Colext/Macondo
Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior
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Hola Calipigita, este escrito me llegó hoy, cortesía de T.Schmidt desde
Saskatchewan; se menciona lo que el muchacho aquel dijo acerca del
experimento ''Mogotes.'' Lástima no haber tenido una copia para la reunión
de anoche con Dick Reavis...
SECCIONES : INFORME ESPECIAL
A los extranjeros que llegan al país lo primero que les sorprende es el
descaro con que los colombianos se pasan los semáforos en rojo después de
las 10 de la noche o la manía que tienen de estar siempre mirando por encima
del hombro para verificar que nadie los persigue. A los colombianos,
acostumbrados a vivir en medio de la inseguridad desde hace años, esto les
parece bastante normal.
Lo que sí asombra a todos es saber que en muchos pueblos la gente duerme con
los tenis puestos por si llegan la guerrilla o los paramilitares y les toca
salir corriendo, cuando no duermen entre matorrales del monte para evadirlos
del todo. O que cada vez es más frecuente que lleven consigo a los
matrimonios o a los escasos paseos cortos que todavía realizan a las afueras
de la ciudad un kit de secuestro: zapatos cómodos, saco abrigado, cepillo de
dientes y un buen libro, por si acaso. O que los siquiatras registren cada
vez más casos de personas que llegan con ataques nerviosos.
"Es un miedo sin esperanza de modificarlo. Como si viviéramos eternamente en
el purgatorio, anhelando un milagro para llegar al cielo pero siempre
suspendidos allí", dice el siquiatra Luis Carlos Restrepo, autor del libro
El derecho a la ternura.
Mientras ocurre el tal 'milagro' algo muy grave está sucediendo ya en
Colombia: el miedo está acabando con los lazos de confianza entre la gente
que, según todos los analistas, es la mayor riqueza con la que cuenta un
país para desarrollarse. "El temor lo que hace en últimas es separar, afirma
la sicóloga Ana Milena Acosta, experta en trauma por violencia. Se traduce
en desconfianza y genera la tendencia más al ataque que al encuentro". Por
eso el miedo que sienten desde el colombiano más pobre hasta el más rico y
en todos los rincones del país es, quizás, el efecto más perverso del actual
conflicto.
No dar 'papaya'
David es un exitoso ingeniero de sistemas de 27 años en una empresa grande
de Bogotá. Tiene amigos, novia y quiere a Colombia. Sin embargo acaba de
aceptar un puesto en Estados Unidos y se va del país. Su raciocinio es
simple: "La próxima década debo tener hijos y me da pánico que se vuelvan
víctimas del conflicto o de la delincuencia común". El miedo, en todo caso,
es ya una constante en su vida. Cuando sale por la noche del trabajo y pide
un taxi teme que la carrera se convierta en un 'paseo millonario'. Por eso,
desde hace tres años, contrata al mismo taxista para que lo recoja. Cuando
se separa de su novia, ella lo tiene que llamar para confirmar que llegó
bien. "Así respiro y puedo seguir trabajando", dice. Y ya hace más de dos
años que no sale de Bogotá por susto a una pesca tenebrosa. "Es canjear algo
de entretenimiento -ironiza- a terminar de paseo un año patrocinado por la
guerrilla". Las historias trágicas que oye a diario también lo han hecho muy
desconfiado. "Por celular no doy datos relevantes de nada, el éxito no es un
triunfo sino una condena porque te vuelves secuestrable y uno está todo el
día tratando de no dar 'papaya", dice David, uno más que se agrega a la
lista de más de 300.000 colombianos que se fueron del país el año pasado con
un tiquete de sólo ida, muchos de ellos para poder vivir en paz.
El miedo a ser secuestrado, que antes afectaba sólo a un puñado de personas,
ahora es una preocupación permanente en la vida de miles. Hasta tal punto
que la Fundación País Libre está dictando dos seminarios de prevención de
secuestro a la semana para grupos de 25 personas cada uno y está pensando en
reforzar su equipo porque no da abasto con las solicitudes de personas que
quieren conocer las herramientas para evitarlo. Esto sin contar las cuatro
charlas informativas de orientación general sobre el secuestro que da al
mes, a las que en promedio asisten 50 personas.
