Colext/Macondo
Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior
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¡Pongámonos en pie!
Por el General ÁLVARO VALENCIA TOVAR
Hay algo que angustia cuando uno mira hacia el futuro en medio de la
situación que vive el país y no percibe con claridad a través de los
nubarrones que lo oscurecen. Es la pasividad, la entrega, la aceptación
resignada de que cuanto ocurre no tiene remedio: el desempleo que ya afecta
a una quinta parte de la población laboral. El desayuno diario con un nuevo
asalto multimillonario a un fisco depauperado. El aumento de alguna forma
impositiva que finalmente termina en el bolsillo de los salteadores
gubernamentales y parlamentarios de ese mismo fisco que nos asfixia. La
quiebra, el abandono o el cierre de alguna institución hospitalaria. En fin,
somos una sociedad en derrota, deshecha, humillada.
¿Dónde está el coraje? ¿Qué se hizo la capacidad de protesta ante las
atrocidades de una guerrilla desquiciada y de unas autodefensas que
responden a su barbarie en los mismos términos? ¿Por qué todo un pueblo se
somete a que unos vándalos con disfraz revolucionario le vuelen sus torres
eléctricas, lo reduzcan a la oscuridad y le cierren sus fuentes de trabajo?
¿Por qué ese pueblo que fue valeroso en la Guerra de Independencia, erguido
en la insurrección comunera, heroico en las guerras civiles por absurdas que
fueran, ahora inclina la cerviz bajo la prepotente bota pantanera de los
disfrazados de guerrillas?
En épocas recientes, masas de población se lanzaron a las calles para
reclamar la paz. Concentraciones humanas impresionantes, pero ambiguas en
sus aspiraciones. Pedir la paz sin condenar a quienes hacen de las armas el
instrumento para vulnerar derechos, atropellar libertades y cometer
fechorías contra los Derechos Humanos y el Derecho Internacional
Humanitario, puede tener un doble mensaje subliminal: clamar por la paz se
puede interpretar como reclamo al Estado y no a los malhechores que se alzan
contra su existencia, llevándose de calle la voluntad de una nación que
quiere vivir dentro de la democracia, la libertad y el derecho.
Cada oscurecimiento por culpa de quienes se ensañan contra la estructura
energética del país debería suscitar una protesta masiva en las regiones
afectadas. Cada genocidio cometido a nombre de la guerrilla o de las
autodefensas, cada secuestro, cada obstrucción de carreteras que son
arterias vitales del organismo nacional, deberían suscitar una reacción
airada y multitudinaria. ¿Será que no hay líderes capaces de despertar el
ánimo colectivo, ponerlo en pie, lanzarlo a la lucha que no es de balas sino
de voluntades?
Sería de pensar que los parlamentarios, en su mayoría atentos a mantener
sujetos sus feudos electorales, cuando no a luchar por sus prebendas,
jubilaciones millonarias, dietas desproporcionadas en un país de
subempleados, de trabajadores con exiguos salarios mínimos y de una nube de
desempleados que no tienen cómo proveer las necesidades mínimas de sus
familias, deberían asumir ese papel de conductores de las colectividades que
votaron por ellos -¿sabrían lo que hacían? - para preparar movilizaciones
masivas ante los hechos inauditos que están destruyendo el tejido social de
la Nación. Y al decir parlamentarios, nos referimos también a diputados y
concejales vegetativos, que nada aportan pero sí entraban y contribuyen con
entusiasmo a ordeñar un presupuesto en quiebra y un fisco agónico.
Sin duda, es mucho pedirles. Sobre todo, porque buena parte de esa protesta
que no se manifiesta, debería dirigirse contra ellos cuando su
comportamiento defrauda las esperanzas de sus electores. Cuando en los
propios recintos parlamentarios se escenifican robos y estafas millonarias,
cubiertos por facturas ficticias, sobrecostos, compras de artículos que
jamás ingresan a los almacenes, en fin, las mil maneras que a diario se
descubren pero que permiten a personajes despojados de su investidura
proseguir disfrutando de todo cuanto cuelga de su curul infamada.
Hace pocos años, cuando la oleada terrorista comenzó a golpear la Costa
Atlántica, en Barranquilla unos pocos líderes del sector privado
consiguieron movilizar la ciudad en encendida protesta. Tan airados y
activos fueron los actos multitudinarios escenificados en calles y plazas,
que la llamada guerrilla suspendió sus acciones terroristas. Igual cosa
podría desarrollarse en el país entero. Pero no hay quien, desde cargos
representativos oficiales o privados, de periodismo, radio, televisión,
partidos, comunidades, se apersone del papel de movilizador, que le atraería
respaldo general. El país está ávido de liderazgo y sabría acompañar a quien
lo convoque para grandes empeños.
Pero no. Las únicas protestas son por cosas que afecten pequeñas
colectividades en sus muy personales intereses. Entonces sí, se bloquean
carreteras y calles, se causan males sin cuento a la economía general y a la
del transporte, el comercio, las fuerzas productivas. No es eso lo que se
requiere. Es ponerse en pie, con decisión y valor, para poner fin a la
barbarie y a la corrupción.
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Publicado en El Tiempo de hoy.
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cortesia de Anibal Monsalve Salazar