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CARTA PASTORAL DE LOS OBISPOS DE BILBAO, SAN SEBASTI�N Y VITORIA ANTE LAS PR�XIMAS ELECCIONES AUTON�MICAS 
(difundida el 19 de abril de 2001)

VOTOS PARA LA PAZ

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INTRODUCCI�N

Los ciudadanos y ciudadanas de la Comunidad Aut�noma Vasca hemos sido convocados a emitir nuestro voto el pr�ximo 13 de mayo. En un sistema democr�tico las elecciones son un momento importante para ejercer con especial intensidad nuestra responsabilidad c�vica mediante la designaci�n de nuestros leg�timos representantes. 

La actual coyuntura confiere a estos comicios una importancia singular. Reconocemos con alegr�a los avances econ�micos, culturales y sociales que se han logrado en los pasados a�os. Pero comprobamos, al mismo tiempo, con preocupaci�n que la situaci�n de nuestra sociedad es grave y delicada en alto grado. En tales circunstancias, ante la pr�xima cita electoral, nos parece necesario ofrecer a nuestras comunidades diocesanas ya todos aquellos que quieran escuchamos, una palabra extra�da de la doctrina social cat�lica, exenta de toda pretensi�n de partidismo e inspirada �nicamente en el deseo de contribuir al bien com�n. 

A partir de los resultados electorales, se constituir� el nuevo Parlamento y se formar� el nuevo Gobierno auton�mico. Su cometido y su raz�n de ser consiste �nicamente en procurar el bien com�n. [Cfr. �Pacem in terris�, n. 54]. Seg�n la doctrina de la Iglesia, el bien com�n �abarca todo un conjunto de condiciones que permitan a los ciudadanos el desarrollo pleno y sin trabas de su propia realizaci�n�. [�Mater et magistrum�, n. 65]. Afecta, pues, a toda la persona y a todas las personas de nuestra comunidad. 

Porque afecta a toda la persona engloba �tanto la prosperidad material como los bienes del esp�ritu�. [�Pacem in terris �, n. 57]. Por ello, el Gobierno resultante de las elecciones habr� de procurar, al mismo tiempo, entre otros bienes, la prosperidad econ�mica, la justicia laboral, las pensiones dignas y suficientes, la competente atenci�n sanitaria, la educaci�n en valores para las j�venes generaciones, la mejora de la condici�n de la mujer, la protecci�n de la familia, la pol�tica cultural y ling��stica abierta, la solidaridad con pueblos pobres y la acogida de sus emigrantes, y, por encima de todo, la defensa eficaz de la vida humana en toda su trayectoria, desde el primer instante hasta el �ltimo aliento de su existencia. 

Porque el bien com�n se extiende a todas y cada una de las personas, el gobierno a su servicio habr� de velar no s�lo por los intereses de la mayor�a que lo apoya, sino tambi�n por las justas aspiraciones de las minor�as. Habr� que respetar y hacer respetar, por tanto, la leg�tima pluralidad de la sociedad a la que sirve. 

I. LA SITUACI�N

Los requisitos del bien com�n son v�lidos para todas las latitudes y momentos. Deben inspirar toda la vida c�vica. Pero necesitan ser rele�dos y actualizados en cada situaci�n diferente. Nos proponemos evocar escuetamente los rasgos m�s salientes de nuestra actual coyuntura. 

1.- El deseo de una paz justa y estable es un anhelo compartido por la inmensa mayor�a de este pueblo. Pero los desencuentros a la hora de concebirla y de procurarla son profundos y preocupantes. Tales desencuentros han ido derivando en rudos enfrentamientos entre las diferentes formaciones pol�ticas. Los diversos partidos han mantenido sus posiciones pr�cticamente intactas. El intercambio se ha producido, con frecuencia, a trav�s de mutuas descalificaciones en los medios de comunicaci�n social. Esta praxis recorta notablemente las posibilidades de un di�logo constructivo postelectoral. Especialmente en una sociedad en la que las opciones y sensibilidades pol�ticas dividen a este peque�o pa�s pr�cticamente en dos mitades, agudizar y mantener el enfrentamiento no es un camino para la paz. 

