Hola amigos de aymaralist; Les paso el siguiente art�culo de Albino Ruiz Lazo, que por el relato inicial de su art�culo, es nacido en Acora. Encontrar�n interesante detalles de la imigraci�n Boliviana, Peruana y Coreana a S�o Paulo.
Saludos a todos Jorge P Arpasi ********************************************************************* BRAUDEL PAPERS - Edici�n Extraserie A�o 2001 N� 28 El mundo es ancho y ajeno De los Andes a S�o Paulo ALBINO RUIZ LAZO Mi nacimiento, en un domingo oscuro y lluvioso de diciembre de 1955, paraliz� la l�nea telegr�fica entre los pueblos a la orilla del Lago Titikaka en el altiplano peruano. La �nica persona capaz de ayudar a mi madre era una vieja partera ciega que viv�a en una choza en las alturas del pueblo de Acora. La trajeron hacia media ma�ana a la Oficina de Correos y Tel�grafos, donde mi madre trabajaba como telegrafista. Mi madre avis� que ten�a dolores de parto a sus compa�eros en las oficinas a lo largo de la carretera que conecta la ciudad de Puno con Bolivia. Los otros telegrafistas mantuvieron la l�nea abierta, atentos a un eventual veh�culo en ruta hacia Puno, 30 kil�metros al norte, en caso de complicarse el parto. Los telegrafistas de la red nacional difund�an las noticias pueblerinas y mundiales. Diariamente transmit�an los titulares de los peri�dicos que no llegaban a los pueblos del altiplano, noticias de la pol�tica, de los partidos de f�tbol y la suerte de los cuartelazos. Las radios a transistores japoneses, ya en el mercado mundial, no hab�an llegado a�n a las aldeas de los Andes. Nac� en esa oficina que participaba en los cambios que vivi� el pa�s hasta que los cambios borraron los millares de postes y cables de la red telegr�fica en todo el pa�s. La varita m�gica del cambio se movi� r�pidamente, conectando comunidades aisladas con el resto del mundo, liberando los campesinos de la servidumbre e ignorancia. Los cambios trajeron nuevas carreteras, muchas escuelas, nuevos combustibles, electricidad, transporte por bus, cami�n y avi�n, tel�fono con discado directo, radio, televisi�n y, recientemente, cabinas p�blicas de Internet. En los remotos pueblos de los tiempos del tel�grafo, ahora sus gentes pagan 57 centavos de d�lar por hora para llamar a tel�fonos de familiares en EU o Europa usando telefon�a IP (Internet Protocol), seguir los detalles sobre la crisis pol�tica de poder y corrupci�n tras la hu�da del presidente Fujimori o aliarse en nuevos partidos pol�ticos. Mi hijo Miguel pudo, recorriendo las aldeas de Puno, cultivar una amistad con Raquel Salvador, una espa�ola radicada en Londres a quien conoci� en el Chat Caf� Ole. Ella acaba de llegar, para pasar unos d�as juntos en Los Andes para conocerse m�s. La proliferaci�n de escuelas secundarias despu�s de la reforma agraria en los a�os 70 arroj� j�venes a las ciudades para seguir estudios. Con nuevas oportunidades producidas por los cambios, se dispers� la avasallada masa ind�gena que acud�a a las oficinas del tel�grafo para recibir medicinas y curaciones que mi madre repart�a. Cuando volv� a Acora, muchos a�os m�s tarde, quedaban apenas los viejos. Me trataron como a un extra�o, diciendo que hablo y me visto como un gringo, que qued� muchos a�os fuera sin hacer nada por el pueblo. Otro ausente es Oswaldo Curo, que hab�a nacido en 1971 en Capachica, en el otro lado del Lago Titikaka. Lo conoc� en S�o Paulo, una madrugada de agosto del 00, 0 buscando lugar para vender un lote de aretes, entre una multitud de fantasmales siluetas atiborrando la Calle 25 de marzo, el tumultuoso mercado callejero cerca al antiguo centro financiero de S�o Paulo. All� chinos, coreanos, rumanos, angole�os, ecuatorianos y peruanos, junto con vociferantes nordestinos brasile�os, venden al por mayor productos de toda procedencia hasta las 8 de la ma�ana, cuando empiezan a llegar los inquilinos de los puntos de venta callejera autorizados a los minusv�lidos, a quienes pagan 400 reales semanales. Los vendedores de la madrugada temen la "rapa" de los inspectores municipales, convocados por los minusv�lidos en defensa de sus derechos adquiridos. Oswaldo vive y produce bijouteria con una mulata de Minas Gerais, en un cuarto del Hotel Ita�na, que hospeda a los peruanos del Cusco en S�o Paulo. Vive tres de sus 29 a�os en Brasil, despu�s de abandonar sus estudios, en la Universidad Adventista en Lima, por falta de dinero, siguiendo un fuerte impulso. "Ten�a 10 a�os cuando sal� por primera vez de mi pueblo en excursi�n escolar para ver el mar en Arequipa," dice. "No entend�a bien el castellano. En mi pueblo se hablaba s�lo Quechua. Despu�s regres� por mi gusto, trabaj� como heladero, era bueno para conocer la ciudad. Me daban comida y dorm�a en un rinc�n de la fabrica del patr�n. Yo siempre quise salir. Estaba dentro de m� por eso me fui a estudiar a Lima y ahora estoy aqu�." La puerta del Hotel Ita�na se abre a la Avenida Rio Branco. El hotel arroja un acre olor a moho y polvo que viene desde lo alto de la escalera que conduce a los pisos superiores. Puertas, rejas y guarniciones de un verde desva�do salpican de color cuatro de los cinco pisos, largos pasillos laterales a media luz conectan las 17 habitaciones por piso cuyas puertas permanecen entreabiertas la mayor parte del d�a expirando olores a jab�n comida, sudor y lana de animal. Algunos ni�os juguetean muy cerca de sus puertas y en cualquier lugar el llanto de un lactante se mezcla con m�sica cusque�a reproducida en casseteras. Sobre el piso de las habitaciones, rumas de tejidos de alpaca organizados por docenas, guantes, gorros, extinguidos chullos peruanos, bolsos de irreconocible procedencia. Adosados a las paredes desde el techo armazones de metal sosteniendo ganchos ensartando centenares de pulseras y gargantillas de todo color y forma procedentes del Per�, Ecuador, Paraguay, Brasil y Bolivia. Estanter�as de vidrio con variedad de piezas y admin�culos para bijouteria y objetos de cer�mica fr�a para refrigeradores. Las habitaciones del fondo, m�s reservadas, divididas por cortinas sirven de dormitorio-taller. Camas