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Subject: La libertad 
Date: S�bado 12 de Septiembre de 1998 08:54 AM

LA LIBERTAD.


�La Libertad, Sancho, es uno de los m�s preciosos dones
que a los hombres dieron los Cielos; con ella
no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra,
ni el mar encubre; por la Libertad, as� como por la Honra,
se puede y se debe aventurar la vida.�
Miguel de Cervantes.


LAS DOS GRANDES PERSPECTIVAS SOBRE LA LIBERTAD.


El problema de la libertad ha solido plantearse de dos maneras inconexas,
sin preocuparse excesivamente de ponerlas de acuerdo, menos a�n de
derivar
una de otra, o ambas de una ra�z com�n. La filosof�a -y la teolog�a- se
han
ocupado largamente del tema de la libertad humana, o de la libertad del
hombre como tal; de lo que podemos llamar su libertad personal. Las
disciplinas pol�ticas y sociales, y quiz� todav�a m�s la pr�ctica
pol�tica,
han reivindicado las diversas libertades de que el hombre puede gozar
como
miembro de una sociedad o comunidad pol�tica, digamos como ciudadano; y
secundariamente de la libertad de una sociedad en su conjunto, de la
libertad de un pueblo, pa�s o naci�n. Pronto se ha visto que la llamada
libertad �pol�tica� no es simple ni un�voca, que tiene muchos
condicionamientos, que a su vez se articula con otras libertades:
econ�mica, social, etc. Pero rara vez se ha establecido una conexi�n
adecuada entre las dos grandes perspectivas sobre la libertad. De lo cual
la v�ctima probable ha sido, naturalmente, la libertad misma.


La cosa es a�n m�s aguda. Resulta, parad�jicamente, que las ideolog�as
teol�gicas (y a veces filos�ficas) que m�s en�rgicamente han afirmado la
libertad �esencial� del hombre han descuidado lamentablemente las dem�s
libertades, por lo visto menos esenciales, las que se refieren a su vida
efectiva sobre la tierra, en sus relaciones con los dem�s hombres, en su
capacidad de proyectarse y decidir dentro de la sociedad. A lo largo de
la
historia hemos visto c�mo los que profesaban el cristianismo y se
proclamaban solidarios de una concepci�n que afirma sin restricciones la
libertad humana no han tenido reparo en apoyar -o promover- diversas
formas
de opresi�n pol�tica: el absolutismo, la teocracia, las dictaduras.


Por otro lado, la libertad no se cae de la boca de muchos que profesan
ideolog�as seg�n las cuales el hombre no es libre, est� determinado
biol�gica, social o econ�micamente, la libertad es una ilusi�n. Sin
embargo, hablan de libertad, la reclaman con insistencia, se quejan de su
falta, proponen como ideal la �liberaci�n� -que previamente han declarado
imposible, que est� excluida radicalmente de su concepci�n del hombre.


�Mala fe por ambas partes? Sin duda. La inconsecuencia es palmaria.
Mientras, de un lado, se concede al hombre una libertad �ntima,
fundamental, que en modo alguno puede perder, se lo priva de las
libertades
concretas en que esa libertad podr�a manifestarse y realizarse, de las
que
constituyen el contenido efectivo de su vida. De otro lado, se intenta
convencer al hombre de que todo est� determinado y a la vez,
t�cticamente,
se invoca una libertad contradictoria. 


Uno se pregunta c�mo esto puede suceder; c�mo los hombres aceptan estos
dos
falaces complejos de �ideas�. C�mo no invitan a los que proclaman la
libertad humana a extraer las consecuencias de ello y dejar que el hombre
viva libremente sobre la tierra. No se comprende tampoco c�mo se admite
que
reclamen la libertad los que no creen que pueda existir y, cuando
dominan,
se encargan de que en modo alguno exista.


Pero la mala fe nunca es una explicaci�n satisfactoria por lo menos no es
suficiente. Los fen�menos sociales son muy complejos. La mayor�a de los
hombres viven apoyados en un sistema de creencias cuya conexi�n no es
intelectual, sino vital; la incoherencia l�gica rara vez es descubierta;
se
apoyan alternativamente en convicciones que se excluyen, pero cuya
exclusi�n no les es patente. Si no fuera as� la manipulaci�n de los
hombres
ser�a muy dif�cil. 


A la hora de ejercer la m�xima responsabilidad, que es vivir, es cuando
se
ponen a prueba todas las ideas, y de las falsas, incoherentes,
contradictorias, suplantadoras de la realidad, no se puede vivir. Las
vidas
individuales de tantos hombres de nuestro tiempo quedan en descubierto,
fracasadas, no ya en su realizaci�n (esto en alguna medida es inevitable)
sino en sus proyectos. No es que el hombre no llegue a ser lo que quiere,
sino que descubre que no ha querido -no ha podido querer- lo que cre�a
que
estaba queriendo. Y es que como dice una copla de esta vieja tierra del
Sur: �T� quer�as irte / y no te marchabas. / Yo quer�a irme, / pero me
quedaba�.


Francisco Arias Solis
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