La conquista en aimara
ORGULLOS. Vinieron de Unicachi, en Puno, en busca de la tierra que nadie les
prometió. Empezaron vendiendo (y viviendo) en La Parada y ahora tienen un
consorcio
empresarial que mueve millones. Las generaciones más jóvenes
tratan de recuperar su cultura e idioma
Por Mayra Castillo
El Comercio, 23-10-06
Vivía en un cuarto de dos por tres y en medio de La Parada. Así llegué a
Lima, a los 16 años, donde unos parientes de Unicachi. La zona era terrible,
más peligrosa que ahora. Aprendí castellano a la fuerza y el aimara lo usaba
solo con mis paisanos. Era huérfano. Todos vendíamos cosas distintas en La
Parada. Yo ofrecía charqui y especias; y había pocos puneños. La gran mayoría
de comerciantes era de Huarochirí. Después traje a mi hermano Juan Pastor
Aruata y a su hijo Édgar, que ahora es abogado. Así veníamos todos, a trabajar
de lunes a domingo para juntar plata, mejorar y salir del atraso. Los de
Unicachi logramos que nuestro pueblo dejara de ser caserío y fuera distrito. Si
alguna vez nos dijeron ignorantes, nunca nos achicamos. Tenemos un consorcio,
locales propios y formales. Ya no agarramos pistas ni veredas. No invadimos
mercados, como Herminio Porras, en Santa Anita.
Unicachi nos dio un nombre, nos unió y nos fortaleció.
La Ciudad de los Reyes, los Quispe y los Mamani, a fines de los años 60,
sería también la Coronada Villa de los Aruata, los Yapuchura y los Ticona.
Lima, la megalópolis habituada a tragarse culturas ancestrales, los amenazó con
quitarles su amor por el chuño, la diablada y la lengua aimara. La pérdida
paulatina del idioma ha sido el golpe más duro. Ellos se defienden con un arma
infalible: el desarrollo económico. El dinero, a veces, es más poderoso que
lapalabra.
Las familias unicachinas en Lima fueron la higuerilla que Julio Ramón
Ribeyro veía crecer "al pie del acantilado, en el canto rodado, en el desmonte,
alrededor de los muladares". La Parada siempre fue el caos de los olores de
verdura y carne que agoniza. Allí, agarrándose de la> necesidad, los aimaras
fueron copando calles y veredas hasta que su> geométrico crecimiento --basado
en una ancestral inclinación por el> comercio-- los obligó a formalizarse.
El Supermercado Unicachi, ubicado entre los jirones Hipólito Unanue y
Sebastián Barranca, en La Victoria, los vio multiplicarse y ahora es un sueño
de concreto de 5 mil metros cuadrados. Aquí se vende de todo desde las 4 de la
mañana. En un puesto de sillas blancas de plástico, varios unicachinos cuentan
cómo comenzó todo.
Mi padre, Benjamín Suxo, vino a Lima varias veces a vender chalona y me traía
con él, cuando era chico. Veía cómo la gente estudiaba y me dieron ganas de
superarme. Llegué a los 15 años y terminé la secundaria. Estudié Educación en
la Universidad Federico Villarreal. Ahí decía que era piurano y no puneño,
porque creían que éramos demasiado atrasados. Fue fácil: tenía la piel quemada
y el pelo lacio. Así me integré, obligado por la marginación. El aimara nunca
lo dejé de usar, con mis amigos reímos y bromeamos en nuestra lengua (y también
nos decimos cosas discretamente). Dejé de negarme cuando se creó la Asociación
Distrital Unicachi, en 1982. Los jóvenes entendimos por qué teníamos 'mote':
porque el alfabeto aimara tiene solo tres vocales y no cinco
Don Esteban Cabrera, a sus 60 años, mira hacia atrás y recuerda su primera
meta: hacer una escuelita en Unicachi, para que menos niños caminasen horas
hasta otros distritos que sí tenían colegios. Juntaba dinero con sus paisanos
para mandar calaminas, puertas y sillas. "Era un capricho y al terminarla
pedimos resolución ministerial", dice. Las canciones en aimara cantan del metal
que hace brillar tu casa bajo el sol. El zinc es el oro de los campesinos con
frío. La plaza de armas, la posta médica y las carreteras de Unicachi llegaron
por añadidura. La generosidad de una población nostálgica que, en el fondo,
pensaba> que el progreso bajo el cielo plomo de Lima los haría volver con la
frente en alto para mirar otra vez el azul.
La Asociación Distrital Unicachi, encargada de estas obras, consiguió que el
antiguo caserío se volviese distrito. Un lejano 18 de mayo de 1982. Una fecha
que se une a las festividad de San Pedro y San Pablo (29 de junio) y al mes de
la Virgen Candelaria (todo febrero). En Lima mostraron sus danzas al resto de
provincianos, celebraron sus fiestas desde lejos. Ahora pueden darse el lujo de
alquilar una caravana de> ómnibus Civa para ir al terruño a festejar.
El móvil cultural duró años y motivó que las chicas de la segunda generación
mostraran sus risas, sus trajes brillantes de lentejuelas, sus botas y sus
faldas cortas. Todo seguiría más o menos igual, si no fuera porque la
Municipalidad de Lima anunció, en los años 90, que desalojaría a los ambulantes
de calles y veredas. Es más, se habló de> trasladar el Mercado Minorista a otra
zona de Lima. "¿Qué les vamos a> dejar a nuestros hijos?", se preguntaba
Crispín Yapuchura, un líder unicachino ya fallecido.
