Hasta ayer, era optimista con el curso que habían seguido los
acontecimientos en la Tadeo: se produce por fin la salida de Sylvia
Escobar, se dice que Paco López, quien ya había tenido una gestión
digna como decano de la Facultad regresará de forma transitoria para
atender la urgencia de los cambios, investido por el respaldo de la
Universidad y el de los profesores de tiempo completo, quienes se
sientan a trabajar en la consolidación de grupos y estrategias que
permitan ponerle la cara a la compleja situación del Departamento de
Bellas Artes, se produce una carta en que se reafirma la necesidad de
un diálogo franco con los estudiantes, profesores y exprofesores y
directivas para buscar compromisos mutuos que se reviertan en una
revisión del programa, los procesos internos de gestión y el respeto a
los miembros de la comunidad académica. Y al ver todo eso, sólo se
puede tener confianza y fe en que la situación va a salir adelante,
sólo se puede pensar que las disputas, peleas y enemistades surgidas
durante el proceso de confrontación con la administración Escobar
valieron la pena porque al final se había producido una legítima
acción colectiva que ponía sobre el tapete la evidencia de que ésta,
sumada a la iniciativa individual, producían frutos benéficos para la
mayoría.

Sin embargo las cosas no resultaron así, pues no sólo Paco López no
entró a la Dirección del programa sino que quien lo hizo fue Paula
Silva, segunda al mando durante los últimos estertores de la
administración Escobar y ampliamente influenciada por aquella y
reconocida por los estudiantes por su arduo ejercicio, el cual era más
de índole policial que docente.

Con su nombramiento, la Universidad no sólo le dio una bofetada a
estudiantes y profesores, sino que puso en evidencia que todos sus
intereses se dirigen al desmonte inmediato de un programa que, sin un
guía experimentado en el campo de la enseñanza y la gestión
administrativa dentro de la Universidad, sin el respeto de la
comunidad académica y sin una visión clara sobre lo que implica
dirigir un programa de Bellas Artes y no sólo ser la mano que ejecuta
lo que voces en off le van dictando, está condenado a seguir
padeciendo mucho más de lo mismo hasta el momento en que la oficina
quede libre para implementar en ella un nuevo programa tecnológico en
alguna rama de la producción de bienes muebles.

Veo a Sylvia Escobar riéndose en este momento en Cancún o Isla
Margarita porque, finalmente, la jugada le salió bien.

Y felicitaciones a Paula Sylvia por su nombramiento, que con seguridad
le abrirá las puertas de una brillante carrera en la industria del
arte y la educación.


Víctor Albarracín

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