Hola amigos de aymaralist;

Les paso el siguiente art�culo de Albino Ruiz Lazo,
que por el relato inicial de su art�culo, es nacido en Acora.
Encontrar�n interesante detalles de la imigraci�n Boliviana,
Peruana y Coreana a S�o Paulo.

Saludos a todos

Jorge P Arpasi
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 BRAUDEL PAPERS - Edici�n Extraserie A�o 2001 N� 28

El mundo es ancho y ajeno 

De los Andes a S�o Paulo


 ALBINO RUIZ LAZO  

Mi nacimiento, en un domingo oscuro y lluvioso de diciembre de 1955, paraliz�
la l�nea telegr�fica entre los pueblos a la orilla del Lago Titikaka en el
altiplano peruano. La �nica persona capaz de ayudar a mi madre era una vieja
partera ciega que viv�a en una choza en las alturas del pueblo de Acora. La
trajeron hacia media ma�ana a la Oficina de Correos y Tel�grafos, donde mi
madre trabajaba como telegrafista. Mi madre avis� que ten�a dolores de parto a
sus compa�eros en las oficinas a lo largo de la carretera que conecta la
ciudad de Puno con Bolivia. Los otros telegrafistas mantuvieron la l�nea
abierta, atentos a un eventual veh�culo en ruta hacia Puno, 30 kil�metros al
norte, en caso de complicarse el parto. 

Los telegrafistas de la red nacional difund�an las noticias pueblerinas y
mundiales. Diariamente transmit�an los titulares de los peri�dicos que no
llegaban a los pueblos del altiplano, noticias de la pol�tica, de los partidos
de f�tbol y la suerte de los cuartelazos. Las radios a transistores japoneses,
ya en el mercado mundial, no hab�an llegado a�n a las aldeas de los Andes. 
Nac� en esa oficina que participaba en los cambios que vivi� el pa�s hasta que
los cambios borraron los millares de postes y cables de la red telegr�fica en
todo el pa�s. La varita m�gica del cambio se movi� r�pidamente, conectando
comunidades aisladas con el resto del mundo, liberando los campesinos de la
servidumbre e ignorancia. Los cambios trajeron nuevas carreteras, muchas
escuelas, nuevos combustibles, electricidad, transporte por bus, cami�n y
avi�n, tel�fono con discado directo, radio, televisi�n y, recientemente,
cabinas p�blicas de Internet. En los remotos pueblos de los tiempos del
tel�grafo, ahora sus gentes pagan 57 centavos de d�lar por hora para llamar a
tel�fonos de familiares en EU o Europa usando telefon�a IP (Internet
Protocol), seguir los detalles sobre la crisis pol�tica de poder y corrupci�n
tras la hu�da del presidente Fujimori o aliarse en nuevos partidos pol�ticos.
Mi hijo Miguel pudo, recorriendo las aldeas de Puno, cultivar una amistad con
Raquel Salvador, una espa�ola radicada en Londres a quien conoci� en el Chat
Caf� Ole. Ella acaba de llegar, para pasar unos d�as juntos en Los Andes para
conocerse m�s. 

La proliferaci�n de escuelas secundarias despu�s de la reforma agraria en los
a�os 70 arroj� j�venes a las ciudades para seguir estudios. Con nuevas
oportunidades producidas por los cambios, se dispers� la avasallada masa
ind�gena que acud�a a las oficinas del tel�grafo para recibir medicinas y
curaciones que mi madre repart�a. Cuando volv� a Acora, muchos a�os m�s tarde,
quedaban apenas los viejos. Me trataron como a un extra�o, diciendo que hablo
y me visto como un gringo, que qued� muchos a�os fuera sin hacer nada por el
pueblo. 

Otro ausente es Oswaldo Curo, que hab�a nacido en 1971 en Capachica, en el otro
lado del Lago Titikaka. Lo conoc� en S�o Paulo, una madrugada de agosto del
00, 0 buscando lugar para vender un lote de aretes, entre una multitud de
fantasmales siluetas atiborrando la Calle 25 de marzo, el tumultuoso mercado
callejero cerca al antiguo centro financiero de S�o Paulo. All� chinos,
coreanos, rumanos, angole�os, ecuatorianos y peruanos, junto con vociferantes
nordestinos brasile�os, venden al por mayor productos de toda procedencia
hasta las 8 de la ma�ana, cuando empiezan a llegar los inquilinos de los
puntos de venta callejera autorizados a los minusv�lidos, a quienes pagan 400
reales semanales. Los vendedores de la madrugada temen la "rapa" de los
inspectores municipales, convocados por los minusv�lidos en defensa de sus
derechos adquiridos. 
 
Oswaldo vive y produce bijouteria con una mulata de Minas Gerais, en un cuarto
del Hotel Ita�na, que hospeda a los peruanos del Cusco en S�o Paulo. Vive tres
de sus 29 a�os en Brasil, despu�s de abandonar sus estudios, en la Universidad
Adventista en Lima, por falta de dinero, siguiendo un fuerte impulso. "Ten�a
10 a�os cuando sal� por primera vez de mi pueblo en excursi�n escolar para ver
el mar en Arequipa," dice. "No entend�a bien el castellano. En mi pueblo se
hablaba s�lo Quechua. Despu�s  regres� por mi gusto, trabaj� como heladero,
era bueno para conocer la ciudad. Me daban comida y dorm�a en un rinc�n de la
fabrica del patr�n. Yo siempre quise salir. Estaba dentro de m� por eso me fui
a estudiar a Lima y ahora estoy aqu�." 

La puerta del Hotel Ita�na se abre a la Avenida Rio Branco. El hotel arroja un
acre olor a moho y polvo que viene desde lo alto de la escalera que conduce a
los pisos superiores. Puertas, rejas y guarniciones de un verde desva�do
salpican de color cuatro de los cinco pisos, largos pasillos laterales a media
luz conectan las 17 habitaciones por piso cuyas puertas permanecen
entreabiertas la mayor parte del d�a expirando olores a jab�n comida, sudor y
lana de animal. Algunos ni�os juguetean muy cerca de sus puertas y en
cualquier lugar el llanto de un lactante se mezcla con m�sica cusque�a
reproducida en casseteras. Sobre el piso de las habitaciones, rumas de tejidos
de alpaca organizados por docenas, guantes, gorros, extinguidos chullos
peruanos, bolsos de irreconocible procedencia. Adosados a las paredes desde el
techo armazones de metal sosteniendo ganchos ensartando centenares de pulseras
y gargantillas de todo color y forma procedentes del Per�, Ecuador, Paraguay,
Brasil y Bolivia. Estanter�as de vidrio con variedad de piezas y admin�culos
para bijouteria y objetos de cer�mica fr�a para refrigeradores. Las
habitaciones del fondo, m�s reservadas, divididas por cortinas sirven de
dormitorio-taller. Camas y colchones unos sobre otros ceden durante el d�a, el
espacio para la confecci�n de aretes por los cuales se paga cinco centavos la
unidad a un personal de confianza. Oswaldo da trabajo en su habitaci�n a dos
j�venes brasile�as que confeccionan bajo su direcci�n admin�culos semejantes a
los usados por la exuberante Feticheira (Hechicera) de la TV. "A las muchachas
les gusta ponerse lo que la Feticheira usa. Cada semana es algo distinto.
Tengo que producir muy r�pido," dice. Los comerciantes chinos en S�o Paulo
rodean a los peruanos, buscando una forma de imitar los aretes del Cusco.
"Exige mucho trabajo fino manual," dice Ren�, un cusque�o que vende en la 25
de mar�o. "Es un producto con el que los chinos no pueden competir." 
   