Se reunieron 29 socios y compraron un terreno en Caquetá, a 720 mil dólares.
Los hijos profesionales de la segunda generación ayudaron en> los papeleos y el
saneamiento legal. Tres años después (y con la colaboración de más unicachinos)
adquirieron siete hectáreas más en el km 22 de la Panamericana Norte. Les costó
US$2,4 millones. Pronto, el Grupo Mercantil Unicachi decidió que podía comprar
tres hectáreas aledañas (US$1,6 millones más) para crear, a largo plazo, un
mercado mayorista para el Cono Norte.
La idea era simple, pero compleja: reunir a todos los unicachinos
desperdigados por la capital para ofrecerles la formalización. La idea era
seguir comprando, vendiendo y volviendo a comprar.
Era chiquito cuando Unicachi se hizo distrito. Antes entendía el aimara y lo
hablaba hasta antes de la universidad. Ahora tengo un nivel básico nomás. Mi
abuelita no sabía nada de castellano. Mis raíces son puneñas, aunque me llame
Juan Carlos Cabrera Laurente y pase 'piola'. Estudio Ingeniería Industrial en
la Universidad de Lima. Allí tomaré lo bueno de esos grupos de poder. ¿Si he
sufrido racismo? Si alguna vez lo sentí, no le di importancia. Al contrario:
siempre participo en clase, intervengo. Si te quedas callado, pasas>
desapercibido. No existes.
Carolina es hermana de Juan Carlos. Ella tiene 22 años y él 25. Ella estudia
Derecho en la Universidad de Lima. Es la misma carrera que su padre pudo haber
seguido en Cartagena, pero que cambió por el negocio. Carolina habla muy poco
aimara, aunque es una de las principales reorganizadoras de la Asociación
Distrital Unicachi, casi desactivada en medio de la vorágine económica de la
comunidad limeña. "Somos 25 jóvenes profesionales que queremos rescatar nuestra
cultura, definir nuestra identidad con nuestros bailes, nuestras comidas. Si se
puede activar el deseo por aprender el aimara, sería genial", agrega.
El Perú es el segundo país con la mayor cantidad de hablantes aimaras, luego
de Bolivia. Los estudios de Cerrón-Palomino, del año 1987, detallan que hay más
de 350 mil personas que hablan aimara. A diferencia del quechua, el aimara no
tiene chance de ser otro idioma oficial. Felizmente, hay ejemplos que devuelven
la confianza en que el aimara subsistirá, pese a todo. Doña Flora Coarita (47)
y su hija Norma Ticona (26) hablan en aimara casi todo el día. Su enorme casa
de cuatro pisos, en Santa Anita, tiene la austeridad de quien no busca> los
espejos ni el mármol.
Norma estudia Ingeniería Económica en la UNI y se ríe cuando su mamá le
habla de casarse con un puneño. "Que sea puneño no asegura que sea un buen
hombre", se ríe. Las cuatro hermanas Ticona Coarita aprendieron aimara en las
vacaciones que pasaban en Unicachi. Solo el hermano menor, de 14 años, se
resiste a la costumbre familiar. "¿Mamá, por qué hablas en aimara? Es feo, qué
dirán mis amigos, me dice mi hijito. Pero yo no puedo olvidar mi idioma y no
quiero que desaparezca. ¿Después, cómo te creen que eres de Puno?".
Tanto Norma como los hermanos Cabrera enfrentan una tara distinta. Aquella
que últimamente asocia la violencia con la sangre de sus ancestros. Ilave es un
capítulo que a Norma le da la oportunidad de reflexionar sobre las carencias de
sus paisanos. Para Carolina y Juan Carlos supone un reto demostrar que ellos
son algo más que rabia y frustración.
Mi esposa es limeña y mi hija tiene 1 año y 10 meses. Mi pareja no entiende
nada de aimara y eso es un problema. No sé cómo haré con mi hijita, porque la
mamá es siempre la que enseña el idioma. Yo aspiro a que ella se sienta
orgullosa del origen de su padre. Sus abuelos podrán fortalecer eso. Por eso,
una de nuestras metas es hacer un> colegio, bueno y privado, en el que se hable
castellano, inglés y aimara. No podemos esperar que el Estado haga algo por
nuestra cultura.
El éxito de los unicachinos --colectivo y absolutamente territorial-- ha
desempolvado orgullos dormidos en la comunidad aimara. Ha multiplicado su
influencia en las generaciones más tiernas. Y ha> generado envidia en sus
competidores (quienes los acusan de> defraudación tributaria o de
narcotráfico). Ellos se defienden con una sonrisa, arrugando sus caras
tostadas. Se defienden con proyectos. "La meta es tener un Metro, un Plaza Vea
donde exista una sola administración. El esquema de los puestos individuales
fue solo el primer paso", apunta Édgar Aruata, gerente general de la
Corporación Unicachi. Si el dinero no compra la felicidad, al menos permite
que> soñar no cueste tanto.
SEPA MÁS
* El aimara se habla en las zonas altiplánicas de los departamentos de Puno,
Tacna, Moquegua y Arequipa.
* Incluyendo el quechua y el aimara, el Perú tiene 43 lenguas nativas.
* El idioma del Altiplano, a diferencia del quechua, no es oficial.
* Según Carmen López, oficial de educación de Unicef, los bajos resultados en
comprensión de lectura de los colegiales peruanos están directamente
relacionados con la falta de visión intercultural en las escuelas.
Guillermo Vásquez Cuentas
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