y colchones unos sobre otros ceden durante el d�a, el espacio para la confecci�n de aretes por los cuales se paga cinco centavos la unidad a un personal de confianza. Oswaldo da trabajo en su habitaci�n a dos j�venes brasile�as que confeccionan bajo su direcci�n admin�culos semejantes a los usados por la exuberante Feticheira (Hechicera) de la TV. "A las muchachas les gusta ponerse lo que la Feticheira usa. Cada semana es algo distinto. Tengo que producir muy r�pido," dice. Los comerciantes chinos en S�o Paulo rodean a los peruanos, buscando una forma de imitar los aretes del Cusco. "Exige mucho trabajo fino manual," dice Ren�, un cusque�o que vende en la 25 de mar�o. "Es un producto con el que los chinos no pueden competir." Los comerciantes m�s pudientes adaptaron altillos en sus cuartos que sirven como literas y como almac�n suplementario donde se guarda mercader�a o colchones a ser tendidos en el suelo en las noches. Por d�a funcionan como bazares discretos para aprovisionar a los miles de peruanos, y otros feriantes que vienen de las calles o del interior del Brasil. Al centro un corredor central conecta la segunda fila de habitaciones y los servicios higi�nicos desde cuyo interior, a media ma�ana, chorreando agua, semivestidos, salen algunos hu�spedes rumbo a sus cuartos. Son los comerciantes mayoristas de vuelta del voraz mercado que surge desde las cinco de la ma�ana el mercado libre de S�o Paulo. El hotel hospeda a 350 cusque�os entre sus 80 habitaciones. Migraci�n y adaptaci�n Estos cusque�os est�n en el alto de la honda de la migraci�n mundial. La migraci�n es uno de los mecanismos m�s antiguos de la adaptaci�n humana. Desde hace 70,000 a 100,000 a�os atr�s, cuando los primeros hombres aparecieron en �frica, la migraci�n difundi� la humanidad a todos los continentes del planeta, casi siempre como respuesta a las crisis ecol�gicas, los conflictos pol�ticos y a las nuevas oportunidades. "La historia de Am�rica es, en el sentido m�s amplio, la historia de la migraci�n," observa el historiador demogr�fico Noble David Cook. Olas migratorias formaron el pueblo brasile�o, y especialmente la Ciudad Mundial de S�o Paulo: portugueses, negros, italianos, alemanes, jud�os, rusos, japoneses, coreanos y, ahora, trabajadores pobres y comerciantes de Am�rica del Sur. Los andinos que llegan al Brasil forman parte del torrente humano que hoy cruza fronteras, de uno al otro lado del mundo. Peruanos, brasile�os e iran�es pululan en Jap�n, que est� perdiendo poblaci�n hace d�cadas por la ca�da dr�stica en nacimientos. �frica del Sur expulsa cada a�o 100,000 de sus dos millones de inmigrantes indocumentados, pero muchos de ellos vuelven clandestinamente. Los chinos entran a Europa por los Balcanes, los musulmanes a Italia v�a Bosnia en vuelos semanales desde Estambul y Teher�n. En el primer semestre de 2000, el gobierno de Croacia, captur� 10,000 inmigrantes ilegales, mas que los 8,000 en todo 1999, procedentes de China, Rumania, Bangladesh, Turqu�a y otros pa�ses. G�ngsteres y prostitutas de Albania entran f�cilmente a Italia para circular por toda Europa. En junio, los cad�veres de 58 chinos asfixiados fueron encontrados en el container de un cami�n en Dover, en una tentativa de ingreso clandestino a Inglaterra. Seg�n el New York Times, "estas historias parecen confirmar la alarma creciente entre diplom�ticos y funcionarios de inmigraci�n en Occidente. Creen que una sofisticada red de gran alcance, dedicada al tr�fico de seres humanos desde Asia, ha transferido su objetivo de los Estados Unidos, hacia Europa." En Nueva York, 40% de la poblaci�n actual naci� fuera de los Estados Unidos, en 167 diferentes pa�ses y habla 116 lenguas. "Sin la inmigraci�n, Nueva York ser�a muy diferente, con barrios abandonados y p�rdida de poblaci�n," afirma el soci�logo Philip Kasinitz. Las mayores olas de nuevos inmigrantes vienen de Rusia, M�xico, India, Pakist�n, Bangla Desh, Rep�blica Dominicana y Colombia. Migraciones parecidas llegan a Par�s y Londres. En los Estados Unidos, 12% de la fuerza de trabajo consiste en inmigrantes, sumando 15.7 millones de personas, de las cuales cinco millones son ilegales. Estados Unidos emite 250,000 visas anualmente para t�cnicos extranjeros en software. En el Valle de Silicio de California, 774 empresas eran dirigidas por migrantes de la �ndia en 1998 y otras 2,001 por chinos, empleando juntas 58,282 personas produciendo el 17% de las ventas de alta tecnolog�a del Valle. El gobierno de Iowa, en el coraz�n agr�cola de los Estados Unidos, est� reclutando inmigrantes activamente, alarmado por sus perdidas demogr�ficas, el envejecimiento de su poblaci�n nativa y la emigraci�n de sus j�venes despu�s de salir de las escuelas. Italia, con la tasa de natalidad m�s baja de toda experiencia humana, tiene m�s gente mayor de 60 a�os que la menor a 20 a�os. Es dif�cil pensar en otra soluci�n para el problema demogr�fico de Europa Occidental, con una tasa de reproducci�n negativa, que no sea inmigraci�n masiva. Las migraciones internacionales tambi�n forman parte integral del proceso de globalizaci�n. Lo dif�cil pol�ticamente es establecer distinciones jur�dicas entre el movimiento libre de bienes e ideas y el movimiento libre de personas. Oriundos del Cusco Cuando acab� el terrorismo del Sendero Luminoso en el comienzo de la d�cada de 90, Cusco volvi� a ser una de las grandes atracciones tur�sticas de Am�rica del Sur. Entre iglesias coloniales y monumentos macizos antiguos del Imperio Inca, ind�genas de habla quechua vestidos en ponchos coloridos posan para fotos tur�sticas al lado de llamas adornadas con cintas rosadas, pidiendo propinas con fragmentos desastrados de ingl�s y franc�s. Bares y discotecas pizcan letreros de ne�n. Vendedores de calle rodean los turistas para ofrecer chompas de alpaca y joyas nativas, un negocio que envolvi� Ra�l Aquino cuando lleg� al Cusco como ni�o de aldea para estudiar el Secundario. Fu� tan f�cil vender estos artifactos a los turistas brasile�os que Ra�l, como otros pobres cusque�os, decidi� probar su suerte