LA INSTITUCIONALIDAD SECUESTRADA

Luis Paulino Vargas Solís
Julio 07, 2007

Según la Sala IV, el TLC y la Constitución son el 
matrimonio perfecto. La derecha telecista celebra 
con júbilo y suelta la verborrea esperable. 
Primero, que con esa decisión queda enterrada 
toda posible crítica al Tratado. Segundo, que 
cualquier cuestionamiento en contra del proceder 
de la Sala o de su resolución, implica irrespeto 
a la institucionalidad. El primero de estos 
puntos -que el telecismo ya anda repitiendo como 
lorito dopado- no merece ni tan siquiera ser 
discutido. Es de una estupidez tal que pone en 
ridículo a quien lo pronuncia. Problema de ellos 
si quieren hacer el papelón intentando convencer 
a alguien de que los cinco magistrados del cuento 
son expertos en todo y, como Dios, infalibles en 
sus apreciaciones. La segunda aseveración demanda 
un análisis cuidadoso, no porque tenga ni un 
gramo menos de mentira que la otra, sino porque 
es mucho más tramposa y manipulable.

La institucionalidad telecista. Supuestos detrás de la farsa

Acababa de salir al conocimiento público la 
resolución de marras, y de inmediato un profesor 
de la Escuela de Ciencias Políticas de la 
Universidad de Costa Rica lanzó a la red interna 
de esa unidad académica una demanda imperativa: 
la escuela ha de pronunciarse a favor de la 
institucionalidad. En el ir y venir de mensajes, 
y frente a respuestas que disentían de tan 
apresurada pretensión, fácilmente se puso en 
evidencia la idea detrás de la cual se andaba: 
cuestionar la resolución resultaba atentatorio 
contra la institucionalidad y, siendo esto 
inaceptable y muy peligroso, debía ser rechazado 
a priori y en términos tajantes. Así lo dice la 
oligarquía y su prensa. El que en ámbitos 
académicos se reiteren fórmulas tan maniqueas al 
menos permite ratificar que en la Universidad de 
Costa Rica hay respeto por todas las ideas y 
plena libertad para expresarlas.

Se trata de una posición de principios en el 
sentido más estrecho del término. Lo que hace 
-aún si es implícita o inconscientemente- es 
sentar un conjunto de premisas, que quedan 
afirmadas como principios inamovibles. Eso 
proporciona la base desde la cual se deducen las 
conclusiones que se desea obtener ¿Cuáles son 
esas premisas o supuestos? Brevemente los enumero:

1) La institucionalidad, y en consecuencia la 
ley, son un valor en sí mismas. Valen porque sí, 
al margen de cualquier interpelación, no digamos 
política, pero ni siquiera ética. 2) En 
consecuencia, la Sala IV, por el hecho de ser 
parte de esa institucionalidad y estar fundada en 
esa ley, no puede ser cuestionada ni en su 
proceder ni en sus decisiones. 3) Puesto que la 
Sala IV es parte de una institucionalidad y una 
legalidad que valen por sí mismas, las 
resoluciones de ese Tribunal no solo son 
inapelables desde el punto de vista jurídico sino 
que, además, son incuestionables en sus 
contenidos específicos. Vale decir, son verdad en 
sí mismas y por definición. De forma similar, su 
proceder también resulta correcto por definición.

Si estas premisas no son válidas, igualmente se 
hace insostenible la aseveración de que 
cuestionar los contenidos de lo resuelto o las 
actuaciones de los jueces, equivale a atacar y 
subvertir la institucionalidad. Alternativamente 
propongo considerar que esa institucionalidad, y 
las leyes que le sirven de fundamento así como 
las actuaciones de quienes ahí se desempeñan, no 
valen por sí mismas, sino que valen solamente en 
cuanto actúen con rectitud, justicia y 
razonabilidad y, por lo tanto, con respeto al 
pueblo, o sea, y más en concreto, respetando el 
derecho de este pueblo costarricense a tener una 
vida digna y decidir sobre sus destinos. Al 
proceder de esta forma, formulamos un criterio 
ético de raíz democrática y popular desde el cual 
enjuiciar la actuación y la legitimidad de este 
tribunal y, en general, las de cualquier órgano 
de la institucionalidad establecida, Y, por 
extensión, ello equivale a formular un criterio 
de valoración ética en relación con la actuación 
de las personas que administran esa 
institucionalidad, aplican las leyes y toman 
decisiones.

Un derecho ciudadano irrenunciable

Recordemos que la democracia en Costa Rica -así 
lo dice la propia Constitución seguramente 
inspirada en Rousseau- establece un principio 
fundacional esencial: la soberanía reside en el 
pueblo. Frente a este principio fundamental, un 
solo criterio ético tiene validez general por 
encima de banderías políticas o religiosas: la 
vida -pero no solo la vida humana- ha de ser guía 
para nuestra actuación personal, grupal y social. 
La razón de tal cosa, como lo ha mostrado 
Hinkelammert, es contundente: sin vida no hay 
sociedad, institucionalidad ni economía posibles. 
La vida es criterio ético irrenunciable, 
precisamente porque es condición "sine-qua-non" 
para dar viabilidad a cualquier proyecto humano. 
Y justo porque el neoliberalismo no lo acepta ni 
lo entiende, su proyecto es inviable en la medida 
en que conduce a la autodestrucción y la muerte.