El miedo a que se sepa el éxito del que habla David también es ampliamente
compartido. Por eso no es extraño que las historias estilo 'sueño americano'
que cunden en los medios de otros países brillen por su ausencia en los
diarios nacionales. "Al único que le interesa esa historia es al 'Mono
Jojoy", dicen los entrevistados con frecuencia y optan por seguir en el
anonimato y dejar que el protagonismo se lo lleven los fracasados o los
armados, con las consecuencias que esto tiene para un país que se queda sin
modelos positivos.
La ley del silencio
En los pueblos y las regiones más apartadas, sin embargo, el anonimato no es
una opción. Y la única ley que los ampara es la del silencio. La gente no ve
ni se entera de nada. Lo único que sabe es callar y refugiarse en sus casas
temprano. Incluso en pueblos del Caribe, en los que los costeños se quedaban
hasta tarde hablando con los vecinos en sus mecedoras, esta costumbre se ha
perdido. Como se ha perdido la costumbre de amanecer en los velorios al lado
de los deudos o de acompañarlos masivamente en los entierros, hasta hace
poco un evento que interrumpía las actividades de muchos pueblos. "Ahora
sólo va la familia más cercana, dice una maestra del Carmen de Bolívar. Como
nadie sabe por qué los matan prefieren que no piensen que son amigos". Así
como también prefieren que sus hijos no se metan sino con los hijos de los
más allegados, creando en ellos una gran desconfianza desde cuando son
pequeños.
El miedo al enemigo desconocido ha perseguido a Jairo*, un muchacho de 28
años de Carmen de Bolívar (a hora y media de Cartagena) desde hace casi dos
años, cuando ocurrieron las primeras masacres y comenzaron a llegar los
campesinos desplazados de la zona rural. Pero cuando vio a un grupo de
personas sacar un arma en el restaurante en el que trabajaba como mesero su
miedo se convirtió en una auténtica crisis de nervios. "Duré como siete días
en los que salía del restaurante directo a mi casa, con los ojos cerrados,
para no ver que me iban a matar, recuerda Jairo. No tenía ninguna razón
concreta para sentir temor pero como sabía que los que habían matado no eran
malos pensaba que igual me podían asesinar a mí". Jairo cayó en una
depresión que se le agravó cuando la Alcaldía lo mandó como acompañante de
la misión de las Naciones Unidas que fue a El Salado, a media hora de Carmen
de Bolívar, días después de la masacre paramilitar más cruel del año pasado.
"El pueblo me dio terror. Los perros aullaban de hambre en la plaza y empecé
a armar en mi cabeza cómo había sucedido todo", recuerda. Cuando vio la
exhumación de uno de los cadáveres el miedo que lo acompañaba desde hacía
meses se convirtió en auténtica paranoia. "Comencé a sentir que me iba a
morir ya no porque me mataran sino de una enfermedad. No me atrevía a dormir
y comencé a desear que realmente me mataran para no sentir más miedo. Era
como si me metieran en una jaula donde todos mis fantasmas me jalaban".
Jairo optó por volcarse a los talleres que realiza con niños y esperar a que
se le pase la tristeza. Muchos otros en su situación optan por desplazarse.
En efecto, sólo el 37 por ciento de los desplazados en 1999 huyeron de sus
tierras por amenazas directas o por atentados en su contra según la última
encuesta anual realizada por Codhes, la ONG más grande que atiende a
desplazados. El 18 por ciento dijo que lo hizo por miedo. Y el porcentaje
restante por el asesinato de familiares y amigos, por combates en la zona,
porque hubo una masacre o por otras razones, como el temor a que sus hijos
fueran reclutados por la guerrilla o los paramilitares.
El terror como arma
Si bien los colombianos llevan sintiendo miedo desde hace años, o tal vez
décadas, y las historias de atracos, robos de carros y de paranoia de las
mamás a que les roben sus niños forman hace rato parte normal de las
conversaciones de cualquier reunión, la agudización del conflicto armado ha
agravado de manera dramática el sentimiento de vulnerabilidad de las
personas que, de alguna forma, sienten que la violencia los obliga a
replegarse cada vez más. Y ese 'repliegue' es exactamente lo que buscan los
violentos porque generar miedo es el arma principal de cualquiera que quiere
ganar territorio y por eso es fundamental en la dinámica de la guerra.
"Imponerse por el miedo se ha convertido en el procedimiento central de las
fuerzas irregulares, afirma Luis Carlos Restrepo, activo hasta hace poco en
el movimiento por la paz. De eso se trata la guerra, de generar terror para
luego negociar contra ese miedo acumulado".