en S�o Paulo. En el Hotel Ita�na, Ra�l y Fausto, un ind�gena del Ecuador, charlan y hacen negocios. De cuerpo bajito y rostro redondo, una larga trenza llegando hasta la cintura, t�pico de su pueblo, Fausto cuenta que viaja en avi�n cada ocho d�as para el norte del Ecuador a su pueblo, Otavalo, para traer pulseras y adornos personales con motivos brasile�os que manda producir all�. Los pueblos ind�genas de esta regi�n producen una artesan�a conocida y promocionada internacionalmente. As� como Fausto, los otavale�os andan hoy por el mundo ancho y ajeno, colocando su producci�n artesanal en todos los mercados imaginables. En Sao Paulo, los otavale�os se hospedan en el hotel de los peruanos porque reconocen en ellos una proximidad que les permite hacer contactos y conocer mejor el mercado para proveer productos. Ra�l era uno de los primeros hu�spedes peruanos del hotel. "La primera vez que llegu� en 1995 no �ramos ni cinco los peruanos hospedados," dice. "Ven�amos s�lo por d�as. Ten�amos que vender r�pidamente la mercader�a tra�da y regresar porque nos resultaba muy caro quedarnos, al cambio en d�lares. Los que viven ahora en el hotel llegaron hace poco". Ra�l vive ahora en una habitaci�n de un edificio cercano, con un grupo flotante de amigos y parientes. Casi todos completaron escuela secundaria, en contraste con la mayor�a de los brasile�os, bolivianos y ecuatorianos de su edad y clase social. Tiene 27 a�os, ojos de ardilla y anchas espaldas. Est� renovando la documentaci�n de residente para alquilar un box en el Shopping chino de "la 25 de marzo." Viene al hotel para comprar mercader�a. Su hermano Nacho acaba de regresar al Per� llevando dinero para sustentar su madre y sus dos hermanas estudiantes en la Universidad del Cusco. Est� buscando aretes peruanos que han empezado a escasear. "Aqu� es muy diferente," Ra�l comenta. "Se vende todo, hay una voracidad consumista, especialmente entre las mujeres. Aprecian lo que se trae, preguntan de donde viene y respetan nuestra diferencia. Las novedades acaban y hay que estar cambiando de mercader�a permanentemente". Excepto los domingos, el hotel despierta antes de las 5 de la ma�ana. Resplandores de luz bajo las puertas iluminan levemente los pasadizos. Voces apagadas, algunas casseteras a bajo volumen y de pronto un tropel de personas sale cargando enormes paquetes hacia la oscuridad de las calles rumbo al mercado libre de la madrugada paulista. Van en grupo para protegerse de robos, regresan cuando pueden. Est�n muy prevenidos contra asaltos desde que bandidos invadieron el hotel en julio, saquearon mercader�a y se llevaron dinero que los comerciantes guardaban en efectivo por no poder abrir legalmente cuentas de banco. En los �ltimos a�os algunos 50 mil peruanos, mayoritariamente del Cusco, han llegado a Brasil para quedarse o por temporadas. Aunque recorren ferias, playas y mercados del interior, han hecho de S�o Paulo su centro de operaciones. Viven en apartamentos alquilados o comprados en los edificios del centro en mejores condiciones que en el hotel. Un promedio de 10 personas comparten las habitaciones, asumiendo cada una el costo de la vivienda, ligados por una red de familiares y amigos. Los peruanos y brasile�os venden y compran la mercader�a uno del otro para llevarla a sus lugares de origen. Los peruanos venden de tres maneras: Los viajeros aprovisionan a los mayoristas del hotel a un precio base. Venden tambi�n en la "25" un poco m�s caro. Los detallistas se abastecen a cualquier hora en el hotel al contado o al cr�dito garantizado por un fiador o por su propia trayectoria comercial. Hay peruanos de todas partes. Algunos han hecho fortunas como Dar�o, de Huancayo en los Andes Central, el rey de los adornos de refrigerador, peque�as frutas de cer�mica que encantan las amas de casa. Lleg� al Brasil como traficante internacional de tesis de grado universitarias para vender las tesis de las universidades del Brasil en Per� y Bolivia. Descubri� que los adornos de refrigerador hechos artesanalmente en Per� pueden ser vendidos en el Brasil en cantidades de espanto por ser m�s baratos, de calidad superior a los producidos en Brasil y por los asi�ticos. Se dedic� a traer los adornos de refrigerador del Per� en largos viajes por tierra. Cuando el real se fue desvalorizando frente al d�lar, encontr� una salida maestra que eliminaba el costo de traerlos y la competencia: fabricarlos en Brasil. Ubic� en el cintur�n de miseria de Lima a las manos m�s h�biles que produc�an la cer�mica en fri�. Descubri� tambi�n que era uno de los componentes de origen peruano el que le da la calidad y viscosidad a la artesan�a. Trajo ambas y empez� la producci�n masiva en un taller al fondo de una casa en el barrio de Casa Verde. R�pidamente explot� la demanda. Instal� otros talleres clandestinos y construy� una plataforma comercial para dominar el mercado. Hoy Dar�o dice que est� prepar�ndose para exportar. Volvi� al Per� para montar en el Vitarte, un distrito pobre de Lima, una f�brica con decenas de trabajadores a destajo. Los peruanos en S�o Paulo protegen sus viviendas con los sistemas de seguridad com�n en la ciudad. Tele vig�a en pasillos y ascensores conectados a la se�al de cable que les permite observar lo que sucede en el exterior de la vivienda llenas de cajas, mercader�a, maletines y colchones arrumados. Para alquilar un peque�o apartamento hay que superar los requisitos de renta. Una suma de garant�a equivalente a varios meses de alquiler, documentos en regla, fiador y constancias de ingresos econ�micos. La presencia de los cusque�os en Brasil obedece a diferentes factores. El Cusco fue lanzado como destino tur�stico en los �ltimos 30 a�os con la construcci�n de un aeropuerto internacional y recientemente el asfaltado de la carretera hasta La Paz. Inmediatamente despu�s de controlada la epidemia de c�lera y la guerra subversiva, el flujo aument� cinco veces en los �ltimos cuatro a�os hasta llegar al mill�n de turistas en 1999, un volumen jam�s visto. Los artesanos han sacado gran provecho del turismo, reviviendo