 
Los comerciantes m�s pudientes adaptaron altillos en sus cuartos que sirven
como literas y como almac�n suplementario donde se guarda mercader�a o
colchones a ser tendidos en el suelo en  las  noches. Por  d�a funcionan como
bazares discretos para aprovisionar a los miles de peruanos, y otros feriantes
que vienen de las calles o del interior del Brasil. Al centro un corredor
central conecta la segunda fila de habitaciones y los servicios higi�nicos
desde cuyo interior, a media ma�ana, chorreando agua, semivestidos, salen 
algunos hu�spedes rumbo a sus cuartos. Son los comerciantes mayoristas de
vuelta del voraz mercado que surge desde las cinco de la ma�ana el mercado
libre de S�o Paulo. El hotel hospeda a 350 cusque�os entre sus 80
habitaciones. 
  
Migraci�n y adaptaci�n 

Estos cusque�os est�n en el alto de la honda de la migraci�n mundial. La
migraci�n es uno de los mecanismos m�s antiguos de la adaptaci�n humana. Desde
hace 70,000 a 100,000 a�os atr�s, cuando los primeros hombres aparecieron en
�frica, la migraci�n difundi� la humanidad a todos los continentes del
planeta, casi siempre como respuesta a las crisis ecol�gicas, los conflictos
pol�ticos y a las nuevas oportunidades. "La historia de Am�rica es, en el
sentido m�s amplio, la historia de la migraci�n," observa el historiador
demogr�fico Noble David Cook. Olas migratorias formaron el pueblo brasile�o, y
especialmente la Ciudad Mundial de S�o Paulo: portugueses, negros, italianos,
alemanes, jud�os, rusos, japoneses, coreanos y, ahora, trabajadores pobres y
comerciantes de Am�rica del Sur. 

Los  andinos que llegan al Brasil forman parte del torrente humano que hoy
cruza fronteras, de uno al otro lado del mundo. Peruanos, brasile�os e iran�es
pululan en Jap�n, que est� perdiendo poblaci�n hace d�cadas por la ca�da
dr�stica en nacimientos. �frica del Sur expulsa cada a�o 100,000 de sus dos
millones de inmigrantes indocumentados, pero muchos de ellos vuelven
clandestinamente. Los chinos entran a Europa por los Balcanes, los musulmanes
a Italia v�a Bosnia en vuelos semanales desde Estambul y Teher�n. En el primer
semestre de 2000, el gobierno de Croacia, captur� 10,000 inmigrantes ilegales,
mas que los 8,000 en todo 1999, procedentes de China, Rumania, Bangladesh,
Turqu�a y otros pa�ses. G�ngsteres y prostitutas de Albania entran f�cilmente
a Italia para circular por toda Europa. En junio, los cad�veres de 58 chinos
asfixiados fueron encontrados en el container de un cami�n en Dover, en una
tentativa de ingreso clandestino a Inglaterra. Seg�n el New York Times, "estas
historias parecen confirmar la alarma creciente entre diplom�ticos y
funcionarios de inmigraci�n en Occidente. Creen que una sofisticada red de
gran alcance, dedicada al tr�fico de seres humanos desde Asia, ha transferido
su objetivo de los Estados Unidos, hacia Europa."  

En Nueva York, 40% de la poblaci�n actual naci� fuera de los Estados Unidos, en
167 diferentes pa�ses y habla 116 lenguas. "Sin la inmigraci�n, Nueva York
ser�a muy diferente, con barrios abandonados y p�rdida de poblaci�n," afirma
el soci�logo Philip Kasinitz. Las mayores olas de nuevos inmigrantes vienen de
Rusia, M�xico, India, Pakist�n, Bangla Desh, Rep�blica Dominicana y Colombia.
Migraciones parecidas llegan a Par�s y Londres. En los Estados Unidos, 12% de
la fuerza de trabajo consiste en inmigrantes, sumando 15.7 millones de
personas, de las cuales cinco millones son ilegales. Estados Unidos emite
250,000 visas anualmente para t�cnicos extranjeros en software. En el Valle de
Silicio de California, 774 empresas eran dirigidas por migrantes de la �ndia
en 1998 y otras 2,001 por chinos, empleando juntas 58,282 personas produciendo
el 17% de las ventas de alta tecnolog�a del Valle.  El gobierno de Iowa, en el
coraz�n agr�cola de los Estados Unidos, est� reclutando inmigrantes
activamente, alarmado por sus perdidas demogr�ficas, el envejecimiento de su
poblaci�n nativa y la emigraci�n de sus j�venes despu�s de salir de las
escuelas.  Italia, con la tasa de natalidad m�s baja de toda experiencia
humana, tiene m�s gente mayor de 60 a�os que la menor a 20 a�os. Es dif�cil
pensar en otra soluci�n para el problema demogr�fico de Europa Occidental, con
una tasa de reproducci�n negativa, que no sea inmigraci�n masiva. Las
migraciones internacionales tambi�n forman parte integral del proceso de
globalizaci�n. Lo dif�cil pol�ticamente es establecer distinciones jur�dicas
entre el movimiento libre de bienes e ideas y el movimiento libre de personas. 
 

Oriundos del Cusco 

Cuando acab� el terrorismo del Sendero Luminoso en el comienzo de la d�cada de
90, Cusco volvi� a ser una de las grandes atracciones tur�sticas de Am�rica
del Sur. Entre iglesias coloniales y monumentos macizos antiguos del Imperio
Inca, ind�genas de habla quechua vestidos en ponchos coloridos posan para
fotos tur�sticas al lado de llamas adornadas con cintas rosadas, pidiendo
propinas con fragmentos desastrados de ingl�s y franc�s. Bares y discotecas
pizcan letreros de ne�n. Vendedores de calle rodean los  turistas para ofrecer
chompas de alpaca y joyas nativas, un negocio que envolvi� Ra�l Aquino cuando 
lleg� al Cusco como ni�o de aldea para estudiar el Secundario. Fu� tan f�cil
vender estos artifactos  a los turistas brasile�os que Ra�l, como otros pobres
cusque�os, decidi� probar su suerte en S�o Paulo. 

