Andr�s Oppenheimer
Para un visitante ocasional, no es f�cil entender por qu�
un pa�s con las caracter�sticas de la Argentina se encuentra actualmente
en una crisis pol�tica y financiera como la que lleg� a asustar seriamente
a los mercados internacionales la semana pasada.
Aqu� no hay un conflicto guerrillero, como en Colombia.
Ni una cat�strofe natural, como los terremotos que han azotado a El
Salvador en las �ltimas semanas. Ni un l�der populista cuyos discursos
incendiarios ahuyentan a los inversionistas, como en Venezuela.
Seg�n uno escucha decir aqu�, en diversos medios, el
problema de la Argentina es que "no hay liderazgo" del presidente Fernando
de la R�a, quien asumi� el poder en 1999 a la cabeza de una coalici�n de
centro-izquierda que promet�a combatir la corrupci�n y la pobreza.
El presidente De la R�a es percibido, en t�rminos
generales, como un hombre honesto y bien intencionado, pero un presidente
d�bil que no puede mantener la disciplina dentro de su propio Gabinete, y
mucho menos en la coalici�n de Gobierno. Su �ndice de aprobaci�n cay� a un
25 por ciento la semana pasada.
No es inusual que sus propios ministros tomen distancia
de sus decisiones.
El a�o pasado, varios miembros del Gabinete objetaron
p�blicamente la decisi�n presidencial de votar en contra de las
violaciones a los derechos humanos en Cuba en las Naciones Unidas, y se
les permiti� regresar a sus puestos al d�a siguiente como si nada hubiera
pasado. Si un ministro en Washington criticara un voto del presidente
George W. Bush, estar�a recogiendo sus papeles antes de finalizar el d�a.
Y De la R�a ha permitido durante meses que el jefe de su
partido -el ex presidente Ra�l Alfons�n, cuyas pol�ticas econ�micas
llevaron a una hiperinflaci�n del tres mil por ciento en 1989- le d�
c�tedras p�blicas sobre c�mo manejar la econom�a.
En las �ltimas semanas, De la R�a tuvo tres ministros de
Econom�a, a medida que crec�a el descontento p�blico tras tres a�os de
recesi�n econ�mica. Hace una semana, en la peor crisis de su presidencia,
en cuesti�n de horas aval� y luego despidi� a su ex ministro de Econom�a,
Ricardo L�pez Murphy, quien solo tuvo tiempo para anunciar un ajuste que
provoc� inmediatas reacciones y se march� del Gabinete.
Las protestas y las objeciones contra el gobernante
argentino est�n a la orden del d�a. Miembros de la propia coalici�n
gobernante critican abiertamente al Presidente, casi m�s que los
opositores del Partido Peronista del ex presidente Carlos S. Menem.
"No cambi� el r�gimen menemista'', me dijo Elisa Carrio,
una diputada rebelde del partido de De la R�a. "No trat� de terminar con
las mafias del Estado, y continu� las pol�ticas econ�micas y sociales de
su predecesor. En resumidas cuentas, el presidente de la R�a no hizo
nada".
La semana pasada, en lo que los columnistas pol�ticos
coincidieron fue su �ltima carta para evitar elecciones anticipadas, De la
R�a recurri� a su ex rival para la presidencia: Domingo Cavallo, el ex
ministro que rescat� a la Argentina de la hiperinflaci�n en 1991.
Tras asumir como nuevo ministro de Econom�a, Cavallo se
ha convertido en el hombre del momento. Si bien hay opositores a su
persona y a sus ideas econ�micas, su nivel de aceptaci�n es del 45 por
ciento, es decir unos notables veinte puntos por encima del Presidente,
seg�n una encuesta del consultor Hugo Haime. De acuerdo a un chiste que
circula aqu�, Cavallo convocar� a una conferencia de prensa para anunciar
su firme decisi�n de ratificar a De la R�a como presidente.
Para quien no est� muy bien enterado de los entretelones,
es dif�cil entender los laberintos de la pol�tica argentina, donde los
partidarios parecen opositores, y los opositores salen en la foto
respaldando al Presidente.
Pero una cosa parece clara: a diferencia del lema que el
ex presidente Bill Clinton recordaba constantemente a sus colaboradores
-"Es la econom�a, est�pido"- el problema argentino es la pol�tica.
Concretamente, la falta de liderazgo por un lado, y la falta de disciplina
por el otro.
Comparado con los problemas de otros pa�ses, no parece un
obst�culo insuperable ni mucho menos pero hay a�n mucho por
ver.