Pero decir vida es decir vida concreta. Aquí no 
valen las evocaciones abstractas a la vida con 
que se complacen cierta moral y cierta 
religiosidad conservadoras. Por ese camino, y en 
el altar del dogma, fácilmente justifican y 
promueven el sacrificio de muchas vidas 
concretas. Vida concreta es la vida de las 
personas de carne y hueso y la de esa naturaleza 
con la cual podemos convivir con respeto y 
humildad o destruir irresponsablemente, 
destruyendo de paso nuestras propias vidas.

Decir vida concreta es hablar de la vida de ese 
pueblo costarricense concreto; el de la calle, el 
de todos los días. Es hablar entonces de su 
derecho a la salud y la educación; a un trabajo 
estable, un salario decente y una organización 
laboral independiente; al entretenimiento, la 
fiesta, el deporte y el arte; a ciudades limpias 
y seguras y playas abiertas y disfrutables; a 
techo y cobija; a barriadas agradables y 
pueblecitos dotados de todos los servicios 
necesarios; a la inclusión de lo diverso y a la 
convivencia respetuosa con las distintas formas 
de ser y vivir; a construir la familia como mejor 
le plazca a cada quien, según su propio proyecto 
de vida, gozando para ello de la necesaria tutela 
que el Estado debería proporcionarle. También a 
un sistema político e institucional abierto al 
escrutinio ciudadano; receptivo frente a las 
demandas populares; atento y respetuoso ante las 
voces de la ciudadanía.

En el fondo, eso es lo que aquí estamos 
debatiendo. Se trata de dilucidar si el pueblo 
es, o dejó de serlo, el verdadero depositario de 
la soberanía. Si el sistema institucional y 
político recoge fiel y correctamente ese 
principio, o si lo violenta y desconoce. Si ese 
sistema efectivamente trabaja en función del 
pueblo y los intereses y necesidades de su vida 
concreta, o si, por el contrario, está 
subordinado a los intereses de una minoría 
privilegiada.

En este sentido, la apelación principista a la 
democracia representativa no tiene más sentido 
que la dogmática acerca del respeto a la 
institucionalidad. Ese modelo de democracia es, 
sin más, parte de esta institucionalidad y está 
abierta a la misma interpelación ética. Vale si 
sirve para lo que debe servir, o sea, para hacer 
que la vida de la gente sea mejor. De otra forma 
podrá ser cuestionada por la ciudadanía, con el 
fin de reformarla, si eso fuera suficiente, o 
abolirla y sustituirla por algo distinto si es 
que el problema es de tal gravedad que amerita 
cambios de mayor envergadura.

La ciudadanía organizada que constituye el 
movimiento social contra el TLC, es la punta de 
lanza del pueblo costarricense; el sector 
políticamente más avanzado y maduro de ese 
pueblo. Por boca de esa ciudadanía organizada, 
este pueblo nuestro está articulando, con 
coherencia y solidez y, además, con pleno 
derecho, una interpelación ética dirigida a la 
institucionalidad vigente, a las leyes en que 
ésta se funda y los individuos concretos, mujeres 
y hombres que, desde dentro de esa 
institucionalidad, la administran y toman 
decisiones.

¿Qué hay detrás del actual desplome de la institucionalidad?

La institucionalidad está en entredicho, 
gravemente enferma y aquejada de terrible 
descrédito. Ese es un hecho evidente que, sin 
embargo, no es antojadizo ni azaroso. Tampoco es 
un problema restringido a la Sala IV ni que se 
exprese solamente por boca del movimiento 
ciudadano organizado opuesto al TLC. En cambio, 
es sentir popular ampliamente difundido. Se mira 
con desconfianza y decepción a los partidos y sus 
dirigencias; a la Asamblea Legislativa y el Poder 
Ejecutivo; a las municipalidades y al conjunto 
del poder judicial.

La razón de tal estado de cosas podría 
sintetizarse en lo siguiente: esta es una 
institucionalidad secuestrada. Es decir, le ha 
sido arrebatada al pueblo, que es su dueño 
legítimo, y una vez hecha rehén, ha sido puesta 
al servicio de una oligarquía tan angurrienta 
como insensible y apátrida. Ilustrémoslo de forma 
sencilla: hace 20 años, las promesas electorales 
podían ser alegremente lanzadas al viento e 
irresponsablemente olvidadas una vez puestos en 
el poder. Pero conforme el mecanismo se 
reiteraba, la jarana salía a la cara y el pueblo 
costarricense -quizá un poco ingenuo, pero no 
tonto ni analfabeta- empezó a percibirlo. Al 
cabo, los partidos políticos y sus dirigencias 
han llegado a merecer del pueblo tanto respeto 
como el que se le tributaría a cualquier tipo 
comprobadamente mentiroso y ladrón.

