EN EL PERU, UN PERRO VALE MAS QUE 123 INDIOS ‏ MASACRADOS POR LOS MILITARES EN 
PUTIS, HUANTA - AYACUCHO
                                                                      
(Recopilado del autor con nombre reservado)
 
Es ampliamente conocido el caso de un congresista del denominado Partido 
Nacionalista  que mató con una escopeta a la mascota de su vecino, un perro al 
que llamaba  "Matías." El caso ha sido descrito y tratado desde todos los 
ángulos posibles por los medios de comunicación, y  como no podía ser de otra 
manera por la clase política nacional siempre lista para obtener réditos. 
La indignación, identificación y solidaridad de la ciudadanía limeña con los 
dueños de "Matías" ha resultado proporcional a la cobertura que tuvo la muerte 
violenta del pobre animal.  
 
Casi en simultáneo con el caso del perro asesinado, se ha descubierto una fosa 
común en uno de esos ignotos parajes de las serranías denominado Putis, en la 
provincia de Huanta, departamento de Ayacucho.  En aquella fosa común y en los 
alrededores se han encontrado hasta el momento los restos mortales de ciento 
veintitrés (123) seres humanos entre los cuales de  diecinueve (19) niños y 
niñas (algunos menores de dos (2) años) y de  mujeres en avanzado estado de 
gestación. 
 
La cifra podría subir a unos cuatrocientos (420) según informaciones aún no 
confirmadas. Los restos hallados en la fosa datan de 1,984. Este es un hecho 
absolutamente verificable que la cobertura, la importancia, la trascendencia  
que los medios de comunicación escritos, radiales y televisados  han otorgado a 
este luctuoso suceso ha sido  significativamente menor que la muerte del perro 
"Matías"ocurrido en Lima. 
 
¿Y las autoridades peruanas cómo han reaccionado? 
 
Ni una frase, ni un comunicado, ni un pronunciamiento frente a la barbarie. 
Nadie asume responsabilidades institucionales. No hay mea culpa ni se ofrece 
desagravio alguno. El Presidente de la República tan locuaz él que en sus 
últimos desvaríos mentales anda hablando cada día estupideces de calibre mayor, 
como proponer a Lima "como sede de las Olimpiadas del 2,016"  y que afirma  que 
"estamos en el umbral de convertirnos en un país del primer mundo"  ha callado 
en siete idiomas. 
 
Ciertamente tocarle a García este asunto equivale a mencionar la soga en casa 
del ahorcado. Como es ampliamente conocido  el  verborreico compulsivo y 
cleptómano mandatario supera largamente si de genocidios hablamos nada menos 
que a un sujeto de la calaña y prontuario del delincuente Fujimori. De otro 
lado el  infeliz pobre diablo que funge de Ministro de  Defensa  que es el 
llamado a dar explicaciones al país a nombre de eso que se llama "estado 
peruano" ha salido con las usuales y vacuas fórmulas de la hipocresía: "El 
Gobierno no puede romperse las vestiduras ni pedir perdones por algo que no ha 
hecho. Cuando el fiscal nos solicite información, se la entregaremos", 
 
Claro, el pobre diablo ha reaccionado a la altura del racismo del que en otras 
ocasiones  ha hecho gala. Recuerden sino la ocasión cuando siendo Embajador del 
Perú en los EEUU le preguntaron por la posibilidad de someter a consulta 
popular la firma del TLC con EEUU, a lo cual el pintoresco y sebáceo respondió 
haciéndose el gracioso: "¿Desde cuando a las llamas, vicuñas se les consulta?"
 
En cualquier latitud del mundo civilizado una respuesta de esta naturaleza 
hubiese significado su defenestración del cargo y su entrega enmarrocado a las 
autoridades judiciales…pero, claro,  estamos en el Perú y estas licencias que 
se toma el ministrito  son funcionales al estado de cosas.
 
 Pero volvamos a Ayacucho, a Huanta, a Putis. ¿Qué cosas ocurrieron allí? ¿De 
quiénes son aquellos restos humanos? En 1983 Huanta estaba controlada por 
"Sendero Luminoso". 
En junio de aquel año el teniente gobernador de Putis fue asesinado por una 
columna senderista. En agosto y septiembre asesinaron, en un poblado vecino 
llamado  Cayramayo,  al teniente gobernador, al agente municipal y a varios 
dirigentes comunales.  
 
