La revolución de Internet y los paradigmas bibliotecarios emergentes: las bibliotecas digitales comerciales

Francisco Javier García Marco

Miembro del Grupo Thinkepi
http://www.thinkepi.net
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Internet ha modificado el horizonte de las publicaciones, la lectura y las bibliotecas de forma irreversible; y, sin embargo, los impactos mayores de la revolución telemática están probablemente por llegar y modificaran sin remedio los paradigmas tradicionales de lo que ha sido una biblioteca.

La disponibilidad “casi” universal —requiere de conexión a Internet— de una cantidad ingente de publicaciones y la velocidad de las conexiones han contribuido a crear una suerte de biblioteca global, por más que fragmentada. Ciertamente, esta nueva biblioteca global está todavía plagada de múltiples barreras de acceso (1), pero, en la mayoría de los casos, en ella se llega a gran parte de la información que se busca en menos tiempo del que cuesta salir de casa y desplazarse hasta cualquier lugar.

Antes de Internet los documentos eran caros y de difícil acceso, y la distribución de documentos se realizaba por una red estable compuesta de distribuidores, puntos de venta, préstamo público en bibliotecas y préstamo entre particulares. El canal comercial era, por lo general, más rápido, actualizado y sofisticado; y, por su parte, la biblioteca pública cumplía su función de forma más mediata, pero gratuita.

Ahora, la edición y la publicación digital han abaratado enormemente la producción y difusión de documentos. Almacenados y distribuidos a una escala planetaria por Internet y accesibles en unos pocos segundos o como mucho minutos, los documentos abundan y su precio de creación, producción y distribución sigue bajando continuamente.

En este nuevo contexto, las bibliotecas y centros de documentación están luchando por modificar o reconstruir su nicho dentro de una ecología de la información cada vez más compleja. Así, unas bibliotecas se centran en producir información —digitalizando sus colecciones, publicando las bases de datos generadas en sus instituciones, etc.—; otras se especializan en custodiarla — bibliotecas de depósito, históricas, repositorios digitales, etc.—; y las más, por último, proporcionan préstamo y servicios de orientación en ambientes locales o especializados (2).

Sin embargo, en este esfuerzo de adaptación las bibliotecas no están solas. Compiten con otras industrias de la información, como los editores y los medios —que intentan dirigir su patrimonio documental directamente a los usuarios—, o la enseñanza, que intenta convertir la “alfabetización digital” —incluyendo posiblemente la informacional— en uno de sus pilares fundamentales, en uno de sus ejes transversales, toda vez que el acceso a la información, y no su memorización o “posesión”, se han convertido en la clave —creen muchos expertos— de la sociedad del conocimiento. Así pues, las bibliotecas no dependen solo de sí mismas para construir su nuevo nicho en la nueva sociedad, sino que están también a lo que hagan las otras industrias de la información, con las que colaboran y compiten.

El proceso de adaptación de las bibliotecas a la nueva realidad está poniendo en cuestión dogmas muy establecidos sobre lo que es una biblioteca o un centro de documentación y sobre cómo deben funcionar.

Uno de los debates más importantes gira sobre el carácter virtual o presencial de las nuevas bibliotecas, que se entrecruza, aunque no se debería confundir, con el debate entre lo digital y lo físico. Obviamente, el carácter híbrido de las bibliotecas presenciales no se puede cuestionar a estas alturas, pero lo crucial es preguntarse hasta qué punto y por qué deben seguir siendo efectivamente presenciales a largo plazo.

Por el momento, la presencialidad está asegurada durante una fase de transición que terminará con la explosión y generalización del libro electrónico (García Marco, 2007, 2008). Esto es, mientras una amplia proporción del público siga leyendo documentos en papel y tenga dificultades de diverso tipo para acceder a los documentos electrónicos.

Más allá de esta fase de transición, el futuro de las bibliotecas físicas está asegurado por los gobiernos y las corporaciones como actividad de nicho dentro de la gestión del patrimonio cultural —eso sí, con pocos usuarios presenciales, pues éstos accederán a los trasuntos digitales—; pero, sobre todo, el futuro de la biblioteca presencial debe basarse precisamente en su naturaleza como un lugar de acceso presencial a la cultura, y lo que es, quizá, más importante, de encuentro presencial entre personas interesadas en las fuentes de información y, como siempre, de reflexión personal.

Precisamente, hace pocos días Javier Leiva Aguilera (2009) planteaba un contexto de potenciación de las bibliotecas presenciales que abundaba en este aspecto de encuentro y animación socio-cultural, así como en la necesidad de que las bibliotecas públicas dependan menos de los presupuestos públicos y generen sus propios ingresos. Sus propuestas elicitaron un animado debate que resume bien las líneas básicas del conflicto de pareceres. Unos temen que la biblioteca se desdibuje en un centro de proximidad cultural —especializado durante esta etapa de transición en el acceso a la cultura digital—, mientras que otros ven ahí precisamente su futuro.

