Eduquemos a los hijos de los "hippies"

Por Carlos Alberto Montaner

Madrid - A mediados de los a�os sesenta Occidente se llen� de unos j�venes airados, vestidos de harapos, gre�udos, generalmente desaseados, adictos a la marihuana y a formas orientales de espiritualidad. Fueron los hippies. La consigna que entonces esgrim�an era: "�Hagamos el amor y no la guerra!". El uniforme -jeans agujereados, telas toscas y sandalias- constitu�a una elocuente declaraci�n de principios: "No nos gustan las formas convencionales de convivencia impuestas por el establishment; nosotros somos distintos. Somos �ticamente superiores".

�Por qu� se cre�an distintos y mejores? Porque se autopercib�an como gente pac�fica y desinteresada, ajena a la codicia que mov�a al mundo capitalista. Pero esa interpretaci�n de sus motivaciones tambi�n conten�a otra lectura un tanto parad�jica: "Me interesan mi felicidad personal y mi mundo interior; el desarrollo y el alivio de los m�s necesitados no constituyen el objetivo de mis protestas". Incluso el pacifismo que esgrim�an ten�a una connotaci�n comprensiblemente ego�sta: "Que se maten otros; no jueguen con mi vida".

Y as� fue: muchos hippies se internaron en comunas dedicadas a cultivar formas de interrelaci�n m�s o menos simples y buc�licas, en las que ensayaron diversos modelos familiares. En algunas de ellas el D�a de los Padres acab� siendo una ceremonia confusa y abigarrada. Casi nunca llegaron a producir lo necesario para alimentar al grupo. Poco a poco la terca realidad las fue disolviendo.

En Praga, hace pocas fechas, como antes en Washington o en Seattle, han vuelto a aparecer los hippies. Ya no son los de los sesenta, sino sus hijos y nietos. Los de los sesenta, padres y abuelos, hoy est�n m�s preocupados por el reuma, los vaivenes de la bolsa y la cercan�a de la jubilaci�n. Casi todos se han cortado el pelo -a muchos se los ha cortado la alopecia areata- y forman parte exitosa del otrora odiado establishment. De aquellos a�os s�lo les queda la nostalgia y, en general, una actitud amablemente tolerante. Poco m�s.

Sus descendientes ideol�gicos, en cambio, son otra cosa. La apariencia no es muy distinta: pelambre generosa, camisetas del Che, jeans mordidos en las rodillas. Pero el grito de combate ha cambiado. El nuevo, parido tras el fin de la guerra fr�a, es contra el capitalismo: "�Hagamos el amor y no la empresa!" Protestan contra el Banco Mundial y contra el Fondo Monetario Internacional, pero no exactamente por la labor de estas instituciones -evitar las quiebras de los pa�ses y las devaluaciones en cadena o facilitar pr�stamos para el desarrollo-, sino porque tanto el BM como el FMI se les antojan como los emblemas de la desigualdad social planetaria.

La nueva generaci�n de hippies no quiere que haya pa�ses ricos como Estados Unidos, con una renta per c�pita anual de treinta mil d�lares, y pa�ses miserables como Alto Volta, que apenas alcanza los setecientos. En suma: estos hippies se parecen a sus antepasados en el atuendo y en el desprecio al establishment, pero se alejan de ellos en las metas que se proponen. Los viejos hippies quer�an vivir la vida a su despreocupada manera. La verdadera me generation, la "generaci�n-yo", no fue la de los yuppies, sino la de los hippies. Sus descendientes son reformadores sociales. Quieren un mundo sin diferencias econ�micas, en el que todas las personas sean igualmente pr�speras (o igualmente pobres).

El asunto es que estos muchachos van por mal camino. Si lo que se proponen es salvar de su miseria a los altovoltaicos, mejor es que inviertan los t�rminos de la consigna: "�Hagan las empresas y no el amor!", porque una parte sustancial de la pobreza del Tercer Mundo se debe, exactamente, a la paternidad irresponsable y copiosa practicada por sociedades en las que el tejido empresarial es m�nimo, muy atrasado y apenas productivo.

Lo grave de estos nuevos hippies es que no entienden una palabra de econom�a, y piensan que la riqueza de Canad� se debe a la explotaci�n de Hait�, o que las dificultades por las que atraviesan Ecuador, Bolivia, Guatemala o Venezuela son la consecuencia de la acci�n de los prestamistas internacionales colusionados con el capitalismo y los gobiernos dom�sticos. Lo grave es que estos indignados mozalbetes, con sus pedradas y sus violentas manifestaciones, lejos de contribuir a paliar las desdichas del Tercer Mundo, logran exactamente lo contrario: agravarlas.

Pero quiz�s hay algo a�n peor que eso: escuchar a las autoridades del BM y del FMI excusarse torpemente, pedir perd�n, y ensayar un discurso de humildes pecadores, en lugar de cantarles las cuarenta a esta colecci�n de gamberros, y explicarles con toda claridad c�mo se crea la riqueza y c�mo se malgasta. En otras palabras: desasnarlos. M�s a�n: si estas instituciones, que tanto dinero invierten en programas de educaci�n, quisieran realmente contribuir a la felicidad y el progreso del planeta, en lugar de desertar cobardemente de la batalla en el terreno de las ideas, deber�an crear un curso popular de econom�a, sencillo y dirigido a las grandes mayor�as, para ser difundido masivamente, que les calle la boca de una vez a estos pat�ticos personajes. �Por qu� empe�arse en ello? En esencia, para que estos tipos no sigan perpetuando el c�rculo vicioso de la pobreza.

Octubre 8, 2000

Firmas Press

 

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