Crónica de un Confinamiento
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Galería Fúcares_Almagro. San
Francisco, 3. 13270 Almagro. Spain
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tfn: 926 86 09 02 / 620 94 09 23 / 659 01 49 13.
Horario: De martes a sábado de 18:00 a 21:00 horas.
INAUGURACIÓN: Sábado 12 de diciembre de 12:00 a 14:00 horas.
Crónica de un Confinamiento
Juan Palomino
Vida eterna
Viene a plantear Juan Palomino con esta exposición de sus últimas fotografías,
en la Galería Fúcares de Almagro que denomina Días de confinamiento, no los
límites del confinamiento pandémico mismo –aunque también así sea, en este
tormentoso y azaroso año de 2020– sino los límites mismos de la realidad
fotográfica que se encabalga entre el documento –de reconocible dimensión
pública y de utilidad social por ello– y la voz personal –como expresión de
tonos personales y de ecos privados– que suele sustentarse en muchos trabajos
fotográficos. Como estos que podemos ver aquí.
Ahora vamos conociendo trabajos diferentes –incluso trabajos fotográficos de
resumen del año de la agencia informativa Reuters– que materializan la mirada
fotográfica del momento de la epidemia, con rostros mudos, esperas blancas,
morgues negras, UCIS saturadas, camillas, batas, equipos de protección,
respiradores, personal sanitario, mascarillas y mucha incertidumbre. Dando con
ello cuenta de que el relato de estos días pesarosos se verifica más y mejor
desde la mirada fotográfica que desde el recuento estadístico, sanitario y
epidemiológico. Como si la resultante fotográfica final tuviera mayores dosis
de certeza, de captura y de verdad en el recuento de estos días, que sus
derivadas médicas, sociológicas, políticas y estadísticas.
Como si la resultante fotográfica tuviera mayores dosis de autenticidad final,
cercana esa captura fotográfica al llamado por Roland Barthes el Punctum, en su
particular obra La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía (1990). Obra llena
de esquemas duales y de pares contrapuestos –por más que Barthes solo exponga
en el título la Nota en singular, como si sólo fuera una–, con la salvedad de
los tres agentes actuantes en la realidad fotográfica: el operator–el
fotógrafo–, el spectator –el curioso espectador– y el spectrum– aquel o aquello
que es fotografiado–. Obra, donde literalmente, Barthes, dice que “Ese segundo
elemento que viene a perturbar el studium lo llamaré punctum: pues punctum es
también pinchazo, agujerito, pequeña mancha, pequeño corte y también
casualidad. El punctum de una foto es ese azar que en ella me despunta (pero
que también me lastima, me punza)”. Y a mí me gustaría retener las ideas del
punctum como azar, como agujero y como pinchazo que duele. Todo ello como
trasunto mismo de la fotografía.
Días, por tanto, que más allá del pinchazo que duele pueden ser contados casi
a la inversa: no desde el exterior apelmazado de hospitales densos y de
consultorios vacíos, sino desde la quietud callada del terciopelo doméstico y
desde el brillo hogareño, como otro spectrum más próximo y más inteligible. Por
más que el operator– como padre fotógrafo– se confunda con el primer
spectator–el que simplemente mira lo que pasa–. Incluso de un spectator sin
cámara, que sólo ve lo que ocurre y no piensa en retener el instante que se va.
Donde sus protagonistas –sus propios hijos– viven el confinamiento en una
suerte de extraño paraíso ganado o perdido: nunca se sabrá. Aunque los hijos de
Juan Palomino –protagonistas, sin papeles estelares– desfilan por ese diario
gráfico como si ejecutaran un juego o un paso de danza. Diario gráfico que le
ha preparado la mirada fotográfica del padre y que ha merecido –entre otros
varios reconocimientos– el Premio Especial Lux COVID 19 del 2020, que otorga la
AFP, a la serie presentada con el mismo título que la exposición de Fúcares.
Por ello, la voz personal –y casi diríamos familiar– de Palomino da cuenta,
desde el dominio privado, de esa secuencia de días vividos en el encierro
familiar –donde primero ha sido spectator y luego operator y podría haber sido
spectrum final– y de los cuales ha ido construyendo una suerte de diario del
tiempo en sus luces y formas. Cuando justamente ese parámetro –el tiempo– rara
vez suele contar, o cuenta poco, en la experiencia fotográfica –como ocurre por
demás, en alguna pintura–, que suele utilizar la técnica de captura y
embalsamamiento de imágenes como una suerte de ejecución y fusilamiento del
tiempo. Esa es la anotación de Cees Nooteboom en su trabajo Foto, cuando fija:
“Algo se detiene, pero qué ¿Tu o el tiempo El tiempo no puede ser detenido y
sin embargo así sucede y en ello reside la siguiente paradoja”.
La paradoja de contar el tiempo cuando, simultáneamente se utilizan
herramientas y técnicas que lo cuestionan y lo desmienten, tiene un punto de
ironía y otro tanto de oxímoron. En la medida –prosigue Nooteboom– en que: “La
foto es el fetiche que pretende recuperar el tiempo, pero la ganancia se torna
pérdida” Por ello la Vida eterna de las imágenes ya capturadas y congeladas,
que juega con su deliberada duración y que elude lo efímero de esos instantes
que ya son punctum: el agujero por el que se cuela y se filtra la historia.
También, el agujero por el que se escapa el tiempo.
