EN POLITICA ECONÓMICA INTERNACIONAL EE.UU. SE EMPEÑA EN REPETIR ERRORES

Discurso  pronunciado por José Figueres Ferrer ante la Comisión de 
Relaciones exteriores del Congreso de los Estados Unidos, el 9 de junio de 
1958.

-

     Me referiré ahora, señores diputados, a las relaciones económicas de 
los Estados Unidos con la América Latina, o en realidad con todo el mundo 
subdesarrollado.

     Dios y unos cuantos norteamericanos ilustres saben bien cuánto admiro 
vuestras instituciones económicas, y cuánto esfuerzo hago por mantenerme al 
día en el avance del pensamiento económico en este país, en los niveles más 
altos, que poco interesan al público.

     Pues bien, puedo aseguraros que, en política económica internacional, 
los Estados Unidos dan la impresión de estar empeñados en repetir todos los 
errores internos  que tanto daño hicieron en el pasado, sin excluir, por 
supuesto, los que condujeron a la Gran Crisis de 1929.

     Estamos cansados los latinoamericanos de señalar esos errores, 
especialmente en el desinterés por los precios de nuestros productos.  Cada 
vez que sugerimos algún plan de estabilización a nivel justo, se nos 
contesta con frases hechas, con novedades como "la ley de oferta y demanda" 
con originalidades como el sistema de libre empresa, o con insultos como ¿"no 
les estamos dando ya suficiente dinero"?

     Nosotros no estamos pidiendo regalos, excepto en alguna emergencia.  No 
estamos escupiendo gente por dinero.  Hemos heredado todos los defectos del 
alma española, pero también algunas de sus virtudes.  Nuestra pobreza no 
abate nuestro orgullo.  Somos gente digna.

     Lo que deseamos es que se nos pague con justicia el sudor de nuestro 
pueblo, el jugo de nuestro suelo, cuando proveemos alguna necesidad de otro 
país.  Con eso nos bastaría para vivir, y para levantar nuestro propio 
capital, y para desarrollarnos.

     Pero mientras se permita que el peso de las economías grandes incline 
la balanza de los precios en contra nuestra, para que sigamos vendiendo 
barato y comprando caro, continuaremos siendo pobres, y vosotros, los países 
industriales, no disfrutéis de un mercado creciente en América Latina.

     Esta injusticia contra nuestros pueblos, y esta actitud suicida contra 
vuestro propio crecimiento, se siguen practicando en nombre de uno de los 
lemas empedernidos "comercio libre".  Sin embargo, este lema desaparece 
cuando algunos de los productos latinoamericanos necesitan pasar por las 
aduanas de los Estados Unidos.

     Cada vez que tratamos de estabilizar nuestros precios a un nivel que 
nos permita vivir y progresar, se nos tilda de "socializantes", "rosados" o 
lo que esté de moda.  Lo respetable es "el mercado libre", con alternativas 
de hambre y de fiesta para nuestros pueblos, pero con mucha más hambre que 
fiesta.

     Pero la salsa que es buena para el ganso no es buena para la gansa. 
Cuando un pequeño país como Costa Rica compra anualmente $5.000.000.00 de 
trigo en los Estados Unidos y Canadá, tiene que pagar un precio estabilizado 
desde hace muchos años, mediante un "Convenio Internacional de Trigo", no 
sería justo que nuestras gentes comieran pan barato a expensas de los 
agricultores norteños.

     El agricultor norteamericano que produce nuestro trigo (porque nuestro 
país no está en latitud triguera), tal vez tendría que mandar a su hija a la 
Universidad, a estudiar Sociología Avanzada, en un simple Chevrolet, algunos 
años, en vez de un Cadillac, si las fuerzas ciegas de la oferta y la demanda 
se dejaran correr como ríos desbordados.  Eso se queda para los países 
pobres.  Dios lo hace a uno primero tonto y después pobre.

    En eso nosotros no sentimos envidia.  Ojalá que la rubia muchachita del 
granjero pudiera ir a la universidad en un Rolls Royce, a estudiar 
psicoanálisis, o rayos cósmicos.  Si eso se puede alcanzar subiendo el 
precio del trigo medio centavo, nosotros tendremos que pagarlo.

     Pero, ¡que sueño sería este mundo, si todos los niños latinoamericanos 
pudieran ir a la escuela primaria con zapatos!  14 millones de hijos 
nuestros están creciendo hoy analfabetos, esos son los niños de los 
agricultores que producen vuestro café, vuestro cacao, vuestra lana, vuestro 
henequén.

     Pero eso no tiene importancia, lo que importa es tener una "economía 
libre".  Los niños son una cosa más  o menos estimable, pero las frases 
hechas, las ideas petrificadas, son algo sagrado.  ¡Y pensar que hay en 
América Latina tantas cotorras que os halagan el oído repitiendo vuestros 
lemas!:  Entre los políticos y los escritores latinoamericanos, cualquier 
fonógrafo barato que toca los discos de "la empresa privada", "la no 
regulación de los negocios", "las inversiones", etc., se cree 
automáticamente vuestro amigo.  En el ambiente hemisférico de hoy, el único 
pecado es pensar.

     Los pueblos pobres son los corderillos en el  altar de la "libre 
competencia".  Si los latinoamericanos no quieren ya trabajar por unos 
cuantos centavos de dólar por día; si nuestros empresarios desean 
capitalizar, y levantar un patrimonio nacional, y al tiempo diversificar 
nuestra economía, si nuestros gobiernos se empeñan en aumentar sus ingresos 
por medio de impuestos, para instalar tuberías de agua potable y construir 
escuelas, ¡el África no presenta esos problemas!  La nueva República de 
Ghana puede competir con el Brasil, cuyo "inflexible" gobierno se empeña en 
sostener el precio del cacao! ¡Nada hay tan venerable como la "libre 
competencia", cuando los compradores son los ricos y los vendedores son los 
pobres!


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