2.- La renovada violencia terrorista tras catorce meses de ilusi�n ha recrudecido notablemente este enfrentamiento y ha obstaculizado las posibilidades de aproximaci�n. La cadena larga de asesinatos vulnera algo intangible que es el quicio de toda convivencia digna de este nombre: el respeto absoluto a la vida humana. Sigue sembrando el miedo en muchos ciudadanos que viven amenazados simplemente por expresar sus convicciones pol�ticas o por cumplir sus deberes c�vicos. Lesiona el criterio b�sico de la democracia: la libertad para exponer y promover pac�ficamente las propias ideas. Un n�cleo m�s o menos amplio de personas y grupos afines a ETA practican la violencia callejera con apoyo expl�cito y cobertura eficaz a sus acciones. Esta sociedad soporta peor cada d�a tales actuaciones violentas. Se consolida en ella la firme convicci�n de que las reales diferencias pol�ticas existentes pueden y deben encauzarse por v�as estrictamente pac�ficas y democr�ticas. 

3.- Aunque, seg�n nuestra opini�n, la cohesi�n de nuestra sociedad es, por fortuna, m�s s�lida de lo que parece, el clima de ruda y persistente confrontaci�n pol�tica aireado desmesuradamente cada d�a en bastantes medios de comunicaci�n y agudizado hasta el extremo por los estragos de la violencia, puede acabar produciendo una notable fractura social cuyos primeros atisbos empiezan a despuntar en algunos momentos tensos de nuestra vida c�vica. Esta brecha en la sociedad ser�a un mal tan grave, dif�cilmente resta�able y cargado de graves consecuencias para el futuro. La historia testifica que las heridas hondas de la sociedad tardan d�cadas en cicatrizar. La divisi�n social produce resentimientos de larga duraci�n. Evitar esta escisi�n ha de ser un empe�o fundamental del Gobierno resultante y de la sociedad entera. 

4. El dolor producido por la crudeza del momento presente y la preocupaci�n por su suerte futura afectan a una mayor�a notable de nuestra sociedad, hasta el punto de alcanzar el volumen de un clamor popular que aboga en�rgicamente por el final de tanto sufrimiento y enfrentamiento. Este pueblo anhela un futuro en el que se armonicen identidad y solidaridad, libertad y concordia, prosperidad y justicia social, pluralidad y cohesi�n, defensa eficaz de la vida y libertad de sus miembros, y respeto efectivo de los derechos b�sicos de todos los individuos y de todos los grupos de la sociedad. 

Todos estos factores tienen especial incidencia en nuestra situaci�n presente. Quienes acudamos a la cita electoral del 13 de mayo habremos de emitir nuestro voto con el prop�sito de contribuir a atajar estos males y obtener los bienes deseados. 

II. LA CLAVE

Estos bienes est�n contenidos, junto con otros muchos, en el rico concepto b�blico y teol�gico de paz, que engloba el bienestar y la prosperidad material y espiritual, as� del individuo como de la sociedad. Para la fe cristiana la paz es otro nombre de la salvaci�n que el Padre, �Dios de la paz�, ofrece y realiza por medio de Cristo, �nuestra paz�, y actualiza por el Esp�ritu Santo. [2 Cor 13, 11; Ef 2, 14; Rm 14, 17]. 

A nosotros nos corresponde recibir de Dios esta paz y transmitirla, siendo �constructores de la paz� en esta tierra. [Mt 5, 9]. Ella ser� siempre �imagen y efecto de la paz de Cristo que procede de Dios Padre�. [Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n. 78]. Tendr� siempre un coeficiente de fragilidad, debido a la debilidad humana tendente al ego�smo, al dominio y a la desuni�n. No ser� nunca, por tanto, �algo del todo realizado, sino un perpetuo quehacer�. Siempre es obra de la justicia y �tambi�n fruto del amor, que sobrepasa todo lo que la justicia puede realizar�. [Ibid]. 

De la amplitud del concepto cristiano de paz extraemos ahora solamente un pu�ado de rasgos que estimamos de mayor utilidad iluminadora y orientadora para el momento presente. En este concepto, le�do a la luz de nuestras actuales circunstancias, nos inspirarnos al proponer a los cristianos como criterio moral clave el lema elegido para nuestro �Encuentro Oracional por la Paz�, celebrado en Armentia en el mes de enero de este mismo a�os: �Entre todos PAZ para todos�. Dicho lema es una clave ut�pica en el sentido riguroso y positivo de esta palabra: no marca una meta que pueda alcanzarse plenamente; pero se�ala una direcci�n en la que es preciso avanzar constantemente. 