como en tiempos de la colonia incontables talleres artesanales y el antiguo corredor hacia Bolivia. En el mundo andino, las migraciones son de tradici�n antigua. En tiempos incaicos las migraciones ocurrieron como traslados ordenados de obreros para las construcciones, soldados en expedici�n o al implante de pueblos vencidos en otras zonas como castigo o como medida de seguridad. En la Colonia los ind�genas migraron de sus comunidades para huir del trabajo forzado en las minas. En 1680, la mitad de la poblaci�n de la ciudad del Cusco era migrante trabajando como arrieros, artesanos, comerciantes y servidores dom�sticos. Con la modernizaci�n y la urbanizaci�n, las migraciones se multiplicaron. Con la ascensi�n del turismo llegaron comerciantes internacionales de artesan�a despertando la fiebre de la producci�n en serie, de aretes y collares con incrustaciones de piedras del Brasil. "El Gringo Jeff mont� una fabrica reuniendo a 100 artesanos," recuerda Ra�l Aquino. "Nos hacia trabajar d�a y noche, exigi�ndonos cada vez m�s producci�n. Nos pagaba 10 d�lares a la semana por producir 100 pares de aretes. Mont� mi propio taller cuando aparecieron compradores directos. Un d�a nos dijeron que el mercado se hab�a saturado y no nos pagaron la mercader�a que hab�amos entregado. Ten�a 4,000 pares de aretes y muchas deudas. Me vine al Brasil para venderlos directamente. Los vendedores de piedras me dijeron que hab�a un buen mercado". Al empeorar la recesi�n que vive el Per�, miles de cusque�os salieron en busca del mercado en Brasil. A su paso obligado por el Titikaka incorporaron a sus mercanc�as, los toscos tejidos de alpaca que los gringos gustaban comprar. Descubrieron que hacia furor entre las mulatas de S�o Paulo para abrigarse coquetamente en el corto invierno paulista. Chullos ind�genas (gorros de lana cubriendo las orejas), de uso extinto en el Per�, salen de las estaciones del metro de S�o Paulo en las cabezas de orgullosos compradores. Entre otros peruanos, Ra�l ten�a rentado un box de 2x2 metros en la estaci�n central de metro de la plaza de S� por donde pasan cada d�a dos de los 17 millones de personas que viven en el Gran S�o Paulo, 17 veces m�s que el mill�n de turistas que llegan al Per� en un a�o. El Gran S�o Paulo genera el 20% del producto bruto interno del Brasil, dos veces el tama�o de las econom�as de Per� y Bolivia juntos. Los Coreanos llegan Antes de los peruanos y bolivianos, llegaron los coreanos. Tjitjalenka era el nombre del barco que trajo oficialmente en 1963, bajo un acuerdo entre los gobiernos de Brasilia y Se�l, al primer centenar de familias coreanas desde las tierras distantes del antiguo reino de Kyrio que conocemos como Corea, rompiendo con este env�o una larga tradici�n de condena a los emigrantes. La falta de trabajo que sufr�an en Corea del Sur quienes hab�an huido de Corea del Norte y la tremenda crisis econ�mica tras la divisi�n territorial de Corea hace 50 a�os llev� al gobierno de Se�l a financiar la emigraci�n al Brasil para desviar el crecimiento demogr�fico, aliviar la desocupaci�n, obtener moneda dura que los emigrantes enviar�an y ganar aliados diplom�ticos. Pero los emigrados ten�a una idea diferente. No quer�an mantener lazos con Corea. Su partida era para ellos una salida definitiva y total. Llegaron con la idea de convertirse en hacendados. Eran militares, gente de clases medias instruidas y algunos de las clases altas. Intentaron conseguir trabajo en S�o Paulo. Fracasaron. Salieron entonces a las calles a vender de puerta en puerta pa�uelos y camisas asi�ticas. "El �xito fue inmediato," recuerda Mu Kon Kim un viejo pastor evang�lico. "La mayor parte de los coreanos son cristianos de varias iglesias. Antes era muy f�cil saber lo que estaban haciendo los dem�s. Viv�an casi todos en la villa Coreana en el barrio Liberdade. Cuando se enteraron de que la venta callejera daba buen resultado, todos hicieron lo mismo". La venta de puerta en puerta les dio el conocimiento de la ciudad y sus necesidades que impuls� a los tres Kim pioneros, Son San Kim, In Bae Kim y Sun Hoom Kim a iniciarse en el mundo de las confecciones. S�lo los m�s viejos recuerdan que fue el p�lpito, la calculada decisi�n de Soo San Kim que lo llev� a comprar una peque�a m�quina de coser a plazos para coser en su casa, hasta muy entrada la noche, manteles y pa�uelos que vend�an a la ma�ana siguiente ganando 10 a 12 veces el costo de producirlos. Los otros Kim lo secundaron con �xito. La aventura de los tres pioneros contagi� a los dem�s coreanos. Muy pronto en todas las casas, la febril actividad involucr� a las familias. El crecimiento econ�mico del Brasil en la �poca absorb�a una venta cada d�a mayor de la producci�n de los talleres ocultos. M�quinas domesticas compradas a plazos era lo �nico que ten�an. El corte se efectuaba con tijeras, de rodillas sobre el tejido extendido en el suelo. Cuando la demanda de costura lleg� a niveles de espanto, los confeccionistas ya no ten�an tiempo ni para comer. Cos�an d�a y noche casi hasta el desmayo. En viaje triangular desde el Paraguay nuevos grupos de coreanos ingresaban por las fronteras con Bolivia. Quienes crec�an en la industria de las confecciones no dudaron en utilizar el miedo de los ilegales a ser expulsados para someterlos a un sistema de trabajo en condiciones de esclavo en los talleres ocultos en la llamada Villa Coreana. Maquilaban escondidos, con ventanas cerradas, ocultando a los ni�os para que su presencia no los delate. Temiendo a cada carro policial en la idea de que ven�an por ellos. Cuando se dio la amnist�a de 1982 centenares de mayoristas ya florecieron en Bras y Bom Retiro. Los coreanos hoy afirman controlar el 60% de la industria de la confecci�n, de la cual el 99% es producida por costureros bolivianos en no menos de 30,000 talleres concentrados en la herradura del Centro y qui�n sabe cuantos en barrios distantes. La masa de costureros supera las 150,000 almas. La ropa que adquiere la masa de paulistas, en general de poca calidad, es el resultado del ensamble de dos