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Curso de Psicología Cognitiva y Experiencia de Usuario
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Los depredadores y las interfaces
Qué tienen que ver los depredadores, la evolución de las especies, la capacidad
de pasar inadvertido y el diseño de la interacción: mucho, muchísimo más de lo
que parece a simple vista.
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Esta especie de pez mariposa (
<https://es.wikipedia.org/wiki/Chaetodon_capistratus>
Chaetodon capistratus) simula tener ojos en la cola para confundir a sus
depredadores.
Hace unos tres mil quinientos millones de años aparecían las primeras bacterias
sobre la tierra, y con ellas las dos funciones básicas de la vida: sobrevivir y
reproducirse. Para sobrevivir, además de alimentarse, hay que conseguir que el
ambiente no te quite la vida y no ser presa de los depredadores: todos los
seres vivos, en el estado natural, son alimento potencial de otros seres vivos.
Hace unos 500 millones de años aparecen los vertebrados y con ellos la tarea de
sobrevivir incorpora una nueva carrera: el depredador que hace todo lo posible
por fundirse con el medio para pasar desapercibido y la presa que aguza su
atención para detectar al depredador por el más mínimo detalle. Quien es capaz
de estar todo el tiempo auscultando el entorno para ver la hoja fuera de lugar
en el arbusto, la curva desalineada en el agua o la piedra no tan ovalada en el
piso, tendrá la ventaja evolutiva de detectar a su depredador un instante antes
que sus compañeros de cardumen o manada y aumentar así su probabilidad de dejar
descendencia.
Hace por tanto 500 millones de años que venimos perfeccionando nuestra
capacidad de estar permanentemente escudriñando nuestro entorno para detectar
el más mínimo desequilibrio que pueda darnos la alerta. Este sistema, depurado
pacientemente y pasado de generación en generación a través del ADN, funciona
sin pausa aún hoy en día, como si detrás del monitor de la computadora pudiera
haber un tigre o una serpiente.El equilibrio en el diseño
Cuando un usuario se enfrenta a una interfaz, su sistema de alerta se mantiene
de forma constante e inconsciente monitoreando los estímulos que recibe para
detectar potenciales peligros. No importa si no hay peligros: nuestro cerebro
no evolucionó para el monitor sino para la sabana. Todos los desequilibrios,
por más pequeños que sean, son analizados y evaluados para determinar su
peligro potencial.
Podemos percibir este fenómeno cuando estamos en una habitación que nos resulta
molesta o no nos agrada pero no podemos decir por qué: nuestro sistema de
alerta está procesando numerosos problemas, y si bien los descarta y no llegan
a la conciencia uno por uno, si llega el alerta en forma de desagrado e
incomodidad. También lo podemos percibir cuando por ejemplo en un restorán nos
toca sentarnos frente a un cuadro torcido, aunque sea un poquito torcido. No
podemos dejar de atenderlo, y lo vamos a mirar probablemente decenas de veces:
nuestro sistema de alerta es continuo y nunca abandona una fuente potencial de
peligro.
No es que los seres humanos no podamos convivir con textos mal centrados,
campos de alturas dispares o botones fuera de lugar: es que no da lo mismo que
estén en el lugar a que no estén, no es “un problema estético” como suelen
quienes pretenden justificarlo, o si es precisamente un problema estético. Es
uno de los roles relevantes de la estética en la interacción: generar
sensaciones de calma, de ausencia de alertas de cualquier tipo, por más
pequeñas que sean, para que la interacción fluya.
Cuando te de pereza medir si la etiqueta quedó justo en el centro, si todos los
campos tienen la misma altura o si el botón está exactamente alineado, recordá
que tus usuarios van a notarlo, y eso va a deterirorar la interacción fluida.
Tienen un pedigrí de 500 millones de años que los avala.
ONLINE
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