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Boletín Virtual No 179, Año 6. Febrero de 2007.

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BENI: EL NIÑO POLITIZADO

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Por: Edgar F. Izurieta Guayacuma (*)

 

 

El fenómeno de El Niño, un síndrome climático que se caracteriza por cambios
cinéticos erráticos en las corrientes de aire, es un evento que muchos
estudiosos calculan se viene produciendo desde hace miles de años atrás. En
la región amazónica boliviana de la cual forman parte los llanos mojeños,
este evento se manifiesta en la formación intensa de nubes; lluvias
prolongadas que provocan serias inundaciones; baja presión atmosférica y
períodos de alta humedad entre otras características más.

 

Para citar “Los Niños” más recientes que afectaron gravemente a la región y
al país en su conjunto, basta mencionar los producidos en los años 1982-83 y
los de 1997-98. En la memoria de muchas familias indígenas asentadas a
orillas del Mamoré y sus afluentes, aún queda el recuerdo de este último:
“No habíamos visto una crecida del río como ésta desde que pasó lo mismo
hace diez años… y va a seguir aumentando el agua”.

 

La seguridad con la que realizan estas predicciones hace pensar que el
fenómeno no les fue indiferente, ni a ellos ni a sus antepasados y por eso
construyeron complejos sistemas para contrarrestar sus efectos. De hecho
queda mucho por investigar en el tema de las grandes construcciones
hidráulicas (lomas y terraplenes) realizadas por los antiguos pobladores
mojeños, pero una cosa es segura, la toma de previsión y el grado de
organización requerido para hacer frente a este tipo de desajustes
climáticos se convierte en una evidencia clara de la civilización existente
antes de la conquista española. El indígena mojeño se adaptó al medio no
exento de inundaciones y le supo hacer frente con tecnologías por ahora
olvidadas. Sólo quedan ruinas de la inmensa tecnología desplegada por los
antiguos mojeños para hacer frente al entorno que la mayor parte de las
veces se les mostraba hostil y adverso.

 

Sin embargo, ante el inminente riesgo de desastres que hoy asola la región,
el evento climático se va transformando lamentablemente en un elemento de
construcción discursiva politizada debido a la evidente polarización en la
que se debate el sistema político nacional, pero además se lo está
utilizando para defender intereses sectoriales, como el acceso al derecho
propietario sobre la tierra.

 

En este contexto, el fenómeno de “El Niño” no debe ser argumento para pedir
o para justificar la posesión de grandes extensiones de tierras, porque el
hacerlo afecta diametralmente a la población indígena que también reivindica
esos mismos espacios territoriales. Es cierto que el sector ganadero sufre
hoy las consecuencias de un desastre natural, pero no es menos cierto que el
sector indígena también sufre la devastación de forma más dramática, ya que
en muchos casos estamos ante una economía frágil de subsistencia que con
anterioridad está siendo afectada por la pérdida sistemática de sus espacios
territoriales.

 

Siempre habrá inundaciones en el Beni, y hoy como antes se tendrá que lidiar
con el fenómeno de El Niño encarando la problemática más allá de los efectos
coyunturales, como antaño lo hicieron los moradores originarios y ahora
deben hacerlo tanto el gobierno departamental como central.

 

Lo que no debe permitirse ahora ni en lo posterior es que eventos
climatológicos de este tipo sirvan de justificativos para fortalecer
visiones de desarrollo que muestran de manera dramática sus limitaciones,
restringiendo las posibilidades de ampliar las potencialidades de diversos
sectores que tienen otras formas de producción, de entender la vida y de
disfrutar de la naturaleza.

 

Si partimos de premisas inadecuadas, no solo que no estaremos mitigando el
sufrimiento de las personas que tanto nos conmueve, podríamos incluso
reproducir condiciones estructurales de pobreza que mostrarían su verdadero
impacto a mediano y largo plazo. No se busca minimizar el impacto de las
últimas inundaciones, se trata de llamar a encontrar soluciones que
incorporen esta característica natural de manera que cada año aminoremos el
sufrimiento que acarrea.

 

(*) El autor es politólogo en CIPCA Beni.

 

 

 

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