Perdón por este largo mensaje, pero hablando del espíritu del hacker y
de la creación sonora les mando este cuento de A. C. Clarke, que de
paso es mi primer libro hackiado.
disculpen algunos pequeños errores de transcripción
saludos
e...@microbio
Melodía definitiva - Arthur C. Clarke
-Charlie- comenzó Harry Purvis con serenidad-, esa maldita tonada que
silvas me está volviendo loco. La semana pasada, cada vez que ponía la
radio la oía.
Hubo un desairo nasal por parte de Jhon Cristopher.
-Deberías poner siempre el tercer programa. Así estarías a salvo.
-A algunos- remachó Harry- no nos importa una dieta a base de
madrigalistas isabelinos exclusivamente. Pero no riñamos por eso, por
el amor de Dios. ¿Se te ha ocurrido alguna vez que hay algo más bien…
fundamental en torno a las tonadas que pegan?
-¿Qué quieres decir?
-Bien, proceden de no se sabe dónde, y luego durante semanas todo dios
las tarareas, tal como Charlie ha venido haciendo. Lo bueno es que se
te agarran y no hay forma de quitártelas de la cabeza: siguen y siguen
durantes días enteros.
Y luego, de repente, desaparecen y se van por donde vinieron.
-Sé a qué te refieres- dijo Art Vincent-. Hay ciertas melodías que
puedes aceptar o dejar, pero otras se te quedan pegadas como goma
arábiga, tanto si quieres como si no.
-Justamente. Yo he estado así durante toda una semana con el tema
principal del finale de la segunda sinfonía de Sibelius: incluso me
iba a dormir con el sonsonete en mi cabeza. Luego vino esa pieza el
“tercer hombre”, da di da di daa, di da, di daa… y eso le pasa a todo
el mundo.
Harry se detuvo un momento hasta que el auditorio acabara de remedar
el sonido de cítara. Cuando el último “ ¡Plonk!” hubo desaparecido,
prosiguió:
¡Precisamente! Todos estáis igual de afectados. Ahora bien ¿qué pasa
con esas tonadas que producen ese efecto? Algunas de ellas pertenecen
a la buena música pero otras son sencillamente banales, aunque
obviamente deben tener algo en común.
Sigue- dijo Charlie-. T escuchamos.
No sé cuál puede ser la rozón- replicó Harry-. Es más, no quiero
saberla. Aunque conozco a un hombre que lo descubrió.
Automáticamente, alguien le alargo una cerveza y el hilo del relato no
quedó interrumpido. Siempre fastidia a mucha gente tener que parar a
medio vuelo para repostar.
-Ignoro el porqué- dijo Harry Purvis - pero la mayoría de los
científicos estan interesados en la música, y esto es un hecho
innegable. He conocido varios grandes laboratorios con sus orquestas
sinfónicas de aficionados: algunas bastante buenas también. En lo que
respecta a los matemáticos, puede pensarse que su afición tiene
fundamentos obvios: la música particularmente la de calidad, tiene una
forma que es casi matemática. Luego está la teoría subyacente, claro:
relaciones armónicas, análisis de ondas, distribución de frecuencia,
etc. Es un estudio fascinante en si mismo, y uno de los que más
tentadoramente llama a la mente del científico. En otro lado, en
contra, de lo que mucha gente piensa, no es imposible una apreciación
puramente estética de la música.
-No obstante, debo confesar que el interés de Gilbert Lister por la
música era puramente cerebral. Lister era, primariamente, un psicólogo
especializado en el estudio del cerebro. De modo que cuando afirmo que
su interés era cerebral, lo hago bastante literalmente. La Alexander’s
Ragtime Band y la Sinfonía con Coros de Bethoven venían a ser lo mismo
para él. No le importaban los sonidos propiamente dichos, sino sólo lo
que ocurría cuando penetraban por los oídos y comenzaban a producir
sus efectos en el cerebro.