grupos racial y culturalmente distantes: coreanos y bolivianos.Inocultable, la prosperidad generada en los talleres informales llev� a los m�s ricos desde 1975 a mudar sus viviendas de los barrios populares de Bras, Bom Retiro, Pari y Liberdade al m�s pudiente barrio de Aclima��o. Pero Bras y Mocca siguieron como centro de sus negocios de confecciones. Antes de la amnist�a de 1982, hab�an florecido comerciantes mayoristas abastecidos por talleres clandestinos. Entre ellos, un comisionista al 5% se encargaba de colocar la producci�n de los talleres y recoger pedidos. Los talleres aspiraban a ganar el 100% sobre el valor de producci�n y los vendedores al por mayor, el 20% del precio de venta.La competencia entre firmas impuls� una respuesta propia del grupo de coreanos en Brasil: el ahorro y la simplicidad que se mantiene hasta hoy. El criterio del ahorro es visible a�n en todos los comercios. Decoraci�n y muebles simples al m�ximo, hasta llegar a la ausencia de anuncios y vitrinas. Cuando hay ofertas, se anuncian anotados en tosco papel colgando de una caja. En la producci�n el ajuste de costos se consigue v�a la m�nima inversi�n en infraestructura, el control m�ximo del salario y en el atraso tecnol�gico. Para asegurar el �xito y reducir los riesgos de perdida, hay dos estrat�gias. La primera es control de los estoques, produciendo en peque�as cantidades, normalmente lotes de 400 a 1,500 piezas, los m�s osados llegan hasta 7,000. La segunda es el cr�dito, pagando a los talleres proveedores despu�s de la venta y la devoluci�n de las piezas no vendidas. Cuando un modelo es puesto en el mercado, se somete instant�neamente al test del �xito. Si empieza a venderse, se solicitan nuevos estoques. Si no se vende entre 30 a 60 d�as, se devuelve al taller. El dominio de los coreanos sobre las confecciones en S�o Paulo y el ingreso de miles de ilegales bolivianos fue simultaneo, movidos por el mercado din�mico en Brasil y la cr�tica situaci�n en Bolivia. Los miles de talleristas coreanos clandestinos que alcanzaron la legalidad por efecto de la amnist�a de 1982, encontraron en los bolivianos que hu�an del hambre el reemplazo barato en sus puestos de trabajo para sostenerse y crecer en el competitivo y voraz mercado de S�o Paulo. Los bolivianos tienen ra�ces propias en la confecci�n. A mediados de los 80, se instalaron confeccionistas en los alrededores de La Paz y El Alto en Bolivia. Produc�an para los mercados de las fronteras imitaciones de ropa americana para el fr�o. Emplearon una poblaci�n flotante acostumbrada desde tiempos de la Colonia a ir de un lado a otro en busca de sustento. La ropa ingresaba de contrabando al Per� por el control fronterizo de Desaguadero. Los moradores de los pueblos fronterizos peruanos de Ollaraya, Unicachi y Tinicachi amasaron fortunas contrabandeando jeans y casacas bolivianas, hasta que aprendieron a confeccionarlas en sus propios talleres en Lima. Otros confeccionaban toscos vestidos muy solicitados en los Andes por su bajo precio. A lo largo de la d�cada de los 80, era constante la quiebra de los talleres y la instalaci�n de nuevos con maquinas m�s sofisticadas capaces de producir detalles y costura novedosa. Esta v�a de modernizaci�n contribuy� al fracaso de los talleres incapaces de competir con la novedosa confecci�n. Primero fueron los costureros. Despu�s los due�os de talleres trasladaron sus m�quinas o vend�an todas sus pertenencias para integrarse al mundo de las confecciones en Sao Paulo. Habituados a ir de un lado a otro, a vivir en las minas y ver la luz del d�a unas horas por semana, los bolivianos se acomodaron a vivir en los talleres de costura de los coreanos en condiciones parecidas a de las minas. Familias completas en condici�n de ilegales aceptaron vivir y trabajar en un mismo ambiente en condiciones cercanas a la esclavitud. Trabajando a destajo 16 horas por d�a, repitieron hasta en los detalles la vida llevada por sus patrones cuando ellos eran los ilegales. No menos de 150 mil bolivianos han trabajado en esas condiciones en los talleres coreanos, intentando alcanzar un salario eludido bajo un sistema de vales sin fecha de pago. Los primeros costureros cultivaron esperanzas. Volver a montar un taller en Bolivia o en Brasil para hacer lo mismo que los coreanos. La nueva amnist�a de 1998 abri� ventanas a la esperanza. Antes que por denuncias de la prensa, los coreanos han cedido la confecci�n a nuevos talleristas bolivianos por una raz�n tan simple como aplastante. Transferir el riesgo a los bolivianos, absorbiendo su trabajo y libr�ndose del temor a una posible multa al ser descubiertos por las autoridades. Los talleres de los coreanos siguen operando en las mismas condiciones, pero ahora con el escudo de los bolivianos. Due�os de un documento de identidad y con la experiencia acumulada, los bolivianos ingresaron r�pidamente al tallerismo despu�s de la amnist�a legalizando su permanencia en Brasil. Pod�an arrendar una vivienda, conseguir una cuenta bancaria y valerse de la facilidad, con que se obtiene un cr�dito en S�o Paulo para comprar en la multiplicidad de talleres de reparaci�n, m�quinas de segundo uso a precios inmejorables. Una m�quina de costura recta de fabricaci�n china, la m�s barata, puede ser comprada a US$ 190. Una japonesa Juki a US$ 270 y una americana a US$ 325. Las peque�as m�quinas para costura overlock son m�s caras. Las m�s baratas son de US$ 650. Con no m�s de US. $ 900 se puede montar un taller solvente para costura simple. Maquinas especializadas en trabajos espec�ficos cuestan mucho m�s por oportunidad, antes que complejidad. Los comercios de m�quinas son mayormente de propiedad de brasile�os que han conducido esta actividad por a�os sin mayores sobresaltos sirviendo primero a los coreanos y ahora a los bolivianos. Muchas m�quinas se ensamblan ahora en Manaus y llegan a precios mas bajos que antes. Pero son maquinas tecnol�gicamente atrasadas. La inexperiencia tiene sus costos. Los resultados de sus sue�os se reparten por partes iguales. Una de ellas la componen aquellos que