Sin embargo, la revolución telemática amenaza también a otros pilares de la biblioteca tradicional, no solo a su presencialidad o a su carácter de institución centrada entorno a documentos físicos. También se están poniendo en cuestión aspectos como la gratuidad en el acceso o, de forma más general, el modelo económico de prestación de los servicios bibliotecarios. Como era de esperar, esta cuestión levanta ampollas en un colectivo que, mayoritariamente, ha asumido la misión de la biblioteca pública en términos de la promoción pública de la cultura mediante la adquisición y difusión de los documentos con fondos públicos, en el marco del estado del bienestar.

No obstante, la realidad es compleja. De hecho, en los últimos años hemos asistido al surgimiento de grandes bibliotecas digitales comerciales. Muchas de estas bibliotecas han sido puestas en marcha por los grandes grupos editoriales o de distribución: Emerald, EBSCO, Elsevier (Science Direct), Gale, Ingenta, Springer… Los artículos de investigación y de noticias constituyen el núcleo de su oferta, que complementan con actas de reuniones y monografías. Por el momento, estas bibliotecas digitales colaboran con las bibliotecas tradicionales, que funcionan como minoristas de estos grandes servicios para sus comunidades de usuarios, y, por ello, no han sido percibidas como una amenaza por el colectivo bibliotecario, sino como aliados. Distinto es el caso de Google (3) cuya misión —“organizar la información mundial para que resulte universalmente accesible y útil”— compite directamente, y de qué manera, con las redes bibliotecarias, y que sí ha sido percibido como un reto, aunque eso no ha evitado importantes alianzas con grandes instituciones bibliotecarias a las que su mismo tamaño las hace demasiado grandes para caer.

Pero junto a estos macrodistribuidores de publicaciones electrónicas, se están abriendo también paso algunos experimentos nuevos que parecen dibujar un nuevo paradigma de biblioteca digital: la biblioteca digital especializada, de alto valor añadido y dirigida directamente al usuario.

Un buen ejemplo de estos servicios incipientes lo constituye Safari Books Online. Safari Books proporciona acceso a una pequeña biblioteca de ocho mil libros, videos, prontuarios, guías curriculares y artículos técnicos de cuarenta y cinco editores, entre los que se cuenta a O’Reilly Media, Peachpit Press, Apress, Manning, John Wiley and Sons, Addison-Wesley o Talented Pixie. Está orientada a libros de informática, diseño y de gestión de empresas, y específicamente al mercado de profesionales que necesita una información de calidad, ágil e interrelacionada para autoformarse rápidamente en temas de su interés profesional.

Safari Books sigue el modelo de suscripciones, con dos niveles de acceso: uno que denominan de estantería (Safari Bookshelf) y otro de biblioteca (Safari Library). El primero permite el acceso a diez libros al mes, y el segundo a toda la biblioteca; ambos ofrecen también la descarga permanente de cinco libros mensuales. Sin embargo, lo más importante que ofrece Safari Books son posiblemente sus servicios añadidos: máxima actualidad —incluyendo el acceso a los borradores en edición y a los propios autores (4)—; multimedia —vídeos sobre tecnología y negocios—; servicios multiplataforma —ordenadores de escritorio, portátiles, lectores de libros electrónicos, dispositivos móviles—; descuentos sobre las copias impresas; y, por último, herramientas de trabajo personal y en grupo para recordar, organizar, sugerir y compartir documentos, resultados de búsqueda, páginas marcadas y anotaciones.

Además de las herramientas de colaboración que conocemos en el mundo del libro —gracias a Amazon o Google Books, por ejemplo—, hay algunos conceptos muy notables que merece la pena destacar. El primero y más importante es que se trata de una biblioteca especializada con hipertexto y búsqueda en texto completo, que busca relacionar eficiente y efectivamente un conjunto de libros muy actualizados sobre una disciplina o conjunto de disciplinas. El segundo es su orientación al lector, no a otras bibliotecas, y, en particular, su posicionamiento en el mercado para profesionales de disciplinas que requieren información muy al día como herramienta de autoformación, y que están dispuestos a pagar por ahorrarse tiempo de selección de documentos y de navegación y búsqueda dentro de ellos. Es decir, plantea un concepto de biblioteca “intensiva”, que explota mediante herramientas informáticas una pequeña colección, frente a la biblioteca tradicional, fundamentalmente “extensiva”, que ofrece muchos documentos, pero de forma más bien diversa e inconexa.

¿Por qué pagar por una biblioteca así? Pues, muy fácil, para ahorrar tiempo, el bien más escaso del trabajador de la sociedad del conocimiento, y para colaborar en disminuir el estrés, su principal enfermedad profesional. Las bibliotecas digitales especializadas ponen en valor la selección cuidadosa, la autoridad de las fuentes, la actualización de la colección y las herramientas para explotarla y compartirla.