1. Paz

La paz verdadera no puede ser, en modo alguno, fruto de la imposici�n de un grupo sobre el resto de la sociedad. No llega todav�a a implantarse del todo por el mero triunfo democr�tico de cualquier opci�n pol�tica sobre las dem�s. Se consolida sobre tierra firme cuando todos los grupos de ciudadanos tienen conciencia viva de pertenecer a esta comunidad, voluntad clara de convivir y colaborar en su servicio y disposici�n a las renuncias necesarias para una verdadera integraci�n. Supone como premisa b�sica e irrenunciable la defensa absoluta de la vida y el respeto a todos los derechos humanos. Se realiza en el reconocimiento te�rico y pr�ctico de los valores de �la verdad, la justicia, el amor y la libertad�. [�Pacem in terris�, n. 163]. Se va asegurando en la medida en que las leg�timas aspiraciones y sensibilidades pol�ticas existentes en la comunidad van aproxim�ndose a una concertaci�n. Se abre, en fin, a una reconciliaci�n en la que se entrelazan la generosidad de perdonar y la humildad de pedir perd�n. 

Las elecciones de mayo deben ser, en su preparaci�n, en su realizaci�n y en sus consecuencias, un paso decidido hacia esta paz.

2. Entre todos y para todos

a) Entre todos

Todos los ciudadanos estamos invitados y moralmente obligados a ser art�fices de la paz. No s�lo los pol�ticos y los gobernantes, la escuela y la prensa, los grupos sociales y la comunidad cristiana. Nadie debe excluirse, ni excluir, ni ser excluido de la edificaci�n de la casa com�n, mientras de ver�s busque construir, no destruir. Todos somos necesarios en esta tarea gran tarea con nuestras diferencias, tensiones e incluso contraposiciones. Con tal que convirtamos nuestras lanzas en podaderas y nuestras espadas en rejas para arar. [Cfr. Is 2, 1-4]. Tenemos ahora en nuestras manos una herramienta constructiva: el voto. Utilic�mosla. 

b) Para todos

Todos los ciudadanos somos tambi�n, en principio, beneficiarios de la paz. En la casa com�n hemos de caber, apret�ndonos, todos aquellos que por la palabra o los hechos no se autoexcluyan de un proyecto compartido. Lejos de empecinarse en cualquier proyecto excluyente, este pa�s necesita, sea cual sea la f�rmula de gobierno por la que opte tras las elecciones, un proyecto integrador. La paz verdadera y plena ha de tener la ambici�n de acabar ganando para su causa incluso a los m�s recalcitrantes. Tiende a ser, por su propia din�mica, una paz para todos. Si las pr�ximas elecciones nos disponen a buscar la paz entre todos y para todos, ser�n un hito se�alado en este caminar doloroso que est� suponiendo para nuestro pueblo un verdadero calvario. 

III. LA CAMPA�A ELECTORAL

La finalidad de una campa�a consiste, en principio, en ofrecer a los electores la informaci�n y reflexi�n que les ayude a una elecci�n responsable. En la pr�ctica, toda campa�a es tiempo de confrontaci�n de proyectos. Por esta raz�n, se carga muy frecuentemente de pasionalidad y genera o acent�a un grado de animosidad entre las diversas opciones pol�ticas. 

1. Los partidos

Los electores convocados a las urnas necesitamos escuchar de los partidos programas realistas que ofrezcan v�as de soluci�n a cada uno de los principales problemas de esta sociedad, evocados a lo largo de esta carta. Tenemos derecho a o�r de los pol�ticos mensajes veraces, respetuosos con las instituciones nacidas de la voluntad popular. A ellos corresponde confirmar y corroborar ante el pueblo la nobleza de la actividad pol�tica, que se dignifica a s� misma cuando la contienda electoral discurre por los caminos de la lealtad y el respeto para con los adversarios, y cuando, lejos de dificultar futuros entendimientos, el tono de la campa�a favorece la aproximaci�n de los partidos tras la liza electoral. 