pudieron manejarse en un mundo nuevo, soportando ca�das y angustias. Consiguen adquirir una casa y conducen sus propios veh�culos. Educan a sus hijos lo mejor que les es posible. Si bien viven en un espacio bastante cerrado, consiguen una integraci�n aceptable. Manejan algunas decenas de comercios. Y para sus hijos Bolivia es un lugar remoto. Un segundo grupo son los especialistas que sobrevivieron, pero fracasaron como otros so�adores en su intento de manejar un taller. Entran tambi�n en otros ramos. Rosa Elvira es una mujer entrada en a�os. Habla mejor el portugu�s que el espa�ol, porque los acentos aymaras tienen sonidos cerrados y sibilantes pr�ximos al portugu�s. Vende admin�culos electr�nicos y copias de software en CD pirata en la calle Santa Ifigenia. "Vine hace 20 a�os con toda mi familia," dice. "Ten�a un taller de costura en mi casa cerca al barrio de Sopocachi en La Paz. Yo soy pace�a neta. No se vend�a nada en Bolivia. Hab�a que llevar uno mismo la ropa hasta la frontera pero ya estaban cociendo al otro lado.Viv�a con toda mi familia en un taller. Nos tuvimos que venir. Puro vale. Los coreanos no pagan nada. Puro vale, nunca se pod�a cobrar. Hemos hecho de todo. He vendido comida. Tampoco, daba al cr�dito y la gente desaparec�a o se cambiaba de taller. Tambi�n hemos vendido "cachorrinhos" (s�ndwich de hot dog). Hemos hecho de todo. Ahora mi hija tiene un taller de costura. Yo no pude. Hab�a que correr de un lado a otro buscando costura, cocinando para la gente. Ten�a que pagar cinco cosas. Alquiler, luz, agua, comida y sueldo. No alcanza. Tanto trabajo y no alcanza. Los coreanos pagan centavos por una pieza cocida. Centavos se�or. Ahora estoy mejor en la calle." Los compradores que frecuentan la Calle Santa Ifigenia buscan cosas puntuales. Copias espec�ficas de software, piezas de hardware, plugs, adaptadores. Cuando no los tiene, ella anota el pedido en una libreta. Sabe que volver�n porque los vendedores de la calle son los m�s efectivos masificadores de cualquier producto, tanto de la lana de los Andes como de la �ltima tecnolog�a. Los grandes fabricantes bien lo saben. Otros bolivianos trabajan como modelistas y cortadores. "Prefiero trabajar para brasile�os," explica Samuel Condo, modelista de Street Fashion en Calle Arcoverde. "Pagan mejor y se trabaja a gusto. Detesto a los coreanos. Son muy abusivos. Cuando sacas un modelo exclusivo ni te lo reconocen. Siempre quieren m�s. De los bolivianos mejor no hablamos, somos como perros comiendo carne de otro perro. Los peores son los que trabajan como capataces de los coreanos como hablan tu lengua te sacan el jugo." Antiguos o recientes. Dif�cil saber cu�l es el origen y las razones de los nuevos coreanos en la industria de la confecci�n. Algunos bolivianos m�s j�venes son la verg�enza de los mayores y preocupaci�n de sus padres si los tienen en S�o Paulo. Quienes llegaron de ni�os se han identificado con los modales y h�bitos de las clases bajas de S�o Paulo. Seguros de ser ciudadanos legales, no les interesa continuar con la actividad de sus padres. Un cansancio generacional pareciera haberles transmitido un sentimiento de derrota. No tienen otro horizonte que el vivir el d�a. La sociedad brasile�a es una superficie enorme en la cual se pierden. Domingos en la Plaza Par� Desde las cinco de la tarde cada domingo, la peque�a plaza triangular de Santo Ant�nio en el barrio de Pari se llena de m�sica con acentos de lata brotando desde un escenario elemental al interior de las rejas que encierran la desva�da superficie de cemento que permanecer� vac�a hasta el final del d�a. A un lado de la plaza, destartalados tubos de hierro soldado hundidos en arena sucia, los juegos infantiles donde juguetean ni�os de todas las edades. Al caer la noche, forma un ambiente de misterio, silencio y complicidad. En la noche de domingo aparecen millares de bolivianos en procura de unas horas de libertad. Circulan ente mezas y tenderetes sobre la vereda. Bolivianos entrados en a�os que llegan en viejos autos colmados de familiares para abrir puestos de venta. La discreta feria de pueblo andino crece bajo la vacilante luz de focos alimentados por energ�a el�ctrica tomada de los postes.Cassetes de m�sica boliviana cubren mesas plegables de alum�nio en cuanto est�reos port�tiles pregonan los �ltimos �xitos de La Paz. Dentro la plaza misioneros evang�licos sermonizan en espa�ol por micr�fono a audiencias atentas de j�venes, alternando con intervenciones animadas de una banda boliviana de rock. En una esquina otros bolivianos se agolpan sobre una barrera de sacos conteniendo granos y tub�rculos andinos para comprarle a una mujer mayor: quinua, ollucos, ocas, trigo seco, ma�z para chicha, queso serrano, charqui, todos tra�dos desde Bolivia.En otra esquina se venden a tres reales fotograf�as de torneos deportivos y encuentros sociales exhibidas en gruesos �lbumes. J�venes bolivianos dan vueltas por la Plaza Par�, pausando frente a los kioskos y las placas puestas por enganchadores coreanos de mano de obra. Apenas si saludan a alguien. Dif�cil saber si entre los miles de bolivianos se conocieron alguna vez.Miran de reojo en busca de un rostro conocido. Un gesto, alg�n vecino en Bolivia. Desde carros estacionados los enganchadores miran el flujo de j�venes bolivianos como Walker y Rub�n, en mangas de camisa temblando de fr�o con los ojos clavados en el movimiento. Cruzan la calzada de golpe para alcanzar a un conocido, se extienden apenas la mano. Nada que decir. Solo una inmensa sonrisa y despu�s mirar el suelo. La vestimenta de los reci�n llegados lo dice todo: acaban de fugarse de un taller de costura. "Hemos llegado juntos," cuenta Walker. "Est�bamos trabajando con el boliviano que nos trajo. Nos ha hecho trabajar seis meses y s�lo peleando conseguimos que nos pague 10 reales a cada uno." A�ade Rub�n: "Nos subimos a un taxi. No sab�amos d�nde est�bamos solo le dijimos al taxista: a la plaza de Par�. Le pagamos todo el dinero. El se�or comprendi� nuestra situaci�n." Rub�n y Walker, compa�eros de colegio en El