Redescubrimiento de Dios
Hasta ahora. De pronto en la comunidad cient�fica m�s reputada
se alzan voces como la del bioqu�mico Dr. Michael J. Behe, quien, tras aplicar
complejos programas de an�lisis matem�tico a la asombrosa complejidad de la
c�lula, llega a una conclusi�n diferente: las estructuras celulares, con su
abigarrada interdependencia, no pueden explicarse como resultado del azar. Por
lo menos, no pueden explicarse desde las matem�ticas. Debe existir una
inteligencia superior que le da forma y sentido a la vida. Conclusi�n, por
cierto, similar a la que llegara Newton a caballo de los siglos XVII y XVIII
cuando formul� las leyes de gravitaci�n universal: los astros, en efecto, se
atraen con una fuerza proporcional al producto de sus masas e inversamente
proporcional al cuadrado de la distancia que los separa, pero detr�s de esa
elegante relaci�n matem�tica ten�a que haber un elemento capaz de haberla
formulado. Para Newton, la ciencia, lejos de negar a Dios, lo confirmaba.
Eso es lo que ahora postula toda una organizaci�n americana,
compuesta por numerosos cient�ficos, cuyo acr�nimo en ingl�s es IDEA:
Intelligence Design and Evolution Awareness. La evoluci�n no se puede poner en
duda. Est� ah�, confusamente exhibida por medio de f�siles, pero tras ella est�
la mano trascendente de un Creador. Y eso es lo que en Michigan hoy piden nueve
congresistas a las juntas educativas que controlan la ense�anza: que junto a la
teor�a desnuda de la evoluci�n se ense�e la hip�tesis de los renovados
``creacionistas''. Dios, de acuerdo, no cre� el mundo hace seis mil a�os. Pero
cre� el proceso evolutivo hace miles de millones de a�os.
Todav�a hay m�s. Mientras los neocreacionistas hac�an su
propuesta en el terreno de la biolog�a, un exitoso ensayista, Robert Wright, lo
hac�a en el de la historia con un libro extraordinariamente provocador, Nonzero,
t�tulo dif�cilmente traducible al espa�ol, pero cuya esencia es la siguiente: la
historia tiene un sentido y una direcci�n, y �stas se basan en la cooperaci�n.
La historia no es un cuento arbitrario contado por un loco, sino un largo camino
cuyo rasgo b�sico, como sucede con la vida, es la complejidad creciente,
producida por la urgencia de colaborar e innovar, y cuyo destino es la conquista
de formas cada vez mejores de existencia colectiva. �Qui�n est� tras ese dise�o
hist�rico? Tal vez una inteligencia superior.
Me alegro. Cuando era un adolescente, y, como todos, tuve mi
primera crisis religiosa basada en el choque entre la racionalidad y las
creencias, le� a un jesuita franc�s que me result� tremendamente persuasivo, y
que, de alguna manera, resultaba capaz de tender un puente entre la raz�n y la
fe. Se llamaba Teilhard de Chardin y se trataba de un sabio paleont�logo a quien
sus inmensos conocimientos de historia y antropolog�a --fue uno de los
descubridores del ``hombre de Pek�n''-- lo llevaron a desarrollar la hip�tesis
de que la especie humana evolucionaba no s�lo f�sicamente, sino tambi�n
espiritual y socialmente en direcci�n de lo que �l llamaba ``el punto Omega''.
Un lugar de reuni�n situado m�s en el tiempo que en el espacio, en el que nos
unir�amos al Creador, esa fuerza primigenia generadora de todo lo que existe, y
en la que la noci�n del bien cobraba su sentido cabal.
Inexplicablemente, la Iglesia Cat�lica, en lugar de asumir los
escritos de Chardin, los desautoriz�, y �ste, jesuita disciplinado al fin y al
cabo, acat� humildemente las decisiones de la instituci�n a la que pertenec�a, y
se call� la boca para siempre. Poco despu�s, inmerso todo Occidente en una
atm�sfera dominada por el materialismo dial�ctico postulado por los marxistas,
dej� de ser de buen gusto defender teor�as generales sobre la naturaleza del
hombre, especialmente si inclu�an una perspectiva trascendente en las que el
concepto de Dios tuviera cabida. Eso es exactamente lo que hoy renace. El siglo
XXI se inicia redescubriendo a Dios. O al menos debatiendo su existencia. Buen
s�ntoma. Abril 22,
2001 Firmas Press