En el Hotel Ita�na, Ra�l y Fausto, un ind�gena del Ecuador, charlan y hacen
negocios. De cuerpo bajito y rostro redondo, una larga trenza llegando hasta
la cintura, t�pico de su pueblo, Fausto cuenta que viaja en avi�n cada ocho
d�as para el norte del Ecuador a su pueblo, Otavalo, para traer pulseras y
adornos personales con motivos brasile�os que manda producir all�. Los pueblos
ind�genas de esta regi�n producen una artesan�a conocida y promocionada
internacionalmente. As� como Fausto, los otavale�os andan hoy por el mundo
ancho y ajeno, colocando su producci�n artesanal en todos los mercados
imaginables. En Sao Paulo, los otavale�os se hospedan en el hotel de los
peruanos porque reconocen en ellos una proximidad que les permite hacer
contactos y conocer mejor el mercado para proveer productos. 

Ra�l era uno de los primeros hu�spedes peruanos del hotel. "La primera vez que
llegu� en 1995 no �ramos ni cinco los peruanos hospedados," dice. "Ven�amos
s�lo por d�as. Ten�amos que vender r�pidamente la mercader�a tra�da y regresar
porque nos resultaba muy caro quedarnos, al cambio en d�lares. Los que viven
ahora en el hotel llegaron hace poco". Ra�l vive ahora en una habitaci�n de un
edificio cercano, con un grupo flotante de amigos y parientes. Casi todos
completaron escuela secundaria, en contraste con la mayor�a de los brasile�os,
bolivianos y ecuatorianos de su edad y clase social. Tiene 27 a�os, ojos de
ardilla y anchas espaldas. Est� renovando la documentaci�n de residente para
alquilar un box en el Shopping chino de "la 25 de marzo." Viene al hotel para
comprar  mercader�a. Su hermano Nacho acaba de regresar al Per� llevando
dinero para sustentar  su madre y sus dos hermanas estudiantes en la
Universidad del Cusco. Est� buscando aretes peruanos que han empezado a
escasear. "Aqu� es muy diferente," Ra�l comenta. "Se vende todo, hay una
voracidad consumista, especialmente entre las mujeres. Aprecian lo que se
trae, preguntan de donde viene y respetan nuestra diferencia. Las novedades
acaban y hay que estar cambiando de mercader�a permanentemente". 
Excepto los domingos, el hotel despierta antes de las 5 de la ma�ana.
Resplandores de luz bajo las puertas iluminan levemente los pasadizos. Voces
apagadas, algunas casseteras a bajo volumen y de pronto un tropel de personas
sale cargando enormes paquetes hacia la oscuridad de las calles rumbo al
mercado libre de la madrugada paulista. Van en grupo para protegerse de robos,
regresan cuando pueden. Est�n muy prevenidos contra asaltos desde que bandidos
invadieron el hotel en julio, saquearon mercader�a y se llevaron dinero que
los comerciantes guardaban en efectivo por no poder abrir legalmente cuentas
de banco. 

En los �ltimos a�os algunos 50 mil peruanos, mayoritariamente del Cusco, han
llegado a Brasil para quedarse o por temporadas. Aunque recorren ferias,
playas y mercados del interior, han hecho de S�o Paulo su centro de
operaciones. Viven en apartamentos alquilados o comprados en los edificios del
centro en mejores condiciones que en el hotel. Un promedio de 10 personas
comparten las habitaciones, asumiendo cada una el costo de la vivienda,
ligados por una  red de familiares y amigos. Los peruanos y brasile�os venden
y compran la mercader�a uno del otro para llevarla a sus lugares de origen.
Los peruanos venden de tres maneras: Los viajeros aprovisionan a los
mayoristas del hotel a un precio base. Venden tambi�n en la "25" un poco m�s
caro. Los detallistas se abastecen a cualquier hora en el hotel al contado o
al cr�dito garantizado por un fiador o por su propia trayectoria comercial. 

Hay peruanos de todas partes. Algunos han hecho fortunas como Dar�o, de
Huancayo en los Andes Central, el rey de los adornos de refrigerador, peque�as
frutas de cer�mica que encantan las amas de casa. Lleg� al Brasil como
traficante internacional de tesis de grado universitarias para vender las
tesis de las universidades del Brasil en Per� y Bolivia. Descubri� que los
adornos de refrigerador hechos artesanalmente en Per� pueden ser vendidos en
el Brasil en cantidades de espanto por ser m�s baratos, de calidad superior a
los producidos en Brasil y por los asi�ticos. Se dedic� a traer los adornos de
refrigerador del Per� en largos viajes por tierra. Cuando el real se fue
desvalorizando frente al d�lar, encontr� una salida maestra que eliminaba el
costo de traerlos y la competencia: fabricarlos en Brasil. Ubic� en el
cintur�n de miseria de Lima a las manos m�s h�biles que produc�an la cer�mica
en fri�. Descubri� tambi�n que era uno de los componentes de origen peruano el
que le da la calidad y viscosidad a la artesan�a. Trajo ambas y empez� la
producci�n masiva en un taller al fondo de una casa en el barrio de Casa
Verde. R�pidamente explot� la demanda. Instal� otros talleres clandestinos y
construy� una plataforma comercial para dominar el mercado. Hoy Dar�o dice que
est� prepar�ndose para exportar. Volvi� al Per� para montar en el Vitarte, un 
distrito pobre de Lima, una f�brica con decenas de trabajadores a destajo. 
Los peruanos en S�o Paulo protegen sus viviendas con los sistemas de seguridad
com�n en la ciudad. Tele vig�a en pasillos y ascensores conectados a la se�al
de cable que les permite observar lo que sucede en el exterior de la vivienda
llenas de cajas, mercader�a, maletines y  colchones arrumados. Para alquilar
un peque�o apartamento hay que superar los requisitos de renta. Una suma de
garant�a equivalente a varios meses de alquiler, documentos en regla, fiador y
constancias de ingresos econ�micos. 