Alto, hab�an "fracasado" en el examen de ingreso a la Universidad de La Paz a inicios de a�o cuando decidieron acudir al llamado propalado por una radio boliviana ofreciendo trabajo en S�o Paulo con todos los gastos de transporte pagados, casa, comida y sueldo. "Vinimos seis," recuerda Rub�n. "Hemos esperado en la frontera a que sea de noche para embarcarnos. El bus estaba lleno de bolivianos. Llegando nada mas en S�o Paulo, el hombre nos reparti� a otros talleres que estaban esperando. Se qued� �nicamente con nosotros." Walker exclama con ira y desprecio: "Siempre nos dec�a, que le deb�amos. Hemos cosido pantalones, camisas, de todo. El hombre ped�a mas y mas producci�n. Gritaba que no era suficiente, que deb�amos producir mas para poder ganar. En el taller hab�a otros seis costureros bolivianos. Nunca nos dijeron nada, ni quisieron ayudarnos. Ellos s� pod�an salir los domingos." " Se han escapado," corta otro boliviano, quien los conduce a una esquina poco iluminada donde cuelgan pedazos de cart�n sobre los que se ha garrapateado ofertas de trabajo. Los lleva hacia un coreano que extiende hojas arrancadas de una libreta sobre las que est�n escritas a mano, la direcci�n y el tel�fono de su taller." El coreano no habla el castellano," explica a los j�venes un boliviano al servicio del coreano. "Tienen que ir al taller para tratar las condiciones." Hay otras manos extendiendo hojas entre ellas las de dos mujeres coreanas muy bien vestidas, tambi�n un brasile�o. Los dos amigos reciben las hojas y sus rostros se iluminan. No han dejado de tirititar de fr�o. Deben tener no m�s de 20 a�os, apenas alcanzan el metro sesenta y viv�an en un barrio de El Alto en La Paz. Nunca pudieron comunicarse con sus padres. Walker tiene en el bolsillo del pantal�n un atado de cartas por enviar. El conocido es un vecino a quien nunca hablaron en Bolivia, s�lo se miraban en las ma�anas en el paradero de bus. Deb�a ser un estudiante universitario. El hombre sin nombre los conduce a otro extremo de la plaza donde un grupo dialoga a media voz, bromean, otros se acoplan para observar en silencioso deleite el paso de alguna muchacha boliviana. La escrutan abiertamente, la huelen a la distancia. Durante horas hasta la madrugada la m�sica mantiene un ambiente de fiesta pueblerina en el viejo distrito imigrante del metr�pole. Hacia las 8 de la noche, la plaza est� en su tope de actividad. Rub�n reconoce a una chica vecina suya. Ella pasa, lo mira como si no lo conociera y sigue su camino. A las 11 de la noche, la multitud empieza a ralearse. Las sombras de los coreanos en la esquina forman una presencia m�s pronunciada. "V�yanse con aquel," se�ala el boliviano conocido. "Es mejor un coreano joven, los viejos son tramposos." El carro patrullero que ha permanecido con su dotaci�n de pie afuera, enciende sus circulinas. Se va. Y repican quedas palabras: "Buenas noches, amigo. Chau. Hasta el pr�ximo domingo." Los forasteros se adentran en las calles sin vida. Est�n terminando las horas de libertad que salen a ventilar sus cuerpos las noches de domingo desde las entra�as de la industria de la confecci�n. Muy poco ha cambiado en la herradura de barrios abrazando el centro de la ciudad que ha pasado por el dominio sucesivo de italianos, jud�os y coreanos desde hace 80 a�os. Las viejas casas cubiertas de moho y manchas negras de musgo muerto apenas se diferencian unas de otras. Aparentemente no hizo falta construir nada.Discreci�n y la vela de simplicidad reinan en sus calles plagadas de comercios donde se alimentan las bodegas de cientos de buses sin identidad estacionados por los alrededores, a los costados de innumerables hoteles dedicados al hospedaje de grupos del interior o del exterior, semejantes al hotel de los peruanos, aguardando la tarde para internarse en las venas de Brasil con sus bultos enormes de mercader�as compradas de madrugada en el mercado de la "25 de marzo" y los talleres ocultos de los barrios adyacentes. Trabajar como Chinos Los nuevos due�os bolivianos de talleres han aprendido, refinado y eliminado costos de sus antiguos patrones los coreanos. "Hay que trabajar como chinos" es su lema. Son ellos quienes traen y atraen a j�venes bolivianos a Brasil a trav�s de enganchadores especializados. Venir a Brasil para trabajar como costurero ya es una costumbre muy conocida en Bolivia. Avisos en emisoras bolivianas de r�dio pintan atractivos para reclutas: tres comidas al d�a y cama por cuenta del patr�n, adem�s de un salario 10 veces m�s que el salario m�nimo boliviano. No se exige experiencia ni dominio de la costura. Entre las varias rutas de que disponen, la usual es ir hasta la ciudad oriental de Santa Cruz de la Sierra y desde all� embarcar en el "tren de la muerte" para la larga, caliente y penosa traves�a del Chaco hasta Puerto Su�rez, en la frontera boliviana. Quienes tienen pasaporte piden en Corumb�, en el lado brasile�o, un permiso de entrada de un mes m�ximo. Quienes no lo tienen esperan a que caiga la noche para confundirse entre el tropel de comerciantes y contrabandistas que vienen en buses repletos de mercader�a y viajan con ellos hasta S�o Paulo sin mayores contratiempos en las paradas de control policial. Algunos llegan al gigante terminal de Tiet�. Otros van para pueblos del interior donde tambi�n hay ya talleres bolivianos. Cada patr�n trae sus propios aprendices, algunos por encargo. Los instalan en algunas de las mismas viviendas que antes ocupaban los coreanos. El truco es infundirles miedo por su condici�n de ilegales. A�n cuando ellos tengan pasaporte visado, no consiguen salir a la frontera para prorrogar su visa por un mes m�s. Como hicieron los coreanos con sus semejantes, despu�s con los bolivianos, los nuevos patrones de talleres informales son ilegales; vistos desde el lado de la legislaci�n brasile�a, usando trabajo esclavo. Los nuevos migrantes tienen menos miedo que los anteriores. Saben lo que les puede estar esperando. Y siguen llegando. Los bolivianos due�os de talleres han aprendido de los coreanos a trabajar con todas las ventanas