Les transcribo un artículo del escritor cubano Norberto Fuentes en
relación con el General Raul Castro. Norberto es un imporante intelectual,
premio Casa de las Américas, ex asesor del Minfar, antes amigo de Raul y gran
cronista de la presencia cubana en Angola. El salió al exilio en 1994 gracias a
la intervención de García Márquez y, a mi juicio, se ha convertido desde
entonces en uno de los mejores analistas políticos cubanos en la emigración.
El surgir de una dinastía
POR NORBERTO FUENTES
Les transcribo un artículo del escritor cubano Norberto Fuentes en relación
con el General Raul Castro. Norberto es un imporante intelectual, premio Casa
de las Américas, ex asesor del Minfar, antes amigo de Raul, gran cronista de la
presencia cubana en Angola. El salió al exilio en 1994 gracias a la
intervención de García Márquez y, a mi juicio, se ha convertido desde entonces
en uno de los mejores analistas políticos cubanos en la emigración.
EN sus pocos meses al frente del Gobierno cubano, Raúl Castro se ha
homologado dos errores de apreciación, que hubiesen sido insólitos bajo el
mandato de su hermano Fidel. Ambos yerros demuestran de manera abismal lo que
separa a los dos Castro en sus conceptos de lo que es una Revolución. O al
menos de su metodología. Ambos develan que, mientras Fidel ha sido siempre el
revolucionario implícito, apasionado, natural, Raúl Castro ha navegado en las
aguas de una ortodoxia comunista más apegada a los márgenes sociales y
económicos preestablecidos que a una ambiciosa premura por quebrar todas las
fronteras. Si bien uno pudo llevar de la mano, firme, la Revolución, el otro no
hubiese superado la base del viejo Partido Socialista Popular. Uno tiende a
pensar que tantos años al lado de Fidel, capeando tormentas y desgracias, lo
habrían enseñado. Uno se imagina los pequeños conciliábulos secretos, de
entrenamientos al oído, al estilo de Don Corleone con su hijo Michael. Los
acontecimientos están demostrando que si tal cosa ocurre, Raúl Castro no
escucha. Malo para Raúl. Y sobre todo malo para la Revolución. Un proceso que
en todo momento se ha distinguido por el uso de la imaginación, no debe caer en
manos de una ortodoxia rampante y estólida. Quizá Raúl haya sido bueno en estos
meses para manejar con bastante tino la propaganda exterior, llevar y traer a
Chávez y otros dignatarios, buscar y traer médicos españoles de renombre para
dejar en la estacada del más absoluto ridículo a la CIA, y todo mientras se
mantiene a la sombra, porque -ojo-, no se equivoquen, si algo él sabe hacer muy
bien es conspirar. Pero en lo que no alcanza a Fidel es en su inspiración. La
conspiradera es necesaria, inevitable, y Raúl es un maestro en sus artes. Pero
donde Fidel nunca habla por hablar es en el papel de las masas, en el baño de
pueblo que ese proceso necesita darse en forma continua. Mientras la gente
salga a la calle para apoyarlo, no hay problema, los
asuntos están resueltos. La tendencia de Raúl -lo estoy viendo- es hacia todo
lo contrario. Es una peligrosísima tendencia que se dirige sin ambages, por
gravedad, a la creación de una dinastía.
Así, pues, paso revista rápidamente al primer error. Es la bronquita que Raúl
animó hace pocos meses con los intelectuales del patio, cuando revivió los
fantasmas de algo que se ha dado en llamar «quinquenio gris», que se le supone
un período de represión cultural de principios de los 70, en el que le hicieron
la vida cuadritos a los intelectuales cubanos, sobre todo a los de filiación
homosexual (es decir, un buen número de ellos). Represión cultural, a la vez
que sexual, ¿no? Con la colaboración de su viejo amigo Alfredo Guevara, con el
que creyó posible producir una perestroika de fácil control y aislada de otras
posibles contaminaciones, Raúl dio la luz verde. Guevara -«un marica tan
cobarde que se va a morir con el culo entero», al decir de Nicolás Guillén- era
sin duda el hombre adecuado para la tarea de conducir esta nueva revolución
dentro de la revolución y cuyos dividendos dentro de la intelectualidad
internacional se dieron por descontados. Error fatal. La
bronquita se les fue de las manos de inmediato, y al no haber contado con la
existencia de internet, enseguida otros represores en potencia y absolutamente
declarados como los nuevos funcionarios gubernamentales, los viejos
homosexuales reprimidos de ayer pero ahora en el poder, se desbarrancaron a dar
gritos y sobre todo a agenciarse en un santiamén -¡miren que son buenos en el
proselitismo!- el apoyo de todos sus aliados en el exterior. El error que nunca
hubiese cometido Fidel. Iniciar una provocación que sólo afecta a un grupo
reducido de la sociedad y con características demasiado fáciles de identificar
y de que se abroquelen instintivamente para defenderse. Es imposible que al
gran provocador que es Fidel Castro se le hubiese ocurrido semejante tontería.
