El futuro incierto de Paulina Arpasi                                  DE 
VUELTA AL COLEGIO. Paulina Arpasi estudió hasta tercero de secundaria en este 
colegio, el Instituto de Educación Secundaria Collacacchi. Su madre persistió 
en que se educara antes de formar una familia. 
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secundaria en este colegio, el Instituto de Educación Secundaria Collacacchi. 
Su madre persistió en que se educara antes de formar una familia.";   
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  Norka Peralta Liñán /El Comercio/ Perú
  8 de julio de 2006
   
  CONFESIÓN DE PARTE
Paulina Arpasi fue elegida congresista porque representaba el anhelo de 
reivindicación de la causa indígena. Hoy su labor es criticada por quienes la 
apoyaron, pero ella se defiende


  La congresista Paulina Arpasi habla de sí misma como un descubrimiento 
providencial. Usa la tercera persona para referir aquel hecho maravilloso, el 
de su descubrimiento. "La primera dama (Eliane Karp) descubrió a Paulina en el 
2000, en la lucha por la democracia". En aquel entonces, la parlamentaria tenía 
una carrera política descollante. 
   
  
  Había ocupado la mayoría de cargos importantes en los movimientos indígenas y 
campesinos que existen en el Perú. Era una reconocida líder política del sur 
del país, sin haber militado jamás en algún partido político. Hubiera sido 
sospechoso no fijarse en ella, cuando marchaba en las calles de Lima, enfundada 
en sus polleras, su mantón de manila y su sombrerito de hongo, proclamando un 
gobierno de los cuatro suyos. Ofrecerle luego el cargo de congresista era, 
pues, una consecuencia natural de la reivindicación indígena que pregonarían 
Alejandro Toledo y Eliane Karp, en los inicios de su gobierno. 
   
  
  Paulina, sin embargo, no estaría preparada para ser descubierta. Lo reconoce 
ahora, transcurridos casi seis años de su sobreexposición ante los medios de 
comunicación como un símbolo renovado de las aspiraciones del movimiento 
campesino e indígena. "Quizá me faltó más preparación profesional. Conozco la 
realidad de mis hermanos, pero me faltó saber interpretar las leyes y poder 
expresarme mejor". 
   
  
  En el 2001, esas carencias poco le importaron a quienes apoyaron su 
candidatura y a aquellos que escribieron sobre ella. Lo importante para los 
primeros era que una mujer aimara llegara al poder con el fin de hacer escuchar 
su voz, aletargada durante quinientos años. Era una aspiración genuina, pero 
excesiva, se sabría después. Tras el éxito de Paulina en las urnas, muchos 
--como el sociólogo José Luis Rénique en su libro "La batalla por Puno"-- se 
preguntaban si, al igual que en Bolivia o Ecuador, la reivindicación indígena 
cobraría en el Perú una dimensión política. 
   
  
  A los segundos que se interesaron en Paulina les llamó la atención sus 
polleras y su origen humilde, su hablar de aimara alfabetizada y sus 36 años 
vividos radicalmente distintos a los de una típica campesina: sin pareja, sin 
hijos. Era irremediable que se escribieran varias huachaferías en su nombre. 
"Querían saber qué comía Paulina, si iba a seguir usando polleras en Lima". 
  
  A mediados del 2002, tras su elección como congresista en las filas de Perú 
Posible, se dejó de hablar de ella. Dejó de ser tratada como una estampa 
costumbrista para ocupar, en silencio, su escaño en el Congreso. Al dejar de 
llamar la atención pasó a ser invisible para la opinión pública. 
  
  Y esto último es algo que "sus hermanos", como llama a sus coterráneos, le 
reprochan. "¿Por qué Paulina no habla en el Congreso?, me preguntan, pero les 
he explicado que la bancada de Perú Posible elige a sus voceros para sustentar 
sus proyectos de ley y a Paulina muy pocas veces la eligen". Según los 
cronistas parlamentarios, sus intervenciones han sido escasas. Arpasi se 
defiende diciendo que le son insuficientes los tres minutos que le toca a cada 
congresista para argumentar sus ideas. "Por eso, muchas veces me he sentido 
incomprendida, eso es algo que mis hermanos no saben". 
   
  
  
  
  SUS CONTRADICCIONES
Paulina es una suma de contradicciones. Se cree que es tímida, pero en las 
entrevistas su verborrea es incontrolable. Me está explicando la importancia de 
que su proyecto sobre educación bilingüe sea puesto en marcha por el ministerio 
del sector, cuando dice: "Recuerdo que mi madre me llevó al colegio a los seis 
años", pero de pronto le bulle otra idea: "Mi madre recién fue al colegio a los 
15 años, a los 16 se enamoró y mi papá bandido se la lleva y a los 17 años me 
tuvo a mí", y otra vez retoma la idea inicial: "A los seis años tuve un choque 
cultural porque el profesor me enseña un libro y me dice en español: casa, pero 
yo veo un edificio y en mi comunidad no hay edificios solo hay chocitas. Si el 
profesor me hubiera enseñado el dibujo de una choza y me lo habría dicho en 
aimara yo hubiera entendido. El aprendizaje hubiera sido más fácil". 
   
