A propósito del referendo que vivimos en Costa Rica.

Comparto con ustedes esta hermosa crónica que me ha llegado; hecha por alguien 
que no conozco; pero que refleja en sus palabras todo lo que sentimos miles y 
miles de costarricenses que participamos del lado del NO en el pasado referendo 
sobre el TLC en Costa Rica.

Batalla que perdimos (aunque no la guerra) por un estrecho margen de 3% luego 
de una terrible campaña de intimidación y mentiras, con el uso de fondos 
públicos por parte del Gobierno, con la violación de la tregua electoral por 
parte de este y de los medios de comunicación masiva, con la intervención 
directa del gobierno de Estados Unidos amenazando a la población si ganaba el 
"NO al TLC".


Crónica
Por Hernán Jiménez

El barrio es Paso Ancho. La casa es sencilla. La gente es mucha. Bueno, más o 
menos. Unas 10 o 15 personas. Uno de los famosos 'comités patrióticos'. 
Entramos acongojados, inseguros y sin conocer a nadie. "Venimos a ayudar", fue 
lo único que dijimos. Nadie respondió, solo aparecieron tres sillas más que se 
estrujaron alrededor de la mesa. La discusión continuó sin perturbaciones, como 
si no estuviéramos ahí. 'Yo no sirvo para estas cosas', pensaba yo, mientras, 
incómodo, jugaba con el mantel, apagaba el celular, o le hacía números a un 
pedazo de tortilla con queso en el centro de la mesa.

De pronto me dí cuenta de que no hubo una bienvenida porque todos ahí eran 
extraños también. Vecinos, viejitos, mamás, un ingeniero, un contador, un 
electricista, un par de estudiantes y un pulpero. Todos oyendo atentos a la 
aparente líder: "Necesitamos un carro que nos colabore con el transporte de 
almuerzos. Hay un muchacho en Tres Ríos que tiene un restaurante y va mandar 
150 platos de arroz con pollo". De pronto veo mi oportunidad de integrarme y 
ganarme el derecho a la tortilla, "Yo puedo, yo tengo carro". No hubo gracias, 
no hubo mayores sobresaltos, no hubo gestos de admiración. Simplemente un 
papelito con una dirección, y un par de instrucciones respecto a la hora y ruta 
de distribución. "Genial!", dice la jefa. Suena el timbre y entra un niño de 12 
años, solo, con una sombrilla y una mochila al hombro. "El es Carlos, y va a 
ser el jefe de los guías". El niño había organizado por sus propios medios una 
'capacitación' para otros güilas que iban a colaborar, y quiso venir a esta 
reunión para empaparse de la estrategia a seguir el día del referendum. "Es que 
la idea es estar bien coordinados", me dice sin soltar la sombrilla. La mamá de 
la líder apareció con un plato repleto de piña, una piña dulce y amarillísima, 
y un montón de tenedores. "Es que mi cuñado trabaja en Pindeco, y nos manda 
unas piñas riquísimas, de exportación". La probé y me empaché. Parecía que le 
hubieran echado azúcar. Pero me encantó. De exportación?, pensé. Si las piñas 
ticas en Manhattan saben a mierda. "El está con el NO", aclara la mamá sobre su 
cuñado, "pero lo tienen tan amenazado que dice que ojalá nos vaya como un 
quebrado". Todos se ríen al unísono, y luego a trabajar. "Dónde está el baño?", 
pregunto yo. "Este está taqueado, andá al de mamá". De pronto me veo en un 
cuarto ajeno, frente a una cama ajena, camino a un baño ajeno, pero me sentía 
como en mi casa. Cuando regresé a la mesa ya no había más piña, y la reunión 
estaba por terminar. Y para suerte mía, logré entender lo que ahí estaba 
pasando antes de que nos diéramos la mano y regresara cada quien a su casa. No 
sé si fueron las pantuflas de la mamá en la entrada. No sé si fue el sonido de 
tantas sillas moviéndose y acomodándose. No sé si fue un entendimiento mutuo y 
absoluto, pero lo que ví frente a mí no era otra cosa más que democracia. De 
cuerpo entero y bien arreglada. Pero no como un concepto. No como una 
definición. Era la democracia sucediendo. Pasando en ese instante. Como pasa un 
terremoto. Como pasa una brisa. Como pasa el tiempo. Como sucede un acto de 
terror o uno de solidaridad. Un evento. Un suceso. La democracia estaba 
pasando, y lo hacía sin mayor alboroto. Simplemente una casa con la puerta 
abierta, un barrio cociéndose a fuego lento, un ollón de esperanza. Y me 
pareció irónico que en un día tan inesperado, a mis 27 años, viniera yo a 
enterarme de semejante cosa. Que llegara yo a entender una incógnita después de 
tanto tiempo. Porque lo intenté. Lo intenté a lo largo de 11 años de escuela. 
Intenté averiguar en qué consistía la palabrita que tanto le gustaba a las 
maestras. Democracia: "Que cuelgue el farolito, que se vista de campesino, que 
demos gracias, que William Walker, que el desfilito y una banda de colegio que 
suena igual a todas, con esas hijueputas liras que dan ganas de echarlas a un 
caño... Ah! Y que la gente escoge a sus gobernantes. Ah! Y que la nuestra es 
viejísima e inquebrantable." Todas palabras textuales de alguna niña o 
profesora en mi vida, con la mejor de las intenciones, pero la más grande de 
las ignorancias. Porque ninguna me describió esa noche.

Dicen que cuando alguien se va, cuando alguien se marcha para siempre, el que 
se queda es el que más sufre. Porque le toca extrañar en las mismas calles, en 
los mismos rincones, y los mismos olores. Porque le toca vivir en el escenario 
de sus recuerdos. Y en este día tan triste, es algo así lo que me llena de 
nostalgia. Haber visto a la democracia frente a frente y directo a los ojos, y 
que de un día para otro se esfumara. Porque las calles siguen igual. Y me hace 
falta.

La 'fiesta patriótica' del domingo 7 de octubre, no fue más que una gran 
batalla entre la democracia y el miedo. Perdón, miedo no. Pavor. Asusta además 
pensar que el olor del dinero sea tan poderoso como para haber infestado a 
tanta gente. Porque una cosa es un graduado de Harvard que cree en el libre 
comercio y otra muy distinta un taxista que dio un voto a cambio de una 
extrilla miserable. Una cosa es un profesor del Incae y otra la niña Xinia de 
Paso Ancho, ahora gastando su aguinaldo de octubre en un diario de Palí. Una 
cosa es un Premio Nobel de la Paz, y otra muy distinta es un Premio Nobel de la 
Paz ofreciendo parques industriales en los precarios.

Me duele por todos aquellos costarricenses del Sí que talvez vivieron un 
instante de democracia también, pero que hoy ven su triunfo manchado de la más 
asquerosa codicia de sus dirigentes. Que hoy viven un triunfo sustentado en la 
mentira y unas cuantas primeras planas de un pasquín. Que hoy viven un triunfo 
que costó mucho dinero.

Pero dice Ani Difranco, mi gringa favorita:

".in the time it takes this cultural deathwish to run its course, they're gonna 
make a pretty penny, and then they're all going to hell."

Y yo le creo.

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