*Los proyectos de memoria ciudadana y la Biblioteca orientada a los
contenidos 2.0*

Los contenidos locales se han convertido en el tema estrella de los últimos
encuentros profesionales. Todos estamos viendo una necesidad, un nicho y una
ocasión para nuestro taller de experimentos. Parece como si encajaran
tecnologías, recursos, sensibilidades y prácticas. Sin embargo convendría no
peder el norte y recordarnos que la biblioteca no podrá ocupar, a medio
plazo, el espacio de otros agentes sociales, ni el de otros actores del
sector de la información. Tampoco puede ser el centro de las redes sociales
(si es que eso existe). Quizá tampoco una gran “generadora de contenidos
sociales”. Nuestras sociedades son muy complejas y pocos agentes públicos o
privados tienen la fortaleza para ser el centro de nada, ni actores
predominantes. A las bibliotecas e instituciones de la memoria, nos bastaría
con trabajar como un nodo útil en la endiablada maquinaria de las redes de
usuarios y contenidos. Otro nodo más que aporte desde nuestras fortalezas.
Por ejemplo a socializar el concepto de patrimonio y memoria.

El espacio urbano nos sirve como espejo para valorar nuestra memoria, que
empieza a ser un agente recuperador del patrimonio; “Todo esto antes era
huerta”, “Aquí había un videoclub”, “Aquí estaba la guardería donde mi tía
trabajaba“, “Durante cinco años funcionó un cine-forum en aquella parroquia”
o “En este callejón dormía un vagabundo”. Los arqueólogos reconstruyen con
gran esfuerzo la forma de unos barrios desaparecidos y sustentan hipótesis
sobre formas de vida, costumbres y ciclos históricos. Un ciudadano curioso
podría pensar, ingenuamente, que en la sociedad moderna no hay sitio para
los agujeros de la memoria, que todo queda registrado. No les falta razón,
muchas de estas historias van siendo continuamente rescatadas con el relato
y la fotografía, primero en la prensa y luego gracias a la edición local
apoyada por ayuntamientos y obras sociales y empresas editoriales de pequeño
recorrido. Ese pasado es sostenido tanto por rigurosos estudios académicos
basados en archivos y la explotación de fuentes semivírgenes, como por
humildes cronistas y libros de recuerdos.

Sin embargo no es suficiente, es muy poco para una sociedad sobreinformada,
digital y en red, que no se sacía con diez o doce páginas de recuerdos o con
varias fotos de ocasión. Sabe que existe, o debería existir, mucho más y lo
quiere todo: los detalles, las fotos, los videos, los planos, le fecha y la
hora. El ciudadano curioso, responsable penúltimo de este patrimonio del
pasado reciente (a veces no mucho más allá una o media  generación), sabe
que habría mucha más información si una fuerza milagrosa pudiera revolver el
tiempo con el café y poner en orden un archivo de la memoria ciudadana. Pero
no existe un agente económico capaz de llevar esta empresa adelante, ni la
red de bibliotecas públicas ni la fundación bbva. Fernando Juárez hablaba de
que “el contenido local constituye un segmento no atractivo para la
industria editorial pero indispensable para las instituciones”. Podemos
añadir que también se percibe como “indispensable”, o de un intenso valor,
para la identidad de las personas y las comunidades.

Por esta razón el único actor que puede afrontar este reto es la propia
sociedad. Son los propios ciudadanos los que pueden poner en valor sus
competencias informacionales para producir estos contenidos de la memoria
local que no existirán completos si no es mediante el crowdsourcing: la
capacidad de las multitudes movilizadas alrededor de una tarea relevante
para encontrar, rescatar y analizar la información del pasado. Contenidos
generados por comunidades donde hay una idea organizadora y una necesidad
informativa que cubrir. Contenidos apoyados en otros contenidos.

La biblioteca quizá no ponga en marcha estos proyectos, pero puede ser un
dinamizador, un agente especializado en el acceso a recursos bibliográficos
o un intermediario para la gestión de derechos de uso, o, sin más, otro
grupo de usurarios que aporta contenidos. Sin embargo, la lógica del
beneficio institucional suele poner a la institución cultural en el centro
de los proyectos, apropiándose de él, rentabilizándolo y diluyendo la
variable capacidad creativa de las comunidades.

La biblioteca más que generadora de contenidos sociales tenderá a actuar
como facilitadora de la evolución y construcción de comunidades de usuarios.
Puede aportarles, entre otros, espacios de interacción, recursos de
información no digitales, apoyos puntuales y visibilidad institucional.
Aunque las enciclopedias locales participativas podrían ser un buen ejemplo,
dejémoslas a un lado por el momento y exploremos otras formas de construir
la memoria compartida.

Quizá he sido críptico y poco claro en los versos. Quería decir: recopilar
fotografías y anotarlas con historias. Guardar relatos, orales y escritos.
Rescatar nombres propios. Reconvertir el fondo local y profundizar en los
detalles, no dejar huecos, e ir poco a poco enlazando los contenidos entre
sí, tejiendo redes cada vez más ricas, entre los usuarios, las comunidades y
las instituciones. Quizá influir en formas adecuadas de organizar la
información social.

Particularmente me parece sugerente el proyecto “Creating communities” de
las bibliotecas públicas de Denver, que ofrece un portal de acceso a
información histórica convencional para que los ciudadanos puedan ir
compartiendo “su historia de la ciudad”. El conocimiento y las vivencias de
la comunidad se mezclan con los instrumentos documentales de sus
instituciones. Ayudarles a construir las historias de sus edificios,
poniendo a su disposición un lugar, una web, y unos medios, los catálogos,
los bancos de imágenes, las bases de datos del catastro. Hacerles
investigadores de su propio pasado. Crear un contexto que añade sentido a
tantos esfuerzos por almacenar y digitalizar. Algo así como convocar una
macrobeca de investigación histórica. Poner a todo un barrio a excavar en su
propio yacimiento. Regalar un pasado que recuperar.
Y las bibliotecas, o quién sea, deben estar a la altura del reto tanto si
son promotoras, y se lucen, como si sólo son meras participantes, y son
útiles. En todo caso los aspectos de reutilización y el de originalidad son
fundamentales. Originalidad: Hay que descubrir qué nuevos contenidos
específicos faltan y participar en proyectos que estén en esa órbita. Hay
que crear nueva materia prima. Reutilización: Ha de poder ser remezclada en
la red con pocas barreras tecnicas y de licencia. Alguien creará el producto
final, quizá nosotros, bibliotecarios, quizá ellos, ciudadanos.

¿Somos capaces de ayudar a la generación social de contenidos sin sacar
beneficios directos de imagen corporativa? ¿Es también ser 2.0 aceptar
humildemente una función utilitaria lejos del primer plano?


Enlaces:
V Congreso Nacional de Bibliotecas Públicas (Gijón, 2010)
http://www.mcu.es/bibliotecas/MC/2010/CongresoBP/index.html
Creating Communities – Denver Public Libraries
http://creatingcommunities.denverlibrary.org/

Bibliografía:
Tapscott, D.; Williams, D. Wikinomics: la nueva economía de las multitudes
inteligentes. Paidós, 2008
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Tomás Saorín, Grupo ThinkEpi, 23 de noviembre de 2010


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