-En un auditorio nada ignorante como es éste- dijo Harry, haciendo
hincapié en el insulto abierto-, nadie habrá que desconozca que la
mayor parte del actividad cerebral es eléctrica. Hay, de hecho, una
continua pulsión de ritmos que se mantienen todo el tiempo y que
pueden ser detectados y analizados por instrumentos modernos. Éste era
el territorio de Gilbert Lister. Podía colocarte electrodos en el
cuero cabelludo y sus ampliadores dibujarían tus ondas cerebrales
sobre yardas de cinta. Luego podía examinarlas y decirte toda clase de
cosas interesantes sobre ti mismo. Por último, clamaba, será posible
identificar a cualquiera a tenor de su encefalograma, por usar el
término correcto, de manera mucho más positiva que sirviéndose de las
huyas dactilares. Un hombre puede hacerse la cirugía para cambiar la
piel, pero si logramos llegar a que la cirugíaa pueda cambiar el
cerebro… bueno, entonces te volverías otro; de cualquier modo, el
sistema aún no ha fallado.
-Gilbert se interesó por la música mientras estaba estudiando el alfa,
el beta y otros ritmos del cerebro. Estaba seguro de que tenía que
haber alguna conexión entre los ritmos musicales y mentales. Había
experimentado con música a diversos tempos, a ese respecto, y visito
el efecto producido entre las frecuencias normales del cerebro. Como
podía esperarse, hubo muchos, y el descubrimiento hecho condujo a
Gilbert a campos más filosóficos.
-Yo buenamente sólo puedo de sus teorías. No es que se guardara para
sí sus secretos (y ya que lo tocamos, nunca he topado con ningún
científico que los guarde, ) pero no le gustaba hablar de su trabajo
hasta saber hacía donde apuntaba. No obstante, lo que me contó era
suficiente para demostrar que había tocado un campo interesante y a
partir de entonces me sentí interesado. Mi firma le suministró algunos
de sus accesorios, pero yo no era contrario a obtener un poco de
beneficio de pasada. Se me ocurrió que si las ideas de Gilbert
marchaban, éste necesitaría un directivo comercial antes de que
pudieras silbar los primeros compases de la Quinta Sinfonía…
-Pues lo que Gilbert estaba intentando hacer era sentar una base
científica para la teorías de las tonadas pegadizas. Claro él no lo
pensó así: él lo veía como un puro proyecto de investigación y no
tenía ante sí más que un números de las Actas de la Sociedad Física.
Pero yo reconocí sus implicaciones financieras en el acto. Eran
bastante imponentes.
Gilbert estaba seguro de que una medida genial, o una tonada pegadiza,
se imprimían en la mente porque en cierto modo encajaba con los
fundamentales ritmos eléctricos que tenían lugar en el cerebro. Una
analogía que solía usar era: “ Es una llave modelo Yale que se
introduce en una cerradura: las dos partes tienen que encajar antes de
que nada ocurra…”
Atacaba el problema desde dos ángulos. En primer lugar, cogió ciento
de tonadas verdaderamente populares, tanto de la música clásica como
callejera, y anaizó su estructura, su morfología. Esto fue hecho
automáticamente, en un gran analizador de armonías que abarcaba todas
las frecuencias. Naturalmente, hubo mucho más de lo que cuento, pero
estoy seguro de que os haréis una idea general.
Al mismo tiempo, intentó ver como los modelos de ondas resultantes
concordaban con las naturales vibraciones eléctricas del cerebro.
Porque la teoría del Gilbert era, y aquí es donde nos adentramos en
aguas profundamente filosóficas, que todas las tonadas existentes no
eran sino aproximaciones a una melodía fundamental. Los músicos la
habrían estado buscando a tientas durante siglos, aunque sin saber lo
que estaban haciendo, porque ignoraban toda relación entre la música y
la mente. Ahora que esto se ha desvelado, será posible descubrir la
Melodía Definitiva.
