EL LIBRO COMO EXCEPCIÓN

 

Luis Javier Martínez

Miembro del Grupo ThinkEPI

 

 

LO EXCEPCIONAL

Francia, que fue posiblemente el eje de la Modernidad desde Descartes a las
Vanguardias, pasando por su histórica Revolución, representa ahora una
cierta “excepción” occidental a la globalidad angloamericana en idioma,
cultura, política... Y Francia ha inventado (creo), para el caso, la notable
idea de “excepción cultural”, una aportación ya bastante considerable por sí
misma, sin duda, a la cultura contemporánea.

El concepto de “excepción”, que inevitablemente evoca el estado de excepción
y que no hay regla sin excepción, es una categoría extraordinaria y muy
útil. Creo que sirve para interpretar y caracterizar no sólo a Francia y al
francés en el seno de la universalidad googleleana, sino también, por
ejemplo, para entender el puesto del libro como artilugio singular dentro
del actual nivel de desarrollo de la “continuidad informacional”.

La excepción representa mucho más que la diversidad dentro de la armonía, o
que el espejo roto en cien del multiculturalismo. La excepción remite a la
objeción de conciencia y a la deliberada autoafirmación de los heterodoxos.
No siempre, por supuesto, lo excepcional es cualitativamente valioso, ni
mucho menos, pero sí convencidamente diferente. En bastantes ocasiones,
incluso, resulta resistente, reactivo o hasta reaccionario, expresión de
privilegios y elitismo.

En todo caso, lo excepcional parece extraño, como lo es el propio hecho de
que determinados tipos de creaciones o producciones intelectuales se
sustraigan a las universales y globales reglas del mercado bajo la etiqueta
de “excepción cultural”.

EL LIBRO

Cualesquiera que sean sus cifras de negocio, o su fecha de caducidad, que
tal vez no tenga, el libro está de hecho perdiendo relevancia como paradigma
informativo, como soporte de referencia en la transmisión cultural y como
agente modelador del conocimiento y de la educación. Registro largo y lento,
rígido y permanente, es información demasiado explícita y formal, algo como
congelado en el fluir de los bitios; algo perteneciente a la ya superada
modernidad sólida.

El libro queda al margen de las impetuosas y líquidas dinámicas informativas
digitales que dan forma al presente y ordenan la vida, el ocio, el
pensamiento o la formación de los homo sapiens, mostrándose más bien como un
recurso de comunicación “especial”. Los tráficos y los procesos masivos de
información que se producen a través de sistemas cognitivos naturales o
artificiales se sirven ahora del libro sólo de manera secundaria. Vemos que
ni siquiera en la enseñanza ocupa ya el eje, ni aun con su envoltura
“textil”. Superado el deslumbramiento infantil por la literatura de esa
edad, muchos jóvenes perciben el libro como un artefacto de conocimiento
decididamente exótico.

Y entonces, a medida que desaparece como norma, como regla, podríamos decir
que emerge “el libro como excepción”: como una vía peculiar, crecientemente
extravagante, de información cosificada, empaquetada y paralelepípeda.

Bien sabemos que la industria de los contenedores va por delante de la de
los contenidos, que marca el ritmo y prevalece. Por eso, nuevos y diversos
dispositivos, rivales entre sí, los reproductores digitales, absorberán
textos alternativamente disponibles como libros. Asimismo, muchos contenidos
buscarán difundirse a la vez como e-book y como libro, intentando la
diversificación, buscando no perder un medio de proliferación y un canal de
negocio.

En paralelo a campañas publicitarias más o menos virales tienen lugar
estudios y discusiones sobre los formatos y compatibilidades, los derechos
morales y materiales, el impacto en diferentes sectores o los potenciales
beneficios sociales del e-book (*). Pero lo que me interesa aquí es tan sólo
que su nuevo título de “excepcional”, casi de marginal, altera los valores
del libro tradicional, las razones por las que parece merecer la pena a
quienes lo utilizan, más allá de la ergonomía comparada.

LOS VALORES

Mucha información circula o circulará por vías distintas al libro, y alguna
practicará la doble militancia. Sin embargo, para aquellos lectores que lo
busquen deliberadamente o para aquellos autores y editores que defiendan o
prefieran el libro, éste asume nuevos valores o funciones. Para empezar,
porta la información más adecuada al formato, aquel contenido que demanda
una forma concreta; para esos usuarios del libro, la adaptación entre el
medio y el mensaje mejora, la especificidad del instrumento aumenta.

Desde la perspectiva del conocimiento social y la cultura dominante, el
libro queda al margen de los patrones estandar de interacción y comunicación
informativa, basados en un ya nutrido repertorio de grabadores,
reproductores, comunicadores y canales digitales con diferente propósito y
capacidad. Se coloca así como un valor “alternativo”, disonante; algo
excepcional, como digo, más allá del mero pluralismo.

Mediante los dispositivos digitales la información conecta a los individuos
entre sí y con las memorias comunes de conocimiento de la especie, de las
que aquellos dependen; su vinculación como nodos a la inteligencia colectiva
se produce en línea, en tiempo real, al hilo de la actualidad. La
información que utiliza al libro como soporte tiende, por el contrario, a
interiorizarse de manera peculiar en los individuos que la decodifican,
formando pausadas, densas, dispersas, desconectadas reservas de
conocimiento, islas independientes, algo poco reticular, poco interactivo.

La comunicación mediante el libro se vuelve también más intencionada, sobre
todo si autor o lector escogen este canal de modo consciente, voluntario y
reflexivo. Esto favorece asimismo la complicidad entre ambos. Los lectores
de esta particular y pesada materia cifrada son usuarios adrede,
insólitamente adaptados al valor de la lentitud.

En no pocos casos, el formato de libro adquiere incluso un evidente carácter
de fetiche, de objeto sagrado o agente provocador de pulsiones casi
secretas, poco confesables o justificables en público. Los lectores
obcecados de libros, sospechosos además de arboricidio (“El Amazonas respira
aliviado con el e-book” ha titulado un periódico hace poco), se colocan a
propósito del otro lado de la barricada, emboscados e irredentos tras otra
“brecha digital”.

De hecho, al perder el vigor de la universalidad, el libro circula entre
iniciados y convencidos, quienes, con independencia de su número, se
constituyen como una minoría. El libro, en cuanto mero soporte, queda fuera
de la regla. Como un elemento excepcional, y hasta esotérico, adquiere
significación propia, se convierte en “signo”. Asume un redoblado valor
“cultural”, un valor etnográfico.

 

 (*) Así, hace poco más de un año, El Profesional de la Información dedicó
monográficamente a este tema un número que contiene artículos muy
interesantes y variados (vol 17, nº 4, julio agosto 2008).

 

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