Violencia estructural 

"Hasta la raíz. Violencia durante la Guerra Civil y la dictadura franquista". 
Javier Rodrigo. Alianza. Madrid, 2008. 256 páginas. 18 euros

ÁNGEL VIÑAS,  BABELIA - 20-09-2008

La providencia del juez Baltasar Garzón ha conectado con un hondo movimiento 
social y de opinión, y dado lugar a una intensa controversia. Este periódico se 
ha hecho eco de numerosas manifestaciones de apoyo, más o menos crítico, a su 
iniciativa. En otros han dominado las de índole negativa. Se detecta una gran 
incomunicación o incomprensión entre los participantes. Quizá pudieran 
recortarse, al menos en términos de lógica y de conocimiento, tal vez menos en 
el ámbito ideológico, de tener en cuenta una obra muy reciente que pone el 
punto sobre las íes en relación con el fenómeno subyacente de la violencia, 
republicana o franquista.

Se trata de una síntesis -magnífica- de un joven historiador, doctor por el 
Instituto Universitario Europeo de Florencia, conocido entre los especialistas 
por sus estudios sobre los campos de concentración franquistas. De su lectura, 
y no requiere más de tres horas, las clases política, judicial, eclesial y 
periodística podrían extraer numerosas informaciones.

Sobre la violencia en la guerra y larga posguerra se ha investigado y escrito 
mucho. Para una y otra siguen siendo válidos los títulos coordinados por Santos 
Juliá o Julián Casanova, respectivamente, con aportaciones propias o de autores 
consagrados como Francisco Espinosa, Conxita Mir, Francisco Moreno, Josep Maria 
Solé y Joan Villarroya. Pero los progresos hechos desde su aparición, la 
investigación no se ha detenido nunca, hacían imprescindible una puesta a punto.

La presente se distingue en particular por la muy lograda combinación de 
evidencia empírica y planteamientos teóricos. Rodrigo es de quienes creen que 
escribir historia sin basamento teórico conduce a ejercicios meramente 
descriptivos, pero también que teorizar sin él equivale poco menos que a 
escribir en el vacío. Lo mismo ha dicho Barnett al referirse a los horrores del 
estalinismo. De aquí que la bibliografía abarque casi 400 títulos: 120 sobre la 
República, guerra y dictadura; más de 140 sobre violencia; 32 sobre cárceles y 
los campos de concentración y de trabajos forzosos; 23 sobre memoria(s) de la 
guerra, y el resto, sobre violencias, fascismos y memorias colectivas. Un 
acopio realmente impresionante.

El resultado queda a mil leguas de esos remedos de juegos de pimpón en que los 
participantes se arrojan cifras en lugar de pelotas: unos mataron 30.000 y 
otros 80.000; ¡no!, los primeros liquidaron a 45.000, los segundos, a 53.000. 
No es que Rodrigo ignore las cifras y los denodados esfuerzos por estimar y 
cuantificar el número de asesinados y desaparecidos. Tampoco ignora un cierto 
paralelismo en los usos funcionales de la violencia en ambas zonas para 
garantizar el ejercicio del poder o para controlar, intimidar y reducir a la 
sumisión a las poblaciones. Pero, con toda razón, destaca las profundísimas 
asimetrías que caracterizan lo que ocurrió en una y otra. Asimetrías que se 
revelan en el origen de la violencia, en las formas de su puesta en práctica, 
en sus aspectos sociológicos y cualitativos, y en su extensión territorial, 
temporal y cuantitativa. No hay la menor equivalencia posible entre la zona 
republicana y la franquista. En esta última se mató premeditadamente, más y más 
deprisa, y, a medida que pasaba el tiempo, "mejor". En ella se estableció el 
más denso sistema concentracionario de la Europa meridional, se explotó 
económicamente a los presos sin el menor pudor y se garantizaron manos libres a 
la venganza con el mantenimiento del estado de guerra hasta 1948, sustituido 
por formas menos rotundas pero no menos eficaces. La violencia contra los 
vencidos, la "anti-España", se prolongó durante largos años. Tuvo carácter 
estructural y fue una excelente inversión para sostener la dictadura. Al fin y 
al cabo, se trataba, según un párroco ovetense, de hacer la guerra "contra 
ellos, hasta que no quede ni la última raíz".

El cardenal primado ha afirmado que "la verdad no puede asustarnos ni la 
podemos, ni debemos, ocultar; (...) pertenece a nuestra memoria y a nuestra 
identidad; (...) ha de ser asumida y también superada..." 
(www.architoledo.org). Estoy de acuerdo. La estupenda síntesis de Rodrigo 
muestra lo mucho que se sabe sobre lo ocurrido. También sobre las 
responsabilidades insertas en unas oleadas de violencia que nunca fueron 
similares y sobre el papel de la traumatizada Iglesia como actor político, 
testigo y exculpador de desaguisados. Se comprende que, con 7.000 miembros del 
clero regular y secular asesinados, no tuviera simpatía hacia los republicanos. 
Pero ¿qué ha dicho de la mayor violencia contra los vencidos que condonó 
durante tantos años? No le faltaba razón a Manuel de Irujo cuando afirmó que la 
Iglesia figuraría como mártir en una zona y como parte, a manera de segundona, 
de los piquetes en la otra. Para sucesivas aclaraciones, quedamos a la espera 
de la exploración de José Luis Ledesma sobre la violencia republicana.

http://www.elpais.com/articulo/narrativa/Violencia/estructural/elpepuculbab/20080920elpbabnar_2/Tes/



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