cerradas, subiendo el volumen de las radios, para cubrir el ruido de las m�quinas. Impiden la salida de sus costureros a la calle hasta para comprar un caramelo, imponiendo con promesas de mayores ganancias jornadas de trabajo de lunes a s�bado que empiezan a las 8 de la ma�ana y terminan m�s all� de la media noche, cuando el cuerpo no da m�s. La competencia entre los talleres bolivianos redujoel pago por la costura. Cosen por encargo. Buscan los avisos en los comercios de coreanos y reciben peque�os lotes de prendas. Pagan al boliviano no m�s de un real por coser un pantal�n. El boliviano le paga a su costurero 25 centavos. Un T shirt a 30 centavos cada uno. "Es ganancia limpia," dice Sabino Huam�n, hosco tallerista. "Llegan sin saber nada, cosen mal y ni idea tienen de lo que cuesta manejar un taller. Ni para hacer un sindicato sirven. A qui�n van a reclamar?" Las enfermedades del oficio pueden causar una paulatina perdida de visi�n. Los materiales que m�s afectan la visi�n son el color blanco y el negro. Tambi�n sufren de enfermedades de las v�as respiratorias a causa del polvillo de la ropa, dolores en las piernas y problemas de circulaci�n y reumatismo por falta de movimiento, las p�simas condiciones de trabajo y un extendido alcoholismo. Cuando un boliviano se enferma, tiene que costear �l mismo su curaci�n o ir para un hospital p�blico. Al menor indicio de redada policial, trasladan el taller a otro local. Tanto para alejar a los novatos de los dem�s como para eludir una probable sorpresa del fisco, los talleres se han ido trasladando a zonas distantes entre ellas Guarulhos y Guaianases. Quedar poco tiempo en el mismo lugar es siempre lo mejor. Alcanzar el dominio de la costura es una obsesi�n para los costureros porque les permite cambiar de trabajo al instante y tener m�s dinero, que permite el lujo de emborracharse con cerveza en vez de chicha, pagando menos que en Bolivia. El oportunismo y la b�squeda de ganancia r�pida cre� en los coreanos h�bitos que les cuesta superar para alcanzar otros dominios. Un ambicioso proyecto destinado a unir empresas en un consorcio para lanzar su producci�n a los mercados internacionales consigui� el apoyo estatal de la Agencia para la Promoci�n de las Exportaciones con un subsidio por tres a�os a partir de septiembre de 1999, basados en el �xito alcanzado por una empresa que lleg� a efectuar ventas por 300 mil d�lares a Chile. As� crearon la marca "Tropical Spice" como distintiva del Brasil. La primera presentaci�n internacional de los coreanos en Las Vegas en febrero del 2000 fue un salto al desconocido que los priv� de sus pretensiones de grandes industriales del vestido. El mercado internacional exigi� vol�menes de producci�n inalcanzables. Por primera vez en a�os se sintieron rid�culos. Llevaron un cat�logo con 150 muestras. Fueron chocados al recibir los primeros pedidos por 50 a 70 mil unidades a ser entregadas en menos de 30 d�as. Imposible de cumplir, dada la estructura de producci�n en peque�os lotes basada en talleres mal equipados, la mayor parte en manos de bolivianos maquilando en piezas de museo. Regresaron con el rabo entre las piernas. Cuando analizaron los mercados de la moda, nunca pensaron en los volumenes exigidos por la venta masiva. A los talleres coreanos y bolivianos de S�o Paulo faltan m�quinas para producir vestidos de calidad como s� lo tienen los talleres m�s avanzados de Bolivia. Ahogados en grandes estoques de ropa no vendida, utilizando el mismo cat�logo de Las Vegas circulado en la Internet, los coreanos se lanzaron sobre mercados peque�os de Argentina, Uruguay, Paraguay y Chile, sin reparar mucho en la calidad de sus acabados. Mientras tanto, los coreanos han obtenido un cr�dito del gobierno brasile�o para modernizar sus m�quinas. Los talleristas bolivianosno pueden vencer las barreras a su participaci�n en proyectos de este tipo. Una notable incapacidad para actuar en conjunto les impide. Los hijos de Bolivia, tan aptos para organizar en su tierra hasta marchas callejeras de sindicatos de ciegos vendedores de fichas telef�nicas, no consiguen unirse en Brasil. Pero un hotel del centro de S�o Paulo est� siendo copado por comerciantes bolivianos provenientes de El Alto al caer el contrabando de productos brasile�os en la frontera con Per�. La apertura de los mercados pone en duda ahora el viejo dogma geopol�tico de los industriales del sur del Per�: El temor al expansionismo de la producci�n brasile�a que destrozar�a la industria nacional que hizo que los proyectos de integraci�n carretera duerman bajo el encanto de las frases en los discursos pol�ticos y los de la diplomacia. Pero con una industria por los suelos y los mercados saturados de productos importados, querer mantener infranqueable la muralla de los Andes no tiene mas sentido para la industria del Per�. Es un mundo nuevo, ancho y ajeno, que cada vez reconoce menos barreras pol�ticas y naturales. Llegan productos brasile�os al Per�. Llegan inmigrantes peruanos y bolivianos al Brasil. Los gobiernos acaban aceptando las situaciones de hecho. Nuevas formas de comunicaci�n y comercio aparecen. Internet y el transporte barato de avi�n facilitan informaci�n y movimiento. Tambi�n hay otras modalidades. Surge un gran comercio internacional en ropa usada, de los pa�ses ricos hacia los pobres. Otro comercio trae carros usados japoneses al Per�. En Tacna, ciudad peruana fronteriza con Chile, unos 300 comerciantes pakistan�es se han establecido, vendiendo un mill�n de carros japoneses en los �ltimos cinco a�os. Las barreras nacionales son ahora m�s porosas. La riqueza se distribuye por canales propios. Este es el sentido mayor de la globalizaci�n. Albino Ruiz Lazo es investigador del Instituto Fernand Braudel de Econom�a Mundial en el Peru. ALgunas ilustraciones de este ensayo son copiadas de tejidos andinos.. Copyright 2003 Instituto Fernand Braudel de Economia Mundial _____________________________________________ Lista de discusi�n Aymara http://aymara.org/lista/lista.php _____________________________________________
