Museo de la corrupci�n

Por Carlos Alberto Montaner

Se le ocurri� a Alvaro Vargas Llosa: crear en Lima un Museo de la Corrupci�n. La idea es buena y en Per� sobra materia prima. Los miles de videos grabados por Montesinos permitir�an la creaci�n de la primera coproteca --copro, excremento-- que registra la historia. En una sala se puede exhibir de forma permanente c�mo un congresista le vende su honor a D. Vladimiro, mientras en la siguiente lo que se negocia es el silencio de un periodista, la alabanza de un ayayero --jalaleva o cobero en otras latitudes--, o el descr�dito de una persona inc�moda para la dictadura.

De acuerdo con el ensayista Alfredo Barnechea --siempre muy acucioso en sus c�lculos econ�micos--, a lo largo de la d�cada fujimorista se destin� un 15 por ciento del PIB a enriquecer a amigos, arruinar a enemigos y a comprarle el alma a todo aqu�l que estuviera dispuesto a venderla. La cifra es tremenda: entre siete y ocho mil millones de d�lares, ni sonantes ni contantes porque todas las operaciones se hicieron en la sombra, aunque frente al lente suicida de las c�maras ocultas de los servicios de inteligencia. Por ah� pasaron generales a la b�squeda de enormes comisiones por la compra de armas; jueces que vend�an sus sentencias por cifras astron�micas, o peque�os roedores legislativos que cobraban las leyes a tanto el art�culo aprobado.

En realidad, lo novedoso de cuanto ha ocurrido en Per� no es tanto la existencia de la corrupci�n, sino el enorme volumen y la autoinculpatoria filmaci�n de los hechos delictivos. En la Venezuela de Hugo Ch�vez, por citar otro caso, mientras escribo esta cr�nica se destapa un esc�ndalo cuyo olor a podrido recorre todo el continente: se han ``perdido'' cientos de millones de d�lares entre las manos de los militares adeptos al l�der de la Quinta Rep�blica Bolivariana. La cuant�a es de tal naturaleza que ha provocado entre los venezolanos la nostalgia por los tiempos de adecos y copeyanos, con un agravante sustancial: el desbarajuste introducido por el teniente coronel en la administraci�n p�blica, y la falta de controles y auditor�as inherentes a la mentalidad y la pr�ctica ``revolucionarias'', hacen mucho m�s f�cil el saqueo del estado y mucho m�s dif�cil la persecuci�n del delito.

En Am�rica Latina, desgraciadamente, la tradici�n hist�rica milita en contra de la honradez. Las colonias eran un sitio para ir a robar. Es verdad que exist�an ``juicios de residencia'' para hacerles la auditor�a a los funcionarios salientes, pero usualmente se trataba de meras formalidades sin consecuencias reales. Por otra parte, los l�mites entre la esfera p�blica y la privada eran muy borrosos. Resultaba leg�timo vender y comprar cargos p�blicos, o servirse del bot�n fiscal para premiar arbitrariamente a ciudadanos a los que la corona deseaba privilegiar. A Hern�n Cort�s no lo hicieron virrey --bastante peligroso ya era como capit�n y luego marqu�s--, pero le regalaron los tributos de 20,000 indios que deb�an ``pechar'' en beneficio del conquistador de M�xico. Todo era negociable, incluido el color de la piel. Por una m�dica suma se perd�a la condici�n de mulato. La de negro costaba algo m�s.

De alguna forma esos tres siglos de contubernio entre el estado y las clases dirigentes se prolongaron durante las rep�blicas. �C�mo se hac�an las grandes fortunas? Mediante la obtenci�n de privilegios. En muchos casos, ni siquiera exist�a la mala conciencia de estar cometiendo un delito. El poder era para eso: para dispensar favores. En Espa�a, el delito de ``tr�fico de influencias'' no apareci� en el c�digo penal hasta la d�cada de los ochenta del siglo XX. El lenguaje popular expresaba las relaciones naturales de poder con una frase definitiva que disfrazo por las limitaciones que impone el buen gusto: ``A los amigos se les entrega el coraz�n / a los enemigos se les parte el coraz�n / a los indiferentes se les aplica la legislaci�n vigente''. Sustituya el lector la palabra coraz�n por una regi�n menos gloriosa de la anatom�a y adivinar� el refr�n en toda su escatol�gica extensi�n.

�C�mo extra�arnos de que los latinoamericanos manifiesten un permanente desd�n por el estado, y de que con frecuencia se embarquen en cualquier aventura autoritaria en la que se prometa poner fin a los desmanes del sector p�blico? La corrupci�n, unida a la impunidad, no s�lo es costosa y malgasta los pocos recursos disponibles: tambi�n pudre y destroza los cimientos mismos de la democracia. Fue as�, denunciando estos males, como Fujimori ech� por tierra las instituciones democr�ticas peruanas en 1992, o como Hugo Ch�vez, en el mismo a�o, intent� derrocar por la fuerza a Carlos Andr�s P�rez. Pero s�lo para acabar uno y otro multiplicando por mil los males que pretend�an erradicar.

Es importante que no muera la idea de crear ese Museo de la Corrupci�n, por el que deben desfilar todos los ni�os y adolescentes, si es posible una vez al a�o, para que nunca olviden la lecci�n. Ya existen, por ejemplo, en varias ciudades del mundo, museos de la intolerancia, en los que los j�venes suelen enfrentarse a los estragos espantosos del racismo, y, muy especialmente, del antisemitismo que dej� seis millones de cad�veres en los campos nazis de exterminio. En la propia Lima puede visitarse --yo lo he hecho-- un viejo y espeluznante Museo de la Inquisici�n. Ser�a absurdo no aprovechar ahora los videos de Montesinos. Exhibir tanta miseria humana acaso sirva para impedir que se repitan los cr�menes. Ese es el prop�sito de Alvaro Vargas Llosa.

Abril 1, 2001

Firmas Press

 

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