Imagínenselo, al despertarse de su lecho de posoperatorio, y ver en su primera
sesión de lectura de cables que el tema de conversación internacional sobre
Cuba era la reposición en vitrina de los fantasmas de una
bronca que él había controlado maravillosamente desde fines de los 60 y de la
que se había servido a su antojo. De pronto, todo el ámbito cultural mundial se
veía conmovido por aquella resucitación, a cerca de 40 años de distancia. Fidel
debe haber acabado con Raúl. Tiene que haber agotado los decibeles que le
permitieron su condición quirúrgica. Yo he medido su proceso de cura por el
tiempo que esto demoró en apagarse. Se acabó la perestroika nacional. Fidel
está curado. Sus viejas y bien concebidas provocaciones -que han sido
constantes y de las que ha vivido esta Revolución desde su inicio- son para
respuestas masivas, en gran escala, y tiene que tener resonancias en todas las
capas de la sociedad, o que afecte a la mayoría de ellas. En sus batallas
revolucionarias, ha de participar todo el pueblo, o si no, ¿de qué estamos
hablando? Recuérdense la teoría de Jean Paul Sartre apenas desembarca en Cuba
en 1960. La del contragolpe. Enunció lo que quizá sería la observación
magistral de la Revolución Cubana, de su mecánica de conducción y que
finalmente devino el aviso de sus verdaderos peligros. El contragolpe.
Contragolpe a las acciones de los enemigos. Pero si esos golpes del adversario
no existieran, quedaba la opción ¡de inventarlos! Y ya esto echa algo oscuro e
inestable en el caldero de las interrogantes: cuántas de las «agresiones»
imperialistas no fueron en realidad fabricadas por la misma Revolución, si no
instigadas por ella.
Una observación final sobre el punto. Alguien aquí no mide las consecuencias,
obviamente. Al menos alguien debe advertirle a Raúl de -a la hora de sus
impulsos perestroikianos- su diferencia esencial con Mijail Gorbachev. Que
Gorbachev no tuvo un solo fusilado.
Y ahora el segundo error. Desde luego, la muerte de Vilma Espín.
El propósito explícito desde el principio, apenas una hora después del
fallecimiento de Vilma a las 4,14 PM del lunes 18, fue la de producir las
ceremonias fúnebres en privado y el entierro de sus cenizas en una fecha por
decidirse. «Atendiendo a su voluntad, la compañera Vilma Espín ha sido
cremada», dijo una tétrica línea del obituario oficial, expedido apenas dos
horas después de la hora señalada, es decir -aceptando como ciertos los propios
datos de la prensa partidaria-, no esperaron mucho tiempo para llevarla al
crematorio. Hubo una marcada voluntad por acelerar las cosas. Todo en un bajo
perfil de acuerdo al método empleado por Raúl desde que comenzó a gobernar.
¿Por qué un error? Porque no vinculó a Vilma con el símbolo que ella realmente
era. Una mujer nunca altisonante, guapa, genuina, madre hacendosa, había sido
durante casi medio siglo la primera mujer de la Revolución cubana. Y cumplió
esa tarea de modo ejemplar. No hay un solo escándalo, de ninguna especie,
en la Revolución cubana, que esté asociado a Vilma. Sólo, quizá, un exceso de
ingenuidad femenina y de muchas maneras una subordinación sin debates hacia su
marido -el mismo Raúl Castro de referencia-, pese a ser ella de manera
ininterrumpida durante casi medio siglo la presidenta de una organización
llamada a la plena emancipación de la mujer: la Federación de Mujeres Cubanas.
Deben saber que en el episodio subyace una antigua divergencia de criterios
entre Fidel y Raúl. Desde principios de los 80 Raúl se propuso disolver dos
organizaciones -de las llamadas «de masas» en Cuba-: la Federación de Mujeres y
los Comités de Defensa de la Revolución. Raúl las contemplaba como instrumentos
que perdían su contenido en otros tiempos valiosos y que ya se convertían en
estorbos burocráticos, y en anomalías de una sociedad que tendía a la
«normalización». Fidel, desde luego, se opuso con fuerza a un proyecto a todas
luces descabellado en un entorno que toda aceleración a la normalidad era la
muerte del proyecto revolucionario. La estabilidad, según la óptica fidelista,
es el equivalente inmediato a arriar las banderas de combate. Suerte envidiable
de una generación de revolucionarios que Fidel durara tantos años. Y es por
aquí que uno entiende ese afán de Raúl -quién sabe si inconsciente en él- de
crear su propia dinastía. ¿Qué otra forma tiene de proteger
a los suyos? El fallecimiento de Vilma es una abrumadora señal de que el
tiempo se está acabando.
Escritor
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