Buenas, 
he escrito una crítica del disco Como lo baila el axolote, del santurtziarra 
Unai Requejo. 
Por si os interesa, aquí os dejo un enlace para que la podáis leer en su página 
(que, por cierto, es un pasote): 
http://www.unairequejo.com/djyuju/index.php/m-sica/critica-de-hector-rey/
Os aconsejo que escuchéis el disco, se puede directamente desde la web, es muy 
bonito! 
Os pego también la crítica aquí mismo, para que sea más fácil: 

Como lo baila el axolote, de DJ YUJU! (2012).

Como lo baila el axolote es el nuevo disco de DJ YUJU!, nombre tras el que se 
esconde el artista santurtziarra Unai Requejo. Conozco bastante su música y he 
de reconocer que, cuando me comentó que escribiera una crítica –a lo cual me 
animé sin pensármelo dos veces-, sospeché que me iba a encontrar con un disco 
de música de saltimbanquis pixelados. Además, con ese título y presentación tan 
diver, ¿qué otra cosa podía ser? Efectivamente, así es... en parte.
¿Se puede calificar, a estas alturas, de 8-bit music a algo sólo por estar 
construido en base a un material determinado y reconocible –a saber, cajas de 
ritmos, sintetizadores vintage, sonidos glitch-? Por supuesto que no, pues lo 
finalmente decisivo, como siempre, es elcómo. Si bien algunos rasgos propios 
del imaginario de Unai –y del disco en cuestión-, presentes en la manera de 
articular los elementos estructurales –las melodías naïve, los timbres, el aire 
narrativo que inunda todas las pistas...- pueden relacionarse con el 
nintendocorepropio de grupos como 8-bit weapon, relegar en ese estereotipo a 
este disco sería ser muy injusto, quedarse corto y no ir a lo esencial. Es que 
más allá de cómo Unai pone a funcionar su imaginario a través de esta música 
aparentemente tan de lenguaje,  hay momentos en los que el disco, además de 
decir lo que tan claramente dice, dice lo que no (se) dice.
Lo curioso es que una clave esencial es, precisamente, ese lleno absoluto de 
lenguaje. Este es un disco horror vacui, lo cual no significa, de ninguna 
manera, que caiga en barroquismos decorativos: siempre pasa algo, hay una 
condensación estructural enorme de la que parece brotar, sudar, algo que se 
escapa a ella misma. Una frase tras otra, un sample tras otro, un estímulo tras 
otro hasta el punto que te OBLIGA a divertirte aunque no te dé la gana. Es que 
hay de todo: sintes retro, melodías paranoicas, samples de máquinas de pinball, 
y de repente... el propio Unai tocando la trompeta y añadiendo relieve al opaco 
armazón de sonidos digitales. ¡Hay hasta una solemne fuga de Bach que se 
convierte en la banda sonora de un videojuego de scroll horizontal que narra 
una historia de aventuras o, también, de mafias urbanas!
Y funciona, precisamente, porque esa sobrecarga estructural está repleta de 
todo tipo de recursos que atentan contra la cuadratura propia de la música de 
secuenciador -en la que, habitualmente, cada parte llega puntual a su lugar 
para crear el beat, y así ad infinitum-, dejando vía abierta al extrañamiento: 
progresiones melódicas que, de repente, introducen notas que no vienen a 
cuento, partes emotivas que casi son capaces de sacar una lagrimilla a base de 
reducir el tempo, intervenciones analógicas que por poco no encajan con el 
ritmo de las canciones –como el xilófono de Baile Saltarín-... ¡música 
tropical, calypso, con steel drums y todo! Sí, al más puro estilo Monkey 
Island. Qué tiempos aquellos...Atendiendo a la estructura general del disco 
como tal, podría parecer, tras una audición completa, que se agota a sí misma y 
se vuelve redundante al llegar a los últimos temas. En cambio, a fuerza de 
escucharlo para hacer esta crítica, he caído en la cuenta de que es 
precisamente la naturaleza acumulativa del trabajo, como una disposición 
minimalista, lo que le dota de sentido. La propia escucha lineal termina 
generando la sensación de que los diferentes temas están dispuestos en 
vertical, apilados, algo parecido a los cajones de un archivador del que 
podemos elegir cuál abrir.
Es como si un músico digital de los años diez versionara a una banda de pop de 
los dos mil que versiona, a su vez, a un músico digital de los años noventa.
Héctor Rey.


                                          
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