La presencia de los cusque�os en Brasil obedece a diferentes factores. El Cusco
fue lanzado como destino tur�stico en los �ltimos 30 a�os con la construcci�n
de un aeropuerto internacional y recientemente el asfaltado de la carretera
hasta La Paz. Inmediatamente despu�s de controlada la epidemia de c�lera y la
guerra subversiva, el flujo aument� cinco veces en los �ltimos cuatro a�os
hasta llegar al mill�n de turistas en 1999, un volumen jam�s visto. Los
artesanos han sacado gran  provecho del turismo, reviviendo como en tiempos de
la colonia  incontables talleres artesanales y el antiguo corredor hacia
Bolivia. 

En el mundo andino, las migraciones son de tradici�n antigua. En tiempos
incaicos las migraciones ocurrieron como traslados ordenados de obreros para
las construcciones, soldados en expedici�n o al implante de pueblos vencidos
en otras zonas como castigo o como medida de seguridad. En la Colonia los
ind�genas migraron de sus comunidades para huir del trabajo forzado en las
minas. En 1680, la mitad de la poblaci�n de la ciudad del Cusco era migrante
trabajando como arrieros, artesanos, comerciantes y servidores dom�sticos. Con
la modernizaci�n y la urbanizaci�n, las migraciones se multiplicaron. 
Con la ascensi�n del turismo llegaron comerciantes internacionales de artesan�a
despertando la fiebre de la producci�n en serie, de aretes y collares con
incrustaciones de piedras del Brasil. "El Gringo Jeff mont� una fabrica
reuniendo a 100 artesanos," recuerda Ra�l Aquino. "Nos hacia trabajar d�a y
noche, exigi�ndonos cada vez m�s producci�n. Nos pagaba 10 d�lares a la semana
por producir 100 pares de aretes. Mont� mi propio taller cuando aparecieron
compradores directos. Un d�a nos dijeron que el mercado se hab�a saturado y no
nos pagaron la mercader�a que hab�amos entregado. Ten�a 4,000 pares de aretes
y muchas deudas. Me vine al Brasil para venderlos directamente. Los vendedores
de piedras me dijeron que hab�a un buen mercado". 

Al empeorar la recesi�n que vive el Per�, miles de cusque�os salieron en busca
del mercado en Brasil. A su paso obligado por el Titikaka incorporaron a sus
mercanc�as, los toscos tejidos de alpaca que los gringos gustaban comprar.
Descubrieron que hacia furor entre las mulatas de S�o Paulo para abrigarse
coquetamente en el corto invierno paulista. Chullos ind�genas (gorros de lana
cubriendo las orejas), de uso extinto en el Per�, salen de las estaciones del
metro de S�o Paulo en las cabezas de orgullosos compradores. 
Entre otros peruanos, Ra�l ten�a rentado un box de 2x2 metros en  la estaci�n
central de metro de la plaza de S� por donde pasan cada d�a dos de los 17
millones de personas que viven en el Gran S�o Paulo, 17 veces m�s que el
mill�n de turistas que llegan al Per� en un a�o. El Gran S�o Paulo genera el
20% del producto bruto interno del Brasil, dos veces el tama�o de las
econom�as de Per� y Bolivia juntos. 
 
Los Coreanos llegan 

Antes de los peruanos y bolivianos, llegaron los coreanos. Tjitjalenka era el
nombre del barco que trajo oficialmente en 1963, bajo un acuerdo entre los
gobiernos de Brasilia y Se�l, al primer centenar de familias coreanas desde
las tierras distantes del antiguo reino de Kyrio que conocemos como Corea,
rompiendo con este env�o una larga tradici�n de condena a los emigrantes. La
falta de trabajo que sufr�an en Corea del Sur quienes hab�an huido de Corea
del Norte y la tremenda crisis econ�mica tras la divisi�n territorial de Corea
hace 50 a�os llev� al gobierno de Se�l a financiar la emigraci�n al Brasil
para desviar el crecimiento demogr�fico, aliviar la desocupaci�n, obtener
moneda dura que los emigrantes enviar�an y ganar aliados diplom�ticos. 
Pero los emigrados ten�a una idea diferente. No quer�an mantener lazos con
Corea. Su partida era para ellos una salida definitiva y total. Llegaron con
la idea de convertirse en hacendados. Eran militares, gente de clases medias
instruidas y algunos de las clases altas. Intentaron conseguir trabajo en S�o
Paulo. Fracasaron. Salieron  entonces  a las calles a vender de puerta en
puerta pa�uelos y camisas asi�ticas. "El �xito fue inmediato," recuerda Mu Kon
Kim un viejo pastor evang�lico. "La mayor parte de los coreanos son cristianos
de varias iglesias. Antes era muy f�cil saber lo que estaban haciendo los
dem�s. Viv�an casi todos en la villa Coreana en el barrio Liberdade. Cuando se
enteraron de que la venta callejera daba buen resultado, todos hicieron lo
mismo". La venta de puerta en puerta les dio el conocimiento de la ciudad y
sus necesidades que impuls� a los tres Kim pioneros, Son San Kim, In Bae Kim y
Sun Hoom Kim a iniciarse en el mundo de las confecciones. 
S�lo los m�s viejos recuerdan que fue el p�lpito, la calculada decisi�n de Soo
San Kim que lo llev� a comprar una peque�a m�quina de coser a plazos para
coser en su casa, hasta muy entrada la noche, manteles y pa�uelos que vend�an
a la ma�ana siguiente ganando 10 a 12 veces el costo de producirlos. Los otros
Kim lo secundaron con �xito. 

La aventura de los tres pioneros contagi� a los dem�s coreanos. Muy pronto en
todas las casas, la febril actividad involucr� a las familias. El crecimiento
econ�mico del Brasil en la �poca absorb�a una venta cada d�a mayor de la
producci�n de los talleres ocultos. M�quinas domesticas compradas a plazos era
lo �nico que ten�an. El corte se efectuaba con tijeras, de rodillas sobre el
tejido extendido en el suelo. Cuando la demanda de costura lleg� a niveles de
espanto, los confeccionistas ya no ten�an tiempo ni para comer. Cos�an d�a y
noche casi hasta el desmayo. 

En viaje triangular desde el Paraguay nuevos grupos de coreanos ingresaban por
las fronteras con Bolivia. Quienes crec�an en la industria de las confecciones
no dudaron en utilizar el miedo de los ilegales a ser expulsados para
someterlos a un sistema de trabajo en condiciones de esclavo en los talleres
ocultos en la llamada Villa Coreana. Maquilaban escondidos, con ventanas
cerradas, ocultando a los ni�os para que su presencia no los delate. Temiendo
a cada carro policial en la idea de que ven�an por ellos. Cuando se dio la
amnist�a de 1982 centenares de mayoristas ya florecieron en Bras y Bom Retiro. 
 