Con todo, los ecos de la precampa�a nos hacen temer que esta campa�a vaya a ser especialmente virulenta. El apasionamiento puesto al servicio de los intereses electorales es especialmente virulenta. El apasionamiento puede conducir a las diversas formaciones pol�ticas a ofrecer mensajes enga�osos, a utilizar el miedo como arma electoral, a envolver en la misma valoraci�n condenatoria lo leg�timo con lo inaceptable, a descalificar y calumniar a los adversarios, a utilizar de forma partidista los medios de comunicaci�n social p�blicos. Una campa�a dise�ada o realizada en estos par�metros ser�a �ticamente censurable, no s�lo porque se asentar�a en la mentira y en la manipulaci�n, sino porque ahondar�a m�s la brecha social, haciendo as� m�s dif�cil el objetivo de una paz construida entre todos y destinada para todos. 

2. Los medios de comunicaci�n social

En este punto los medios de comunicaci�n social pueden y deben jugar un papel socialmente saludable. Pueden contribuir en grado notable a la limpieza y serenidad de la campa�a contrastando rigurosamente las noticias, ofreciendo un eco moderado a aquellas que sean socialmente disolventes, aportando reflexiones y comentarios mesurados sobre los programas en liza, invitando a los partidos a una confrontaci�n civilizada, ayudando a la ciudadan�a a mantener la calma, cultivando continuamente la cohesi�n social. 

Pero pueden tambi�n atizar los �nimos subrayando desmedidamente los episodios agresivos, enzarzando a los protagonistas pol�ticos, haci�ndose eco acr�tico de los partidos afines y resonancia hipercr�tica de los partidos adversarios, acentuando el nerviosismo y la pasionalidad de los electores, anteponiendo las propias opciones ideol�gicas y ventajas econ�micas a la verdad, la justicia y la concordia. 

El trabajo de los MCS ha de orientarse desde la campa�a a preparar el �d�a despu�s� de las elecciones, en el que sean menos dif�ciles y m�s viables aquellas f�rmulas pol�ticas que mejor preparen la paz. 

IV. PARTICIPAR

Muchos electores se sienten especialmente motivados para participar en la hora crucial de las votaciones, Algunos pueden todav�a sentirse tentados a abstenerse por la decepci�n, la indiferencia, la pasividad, la comodidad, la perplejidad, el temor a complicaciones, la presi�n social. Aunque no negamos que en algunos casos la abstenci�n pueda ser razonable, las razones para que lo que fuera en esta coyuntura deber�an tener un peso notable. Participar mediante la emisi�n de nuestro voto parece el comportamiento m�s coherente con los dictados de la �tica pol�tica. �Todos los ciudadanos deben recordar -dice el Concilio Vaticano II- que tienen el derecho y el deber de utilizar el sufragio libre para promover el bien com�n�. [Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n.75]. 

Votar a una u otra formaci�n pol�tica no debe constituir simplemente una costumbre mec�nica, heredada. El voto libre y responsable es, ante todo, aquel que se emite tras el examen cuidadoso de los programas que se proponen, de los partidos que los presentan y de las personas que se comprometen a llevarlos adelante. 

La libertad interior y subjetiva del voto reclama imperiosamente la libertad exterior y objetiva. Ser�a una grave falta moral coaccionar violenta o sinuosamente la libertad de voto de cualquier ciudadano. Unas elecciones son tanto m�s limpias cuanto mejor garantizan esta libertad personal. 

V. MANTENER LA ESPERANZA

No podernos negar que nuestra sociedad ha llegado a una situaci�n muy preocupante. Pero no queremos olvidar que la esperanza y la cohesi�n de los pueblos alberga recursos escondidos que no se agotan f�cilmente. Con los ojos de la fe los creyentes percibimos en este fondo sano, solidario, esperanzado, de muchos ciudadanos un fermento discreto y eficiente, depositado por la resurrecci�n del Se�or. En la hora presente pedimos con insistencia al Esp�ritu que active este fermento en las entra�as de nuestro pueblo. Estamos seguros de ser acompa�ados por una inmensa muchedumbre de creyentes en esta ardiente plegaria. Santa Mar�a de la Paz, a quien nuestro pueblo cristiano venera con filial cari�o especialmente en Est�baliz, Ar�nzazu y Bego�a nos ayudar� a responder fielmente al triple encargo que Juan Pablo II encomendaba a la inmensa muchedumbre reunida en Armentia: �Sed amigos de la paz, orantes por la paz, constructores de la paz.� 

Bilbao, San Sebasti�n y Vitoria
19 de abril de 2001

+ Ricardo, Obispo de Bilbao
* Juan Mar�a, Obispo de San Sebasti�n
* Miguel, Obispo de Vitoria
* Carmelo, Obispo Auxiliar de Bilbao

 

 


 

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