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Sent: Thursday, November 18, 2010 10:33 PM
Subject: Re: Illia en pijamas


Creo que vale la pena recordar que a Illia lo echaron por lo que hizo, sus 
avances en la defensa de la soberanía del petróleo, su empuje al desarrollo de 
los laboratorios nacionales para que puediesemos dispóner de medicamentos 
accesibles para nuestra población, por el desarrollo de la investigación y el 
refuerzo presupuestario a la educación (tengo que revisar la historia, creo que 
era 3 veces superior al actual). Por la casi inexistencia de pobres y un 
producto per cápita a igualdad de poder de compra prácticamente igual al actual.

Pero lamentablemente en esa época (como le dijo Rockefeller a alguien muy 
cercano a Illia y a mí) no había militar latinoamericano que resista un 
cañonazo de un millón de dolares. Y así fue que lo echaron porque era un 
patriota incoveniente a los intereses norteamericanos.  Hoy los militares 
tienen poco poder, pero están entonces algunos  mediocres políticos que no 
resisten la seducción de un millón de dólares (norteamericano, chino, 
venezolano o al mejor postor) a costa de mantener el sojuzgamiento y la 
destrucción de los argentinos.



 
El 18 de noviembre de 2010 20:44, rufino abaroa <[email protected]> 
escribió:

  Illia en pijamas

  Por Alfredo Leuco (Columna radial 15/11/10)

      El sábado, en su glorioso recital, Jairo contó una vivencia estremecedora 
de su Cruz del Eje natal. Una madrugada su hermanita no paraba de temblar 
mientras se iba poniendo morada. Sus padres estaban desesperados. No sabían que 
hacer. Temían que se les muriera y fueron a golpear la puerta de la casa del 
médico del pueblo. El doctor Arturo Illia se puso un sobretodo sobre el pijama, 
se trepó a su bicicleta y pedaleó hasta la casa de los González. Apenas vio a 
la nenita dijo: “Hipotermia”. “No sé si mi padre entendió lo que esa palabra 
rara quería decir”, contó Jairo. La sabiduría del médico ordenó algo muy simple 
y profundo. Que el padre se sacara la camisa, el abrigo y que con su torso 
desnudo abrazara fuertemente a la chiquita a la que cubrieron con un par de 
mantas. “¿No le va a dar un remedio, doctor?”, preguntó ansiosa la madre. Y 
Arturo Illia le dijo que para esos temblores no había mejor medicamento que el 
calor del cuerpo de su padre.
   
      A la hora la chiquita empezó a recuperar los colores. Y a las 5 de la 
mañana, cuando ya estaba totalmente repuesta, don Arturo se puso otra vez su 
gastado sobretodo, se subió a la bicicleta y se perdió en la noche. Jairo dijo 
que lo contó por primera vez en su vida. Tal vez esa sabiduría popular, esa 
actitud solidaria, esa austeridad franciscana lo marcó para siempre. El teatro 
se llenó de lágrimas. Los aplausos en la sala denotaron que gran parte de la 
gente sabía quien había sido ese médico rural que llegó a ser presidente de la 
Nación. Pero afuera me di cuenta que muchos jóvenes desconocían la dimensión 
ética de aquél hombre sencillo y patriota. Y les prometí que hoy, en esta 
columna les iba a contar algo de lo que fue esa leyenda republicana.

      Llegó a la presidencia en 1963, el mismo año en que el mundo se conmovía 
por el asesinato de John Fitzgerald Kennedy y lloraba la muerte del Papa Bueno, 
Juan XXIII.

      Tal vez no fue una casualidad. El mismo día que murió Juan XXIII nació 
Illia como un presidente bueno. Hoy todos los colocan en el altar de los 
próceres de la democracia.

      Le doy apenas alguna cifras para tomar dimensión de lo que fue su 
gobierno. El Producto Bruto Interno (PBI) en 1964 creció el 10,3% y en 1965 el 
9,1%. “Tasas chinas”, diríamos ahora. En los dos años anteriores, el país no 
había crecido, había tenido números negativos. Ese año la desocupación era del 
6,1%. Asumió con 23 millones de dólares de reservas en el Banco Central y 
cuando se fue había 363. Parece de otro planeta. Pero quiero ser lo mas 
riguroso posible con la historia. Argentina tampoco era un paraíso. El gobierno 
tenía una gran debilidad de origen. Había asumido aquel 12 de octubre de 1963 
solamente con el 25,2% de los votos y en elecciones donde el peronismo estuvo 
proscripto.
   
      Le doy un dato mas: el voto en blanco rozó el 20% y por lo tanto el 
radicalismo no tuvo mayoría en el Congreso. Tampoco hay que olvidar el 
encarnizado plan del lucha que el Lobo Vandor y el sindicalismo peronista le 
hizo para debilitarlo sin piedad. Por supuesto que el gobierno también tenía 
errores como todos los gobiernos. Pero la gran verdad es que Illia fue 
derrocado por sus aciertos y no por sus errores. Por su historica honradez, por 
la autonomía frente a los poderosos de adentro y de afuera. Tuvo el coraje de 
meter el bisturí en los dos negocios que incluso hoy mas facturan en el 
planeta: los medicamentos y el petróleo. Nunca le perdonaron tanta 
independencia. Por eso le hicieron la cruz y le apuntaron los cañones. Por eso 
digo que a Illia lo voltearon los militares fascistas como Onganía que 
defendían los intereses económicos de los monopolios extranjeros. El lo dijo 
con toda claridad: a mi me derrocaron las 20 manzanas que rodean a la casa de 
gobierno. 

      Nunca más un presidente en nuestro país volvió a viajar en subte o a 
tomar café en los bolichones. Nunca mas un presidente hizo lo que el hizo con 
los fondos reservados: no los tocó. Nació en Pergamino pero se encariñó con 
Cruz del Eje donde ejerció su vocación de arte de curar personas con la 
medicina y de curar sociedades con la política. Allí conoció a don González el 
padre de Marito, es decir de Jairo. Atendió a los humildes y peleó por la 
libertad y la justicia para todos.

      A Don Arturo Umberto Illia lo vamos a extrañar por el resto de nuestros 
días. Porque hacía sin robar. Porque se fue del gobierno mucho mas pobre de lo 
que entró y eso que entró pobre. Su modesta casa y el consultorio fueron 
donaciones de los vecinos y en los últimos días de su vida atendía en la 
panadería de un amigo. Fue la ética sentada en el sillón de Rivadavia. Yo tenía 
11 años cuando los golpistas lo arrancaron de la casa de gobierno. Mi padre que 
lo había votado y lo admiraba profundamente se agarró la cabeza y me dijo:
      - Pobre de nosotros los argentinos. Todavía no sabemos los dramas que nos 
esperan.

      Y mi viejo tuvo razón. Mucha tragedia le esperaba a este bendito país. Yo 
tenía 11 años pero todavía recuerdo su cabeza blanca, su frente alta y su 
conciencia limpia.




   

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