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| Sábado,
14 de octubre de 2006, actualizado a las 12:41 |
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LA
RESPONSABILIDAD DE LOS INTELECTUALES La ambigüedad italiana
ENRIC
GONZÁLEZ BABELIA - 14-10-2006
El debate italiano sobre la cooperación de los intelectuales con el
fascismo suele conducir a un callejón sin salida. Hubo intelectuales
fascistas, como Luigi Pirandello, Tommaso Marinetti o Gabrielle d'Annunzio
(aunque en este segundo caso podría argumentarse que fue el fascismo el que
se hizo d'annunziano). Y hubo, en el terreno político, intelectuales
antifascistas que, como Antonio Gramsci, murieron en la cárcel. La tendencia
general fue, sin embargo, mucho menos clara. Y las polémicas surgidas en los
últimos resultan hasta cierto punto superfluas o embarazosas. A Norberto
Bobbio, por ejemplo, se le exigieron cuentas por haber escrito, en 1935,
cuando era estudiante, una carta a Benito Mussolini. Bobbio, ya cercano a la
muerte, confesó que nunca había hablado del episodio "por vergüenza", y
declaró, tras leer la carta reaparecida: "Me he encontrado de repente cara a
cara con otro yo que creía haber derrotado para siempre". En la carta, no
especialmente laudatoria, se limitaba a pedir un favor. Sólo eso.
¿Cómo habría que juzgar entonces las acrobacias políticas de Curzio
Malaparte? Malaparte participó en 1922 en la Marcha Fascista sobre Roma,
firmó en 1925 el Manifiesto de los Intelectuales Fascistas y escribió textos
despreciables contra los judíos. Pero en 1931 escribió Técnica del golpe
de Estado, una obra muy crítica con Mussolini y Adolf Hitler, y fue
condenado al confinamiento en la isla de Lipari. ¿Cómo habría que juzgar a
Benedetto Croce, el gran filósofo italiano del siglo XX? Croce, diputado
liberal, votó en el Parlamento a favor del Duce. Pero muy poco después, en
1925, redactó el Manifiesto de los Intelectuales Antifascistas.
Una de las claves para entender la ambigua relación entre
intelectuales y fascismo se oculta tras la figura de Giovanni Gentile, gran
filósofo, amigo de Croce, ministro de Educación y "pensador oficial" del
régimen, asesinado por partisanos en 1944. Gentile, como el propio Mussolini
hasta poco antes de las leyes antijudías (1938) y la Segunda Guerra Mundial,
creía en la integración. A través de los Littoriali (juegos culturales), de
la Enciclopedia y de revistas como Crítica fascista y Primato
(primacía), en colaboración con Antonio Massai, atrajo a jóvenes como
Pratolini, Pavese, Montale, Guttuso, La Malfa o Einaudi. Todos ellos
publicaban en Primato, que contenía furiosos arrebatos antisemitas.
El propio Alberto Moravia, que nunca fue equívoco en su oposición
al fascismo, tuvo que dar años después explicaciones por las cartas que
enviaba a los censores, llenas de loas al régimen y al Duce, para conseguir
que sus novelas pudieran publicarse. Otro caso típico fue el de Indro
Montanelli, el más grande periodista italiano del siglo: vistió correajes y
trabajó en la revista fascista Il selvaggio (el salvaje), pero en
1935 fue suspendido de militancia en el Partido Fascista por sus crónicas de
la Guerra Civil española y por haber aceptado de Valentín González, El
Campesino, un carné de la FAI.
Quizá la situación más singular fue la de Dario Fo, dramaturgo y
premio Nobel. Cuando aún no era mayor de edad, Fo se alistó voluntario en un
regimiento de la República Social de Saló, el último reducto del fascismo
antes de la victoria aliada. Según él, lo hizo para salvar la vida y para
"infiltrarse" en el enemigo. Los fascistas auténticos le han acusado muchas
veces de "chaquetero", y Fo ha llevado a los tribunales, sin resultado del
todo concluyente, su lucha por demostrar que fue antifascista incluso cuando
vistió el uniforme fascista.
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