From: "Roque Caporale" <[EMAIL PROTECTED]>
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La guerra o la fiesta
Por Eduardo Galeano
El a�o pasado muri� el hombre m�s viejo de Inglaterra. La vida de Bertie Felstead 
hab�a atravesado tres siglos: naci� en el siglo 19, vivi� en el 20, muri� en el 21.

El era el �nico sobreviviente de un c�lebre partido de futbol, que se jug� en la 
Navidad de 1915. Se enfrentaron en ese partido los soldados brit�nicos y los soldados 
alemanes. Una pelota apareci�, venida no se sabe de d�nde, y se ech� a rodar, no se 
sabe c�mo, entre las trincheras. Entonces el campo de batalla se convirti� en campo de 
juego, los enemigos arrojaron al aire sus armas y saltaron a disputar la pelota, todos 
contra todos y todos con todos.

Mucho no dur� la magia. A los gritos, los oficiales recordaron a los soldados que 
estaban all� para matar y morir. Pasada la tregua futbolera, volvi� la carnicer�a. 
Pero la pelota hab�a abierto un fugaz espacio de encuentro entre esos hombres 
obligados a odiarse.

***

El bar�n Pierre de Coubertin, fundador de las olimpiadas modernas, hab�a advertido: 
"El deporte puede ser usado para la paz o para la guerra".

Al servicio de la guerra mundial que estaban incubando, Hitler y Mussolini manipularon 
el futbol. En los estadios, los jugadores de Alemania y de Italia saludaban con la 
palma de la mano extendida a lo alto. "Vencer o morir", mandaba Mussolini, y por las 
dudas la escuadra italiana no tuvo m�s remedio que ganar la Copa del Mundo en 1934 y 
en 1938. "Ganar un partido internacional es m�s importante, para la gente, que 
capturar una ciudad", dec�a Goebbels, pero la selecci�n alemana, que luc�a la cruz 
esv�stica al pecho, no tuvo suerte. La guerra de conquista vino poco despu�s, y el 
delirio de la pureza racial implic� tambi�n la purificaci�n del futbol: 300 jugadores 
jud�os fueron borrados del mapa. Muchos de ellos murieron en los campos alemanes de 
concentraci�n.

A�os despu�s, en Am�rica Latina, las dictaduras militares tambi�n usaron el futbol, al 
servicio de la guerra contra sus propios pa�ses y sus peligrosos pueblos. En el 
Mundial de 70, la dictadura brasile�a hizo suya la victoria de la selecci�n de Pel�: 
"Ya nadie para a este pa�s", proclamaba la publicidad oficial. En el Mundial de 78, en 
un estadio que quedaba a pocos pasos del Auschwitz argentino, la dictadura argentina 
celebr� "su" triunfo, del brazo del infaltable Henry Kissinger, mientras sus aviones 
arrojaban a los prisioneros vivos al fondo de la mar. Y en 80, la dictadura uruguaya 
se apoder� de la victoria local en el llamado Mundialito, un torneo entre campeones 
mundiales, aunque fue entonces cuando la multitud se atrevi� a gritar, por primera 
vez, despu�s de siete a�os de silencio obligatorio. Rugieron las tribunas: "Se va a 
acabar, se va a acabar, la dictadura militar..."

***

Hay partidos que terminan en batallas campales, hay fan�ticos que encuentran en el 
futbol un buen pretexto para el ejercicio del crimen y en las gradas desahogan los 
rencores acumulados desde la infancia o desde la �ltima semana. Como suele ocurrir, es 
la civilizaci�n la que da los peores ejemplos de barbarie. Entre los casos de m�s 
triste memoria se podr�a citar, por ejemplo, la matanza de 39 hinchas italianos del 
club Juventus a manos de los hooligans ingleses del Liverpool, hace poco menos de 20 
a�os.

