Redescubrimiento de Dios

Por Carlos Alberto Montaner

Madrid -- Reconozcamos el plagio. Tomo el nombre de este art�culo de un excelente libro publicado hace medio siglo por Rafael Garc�a B�rcena, un cubano ejemplar que se propuso una tarea muy dif�cil en aquella isla: ``hacer'' filosof�a y teolog�a en serio. Y lo tomo, porque eso exactamente es lo que est� ocurriendo en el mundo acad�mico: de pronto la idea de Dios, la convicci�n o la sospecha de que existe una inteligencia superior que gobierna el cosmos, vuelve a estar de moda en medio de una apasionada discusi�n.

El punto de partida del debate, nos avisan desde The New York Times, no es nuevo: se trata de la vieja disputa entre ``creacionistas'' y ``evolucionistas'' que tuvo su inicio a partir de los papeles de Darwin. El tema parec�a zanjado y ya casi nadie en el mundo defend�a la lectura literal de la Biblia y su afirmaci�n de que la vida en el planeta ten�a poco m�s de seis mil a�os. Los evolucionistas hab�an triunfado, y la tesis darwiniana, sujeta a retoques y refinamientos producidos por siglo y medio de investigaciones, parec�a haberse impuesto definitivamente. La vida, pues, era el resultado de una azarosa combinaci�n en la que coincid�an el instinto a perpetuarse y reproducirse de todas las criaturas, los rasgos que mejor serv�an para esos fines, y el fen�meno impredecible de las mutaciones gen�ticas, creadoras a lo largo del tiempo, de mucho tiempo, del perfil de todo bicho viviente, incluidas la humilde ameba y la imponente Claudia Shiffer. Dios no ten�a vela en esa procesi�n.

Hasta ahora. De pronto en la comunidad cient�fica m�s reputada se alzan voces como la del bioqu�mico Dr. Michael J. Behe, quien, tras aplicar complejos programas de an�lisis matem�tico a la asombrosa complejidad de la c�lula, llega a una conclusi�n diferente: las estructuras celulares, con su abigarrada interdependencia, no pueden explicarse como resultado del azar. Por lo menos, no pueden explicarse desde las matem�ticas. Debe existir una inteligencia superior que le da forma y sentido a la vida. Conclusi�n, por cierto, similar a la que llegara Newton a caballo de los siglos XVII y XVIII cuando formul� las leyes de gravitaci�n universal: los astros, en efecto, se atraen con una fuerza proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa, pero detr�s de esa elegante relaci�n matem�tica ten�a que haber un elemento capaz de haberla formulado. Para Newton, la ciencia, lejos de negar a Dios, lo confirmaba.

Eso es lo que ahora postula toda una organizaci�n americana, compuesta por numerosos cient�ficos, cuyo acr�nimo en ingl�s es IDEA: Intelligence Design and Evolution Awareness. La evoluci�n no se puede poner en duda. Est� ah�, confusamente exhibida por medio de f�siles, pero tras ella est� la mano trascendente de un Creador. Y eso es lo que en Michigan hoy piden nueve congresistas a las juntas educativas que controlan la ense�anza: que junto a la teor�a desnuda de la evoluci�n se ense�e la hip�tesis de los renovados ``creacionistas''. Dios, de acuerdo, no cre� el mundo hace seis mil a�os. Pero cre� el proceso evolutivo hace miles de millones de a�os.

Todav�a hay m�s. Mientras los neocreacionistas hac�an su propuesta en el terreno de la biolog�a, un exitoso ensayista, Robert Wright, lo hac�a en el de la historia con un libro extraordinariamente provocador, Nonzero, t�tulo dif�cilmente traducible al espa�ol, pero cuya esencia es la siguiente: la historia tiene un sentido y una direcci�n, y �stas se basan en la cooperaci�n. La historia no es un cuento arbitrario contado por un loco, sino un largo camino cuyo rasgo b�sico, como sucede con la vida, es la complejidad creciente, producida por la urgencia de colaborar e innovar, y cuyo destino es la conquista de formas cada vez mejores de existencia colectiva. �Qui�n est� tras ese dise�o hist�rico? Tal vez una inteligencia superior.

Me alegro. Cuando era un adolescente, y, como todos, tuve mi primera crisis religiosa basada en el choque entre la racionalidad y las creencias, le� a un jesuita franc�s que me result� tremendamente persuasivo, y que, de alguna manera, resultaba capaz de tender un puente entre la raz�n y la fe. Se llamaba Teilhard de Chardin y se trataba de un sabio paleont�logo a quien sus inmensos conocimientos de historia y antropolog�a --fue uno de los descubridores del ``hombre de Pek�n''-- lo llevaron a desarrollar la hip�tesis de que la especie humana evolucionaba no s�lo f�sicamente, sino tambi�n espiritual y socialmente en direcci�n de lo que �l llamaba ``el punto Omega''. Un lugar de reuni�n situado m�s en el tiempo que en el espacio, en el que nos unir�amos al Creador, esa fuerza primigenia generadora de todo lo que existe, y en la que la noci�n del bien cobraba su sentido cabal.

Inexplicablemente, la Iglesia Cat�lica, en lugar de asumir los escritos de Chardin, los desautoriz�, y �ste, jesuita disciplinado al fin y al cabo, acat� humildemente las decisiones de la instituci�n a la que pertenec�a, y se call� la boca para siempre. Poco despu�s, inmerso todo Occidente en una atm�sfera dominada por el materialismo dial�ctico postulado por los marxistas, dej� de ser de buen gusto defender teor�as generales sobre la naturaleza del hombre, especialmente si inclu�an una perspectiva trascendente en las que el concepto de Dios tuviera cabida. Eso es exactamente lo que hoy renace. El siglo XXI se inicia redescubriendo a Dios. O al menos debatiendo su existencia. Buen s�ntoma.

Abril 22, 2001

Firmas Press

 

 

 

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