  
  Parece avergonzada, pero no se inmuta ante las fotos, sabe dosificar sus 
sonrisas y mirar a la cámara. Tiene también una dosis discreta de vanidad que 
la ha hecho operarse la vista para no usar anteojos. Dice que la entristece no 
haber tenido hijos, pero luego arguye que ha sido imposible porque desde los 25 
años no ha tenido tiempo para los novios debido a su activismo político. 
   
  
  Pese a su criticado mutismo, se las ha arreglado para presentar 140 proyectos 
de ley y ha logrado la aprobación de algunas de sus iniciativas como la ley 
para la protección de pueblos indígenas en situación de aislamiento voluntario; 
la creación del Instituto Nacional de Desarrollo de los Pueblos Andinos, 
Amazónicos y Afroperuanos (Indepa); la ley que regula la actividad de las 
trabajadoras del hogar, así como las normas que fomentan la educación para 
niñas de medios rurales y obligan la enseñanza del quechua y el aimara. 
   
  
  Sin embargo, según sus hermanos, estas leyes no han tenido efecto en la vida 
social de Puno. Un vocero de la Federación Campesina de Puno (FCP), movimiento 
que apoyó la candidatura de Arpasi, refiere que desde el día de su proclamación 
como congresista, ella se olvidó de la reivindicación de los derechos indígenas 
y de Puno. Según Arpasi, sus hermanos, esperaban equivocadamente que ella 
ejecutara o patrocinara obras públicas y de desarrollo en las comunidades 
campesinas. "Yo también pensaba en un inicio que podía hacer puentes y 
proyectos de irrigación para mi pueblo, pero ya en el Congreso entendí que la 
labor de los parlamentarios es legislar. No pude hacer las obras que esperaba 
porque los parlamentarios no manejan presupuesto para eso". 
   
  
  
  
  SUS INCERTIDUMBRES
La gente que votó por ella parece no entender esas limitaciones y ahora Paulina 
debe cuidarse las espaldas de la incomprensión aimara. La primera vez que quise 
entrevistarla, el día de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, la 
congresista acudió a votar muy temprano a un colegio de la ciudad del 
Altiplano. Un grupo de personas, simpatizantes suyos, vigilaba la cola que hizo 
para ejercer su voto, después salió volando por la puerta trasera del local de 
votación y se guareció en el asiento trasero de una station wagon, en medio de 
dos vigilantes particulares. 
   
  
  Al vuelo me citó en una oficina descentralizada de su despacho de 
congresista, pero antes de llegar al lugar me explicaron que la cita quedaba 
pospuesta para el día siguiente, pues se temía que la gente fuera a protestar a 
esa oficina. Durante la primera vuelta de las elecciones había recibido algunos 
insultos mientras votaba. 
   
  
  El futuro político de Paulina Arpasi, con casi 40 años, es incierto. Piensa 
volver a la dirigencia de la FCP, incluso ha adquirido un terreno para que este 
movimiento tenga local propio, pero antes deberá resolver algunas rencillas con 
las nuevas dirigentes de esta agrupación. La acusan de haber frustrado las 
aspiraciones políticas de otras mujeres aimaras. 
   
  
  Alberto Quintanilla, líder del partido socialista Poder Democrático Regional 
(PDR), que también apoyó su postulación al Parlamento, es radical al especular 
sobre el futuro de la aún congresista: "Las expectativas fueron grandes y el 
fracaso también. La desaprobación a su labor es tal que estimo que deberán 
pasar muchos años para que vuelva a contar con la aprobación de los 
campesinos". Entre esas expectativas --explica Quintanilla-- estaban la 
creación de una banca de fomento y protección al campesino, la formación de un 
instituto de promoción de la cultura aimara y la aprobación de una ley que 
protegiera las propiedades campesinas, principalmente. 
  
  A punto de culminar su labor como congresista, visita dos veces por semana 
las aulas de la Pontificia Universidad Católica, donde cursa Estudios Generales 
antes de ingresar a la Facultad de Sociología. Es probable que en los próximos 
cinco años resida en Lima, pues quiere fiscalizar la labor del Indepa; sin 
embargo, no sabe aún si volverá a Puno y si intentará algún cargo político. 
Prefiere no hacer planes aún o, por lo menos, se abstiene de decirlos con la 
verborrea que la caracteriza en las entrevistas. 
   
  
  Cuatro años atrás vaticinó que en el 2006 unas 25 a 30 Paulinas llegarían al 
Congreso. Su pronóstico no fue exitoso. Ningún indígena ocupará su curul en los 
siguientes cinco años. Por eso, Paulina calla ahora. Ha aprendido la lección.




                                 
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