Así, la biblioteca digital especializada se orienta a aquellos usuarios que están dispuestos a ahorrar tiempo gastando dinero, en vez de a aquéllos dispuestos a invertir tiempo para ahorrar dinero. Se trata, en definitiva, de pagar a cambio de una mayor eficacia y eficiencia en el acceso y el uso de la información. Ciertamente, esta solución no es totalmente nueva, sino que entronca con la tradición de los clubes de lectura, que fueron uno de los gérmenes, precisamente, de la biblioteca pública.

Por ahora, es difícil que este enfoque triunfe en otros nichos que no sean los de los profesionales o consumidores especializados, que les gusta o necesitan estar a la última. Y, sin embargo, como resultado de las economías de escala globales que crea la Internet y las continuas bajadas de precio en la producción y distribución de documentos que permiten las tecnologías digitales, podría llegar el día en qué alquilar un libro electrónico de una biblioteca digital para una semana costara lo mismo que un viaje de ida y vuelta en autobús a nuestra biblioteca pública o universitaria, alterando así de forma decisiva la lógica económica en la que se basa la biblioteca pública.

Es cierto que las bibliotecas públicas, educativas y especializadas constituyen una red bien establecida de servicios públicos y corporativos capaz de resistir retos muy grandes. En particular, esto es así porque las bibliotecas públicas se apoyan en un pilar que no es de carácter no económico, sino político —el estado del bienestar—, a su vez sustentado por un gran consenso social que es difícil que se ponga en cuestión en el futuro previsible. Sin embargo, es igualmente cierto que, desde hace unos años, se viene abriendo camino una nueva visión del servicio público en la que lo importante es asegurar su carácter público y universal, dejando la cuestión de en qué medida es prestado por agentes públicos o privados a, fundamentalmente, cálculos de eficiencia.

Pues bien, dentro de esa lógica, ¿qué pasaría si la Internet terminara en los próximos años por hacer pública la información básica —véase impacto del proyecto Wikipedia, que sigue creciendo imparable— sin el concurso de los Estados? ¿Y si aparecieran empresas privadas que proporcionaran los servicios bibliotecarios a un precio competitivo a través de Internet respecto al servicio bibliotecario público tradicional?

Más aún, ¿tiene sentido imaginar que en el futuro un estado subcontratara con Google el acceso público en su territorio a un Google Books ampliado como alternativa a seguir financiando una red pública de bibliotecas presenciales? ¿Y si iniciativas semejantes se justificaran dentro de la lógica del estado del bienestar como un medio para reducir el déficit provocado por los pagos de las pensiones o el consumo energético?

Sin duda, se trata este último de un escenario de ficción que, lo más probable, nunca llegue a producirse como tal. Y, sin embargo, preguntas como éstas plantean sin ambages que el entorno al que nos dirigimos en la gestión de la información es un mundo complejo en el que los distintos tipos de bibliotecas tendrán que reconstruir permanentemente su nicho y convivir —y competir— con los nuevos agentes que están apareciendo y seguirán surgiendo en el entorno digital.

Notas

(1) Esas barreras no son sólo económicas, políticas y legales, sino también semánticas y de fragmentación de servicios, y, sin embargo, la tecnología básica que ha de resolver estas últimas existe ya: la red semántica.

(2) Por supuesto, muchas bibliotecas combinan estos tres niveles de servicios en diferente grado, y algunas, las más grandes, intentan cumplir con todos a lo grande.

(3) Google Books es parcialmente una biblioteca digital de pago y parcialmente de libre acceso —aprovechando los documentos que han superado su protección de copia, han quedado huérfanos o sus autores y editores prefieren divulgar gratis antes que no hacerlo de ninguna manera—, y sin embargo, es siempre una biblioteca comercial, que se financia con un modelo de negocio complejo que incluye micropagos y la venta de publicidad personalizada. Y lo que no es menos importante, Google es una empresa competitivamente muy agresiva.

(4) ¿Se imaginan en un futuro que el servicio de referencia lo dieran los mejores especialistas y autores en una materia?

Referencias

García Marco, Francisco Javier. El libro electrónico y digital en la ecología informacional. // El profesional de la información. 17 : 4 (Julio-Agosto 2008) 373-389.

García Marco, Francisco Javier. La misión de las bibliotecas públicas en la nueva ecología informacional: una perspectiva hispanoamericana. // Scire: Representación y Organización del Conocimiento. 13 : 1 (enero-junio 2007) 9-19.

Leiva-Aguilera, Javier. Biblioteca pública Sociedad Limitada. // ThinkEPI. (28 September 2009). http://www.thinkepi.net/biblioteca-publica-sociedad-limitada

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