La cosa seguramente tiene que ver con el ascenso 
ideológico del neoliberalismo y la poderosa 
influencia de una globalización neoliberal que 
marca una etapa histórica del capitalismo 
mundial, caracterizada por el triunfalismo 
irresponsable, la descomposición económica, 
social y política, la degradación moral y la 
agudización de la crisis ambiental. Las 
oligarquías criollas son un buen reflejo de tales 
realidades: avariciosas hasta el paroxismo; 
intransigentes e insensibles hasta el insulto.

¿Madame Bovary?

Muy poco dentro del aparato institucional logra 
mantenerse a salvo -al menos relativamente a 
salvo- del desastre. El neoliberalismo se ha 
adueñado de todos los centros de decisión y, 
desde ahí, intenta penetrar incluso los vasos 
capilares más finos de esa institucionalidad. A 
estas alturas su objetivo aparece casi plenamente 
consumado: ha logrado secuestrar el orden 
institucional para entregarlo a la voracidad de 
esas oligarquías criollas y, por intermedio de 
estas, a sus socios transnacionales.

La red se teje hacia el interior de la 
institucionalidad pública pero, de forma 
paralela, se articula en tejidos extendidos hacia 
lo externo. Lo primero es obvio: una presidencia 
imperial; una mayoría legislativa mecánica y 
sumisa; un Tribunal de Elecciones complaciente; 
una Sala IV acomodaticia. Lo segundo también, 
según se hace manifiesto en la alianza -que a 
estas alturas ya devino impúdica desnudez- entre 
las corporaciones mediáticas, las cúpulas 
empresariales, la embajada gringa y el poder 
político. En ese contexto, las universidades 
públicas -en especial tres de ellas- y la 
Defensoría permanecen como reductos que resisten 
el asedio. Y respecto de entidades como la 
Contraloría o la ARESEP, cuesta admitir que 
podamos siquiera concederles el beneficio de la 
duda. El ICE, desde luego, es historia aparte, 
porque es una institución que constituye, por 
derecho propio, un particular terreno de lucha: 
entre las cúpulas entregadas a los designios 
oligárquicos y a los juegos corruptos, y las 
bases laborales que intentan resistir tanta 
tropelía.

Por su parte, la resolución de la Sala IV que 
debatimos en estos días, así como el contexto en 
que esta se emite, ilustra con notable claridad 
la gravedad extrema que el problema ha adquirido. 
Primero, que hubiesen magistrados -uno solo ya 
resultaba patético- que rechazaban como 
inadmisible la consulta. Segundo, la contundencia 
con que la mayoría de cinco afirma que no hay una 
sola inconstitucionalidad, no obstante que un 
razonamiento levemente riguroso concluiría que, 
como mínimo, existen muchas torerías que, de no 
ser inconstitucionales, en todo caso tienen una 
facha que ayúdeme a decir. Tercero, la frescura 
con que se legitiman procedimientos 
manifiestamente amañados y violentos ¿Qué se pone 
de manifiesto? La sordera frente a los 
argumentos; la soberbia frente al clamor 
ciudadano; la arrogancia que tira puertas y 
cierra canales de diálogo y entendimiento.

Uno no puede evitar preguntarse: ¿Acaso la Sala 
IV, como Madame Bovary, y dominada por pasiones 
fuera de su control, habrá querido, por propia 
decisión, tomar el veneno que podría aniquilarla?

Rescatemos la democracia

La institucionalidad ha sido subvertida, 
violentada, afrentada, corrompida por los mismos 
en cuyas manos se depositó la responsabilidad de 
administrarla. Ellos están ignorando la ley y 
pisoteando la Constitución. Ellos y tan solo 
ellos. No el movimiento ciudadano que reclama y 
denuncia. No el movimiento ciudadano que tan solo 
demanda lo básico y elemental: ser escuchado, 
respetado, tenido en cuenta

Frente a una institucionalidad secuestrada, 
nuestro deber y nuestro derecho es reclamar que 
sea devuelta a sus legítimos dueños. Que la 
democracia sea la democracia que nace del pueblo, 
sin más dueño que el pueblo mismo. Que se le 
devuelva a la Constitución su majestad; que las 
leyes vuelvan a estar al servicio del pueblo; que 
la institucionalidad vuelva a funcionar con base 
en el criterio ético de la vida concreta. O sea, 
la vida de este pueblo nuestro, cuyo derecho 
fundamental, concreto y tangible, es el derecho a 
una vida digna. Derecho que, por mil razones mil 
veces argumentadas, se pone en riesgo con este 
TLC que hoy la Sala IV, en el colmo del 
escándalo, bendice y legitima. con dolorosísima 
ligereza e irresponsabilidad

[Se han eliminado los trozos de este mensaje que no contenían texto]

Responder a