Los coreanos hoy afirman controlar el 60% de la industria de la confecci�n, de
la cual el 99% es producida por costureros bolivianos en no menos de 30,000
talleres concentrados en la herradura del Centro y qui�n sabe cuantos en
barrios distantes. La masa de costureros supera las 150,000 almas. La ropa que
adquiere la masa de paulistas, en general de poca calidad, es el resultado del
ensamble de dos grupos racial y culturalmente distantes: coreanos y
bolivianos.Inocultable, la prosperidad generada en los talleres informales
llev� a los m�s ricos desde 1975 a mudar sus viviendas de los barrios
populares de Bras, Bom Retiro, Pari y Liberdade al m�s pudiente barrio de
Aclima��o. Pero Bras y Mocca siguieron como centro de sus negocios de
confecciones. 

Antes de la amnist�a de 1982, hab�an florecido comerciantes mayoristas
abastecidos por talleres clandestinos. Entre ellos, un comisionista al 5% se
encargaba de colocar la producci�n de los talleres y recoger pedidos. Los
talleres aspiraban a ganar el 100% sobre el valor de producci�n y los
vendedores al por mayor, el 20% del precio de venta.La competencia entre
firmas impuls� una respuesta propia del grupo de coreanos en Brasil: el ahorro
y la simplicidad que se mantiene hasta hoy. El criterio del ahorro es visible
a�n en todos los comercios. Decoraci�n y muebles simples al m�ximo, hasta
llegar a la ausencia de anuncios y vitrinas. Cuando hay ofertas, se anuncian
anotados en tosco papel colgando de una caja. En la producci�n el ajuste de
costos se consigue v�a la m�nima inversi�n en infraestructura, el control
m�ximo del salario y en el atraso tecnol�gico. Para asegurar el �xito y
reducir los riesgos de perdida, hay dos estrat�gias. La primera es control de
los estoques, produciendo en peque�as cantidades, normalmente lotes de 400 a
1,500 piezas, los m�s osados llegan hasta 7,000. La segunda es el cr�dito,
pagando a los talleres proveedores despu�s de la venta y la devoluci�n de las
piezas no vendidas. Cuando un modelo es puesto en el mercado, se somete
instant�neamente al test del �xito. Si empieza a venderse, se solicitan nuevos
estoques. Si no se vende entre 30 a 60 d�as, se devuelve al taller. 

El dominio de los coreanos sobre las confecciones en S�o Paulo y el ingreso de
miles de ilegales bolivianos fue simultaneo, movidos por el mercado din�mico
en Brasil y la cr�tica situaci�n en Bolivia. Los miles de talleristas coreanos
clandestinos que alcanzaron la legalidad por efecto de la amnist�a de 1982,
encontraron en los bolivianos que hu�an del hambre el reemplazo barato en sus
puestos de trabajo para sostenerse y crecer en el competitivo y voraz mercado
de S�o Paulo. 

Los bolivianos tienen ra�ces propias en la confecci�n. A mediados de los 80, se
instalaron confeccionistas en los alrededores de La Paz y El Alto en Bolivia.
Produc�an para los mercados de las fronteras imitaciones de ropa americana
para el fr�o. Emplearon una poblaci�n flotante acostumbrada desde tiempos de
la Colonia a ir de un lado a otro en busca de sustento. La ropa ingresaba de
contrabando al Per� por el control fronterizo de Desaguadero. Los moradores de
los pueblos fronterizos peruanos de Ollaraya, Unicachi y Tinicachi amasaron
fortunas contrabandeando jeans y casacas bolivianas, hasta que aprendieron a
confeccionarlas en sus propios talleres en Lima. 

Otros confeccionaban toscos vestidos muy solicitados en los Andes por su bajo
precio. A lo largo de la d�cada de los 80, era constante la quiebra de los
talleres y la instalaci�n de nuevos con maquinas m�s sofisticadas capaces de
producir detalles y costura novedosa. Esta v�a de modernizaci�n contribuy� al
fracaso de los talleres incapaces de competir con la novedosa confecci�n.
Primero fueron los costureros. Despu�s los due�os de talleres trasladaron sus
m�quinas o vend�an todas sus pertenencias para integrarse al mundo de las
confecciones en Sao Paulo. 

Habituados a ir de un lado a otro, a vivir en las minas y ver la luz del d�a
unas horas por semana, los bolivianos se acomodaron a vivir en los talleres de
costura de los coreanos en condiciones parecidas a  de las minas. Familias
completas en condici�n de ilegales aceptaron vivir y trabajar en un mismo
ambiente en condiciones cercanas a la esclavitud. Trabajando a destajo 16
horas por d�a, repitieron hasta en los detalles la vida llevada por sus
patrones cuando ellos eran los ilegales. No menos de 150 mil bolivianos han
trabajado en esas condiciones en los talleres coreanos, intentando alcanzar un
salario eludido bajo un sistema de vales sin fecha de pago. 
Los primeros costureros cultivaron esperanzas. Volver a montar un taller en
Bolivia o en Brasil para hacer lo mismo que los coreanos. La nueva amnist�a de
1998 abri� ventanas a la esperanza. Antes que por denuncias de la prensa, los
coreanos han cedido la confecci�n a nuevos talleristas bolivianos por una
raz�n tan simple como aplastante. Transferir el riesgo a los bolivianos,
absorbiendo su trabajo y libr�ndose del temor a una posible multa al ser
descubiertos por las autoridades. Los talleres de los coreanos siguen operando
en las mismas condiciones, pero ahora con el escudo de los bolivianos. 
Due�os de un documento de identidad y con la experiencia acumulada, los
bolivianos ingresaron r�pidamente al tallerismo despu�s de la amnist�a
legalizando su permanencia en Brasil. Pod�an arrendar una vivienda, conseguir
una cuenta bancaria y valerse de la facilidad, con que se obtiene un cr�dito
en S�o Paulo para comprar en la multiplicidad de talleres de reparaci�n,
m�quinas de segundo uso a precios inmejorables. 

Una m�quina de costura recta de fabricaci�n china, la m�s barata, puede ser
comprada a US$ 190. Una japonesa Juki a US$ 270 y una americana a US$ 325. Las
peque�as m�quinas para costura overlock son m�s caras. Las m�s baratas son de
US$ 650. Con no m�s de US. $ 900 se puede montar un taller solvente para
costura simple. Maquinas especializadas en trabajos espec�ficos cuestan mucho
m�s por oportunidad, antes que complejidad. Los comercios de m�quinas son
mayormente de propiedad de brasile�os que han conducido esta actividad por
a�os sin mayores sobresaltos sirviendo primero a los coreanos y ahora a los
bolivianos. Muchas m�quinas se ensamblan ahora en Manaus y llegan a precios
mas bajos que antes. Pero  son maquinas tecnol�gicamente atrasadas. 
La inexperiencia tiene sus costos. Los resultados de sus sue�os se reparten por
partes iguales. Una de ellas la componen aquellos que pudieron manejarse en un
mundo nuevo, soportando ca�das y angustias. Consiguen adquirir una casa y
conducen sus propios veh�culos. Educan a sus hijos lo mejor que les es
posible. Si bien viven en un espacio bastante cerrado, consiguen una
integraci�n aceptable. Manejan algunas decenas de comercios. Y para sus hijos
Bolivia es un lugar remoto. Un segundo grupo son los especialistas que
sobrevivieron, pero fracasaron como otros so�adores en su intento de manejar
un taller. 

