán; que el TLC 
debe aprobarse porque lo apoyó en campaña y 
punto; que para eso se tiene una coalición de 38 
votos en la Asamblea Legislativa. Luego empezaron 
las descalificaciones y acusaciones contra los 
sectores opuestos al TLC, con la colaboración de 
los medios comerciales de siempre, algo que se 
convirtió en una suerte de campaña neo-macartista 
de intimidación y de criminalización de los 
grupos sociales opuestos al tratado, en 
particular, de las organizaciones estudiantiles y 
universitarias.

Es decir, empezaron a actuar como si hubieran 
ganado con el 60% de los votos y sin abstención; 
como si hubieran obtenido un mandato político tan 
fuerte y legítimo como para transformar 
radicalmente el país. En política, eso solo se 
puede cuando se hace una revolución (don Pepe en 
el 48) o cuando se gana por una mayoría 
contundente de votos (como la que obtuvo Calderón 
Guardia y el Bloque de la Victoria en el 40). 
Obviamente, este no es el caso de don Oscar, 
quien ganó con un porcentaje menor al que obtuvo 
en su primera elección 20 años atrás y en la 
elección más reñida de las últimas cuatro décadas.

La realidad del poder y el veto ciudadano

Pero la realidad del poder se impone, de tal 
suerte que las promesas y predicciones del 
gobierno de que el TLC y su agenda complementaria 
se iban a aprobar rápidamente (a más tardar en 
febrero de este año) se fueron desvaneciendo poco 
a poco. Por un lado, la prepotencia pronto les 
hizo cometer graves errores de procedimiento que 
fueron rechazados por la Sala IV, lo que les 
retrasó el ya de por sí lento avance en la 
discusión del tratado. A ello se suma la 
resistencia parlamentaria realizada por los 
partidos PAC, PASE y Frente Amplio, que 
terminaron por evidenciar que en el parlamento la 
aprobación del tratado iba para rato.

Sin embargo, el puntillazo más fuerte a la 
estrategia gubernamental de aprobación del 
tratado lo dio la movilización social con la 
gigantesca marcha del 26 de febrero. Esta 
impactante demostración de fuerza fue posible 
porque es resultado de un proceso que empezó a 
organizarse desde antes de que se negociara el 
TLC y que ha venido en un proceso ascendente de 
acumulación y articulación social. La marcha 
demostró, de forma contundente, que la oposición 
al tratado no es de un sector minoritario del 
país y que la causa contra el TLC tiene gran 
capacidad de organización y convocatoria. Este 
evento tuvo un efecto inmediato en el parlamento, 
con el endurecimiento de la oposición al TLC y el 
desánimo de la mayoría mecánica; posiblemente 
algo tuvo que ver con el pronto dictamen negativo 
de la Sala IV a la aplicación del artículo 41 bis 
al tratado, que intentaba la coalición 
parlamentaria pro TLC y, sobre todo, tuvo que 
haber generado en el gobierno la percepción de 
que la aprobación del tratado tendría un costo 
político muy alto.

Son estos factores los que explican el hecho de 
que el gobierno de Arias decidiera cambiar 
radicalmente de estrategia de la asamblea al 
referéndum y eso, tenemos que celebrarlo. También 
tenemos que celebrarlo porque estamos logrando 
una profundización de la democracia 
participativa. Ningún país del resto de 
Centroamérica o de América Latina y menos Estados 
Unidos, ha tenido un movimiento social que, 
gracias a su resistencia, haya obligado al 
gobierno respectivo a consultar de manera directa 
a la ciudadanía para decidir sobre la aprobación 
de un tratado que compromete de forma definitiva 
y radical la orientación del desarrollo nacional.

Celebrar peroŠ

Celebrar no quiere decir que asumamos que la 
situación está resuelta favorablemente. Por 
supuesto que hay cabos sueltos que tenemos que 
amarrar. Menciono algunos en los que tenemos que 
insistir:

* Primero, que se respete la iniciativa popular 
en la convocatoria al referéndum. Si no se 
respeta el orden de solicitud (primero en tiempo, 
primero en derecho), el gobierno y la clase 
política siempre estarán en ventaja en la 
convocatoria al referéndum pues los mecanismos 
que ellos tienen son sumamente fáciles de 
cumplir, no así el de la iniciativa ciudadana.

* Segundo, previo al referéndum debe hacerse la 
consulta sobre la constuticionalidad del tratado 
a la Sala IV. Si no se hace de previo, no habría 
cuando hacerlo y existe un mandato constitucional 
de que todo tratado internacional debe ser 
consultado antes de ser votado.