Pero, �eso da para decir que el futbol incuba huevos de serpiente? En 1969, se llam� 
"guerra del futbol" a la matanza entre hondure�os y salvadore�os, porque la primera 
chispa de ese incendio se hab�a encendido en los estadios. Pero la guerra ven�a, en 
realidad, de mucho antes. Y su nombre mentiroso logr� ocultar una historia larga: la 
guerra fue la tr�gica desembocadura de m�s de un siglo de rencores entre dos pueblos 
vecinos, entrenados para odiarse mutuamente, pobres contra pobres, por sucesivas 
dictaduras militares fabricadas en la Escuela de las Am�ricas.

El espejo no tiene la culpa de la cara, ni el term�metro tiene la culpa de la fiebre. 
Casi nunca proviene del futbol, aunque casi siempre lo parece, la violencia que a 
veces hace eclosi�n en los campos de juego. Es revelador lo que est� ocurriendo en la 
Argentina. La locura de las "barras bravas" no tiene nada de nuevo; pero se han 
multiplicado los l�os, los balazos y los garrotazos, desde que se desencaden� esta 
�ltima crisis que ha precipitado al pa�s a una ca�da en picada y ha dejado a los 
argentinos pataleando en el aire.

Los estadios de futbol son los �nicos escenarios donde se abrazan los et�opes y los 
eritreos. Durante los torneos interafricanos los jugadores de esas selecciones 
consiguen olvidar por un rato la larga guerra que peri�dicamente rebrota entre sus 
pa�ses.

Y despu�s del genocidio que ensangrent� a Ruanda, el futbol es el �nico instrumento de 
conciliaci�n que no ha fracasado. Los hutus y los tutsis se mezclan en las hinchadas 
de los clubes y juegan juntos en los diversos equipos y en la selecci�n nacional.

El futbol abre un espacio para la resurrecci�n del respeto mutuo que reinaba entre 
ellos antes de que los poderes coloniales, el alem�n primero y el belga despu�s, los 
dividieran para reinar.

***

En Medell�n, una de las ciudades m�s violentas del mundo, naci� y se desarroll� el 
proyecto Futbol por la Paz, que durante alg�n tiempo funcion� con milagroso �xito. 
Mientras dur� demostr� que no era imposible cambiar balazos por pelotazos.

El futbol result� ser el �nico lenguaje alternativo para las bandas armadas de los 
diversos barrios, acostumbradas a dialogar a tiros.

Jugando al futbol los enemigos empezaron a conocerse entre s�, al principio de muy 
mala manera y en cada partido un poquito mejor. Y los muchachos empezaron a aprender 
que la guerra no es el �nico modo de vida posible.

***

Antes de cada partido, en cada Copa del Mundo, los jugadores escuchan y tararean sus 
himnos patrios. Por regla general, salvo algunas excepciones, los himnos los invitan a 
matar y a morir.

Esos c�nticos marciales profieren terribles amenazas, convocan a la guerra, insultan a 
los extranjeros y exhortan a hacerlos picadillo o con gloria sucumbir en heroicos 
ba�os de sangre.

Ya vamos para el campeonato mundial n�mero 17. A lo largo de las Copas del Mundo se ha 
visto que no faltan los jugadores dispuestos a actuar como obedientes soldados, 
siempre dispuestos a castigar con feroces patadas a los enemigos de la patria y, sobre 
todo, a los que cometen la imperdonable ofensa de jugar lindamente.

Pero, la verdad sea dicha, la gran mayor�a de los jugadores no ha hecho caso a las 
�rdenes que sus himnos imparten, ni a los delirios �picos de ciertos periodistas que 
compiten con los himnos, ni a las instrucciones carniceras de algunos dirigentes y 
directores t�cnicos, ni a los clamores guerreros de unos cuantos energ�menos en las 
gradas.

Ojal� los jugadores, o al menos la mayor�a de ellos, se sigan haciendo los sordos en 
el Mundial . Y que no se confundan a la hora de elegir entre la guerra o la fiesta.


Fuente:  La Jornada, 30 de mayo de 2002.





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