Entran tambi�n en otros ramos. Rosa Elvira es una mujer entrada en a�os. Habla
mejor el portugu�s que el espa�ol, porque los acentos aymaras tienen sonidos
cerrados y sibilantes pr�ximos al portugu�s. Vende admin�culos electr�nicos y
copias de software en CD pirata en la calle Santa Ifigenia. "Vine hace 20 a�os
con toda mi familia," dice. "Ten�a un taller de costura en mi casa cerca al
barrio de Sopocachi en La Paz. Yo soy pace�a neta. No se vend�a nada en
Bolivia. Hab�a que llevar uno mismo la ropa hasta la frontera pero ya estaban
cociendo al otro lado.Viv�a con toda mi familia en un taller. Nos tuvimos que
venir. Puro vale. Los coreanos no pagan nada. Puro vale, nunca se pod�a
cobrar. Hemos hecho de todo. He vendido comida. Tampoco, daba al cr�dito y la
gente desaparec�a o se cambiaba de taller. Tambi�n hemos vendido
"cachorrinhos" (s�ndwich de hot dog). Hemos hecho de todo. Ahora mi hija tiene
un taller de costura. Yo no pude. Hab�a que correr de un lado a otro buscando
costura, cocinando para la gente. Ten�a que pagar cinco cosas. Alquiler, luz,
agua, comida y sueldo. No alcanza. Tanto trabajo y no alcanza. Los coreanos
pagan centavos por una pieza cocida. Centavos se�or. Ahora estoy mejor en la
calle." 

Los compradores que frecuentan la Calle Santa Ifigenia buscan cosas puntuales.
Copias espec�ficas de software, piezas de hardware, plugs, adaptadores. Cuando
no los tiene, ella anota el pedido en una libreta. Sabe que volver�n porque
los vendedores de la calle son los m�s efectivos masificadores de cualquier
producto, tanto de la lana de los Andes como de la �ltima tecnolog�a. Los
grandes fabricantes bien lo saben. 
 Otros bolivianos trabajan como modelistas y cortadores. "Prefiero trabajar
para brasile�os," explica Samuel Condo, modelista de Street Fashion en Calle
Arcoverde. "Pagan mejor y se trabaja a gusto. Detesto a los coreanos. Son muy
abusivos. Cuando sacas un modelo exclusivo ni te lo reconocen. Siempre quieren
m�s. De los bolivianos mejor no hablamos, somos como perros comiendo carne de
otro perro. Los peores son los que trabajan como capataces de los coreanos
como hablan tu lengua te sacan el jugo." Antiguos o recientes. Dif�cil saber
cu�l es el origen y las razones de los nuevos coreanos en la industria de la
confecci�n. 

Algunos bolivianos m�s j�venes son la verg�enza de los mayores y preocupaci�n
de sus padres si los tienen en S�o Paulo. Quienes llegaron de ni�os se han
identificado con los modales y h�bitos de las clases bajas de S�o Paulo.
Seguros de ser ciudadanos legales, no les interesa continuar con la actividad
de sus padres. Un cansancio generacional pareciera haberles transmitido un
sentimiento de derrota. No tienen otro horizonte que el vivir el d�a. La
sociedad brasile�a es una superficie enorme en la cual se pierden. 
 
Domingos en la Plaza Par� 

Desde las cinco de la tarde cada domingo, la peque�a plaza triangular de Santo
Ant�nio en el barrio de Pari se llena de m�sica con acentos de lata brotando
desde un escenario elemental al interior de las rejas que encierran la
desva�da superficie de cemento que permanecer� vac�a hasta el final del d�a. A
un lado de la plaza, destartalados tubos de hierro soldado hundidos en arena
sucia, los juegos infantiles donde juguetean ni�os de todas las edades. Al
caer la noche, forma un ambiente de misterio, silencio y complicidad. 
En la noche de domingo aparecen millares de bolivianos en procura de unas horas
de libertad. Circulan ente mezas y tenderetes sobre la vereda. Bolivianos
entrados en a�os que llegan en viejos autos colmados de familiares para abrir
puestos de venta. La  discreta feria de pueblo andino crece  bajo la vacilante
luz de focos alimentados por energ�a el�ctrica tomada de los postes.Cassetes
de m�sica boliviana cubren mesas plegables de alum�nio en cuanto est�reos
port�tiles pregonan los �ltimos �xitos de La Paz. Dentro la  plaza  misioneros
evang�licos sermonizan en espa�ol  por micr�fono a audiencias atentas de
j�venes, alternando con intervenciones animadas de una banda boliviana de
rock. En una esquina otros bolivianos se agolpan sobre una barrera de sacos
conteniendo granos y tub�rculos andinos para comprarle a una mujer mayor:
quinua, ollucos, ocas, trigo seco, ma�z para chicha, queso serrano, charqui,
todos tra�dos desde Bolivia.En otra esquina se venden a tres reales
fotograf�as de torneos deportivos y encuentros sociales exhibidas en gruesos
�lbumes. 

