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Toledo y los indios tercos Dejemos
a un lado la pretendida terquedad de Toledo: �es, realmente, un indio? Si
nos atenemos al fenotipo, no hay duda. Tiene todos los rasgos raciales del
ind�gena andino. Cuando se coloca un chullo en la cabeza es casi la
encarnaci�n de la idea plat�nica del inca. Pero �sa es una clasificaci�n
superficial. Lo importante no es su c�digo gen�tico sino su cultura, de
donde emana una cierta visi�n de los problemas de la sociedad y de sus
posibles soluciones. Y ah� no puede haber duda: este hombre, formado en
Stanford University, que habla el ingl�s con mayor precisi�n que el
espa�ol, con un doctorado en pedagog�a, especializado en la formaci�n de
capital humano --la escuela de Gary Becker--, espiritual y emocionalmente,
que es lo que cuenta, forma parte de la vanguardia occidental y no de la
etnia en la que lo colocan los caprichos de la gen�tica.
No
es la primera vez que esto sucede en Am�rica Latina. Benito Ju�rez tambi�n
fue un indio terco. Tan terco, que de joven comenz� enfrent�ndose a Santa
Anna, y de viejo termin� derrotando a un imperio europeo que hab�a
invadido a M�xico. Ju�rez fue un zapoteca puro, sin una gota de sangre
blanca, pero ese dato �tnico carec�a de significado: lo que lo defin�a y
lo que lo coloc� en la historia no fue su raza sino su condici�n de
jurista liberal, marco de referencia de la constituci�n que orden�
redactar en 1857. Como lo que hizo grande al senegal�s L�opold Senghor no
fue el color de su piel, sino su poes�a y la inteligencia y la
sensibilidad que le permitieron utilizar el pensamiento occidental del
siglo XX para defender la causa de los negros y combatir toda suerte de
racismos. Esto
es hoy extraordinariamente importante en la regi�n andina, donde se
acent�an las l�neas de fractura racial. En Ecuador no cesa de bramar el
rencor �tnico, mezclado con radicalismos pol�ticos marxistas y con la peor
demagogia, y esas protestas comienzan a extenderse hacia Bolivia. En el
propio Per�, a mitad de camino entre el delirio y la ilusi�n, se ha
hablado de la restauraci�n del incanato y del resurgimiento de Cuzco como
``ombligo'' --eso quer�a decir la palabra-- del viejo imperio
precolombino. En Venezuela, Ch�vez introduce un componente racial en sus
ataques a los compatriotas m�s educados, mientras Castro, que ni en la
ancianidad se est� tranquilo, y que no renuncia a sus fantas�as juveniles
ni a las danzas guerreras, sue�a con hacer saltar esos estados nacionales
y construir con los retazos una gran patria revolucionaria que se enfrente
al imperialismo yanqui. O sea, que el Che, como dicen las camisetas, ``no
est� muerto''. Es
un peligroso error pensar que las querellas �tnicas desaparecen para
siempre de la historia. En 1716, tras aplastar a los ej�rcitos catalanes y
dictar el Decreto de Nueva Planta, Felipe V declar�, o se le atribuye, la
siguiente frase: ``Catalu�a ha dejado de existir; pronto desaparecer�n
tambi�n los catalanes'', ligera exageraci�n cuya inexactitud es de f�cil
comprobaci�n por cualquiera que se d� una vuelta por las Ramblas de
Barcelona. Exactamente igual sucede con Escocia o Gales, supuestamente
fagocitadas por los ingleses dentro de Gran Breta�a, con Quebec en Canad�
o con los atormentados kurdos del Medio Oriente. Las tribus se sumergen,
las lenguas se duermen por un tiempo, y de pronto, nadie sabe c�mo o por
qu�, todo revive m�gicamente. No
se puede poner en duda el drama de millones de indios de los pa�ses
andinos, todav�a atrapados en un lent�simo proceso de transculturaci�n
comenzado en Am�rica hace 500 a�os, pero cuyas ra�ces m�s hondas hay que
buscarlas en la tradici�n judeocristiana y en la cultura grecolatina. Hace
veintitr�s siglos la pen�nsula ib�rica fue la v�ctima de este todav�a
inconcluso espasmo imperial, y todos los pueblos de su geograf�a, con la
excepci�n parcial de los vascones, desaparecieron en el sentido cultural.
Hace cinco, le toc� a Iberia ser el verdugo. Ese proceso no tiene
contramarcha y cualquier intento de frenarlo conduce a la cat�strofe. Lo
que hay que hacer es embridarlo, controlarlo, y facilitar el paso de los
pueblos oprimidos a la modernidad sin que pierdan sus rasgos esenciales.
Un ejemplo contempor�neo sirve para ilustrar lo que quiero decir: Jap�n
pas� a formar parte de la vanguardia de Occidente sin que la tribu
perdiera sus se�as de identidad cultural. El gran reto de Alejandro
Toledo, si gana la presidencia, es lograr que su exitosa biograf�a se
multiplique hasta el infinito entre los indios peruanos. Si lo logra, le
har� un favor impagable a su pa�s. Pero para eso va a necesitar una dosis
casi infinita de terquedad. Marzo 25, 2001 Firmas Press |
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