Como ya ocurriera en otra serie anterior de Palomino, del año 2014, y
denominada curiosamente Nuestra eternidad. Una eternidad que yo conectaría con
la exposición de 2017 Imágenes de la muerte. Representaciones fotográficas de
la muerte ritualizada, y que daría salida al texto La muerte inmortalizada de
Silvia Pontevedra. Serie, la de Palomino, trenzada en los camposantos y
cementerios próximos a Almagro –Granátula y Valenzuela–, para construir una
doble realidad –a la manera de las dualidades de Barthes– asaltada por el
tiempo, que ahora se quiere eterno e inmortal, por más que se haya ido. Todo
ello, en un juego tan tanatológico como extraño y cuyos protagonistas vuelven a
ser los niños dispuestos entre lápidas, nichos, setos vegetales y cuarteles de
sepulturas.
En otro juego eterno del tiempo. Demostrando la doble contabilidad temporal de
las imágenes capturadas: la de la vida ida y la del futuro que aguarda como
forma eterna. Doble contabilidad del tiempo, como la doble cara de la
fotografía misma. Se cuenta lo que se va yendo y se retiene lo que se ha ido.
José Rivero Serrano. Diciembre 2020.
Sin Título. C_Print sobre papel hahnemuhle. 60 x 120 cm. Edición de 3.
Cronicle of a Confinement
Juan Palomino
Eternal Life
In an exhibition featuring his latest photography at the Fúcares Gallery in
Almagro, which he calls Days of Lockdown, Juan Palomino does not question the
limits of the pandemic’s resulting lockdown itself - even though this what
underpinned a turbulent and uncertain 2020 - but rather the very limits of the
photographic reality that lies between the document – publicly recognisable and
therefore socially relevant - and the personal voice - as an expression of
personal tones. Like those we can see here.
We are now discovering diverse pieces of work - including photographic work
from Reuters news agency summarising the past year - which materialise the
photographic gaze of the pandemic, with silent faces, blank hopes, black
morgues, over-saturated ICUs, stretchers, gowns, protective equipment,
respirators, medical staff, masks and a lot of uncertainty. As a result,
accounts of these painful moments are better verified from a photographic point
of view than through statistical, health and epidemiological accounts. It is as
though the final photographic result had a greater sense of certainty, insight
and truth in recounting these events than any medical, sociological, political
and statistical repercussions.
It is as though the resulting photography had a greater depth of authenticity.
This photographic snapshot is reminiscent of Roland Barthes’ Punctum, which is
part of his remarkable work The Lucid Camera. Note on Photography (1990). These
pieces are permeated with dual schemes and opposing pairs - even though Barthes
only exposes the Note in the singular form in the title, as if it were just one
-, with the exception of the three agents acting within the photographic
reality: the operator -the photographer-, the spectator -the curious observer-
and the spectrum - that which is photographed. In this work, Barthes literally
says that "I will call the second element that disturbs the studium , a
punctum, because punctum is also a puncture, a hole, a small stain, a small cut
and also an accident. The punctum of a photo is that kind of fate that strikes
me (but also hurts me, it punctures me)". And I would like to retain the
notion of the punctum as a mere fluke, as a hole and as a painful jab. All of
this captures the very essence of the photograph itself.
These days, therefore, that beyond this painful sting can almost be recounted
in reverse: not from the tangled exterior of overflowing hospitals and empty
offices, but from the quiet stillness of household velvet and the homely glow,
as yet another closer and more intelligible spectrum . However much the
operator - as the photographing father - may be confused by the first spectator
- the one who simply watches what happens -. Even from a spectator without a
camera, who only sees what is happening and does not even think about capturing
the fleeting moment. Where his protagonists - his own children - experience
lockdown in this strange kind of paradise won or lost: something we will never
know. Although Juan Palomino’s children - protagonists, without having starring
roles - parade through this graphic journal as if they were playing a game or
performing a dance. A graphic journal compiling a photographic account of a
father who has been awarded - among other recognitions- the AFP Especial Lux
COVID 19 Prize for 2020, for the series, which is showcased under the same
title as it is in the Fúcares exhibition.
Therefore, Palomino’s personal - and we would almost say familiar - voice gives
an account, from the perspective of the private domain, of those endless days
spent locked down with family - where he was first a spectator and then an
operator and could have even been the final spectrum - and from which he has
been building a sort of time journal through lights and shapes. When this very
parameter -time- rarely counts, or hardly matters, in the photographic
experience - as it does in some paintings -, which often uses the technique of
capturing and preserving images as a way of executing and killing time. This is
what Cees Nooteboom’s note on the work Photo states: "Something stops, but what
is it? You or time? Time cannot be stopped and yet this is what happens and
therein lies....the ensuing paradox".
The paradox of measuring time when, simultaneously, there are tools and
techniques that question and deny it, has a certain amount of irony and
oxymoronic tone. Insofar as,– continues Nooteboom,– "the photo is the fetish
that seeks to recover time, but gain becomes loss." Therefore, the eternal life
of the images already captured and frozen, which plays with their deliberate
duration and eludes the ephemerality of those moments that are already punctum,
is the hole through which history slips and permeates. Also, the hole through
which time escapes.
This is just like in a previous series by Palomino, from 2014, which is
curiously called Our Eternity. An eternity that I would link to the 2017
exhibition Images of Death. Photographic representations of ritualised death,
which would give rise to the Silvia Pontevedra’s text La muerte inmortalizada.
Palomino’s collection, woven into the churchyards and cemeteries near Almagro
(Granátula and Valenzuela), aims to construct a dual reality - in the style of
Barthes’s dualities - assailed by time, which now seeks to be eternal and
immortal, even though it is gone. All this is part of a game that is as much
thanatological as it is strange, and whose protagonists are once again children
laid out between tombstones, alcoves, vegetation and burial grounds.
This is another eternal game of time. Demonstrating the dual time keeping of
the images captured: that of past life and that of the future that awaits as an
eternal form. Dual timekeeping, just like the double-sided photography itself.
He recounts what is left and holds on to what is gone.
José Rivero Serrano. December 2020
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