J�venes bolivianos dan vueltas por la Plaza Par�, pausando frente a los kioskos
y las placas puestas por enganchadores coreanos de mano de obra. Apenas si
saludan a alguien. Dif�cil saber si entre los miles de bolivianos se
conocieron alguna vez.Miran de reojo en busca de un rostro conocido. Un gesto,
alg�n vecino en Bolivia. Desde carros estacionados los enganchadores miran el
flujo de j�venes bolivianos como Walker y Rub�n, en mangas de camisa temblando
de fr�o con los ojos clavados en el movimiento. Cruzan la calzada de golpe
para alcanzar a un conocido, se extienden apenas la mano. Nada que decir. Solo
una inmensa sonrisa y despu�s mirar el suelo. La vestimenta de los reci�n
llegados lo dice todo: acaban de fugarse de un taller de costura. 
"Hemos llegado juntos," cuenta Walker. "Est�bamos trabajando con el boliviano
que nos trajo. Nos ha hecho trabajar seis meses y s�lo peleando conseguimos
que nos pague 10 reales a cada uno." A�ade Rub�n: "Nos subimos a un taxi. No
sab�amos d�nde est�bamos solo le dijimos al taxista: a la plaza de Par�. Le
pagamos todo el dinero. El se�or comprendi� nuestra situaci�n." 
Rub�n y Walker, compa�eros de colegio en El Alto, hab�an "fracasado" en el
examen de ingreso a la Universidad de La Paz a inicios de a�o cuando
decidieron acudir al llamado propalado por una radio boliviana ofreciendo
trabajo en S�o Paulo con todos los gastos de transporte pagados, casa, comida
y sueldo. "Vinimos seis," recuerda Rub�n. "Hemos esperado en la frontera a que
sea de noche para embarcarnos. El bus estaba lleno de bolivianos. Llegando
nada mas en S�o Paulo, el hombre nos reparti� a otros talleres que estaban
esperando. Se qued� �nicamente con nosotros." Walker exclama con ira y
desprecio: "Siempre nos dec�a, que le deb�amos. Hemos cosido pantalones,
camisas, de todo. El hombre ped�a mas y mas producci�n. Gritaba que no era
suficiente, que deb�amos producir mas para poder ganar. En el taller hab�a
otros seis costureros bolivianos. Nunca nos dijeron nada, ni quisieron
ayudarnos. Ellos s� pod�an salir los domingos."  
" Se han escapado," corta otro boliviano, quien los conduce a una esquina poco
iluminada donde cuelgan pedazos de cart�n sobre los que se ha garrapateado
ofertas de trabajo. Los lleva hacia un coreano que extiende hojas arrancadas
de una libreta sobre las que est�n escritas a mano, la direcci�n y el tel�fono
de su taller." El coreano no habla el castellano," explica a los j�venes un
boliviano al servicio del coreano. "Tienen que ir al taller para tratar las
condiciones." Hay otras manos extendiendo hojas entre ellas las de dos mujeres
coreanas muy bien vestidas, tambi�n un brasile�o. Los dos amigos reciben las
hojas y sus rostros se iluminan. No han dejado de tirititar de fr�o. Deben
tener no m�s de 20 a�os, apenas alcanzan el metro sesenta y viv�an en un
barrio de El Alto en La Paz. Nunca pudieron comunicarse con sus padres. Walker
tiene en el bolsillo del pantal�n un atado de cartas por enviar. El conocido
es un vecino a quien nunca hablaron en Bolivia, s�lo se miraban en las ma�anas
en el paradero de bus. Deb�a ser un estudiante universitario. El hombre sin
nombre los conduce a otro extremo de la plaza donde un grupo dialoga a media
voz, bromean, otros se acoplan para observar en silencioso deleite el paso de
alguna muchacha boliviana. La escrutan abiertamente, la huelen a la distancia. 
Durante horas hasta la madrugada la m�sica mantiene un ambiente de fiesta
pueblerina  en  el  viejo distrito imigrante del metr�pole. Hacia las 8 de la
noche, la plaza est� en su tope de actividad. Rub�n reconoce a una chica
vecina suya. Ella pasa, lo mira como si no lo conociera y sigue su camino. A
las 11 de la noche,  la multitud empieza a ralearse. Las sombras de los
coreanos en la esquina forman una presencia m�s pronunciada. "V�yanse con
aquel," se�ala el boliviano conocido. "Es mejor un coreano joven, los viejos
son tramposos." 

El carro patrullero que ha permanecido con su dotaci�n de pie afuera, enciende
sus circulinas. Se  va. Y repican quedas palabras: "Buenas noches, amigo.
Chau. Hasta el pr�ximo domingo." Los forasteros  se adentran en las calles sin
vida. Est�n terminando las horas de libertad que salen a ventilar sus cuerpos
las noches de domingo desde las entra�as de la industria de la confecci�n. 
Muy poco ha cambiado en la herradura de barrios abrazando el centro de la
ciudad que ha pasado por el dominio sucesivo de italianos, jud�os y coreanos
desde hace 80 a�os. Las viejas casas cubiertas de moho y manchas negras de
musgo muerto apenas se diferencian unas de otras. Aparentemente no hizo falta
construir nada.Discreci�n y la vela de simplicidad reinan en sus calles
plagadas de comercios donde se alimentan las bodegas de cientos de buses sin
identidad estacionados por los alrededores, a los costados de innumerables
hoteles dedicados al hospedaje de grupos del interior o del exterior,
semejantes al hotel de los peruanos, aguardando la tarde para internarse en
las venas de Brasil con sus bultos enormes de mercader�as compradas de
madrugada en el mercado de la "25 de marzo" y los talleres  ocultos de los
barrios adyacentes. 
 

Trabajar como Chinos 

Los nuevos due�os bolivianos de talleres han aprendido, refinado y eliminado
costos de sus antiguos patrones los coreanos. "Hay que trabajar como chinos"
es su lema. Son ellos quienes traen y atraen a j�venes bolivianos a Brasil a
trav�s de enganchadores especializados. 
Venir a Brasil para trabajar como costurero ya es una costumbre muy conocida en
Bolivia. Avisos en emisoras bolivianas de r�dio pintan atractivos para
reclutas: tres comidas al d�a y cama por cuenta del patr�n, adem�s de un
salario 10 veces m�s que el salario m�nimo boliviano. No se exige experiencia
ni dominio de la costura. 

Entre las varias rutas de que disponen, la usual es ir hasta la ciudad oriental
de Santa Cruz de la Sierra y desde all� embarcar en el "tren de la muerte"
para la larga, caliente y penosa traves�a del Chaco hasta Puerto Su�rez, en la 
frontera boliviana. Quienes tienen pasaporte piden en Corumb�, en el lado
brasile�o, un permiso de entrada de un mes m�ximo. Quienes no lo tienen
esperan a que caiga la noche para confundirse entre el tropel de comerciantes
y contrabandistas que vienen en buses repletos de mercader�a y viajan con
ellos hasta S�o Paulo sin mayores contratiempos en las paradas de control
policial. Algunos llegan al gigante terminal de Tiet�. Otros van para pueblos
del interior donde tambi�n hay ya talleres bolivianos. Cada patr�n trae sus
propios aprendices, algunos por encargo. Los instalan en algunas de las mismas
viviendas que antes ocupaban los coreanos. El truco es infundirles miedo por
su condici�n de ilegales.  A�n cuando ellos tengan pasaporte visado, no
consiguen salir a la frontera para prorrogar su visa por un mes m�s. Como
hicieron los coreanos con sus semejantes, despu�s con los bolivianos, los
nuevos patrones de talleres informales son ilegales; vistos desde el lado de
la legislaci�n brasile�a, usando trabajo esclavo. 

