El software y la innovación en la era del conocimiento
Hay convicciones muy fuertes arraigadas en la sociedad que tienden a ver los
vaivenes de las organizaciones como un eterno juego de suma cero en el que
siempre para que alguien gane otro tenga que perder. Es el tradicional
paradigma de la competencia, el lema de "destruir al enemigo". Hay otras
visiones que entienden que las organizaciones más aptas para progresar serán
aquellas capaces de aprender y desaprender continuamente y, sobre todo, que
aprendan a cooperar entre ellas. En lugar de equipos luchando entre sí por
ganar, la metáfora se acerca más a la de una orquesta en la cual cada uno toca
un instrumento que aporta a un concierto armonioso.
Si aceptamos que la innovación es el proceso inverso a la generación del
conocimiento, en el que invertimos recursos para obtener conocimiento, entonces
en el proceso de la innovación los conocimientos son transformados por las
organizaciones en recursos. Dichas organizaciones pueden ser empresas,
organismos estatales, organizaciones sin fines de lucro, etc. Los recursos
pueden ser producidos por la comercialización de nuevos productos o servicios,
beneficios sociales diversos, etc. Y aquí tenemos una función clave que vienen
desempeñando nuestras Universidades en el proceso innovador aportando nuevos
profesionales nutridos de nuevos conocimientos a la sociedad. Estos
profesionales están excelentemente posicionados para producir innovaciones.
Esta sería una función innovadora indirecta cumplida por nuestras
Universidades, no por ello poco importante. Desde ya que deben seguir
desempeñando ese papel insertando en la sociedad más y mejores profesionales.
Una función directa es la de convertirse en organizaciones incubadoras de
empresas de base tecnológica. La capacidad potencial que tiene nuestro sistema
científico-universitario para transformarse en un polo de desarrollo económico
y social por esta vía es enorme. Es por eso que la promoción y la enseñanza del
emprendedorismo en todos los niveles debe ser una política de Estado.
En esta era del conocimiento en la que estamos viviendo el software se ha
transformado en una herramienta vital que cristaliza el cocimiento de las
organizaciones y lo traduce en procesos y algoritmos. Cuando una organización
emprende el siempre venturoso proceso de desarrollo de un nuevo software es
porque claramente tiene la decisión de instaurar un cambio disruptivo en dicha
organización. Sin esa intención, los recursos asignados al desarrollo de
software suelen ser amargamente desperdiciados. Es así que el software se ha
transformado en un fuerte apalancador de la innovación en las organizaciones.
Asimismo, en las grandes corporaciones globalizadas, cualquier innovación
generada debe ser rápidamente transmitida a todos los sectores de la
organización en los que pueda generar una mejora en la productividad. Esos
mecanismos de transmisión se hacen a través de lo que se denomina gestión del
conocimiento.
Hemos visto como el software captura el conocimiento en las organizaciones.
También la importancia de la gestión del conocimiento en dichas organizaciones.
Ahora bien, estos suelen ser procesos internos de las organizaciones que no
escapan al paradigma de la competencia. Cuando un software es liberado,
entonces cambiamos de paradigma y empezamos a hacer gestión del conocimiento en
toda la comunidad global. Se transmiten innovaciones ya no dentro de una
organización, sino que llegan a todo el mundo, literalmente hablando. He aquí
la potencia conceptual del movimiento de software libre.
Tan fuerte es la filosofía del software libre abogando por la libertad del
conocimiento que ya hay varias ramificaciones que han extrapolado esta
filosofía a otros territorios.
Desde los más pragmáticos movimientos Open Source, FLOSS, también dentro del
mundo del software y en su versión más comercial y corporativa, pasando por el
área artística y las licencias Creative Commons, llegando a las bibliotecas con
el Open Access, hasta la audaz propuesta de Open Government. Lo interesante de
estas "movidas" es que para implementarlas no hacen falta gigantescos
presupuestos como en los grandes proyectos de infraestructura. Es una cuestión
de decisión política. Y también hay que saber que no van a faltar los ataques
ya que hay fuertes intereses comerciales que pujan por mantener "cercado" al
conocimiento.
Si todo esto ha sido posible es porque las redes ya no presentan una topología
jerárquica (redes centralizadas y descentralizadas) sino que han evolucionado
hasta ser redes distribuidas, con relaciones entre pares. Cada nodo tiene
entidad por si mismo y al caer un nodo no se cae la red completa ya que siempre
hay caminos alternativos. Si el primer ejemplo de red distribuido fue, en su
momento, el telégrafo hoy la red distribuida por excelencia es Internet. Sin
Internet no hubiera sido posible que un software libre como Linux acudiera
exitosamente a la cooperación mundial para plantarse como un competidor de
fuste ante un formidable monopolio como Microsoft.
Nuestro país tiene hoy una industria del software floreciente y prometedora.
Sería de importancia para nuestro sistema productivo que se desarrolle
software que apunte a mejorar la productividad de aquellos rubros en los que
tenemos ventajas competitivas. El desarrollo de software es una actividad que
insume grandes recursos, sobre todo capital humano altamente especializado. Si
nuestras Universidades fueran incentivadas a cooperar entre sí y a integrarse
con nuestras empresas formando redes colaborativas podrían generar el caldo de
cultivo necesario para que florezca la innovación. Es un camino posible para
que nuestras Universidades se transformen en organizaciones incubadores de
empresas de base tecnológica y emprendamos de una buena vez el camino del
desarrollo sostenible que los argentinos nos merecemos.
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