Estos hechos obligaron a los comprensibles y aterrorizados pobladores del 
caserío de Putis a vivir a salto de mata, escondidos en los cerros junto con 
gente de otras comunidades asoladas por las huestes de Abimael Guzmán. Pasó más 
de un año hasta que en noviembre de 1984 las autoridades del estado peruano 
ordenaron instalar una base militar en Putis. Los militares de la base 
invitaron a los comuneros a vivir nuevamente en el caserío de Putis y quedar 
bajo su protección.
 
Mostrándose amigables les pidieron que trabajasen cavando la tierra para 
construir allí una piscigranja que ayude al desarrollo de la comunidad. Lista 
la fosa y luego de masacrar a golpes de culata a los varones y violar 
sexualmente a mujeres y niñas los asesinaron a tiros y enterraron en la fosa 
que supuestamente iba a servir para construir la piscigranja. Pensaron haber 
eliminado a todos los testigos. Según las investigaciones de la Comisión de la 
Verdad y Reconciliación Nacional (CVR) existen indicios de que el motivo del 
genocidio no fue tanto la exterminación de probables senderistas sino el robo 
del ganado que poseían las comunidades y que luego de consumada la masacre fue 
comercializado en otro pueblo de la zona denominado Marccaraccay.
 
Las víctimas de este genocidio, huelga decirlo eran indios, quechua hablantes, 
campesinos y pastores,  analfabetos, gente que vive crónicamente en la pobreza. 
Y ser indio, quechua hablante, analfabeto y pobre en el Perú desde el siglo XVI 
hasta la fecha significa pertenecer a una difusa categoría de antropoide 
inferior a la de ciudadano, a la de ser humano. Esto ocurre paradójicamente y 
para mayor escarnio en un país en que el 30 % de la población es india y en que 
en otro 65% de la población predomina, con absoluta notoriedad en piel, rasgos 
y rostros la vieja sangre indígena.
 
No está demás recordar que en aquella época el actual Cardenal José Luís 
Cipriani era el Obispo de Ayacucho. Este cura fascista y miembro más destacado 
del Opus Dei en el Perú había hecho poner  en la puerta del local de la 
prelatura de Huamanga un cartel que rezaba: 
 
"No se reciben denuncias relativas a los derechos humanos y desapariciones" 
 
Esto lo hizo con el propósito de encubrir y evitar la presencia molestosa de 
humildes pobladores que iban a solicitar la ayuda de la iglesia reclamando por 
sus familiares desaparecidos. 
 
Volviendo al tema central, lo novedoso en el siglo XXI es que la categoría a la 
que ha sido reducido el indígena por la sociedad peruana, por su élite 
económica, social y política  viene siendo superada en valoración, por los 
perros. Y esta apreciación no es una exageración producto de una mente 
afiebrada o en estado de alucinación inducida.
 
Hace algo más de un año atrás un perro de raza Rotwailer, llamado LAY FUN, 
despedazó y mató a un delincuente de poca monta, a un muerto de hambre que se 
defendía del hambre robando. El tipo entró una noche a un local, a una cochera 
en el centro de Lima a robar y, para desgracia suya se encontró con LAY FUN, el 
perro guardían que lo hizo literalmente  leña, despedazándolo a dentelladas y 
acabando con su vida. No se llegó a establecer, hasta donde alcanza el 
conocimiento la identidad del ladronzuelo: era claro, pobre, sin educación 
alguna, seguramente fue el adulto de alguno de esos niños de la calle que 
empezaron a pulular en la década del 80, naturalmente de "color modesto" como 
el 95 % de peruanos. 
 
Nadie se compadeció de él. Fue arrojado en la fosa común del cementerio El 
Ángel. De quien sí se compadeció los medios de comunicación masivos y lo 
elevaron  casi a la categoría de héroe nacional fue del perro LAY FUN,  ante la 
eventualidad de que fuese sacrificado. La lobotomizada sociedad peruana cuya 
alma es cautiva de la estupidización a la que es sometida por la televisión, 
radio y prensa se movió en la dirección que a control remoto le señalaron los 
medios. 
 
Las manifestaciones a favor y pro vida de Lay Fun se multiplicaron. Las marchas 
hacia el "palacio de justicia", al "congreso de la república" no se hicieron 
esperar. Los reportajes televisivos, la cobertura de la prensa, las 
declaraciones de toda la fauna política hicieron del perro un cuasi prócer de 
la nación.
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