El arte como crítica

Pocos ponen en duda la afirmación de que el espíritu crítico surge en Occidente 
por primera vez en la Grecia Antigua, y de que aún constituye la manera de 
pensar de aquellos  hombres y mujeres que han logrado naturalizar la libertad, 
los mismos que comprenden que la libertad es una vacuidad sin la presencia del 
otro, del diferente, de quien no es asertivo ni proactivo. No obstante, no 
sería preciso afirmar que el espíritu crítico  ha sido una constante en el arte 
desde sus orígenes. Sería difícil encontrar ejemplos de arte crítico en la 
Grecia del siglo V a.c., o en la Constantinopla del siglo VI d.c, o en el Paris 
del siglo XII. Pues, habría que investigar qué tipo de crítica determinó el 
pensamiento artístico  en estas épocas. Propongo que consideremos  dos  
hipótesis iníciales: 1) el arte comienza a asumir una función crítica sólo a 
partir del Renacimiento, y 2) esta actividad se consolida en el siglo XIX, 
estimulada  por los efectos de la revolución francesa en el pensamiento de la 
época. Pero antes  preguntémonos, ¿qué tipo de crítica han realizado los 
artistas? ¿Ética, poética, religiosa, política o formal? Propongo: 1) llamar 
crítica interna a la crítica formalista y crítica externa a la crítica que 
elabora problemas éticos, políticos y sociales; 2) Las dos criticas tienen 
igual relevancia.

El espíritu crítico de las artes se ha articulado a través de la literatura y 
la filosofía. Es conocido que para comprender el hacer y el pensar de hombres y 
mujeres, la Antigüedad Clásica estableció  una diferencia entre  artes 
liberales y artes serviles, las primeras caracterizaban las actividades de los 
hombres libres y se realizaban en el pensamiento a través de la palabra; las 
últimas  tenían en al cuerpo como su principal apoyo. Las artes plásticas eran 
consideradas un oficio, «un saber hacer en un contexto», un hacer manual que 
tenia sumida la crisma en la materia; esta actividad no contaba con la 
distancia que constituía los procesos de pensamiento, el poético y el 
filosófico. Precisamente, la crítica de Platón a los poetas y a los artistas 
está motivada por su falta de distancia, por la ausencia de espíritu crítico en 
sus obras. Según Platón, como los artistas dependen del aplauso de su pueblo, 
son complacientes con todos los vicios que aquejan al hombre y a la mujer, y a 
las instituciones que constituyen[1]; como es sabido, solemos complacernos en 
nuestros defectos, quizá como consuelo a nuestras miserias. La tradición de 
pensamiento que inauguró Platón mantiene aún el prejuicio de que sólo mediante  
el ejercicio de la palabra se puede realizar la crítica.

Los artistas del Renacimiento se encargaron de reivindicar su hacer como un 
arte liberal, como una manera de pensar, reivindicaron su actividad como 
pensamiento sensible. Fueron los primeros en tomar distancia de su hacer. La 
función del arte comienza a cambiar en esta época. No se trata ya de dejar un 
testimonio visual de la gesta de un general aguerrido o de registrar el triunfo 
de un atleta victorioso, -mucho menos de contribuir a la orientación de la 
moralidad religiosa de una comunidad; los artistas cada vez menos se resignan a 
tener que educar en la fe, o a reeducar en ella como es el caso del catolicismo 
a partir del siglo XVII;  o el caso del comunismo en el siglo XX, o del 
liberalismo en el XXI.

La crítica de los artistas del Renacimiento a la época que le precedió, 
consistió en enseñarnos a ver un paisaje humano y natural que habían sido 
velados por  la angustia que generaba en hombres y mujeres la necesidad  de 
salvar el alma de su cárcel terrenal, -de todos sus condicionamientos. Los 
artistas que se orientaron por las reflexiones de Lutero tuvieron la 
oportunidad de enseñarnos a  vernos  a nosotros mismos, como nos lo muestra el 
auge del retrato en la Holanda del siglo XVI. Parcialmente liberados de sus 
funciones pedagógicas y morales, los artistas consolidan su espíritu crítico  
en el siglo XIX. Estrictamente, el arte del  siglo XX puede caracterizarse a 
partir   de una función crítica, principalmente, debido a que los artistas 
comenzaron a concebir y pensar sus propios contenidos, no sólo las formas en 
las que aquéllos circulaban. Los artistas conciben el arte como un proceso de 
sensibilizar el pensamiento y de intelectualizar la sensibilidad, comienzan a 
cerrar la brecha entre hacer manual sensible y  el hacer ver del pensamiento. 
Además, consideran que la libertad que promueven es una antesala a las 
libertades políticas.

El pensamiento en Occidente ha sido un monopolio de la filosofía. Controló y 
silenció el pensamiento sensible, le negó su cualidad de tal. Podía ser crítico 
con el arte, pero al arte le estaba vedada la función crítica. Lograda su 
mayoría de edad,   el pensamiento sensible, por definición crítico, se realiza 
interna o externamente. La crítica es Interna cuando su objetivo es repensar 
las formas mediante las cuales se ejecuta el pensar artístico. La crítica es 
externa, cuando las formas artísticas se expanden y elaboran problemáticas 
sociales, políticas, o psicológicas.  Cuando los artistas logran distanciarse 
de la materia, reformulan la finalidad que buscan las formas, estás ya no se 
conforman con dialogar consigo mismas sino que se expanden a otras regiones del 
saber.

El arte contemporáneo es crítico porque es pensamiento, -es crítico o no será. 
Finalmente los artistas  comprenden  que el pensamiento sensible siempre ha 
tenido  un impacto moral o político en la sociedad, de ahí el celo que tienen 
las revoluciones conservadoras por controlarlo por medio psiquiatrismos como la 
asertividad o la proactividad. Podríamos decir que una buena parte de la 
historia del arte Occidental se ha orientado por medio de una crítica interna, 
y que sólo a partir del siglo XIX la función del arte se concibió a partir de 
una combinación de ambas. La crítica en el pensamiento artístico dejó de ser 
formal en el momento que los artistas lograron ser reconocidos como artistas 
liberales, es decir, no limitados a las manualidades. El arte contemporáneo 
está sacando partido de lo que comenzaron a  abonar los artistas del 
Renacimiento, y cosecha aquello que sembraron los del Romanticismo. Estas 
observaciones nos llevan a concluir que debemos expandir las fronteras del arte 
contemporáneo hasta el Renacimiento.



Jorge Peñuela



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[1] Platón, Diálogos, La República, Gredos, Madrid, 1986


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