-¡Eh!- dijo Jhon Cristopher-. Eso es sólo una refundición de la teoría
platónica de las ideas. Ya sabes todos los objetos de nuestro mundo
material son meras copias de la carne o la mesa ideales, o lo que sea.
De modo que tu amigo iba tras la melodía ideal. ¿Y la encontró?
- Os explicaré- prosiguió Harry imperturbable-.Completar su análisis
llevo a Gilbert cerca de un año, y a continuación procedió a realizar
la síntesis. Para decirlo en bruto, construyó una máquina que
automáticamente elaboraría modelos de sonido según las leyes que había
descubierto. Tomaba bancos de osciladores y mezcladores (de hecho
modificó un órgano eléctrico común para esta parte del aparato) que
eran controlados por su maquina de componer. Gilbert, de esa manera
tan infantil que tienen los científicos al bautizar sus artefactos,
bautizó el suyo con el nombre de Ludwig.
Quizás ayude a entender cómo operaba Ludwig si pensáis en él como una
especie de caleidoscopio que trabaja con sonido en vez de luz. Pero
era un caleidoscopio dispuesto para obedecer ciertas leyes, así lo
creía Gilbert, estaban basadas en la estructura fundamental de la
mente humana. Si lograba hacer los ajustes correctos, Ludwig estaría
dispuesto, más pronto o más tarde, para arribar a la teoría definitiva
al recorrer todos los posibles modelos de música.
Tuve la oportunidad de oír funcionar a Ludwig y era algo siniestro. El
equipamiento era la acostumbrada e indescriptible mezcolanza de
cachorros electrónicos que uno suele encontrarse en cualquier
laboratorio: lo mismo podría tratarse de un nuevo ordenador, de un
arma con base en el radar, un sistema de controlar el tráfico, o un
radio de jamón. Resultaba muy difícil creer que, si funcionaba,
desbancara a todo compositor del mundo de los negocios. ¿o no? Quizá
no: Ludwig era capaz de emitir el material acumulado, pero sin duda
todavía tenía que ser orquestado.
Entonces comenzó a brotar el sonido del altavoz. Al principio me
parecía estar asistiendo a los ejercicios pianísticos elementales de
un alumno aplicado, pero falto de toda inspiración. Muchos de los
temas eran bastante banales: la máquina interpretaba uno, luego
interpretaba las variaciones compás tras compás hasta agotar todas las
posibilidades hasta pasar al siguiente. Ocasionalmente surgía una
frase brillante, pero en su conjunto no me impresionaba en lo más
mínimo.
Sin embargo, Gilbert explicaba que era sólo un ensayo y que los
circuitos mayores aún no habían sido instalados. Cuando lo fueran
Ludwig llevaría más lejos su selección. Por el momento, emitía todo lo
que se le venía: no poseía sentido de discriminación. Cuando lo
adquiriese, entonces las posibilidades conocerían el límite.
Esto fue la última vez que vi a Gilbert Lister. Me las había arreglado
para encontrarme con él en el laboratorio una semana más tarde, que
era cuando él esperaba alcanzar progresos más sustanciosos. El caso es
que llegue a la cita con casi una hora de retraso. Y esto constituyo
una gran suerte para mí…
Cuando llegué, acababan de sacar a Gilbert. Su asistente en el
laboratorio, un viejo que había estado con él durante años, estaba
perplejo y desconsolado entre la maraña de alambres de Ludwig. Me
llevó cierto tiempo descubrir lo que había pasado, y mucho más aún dar
con las explicación.
De una cosa no había duda. Ludwig por fin había funcionado. El
asistente había salido a comer Mientras Gilbert realizaba los últimos
ajustes y cuando, una hora más tarde, regresó al laboratorio, el
científico estaba absorto en una larga y compleja frase melódica. O la
máquina se había detenido automáticamente en aquel punto o Gilbert
había pulsado el botón REPETICIÓN. De cualquier modo, él había estando
escuchando, durante cientos de veces, como mínimo, la misma melodía.