* Tercero, debe haber financiamiento público y 
equitativo para la realización de las campañas 
del sí y del no al tratado. De hecho, debería 
prohibirse todo financiamiento privado, nacional 
o extranjero y realizarse solo con financiamiento 
estatal, para garantizar igualdad de condiciones.

* Cuarto, debe suspenderse la discusión de la 
agenda complementaria del TLC mientras se hace el 
referéndum pues son proyectos derivados del 
tratado o, desde otro punto de vista, son parte 
del súper combo TLC.

* Quinto, debe abrirse la fiscalización del 
proceso de votación a la participación ciudadana 
y no solo a los partidos políticos, sobre todo 
después de los problemas e inconsistencias que se 
presentaron con este tipo de fiscalización en la 
recién pasada campaña electoral.

* Sexto, vigilar y exigir de manera estricta la 
no participación del gobierno en la campaña y en 
la movilización de votantes.

De David y Goliat; de Pinochet, el Sí y el No

Más allá de las condiciones mencionadas, muy 
posiblemente el referéndum se va a desarrollar en 
condiciones de desigualdad en acceso a recursos 
económicos y mediáticos que favorecerán a quienes 
apoyan el TLC. Sin embargo, de ninguna manera eso 
significa que el Sí ganará la batalla. Creo lo 
contrario, que la perderá y de manera rotunda.

Esta batalla es más David contra Goliat que burro 
amarrado contra tigre suelto. Posiblemente se 
parece más al plebiscito a favor o en contra de 
la dictadura de Pinochet en la que el Sí tenía la 
plata, pero el No tenía la organización, la 
mística, la dignidad, los argumentos y la 
justicia a su favor, haciendo que al final la 
verdad prevaleciera. Pienso que lo mismo sucederá 
con el TLC.

Si bien ellos tienen la plata y los medios 
comerciales, ¿cuánto más pueden decir que no 
hayan dicho ya en estos años?

En cambio, el movimiento anti-TLC ha ido 
revirtiendo gradual pero consistentemente la 
ventaja que llevaba el Sí en las encuestas y hoy 
prácticamente están empatados. Es más, si se 
analizan los indecisos, se encontrará que tienden 
a inclinarse contra el TLC más que a favorecerlo, 
un fenómeno similar al de las elecciones 
presidenciales en las que las personas indecisas 
terminaron votando mayoritariamente contra Oscar 
Arias.

Otro elemento inédito favorable es que en el 
referéndum no habrá divisiones partidarias en el 
bloque anti-TLC y no pesarán tanto las lealtades 
personales. Por ejemplo, muchos liberacionistas 
contrarios al tratado que votaron por Arias 
podrían votar ahora contra el TLC sin problemas. 
Es decir, más allá de las diferencias sobre 
métodos, consignas, perspectivas políticas e 
ideológicas, todos los grupos sociales y partidos 
políticos contrarios al tratado podrán trabajar 
conjuntamente para derrotarlo.

Otro elemento importante es que, aunque con 
seguridad se establecerán importantes niveles de 
coordinación político y social, es un proceso en 
que cada ciudadano que se sienta activo y 
preocupado por la eventual aprobación del tratado 
podrá movilizar a su entorno inmediato. El 
referéndum, a diferencia del proceso electoral 
partidario, no necesita los niveles de 
centralismo que requiere la campaña electoral y, 
por el contrario, es un buen escenario para la 
movilización del enorme tejido social anti-TLC 
que funciona como una efectiva red para la 
movilización ciudadana.

El entierro democrático del TLC y el avance hacia un desarrollo solidario

En síntesis, ¿qué tiene el bloque del sí? Dinero 
y medios comerciales de comunicación. ¿Qué tiene 
el bloque del No? Mística, compromiso, gente y 
organización.

Como me dijo un amigo y excelente analista sobre 
la convocatoria del referéndum: tenemos que 
celebrarlo en grande. El referéndum se ganará 
hablando con la gente, argumentándole, 
convenciéndola. Ellos tienen nada más que 
publicidad. Nosotros hace tres años talvez 
teníamos 20 personas que podían pararse ante un 
grupo a hablar contra el TLC, hoy tenemos muchos. 
Yo agregaría que tenemos miles, si entendemos que 
la gran mayoría de personas que participaron el 
26 de febrero en la marcha son gente consciente, 
con capacidad de argumentar y de convencer.

Todas estas razones me llevan a creer que en el 
referéndum se enterrará democráticamente al TLC y 
al neoliberalismo en Costa Rica y se iniciará una 
nueva etapa del desarrollo nacional, más 
democrático, incluyente y solidario.

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