Los nuevos migrantes tienen menos miedo que los anteriores. Saben lo que les
puede estar esperando. Y siguen llegando. Los bolivianos due�os de talleres
han aprendido de los coreanos a trabajar con todas las ventanas cerradas,
subiendo el volumen de las radios, para cubrir el ruido de las m�quinas.
Impiden la salida de sus costureros a la calle hasta para comprar un caramelo,
imponiendo con promesas de mayores ganancias jornadas de trabajo de lunes a
s�bado que empiezan a las 8 de la ma�ana y terminan m�s all� de la media
noche, cuando el cuerpo no da m�s. 

La competencia entre los talleres bolivianos redujoel pago por la costura.
Cosen por encargo. Buscan los avisos en los comercios de coreanos y reciben
peque�os lotes de prendas. Pagan al boliviano no m�s de un real por coser un
pantal�n. El boliviano le paga a su costurero 25 centavos. Un T shirt a 30
centavos cada uno. "Es ganancia limpia," dice Sabino Huam�n, hosco tallerista.
"Llegan sin saber nada, cosen mal y ni idea tienen de lo que cuesta manejar un
taller. Ni para hacer un sindicato sirven. A qui�n van a reclamar?" 
Las enfermedades del oficio pueden causar una paulatina perdida de visi�n. Los
materiales que m�s afectan la visi�n son el color blanco y el negro. Tambi�n
sufren de enfermedades de las v�as respiratorias a causa del polvillo de la
ropa, dolores en las piernas y problemas de circulaci�n y reumatismo por falta
de movimiento, las p�simas condiciones de trabajo y un extendido alcoholismo.
Cuando un boliviano se enferma, tiene que costear �l mismo su curaci�n o ir
para un hospital p�blico. 

Al menor indicio de redada policial, trasladan el taller a otro local. Tanto
para alejar a los novatos de los dem�s como para eludir una probable sorpresa
del fisco, los talleres se han ido trasladando a zonas distantes entre ellas
Guarulhos y Guaianases. Quedar poco tiempo en el mismo lugar es siempre lo
mejor. Alcanzar el dominio de la costura es una obsesi�n para los costureros
porque les permite cambiar de trabajo al instante y tener m�s dinero, que
permite el lujo de emborracharse con cerveza en vez de chicha, pagando menos
que en Bolivia. 

El oportunismo y la b�squeda de ganancia  r�pida cre� en los coreanos h�bitos
que les cuesta superar para alcanzar otros dominios. Un ambicioso proyecto
destinado a unir empresas en un consorcio para lanzar su producci�n a los
mercados internacionales consigui� el apoyo estatal de la Agencia para la
Promoci�n de las Exportaciones con un subsidio por tres a�os a partir de
septiembre de 1999, basados en el �xito alcanzado por una empresa que lleg� a
efectuar ventas por 300 mil d�lares a Chile. As� crearon la marca "Tropical
Spice" como distintiva del Brasil. 

La primera presentaci�n internacional de los coreanos en Las Vegas en febrero
del 2000 fue un salto al desconocido que los priv� de sus pretensiones de
grandes industriales del vestido. El  mercado internacional exigi� vol�menes
de producci�n inalcanzables. Por primera vez en a�os se sintieron rid�culos.
Llevaron un cat�logo con 150 muestras. Fueron chocados al recibir los primeros
pedidos por 50 a 70 mil unidades a ser entregadas en menos de 30 d�as.
Imposible de cumplir, dada la estructura de producci�n en peque�os lotes
basada en talleres mal equipados, la mayor parte en manos de bolivianos
maquilando en piezas de museo. Regresaron con el rabo entre las piernas.
Cuando analizaron los mercados de la moda, nunca pensaron en los volumenes
exigidos por la venta masiva. A  los talleres coreanos y bolivianos de S�o
Paulo faltan m�quinas para producir vestidos de calidad como s� lo tienen los
talleres m�s avanzados de Bolivia. 

Ahogados en grandes estoques de ropa no vendida, utilizando el mismo cat�logo
de Las Vegas circulado en la Internet, los coreanos se lanzaron sobre mercados
peque�os de Argentina, Uruguay, Paraguay y Chile, sin reparar mucho en la
calidad de sus acabados. Mientras tanto, los coreanos han obtenido un cr�dito
del gobierno brasile�o para modernizar sus m�quinas. Los talleristas
bolivianosno pueden vencer las barreras a su participaci�n en proyectos de
este tipo. Una notable incapacidad para actuar en conjunto les impide. Los
hijos de Bolivia, tan aptos para organizar en su tierra hasta marchas
callejeras de sindicatos de ciegos vendedores de fichas telef�nicas, no
consiguen unirse en Brasil. 

Pero un hotel del centro de S�o Paulo est� siendo copado por comerciantes
bolivianos provenientes de El Alto al caer el contrabando de productos
brasile�os en la frontera con Per�. La apertura de los mercados pone en duda
ahora el viejo dogma geopol�tico de los industriales del sur del Per�: El
temor al expansionismo de la producci�n brasile�a que destrozar�a la industria
nacional que hizo que los proyectos de integraci�n carretera duerman bajo el
encanto de las frases en los discursos pol�ticos y los de la diplomacia. Pero
con una industria por los suelos y los mercados saturados de productos
importados, querer mantener infranqueable la muralla de los Andes no tiene mas
sentido para la industria del Per�. 

Es un mundo nuevo, ancho y ajeno, que cada vez reconoce menos barreras
pol�ticas y naturales. Llegan productos brasile�os al Per�. Llegan inmigrantes
peruanos y bolivianos al Brasil. Los gobiernos acaban aceptando las
situaciones de hecho. Nuevas formas de comunicaci�n y comercio aparecen.
Internet y el transporte barato de avi�n facilitan informaci�n y movimiento.
Tambi�n hay otras modalidades. Surge un gran comercio internacional en ropa
usada, de los pa�ses ricos hacia los pobres. Otro comercio trae carros usados
japoneses al Per�. En Tacna, ciudad peruana fronteriza con Chile, unos 300
comerciantes pakistan�es se han establecido, vendiendo un mill�n de carros
japoneses en los �ltimos cinco a�os. Las barreras nacionales son ahora m�s
porosas. La riqueza se distribuye por canales propios. Este es el sentido
mayor de la globalizaci�n. 
 
  
Albino Ruiz Lazo es investigador del Instituto Fernand Braudel de Econom�a
Mundial en el Peru. ALgunas ilustraciones de este ensayo son copiadas de
tejidos andinos..
Copyright 2003 Instituto Fernand Braudel de Economia Mundial


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Lista de discusi�n Aymara 

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