Cuando el asistente lo encontró, Lister parecía en trance. Sus ojos
estaban abiertos, pero no veía, sus miembros se mantenían rígidos. Aún
cuando Ludwig hubiera sido desconectado, no habría habido diferencia.
Gilbert estaba más allá de todo auxilio.
¿Qué había ocurrido? Bien, supongo que deberíamos haber pensado en
ello, pero no es tan fácil hacerse el sabio tras el hecho. Es como
dije al comienzo. Si un compositor, simplemente trabajando frente al
piano, puede producir una melodía que se te pega durante días hasta el
asco, imaginaos el efecto de la Melodía Definitiva que Gilbert andaba
buscando. Suponiendo que exista(no lo estoy admitiendo), formaría un
anillo sin fin en los círculos memorísticos de la mente. Sonaría y
sonaría eternamente, obcecando todos los otros pensamientos. Todas las
celebérrimas melodías del pasado serían mera efemérides comparadas con
ésta.
Se intentó la terapia del shock: todo. Pero sin resultado; las piezas
han quedado encajadas y no pueden desarticularse. Ha perdido
completamente la conciencia del mundo exterior y tiene que alimentarse
intravenosamente. Jamás se mueve ni reacciona a los estímulos
externos, aunque a veces, me lo han dicho, gesticula de una manera
peculiar, como si estuviera marcando tiempos…
Me temo que no hay esperanzas para él. Pese a ello, no me atrevería a
afirmar que su destino es horrible, como tampoco que es merecedor de
envidia. Quizás, en cierto sentido, haya encontrado la realidad última
de los filósofos como Platón han hablado siempre. Yo, realmente, no lo
sé. Y a veces me sorprendo preguntándome a qué se parecería esa
melodía infernal y hasta casi deseo escucharla, como en cierta ocasión
estuve a punto de lograr. Pero nunca volveré a tener esa oportunidad,
naturalmente.
-Deseaba que llegaras a este punto- dijo Charles Willis
desagradablemente-. Debemos de suponer que el aparato estalló, o
alguna cosa parecida, para que, como de costumbre, no haya forma de
comprobar tu relato.
Harry le lanzó una mirada, más compasiva que irritada.
-Lo que ocurrió a continuación fue una de esas cosas completamente
espeluznantes por las que uno no deja de maldecirse toda la vida.
Veréis, había estado demasiado interesado en el proyecto de Gilbert y
no había atendido los asuntos de mi firma con mi ánimo habitual. Me
temo que había descuidado bastante sus pagos y cuando en caja se
enteraron de lo que le había pasado a Gilbert, actuaron rápidamente.
Yo estuve un par de días fuera, ocupado con otro asunto, y cuando
regresé, ¿qué os imagináis que había ocurrido? Habían obtenido una
orden judicial y habían procedido a hacer lotes con sus propiedades
para disponer el embargo. Por supuesto, aquello había significado
desmantelar a Ludwig: cuando lo volví a ver no era sino un informe
montón de chatarra inútil. Incluso derramé algunas lágrimas.
-No me cabe la menor duda- dijo Eric Maine-. Pero te has olvidado del
Cabo Suelto Número Dos ¿ Qué pasó con el asistente de Gilbert? Él
penetró en el laboratorio mientras el artilugio estaba a toda marcha ¿
Por qué no lo alcanzó también a él?
H purvis se detuvo para apurar las últimas gotas de su vaso y
alargárselo a Drew.
-¡Vaya que sí!- dijo-. ¿ Es esto un interrogatorio? No he mencionado
el dato porque era más bien trivial. Para que veáis, el asistente de
Gilbert era un técnico de primera magnitud, aunque no había sido de
mucha ayuda frente a los ajustes de Ludwig. Pues era una de esas
personas que aparecen completamente sordas ante cualquier tonalidad.
Para él la Melodía Definitiva no significa más que un par de gatos
maullando sobre la valla de un jardín.
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Emiliano Hernández-Santana
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