Es el terror que generan los paramilitares de Carlos Castaño cuando realizan
sus masacres, en las que no les importa que caigan inocentes porque lo que
buscan en últimas no es tanto castigar a los 'colaboradores de la subversión
', como dicen, sino controlar el territorio. Es el terror que generan las
Farc con cada toma guerrillera, en las que no les importa que uno u otro
transeúnte sea muerto por sus cilindros de gas. "Son las eventualidades de
la guerra", se justifica 'Raúl Reyes', cuando en realidad la estrategia de
este conflicto interno es que cuanto más se aterrorice a la población civil
más rendimientos se obtienen porque los ciudadanos son el botín.
El problema es que este procedimiento es exitoso, como lo demostró Pablo
Escobar, quien en sólo tres años logró cambiar a punta de bombas la opinión
del país frente a la extradición. En 1988 no había ningún consenso al
respecto. En 1992, el 82 por ciento de los jóvenes consideraban que la
decisión más importante de la Asamblea Constituyente había sido prohibir la
extradición de colombianos.
Los antidotos
Ante este panorama el único antídoto para el miedo, según varios expertos,
sería unirse. El problema es que el efecto principal del temor es marcar
distancias frente a los otros porque no se sabe 'quién es quién', como
sucede en los pueblos que están bajo control de la guerrilla o de los
paramilitares o frente a todo lo público. Crear cooperativas o asociaciones,
participar en política o convocar a una marcha de protesta se vuelven un
asunto peligroso. Hasta figurar en el directorio telefónico le da miedo a
mucha gente. "El espacio social (las calles, las transacciones públicas,
tomar una carretera, pagar impuestos) no es seguro, dice Restrepo. Somos un
país clandestino que evita lo público por el miedo colectivo".
El miedo con frecuencia termina también legitimando salidas autoritarias,
como lo demuestra el creciente apoyo al paramilitarismo, que le ofrece a
muchos ciudadanos una seguridad básica que no le garantiza el Estado a los
ciudadanos de clase media. Sin embargo es una salida en falso, no sólo por
las violaciones a los derechos humanos de las que terminan siendo cómplices
sino porque quedan en manos de gente que está por fuera de su control.
El proceso de negociación con la guerrilla tampoco parece abordar este
sentimiento de miedo que afecta a todos los colombianos, que siguen mirando
inermes cómo se les cierra su espacio vital sin que la negociación cambie
nada de eso por ahora. Y las salidas simbólicas, como las marchas, parecen
agotadas.
Por eso varias personas creen que la solución sería convertir a los
ciudadanos en una fuerza dominante con capacidad de recuperar su territorio.
Es lo que ha entendido la Policía de Bogotá, con su estrategia de los
Frentes de Seguridad Local, cuya finalidad es crear cultura sobre seguridad
ciudadana a partir de la vinculación de los vecinos por cuadras, sectores,
barrios, conjuntos cerrados y edificios con el fin de prevenir los problemas
de inseguridad mediante el uso de alarmas, pitos, reflectores y árboles
telefónicos que comunican de inmediato a la comunidad entre sí y a ésta con
la Policía. Este programa ha permitido recuperar zonas comerciales como la
Avenida 19 en el centro de Bogotá, por ejemplo, que estaba tomada por
vendedores de drogas y otros delincuentes.
La otra solución sería conformar un movimiento civil fuerte que sea capaz de
ponerse en medio de los armados y que les arrebate territorio. A pequeña
escala fue lo que hizo con relativo éxito el pueblo de Mogotes (Santander),
que se ganó hace un año el Premio Nacional de Paz. En este pueblo la gente
se organizó bajo el liderazgo de la diócesis de San Gil en una asamblea
constituyente que le define la agenda de gobierno a los alcaldes, los
supervisa y le enseña sus derechos y deberes a la gente en las veredas.
Igualmente, contactó a la guerrilla y a los paramilitares para dejarles
claro que en ese pueblo no buscaran aliados. Aunque recientemente ha habido
brotes de violencia, durante dos años consiguieron mantenerse en paz. Y lo
más importante es que la gente superó ese estado de impotencia frente a su
situación, que es la misma que agobia a tantos colombianos paralizados por
el miedo.
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cortesia de Anibal Monsalve Salazar