Museo de la corrupci�n
De acuerdo con el ensayista
Alfredo Barnechea --siempre muy acucioso en sus c�lculos econ�micos--, a lo
largo de la d�cada fujimorista se destin� un 15 por ciento del PIB a enriquecer
a amigos, arruinar a enemigos y a comprarle el alma a todo aqu�l que estuviera
dispuesto a venderla. La cifra es tremenda: entre siete y ocho mil millones de
d�lares, ni sonantes ni contantes porque todas las operaciones se hicieron en la
sombra, aunque frente al lente suicida de las c�maras ocultas de los servicios
de inteligencia. Por ah� pasaron generales a la b�squeda de enormes comisiones
por la compra de armas; jueces que vend�an sus sentencias por cifras
astron�micas, o peque�os roedores legislativos que cobraban las leyes a tanto el
art�culo aprobado.
En realidad, lo novedoso de
cuanto ha ocurrido en Per� no es tanto la existencia de la corrupci�n, sino el
enorme volumen y la autoinculpatoria filmaci�n de los hechos delictivos. En la
Venezuela de Hugo Ch�vez, por citar otro caso, mientras escribo esta cr�nica se
destapa un esc�ndalo cuyo olor a podrido recorre todo el continente: se han
``perdido'' cientos de millones de d�lares entre las manos de los militares
adeptos al l�der de la Quinta Rep�blica Bolivariana. La cuant�a es de tal
naturaleza que ha provocado entre los venezolanos la nostalgia por los tiempos
de adecos y copeyanos, con un agravante sustancial: el desbarajuste introducido
por el teniente coronel en la administraci�n p�blica, y la falta de controles y
auditor�as inherentes a la mentalidad y la pr�ctica ``revolucionarias'', hacen
mucho m�s f�cil el saqueo del estado y mucho m�s dif�cil la persecuci�n del
delito.
En Am�rica Latina,
desgraciadamente, la tradici�n hist�rica milita en contra de la honradez. Las
colonias eran un sitio para ir a robar. Es verdad que exist�an ``juicios de
residencia'' para hacerles la auditor�a a los funcionarios salientes, pero
usualmente se trataba de meras formalidades sin consecuencias reales. Por otra
parte, los l�mites entre la esfera p�blica y la privada eran muy borrosos.
Resultaba leg�timo vender y comprar cargos p�blicos, o servirse del bot�n fiscal
para premiar arbitrariamente a ciudadanos a los que la corona deseaba
privilegiar. A Hern�n Cort�s no lo hicieron virrey --bastante peligroso ya era
como capit�n y luego marqu�s--, pero le regalaron los tributos de 20,000 indios
que deb�an ``pechar'' en beneficio del conquistador de M�xico. Todo era
negociable, incluido el color de la piel. Por una m�dica suma se perd�a la
condici�n de mulato. La de negro costaba algo m�s.
De alguna forma esos tres
siglos de contubernio entre el estado y las clases dirigentes se prolongaron
durante las rep�blicas. �C�mo se hac�an las grandes fortunas? Mediante la
obtenci�n de privilegios. En muchos casos, ni siquiera exist�a la mala
conciencia de estar cometiendo un delito. El poder era para eso: para dispensar
favores. En Espa�a, el delito de ``tr�fico de influencias'' no apareci� en el
c�digo penal hasta la d�cada de los ochenta del siglo XX. El lenguaje popular
expresaba las relaciones naturales de poder con una frase definitiva que
disfrazo por las limitaciones que impone el buen gusto: ``A los amigos se les
entrega el coraz�n / a los enemigos se les parte el coraz�n / a los indiferentes
se les aplica la legislaci�n vigente''. Sustituya el lector la palabra coraz�n
por una regi�n menos gloriosa de la anatom�a y adivinar� el refr�n en toda su
escatol�gica extensi�n.
�C�mo extra�arnos de que los
latinoamericanos manifiesten un permanente desd�n por el estado, y de que con
frecuencia se embarquen en cualquier aventura autoritaria en la que se prometa
poner fin a los desmanes del sector p�blico? La corrupci�n, unida a la
impunidad, no s�lo es costosa y malgasta los pocos recursos disponibles: tambi�n
pudre y destroza los cimientos mismos de la democracia. Fue as�, denunciando
estos males, como Fujimori ech� por tierra las instituciones democr�ticas
peruanas en 1992, o como Hugo Ch�vez, en el mismo a�o, intent� derrocar por la
fuerza a Carlos Andr�s P�rez. Pero s�lo para acabar uno y otro multiplicando por
mil los males que pretend�an erradicar.
Es importante que no muera
la idea de crear ese Museo de la Corrupci�n, por el que deben desfilar todos los
ni�os y adolescentes, si es posible una vez al a�o, para que nunca olviden la
lecci�n. Ya existen, por ejemplo, en varias ciudades del mundo, museos de la
intolerancia, en los que los j�venes suelen enfrentarse a los estragos
espantosos del racismo, y, muy especialmente, del antisemitismo que dej� seis
millones de cad�veres en los campos nazis de exterminio. En la propia Lima puede
visitarse --yo lo he hecho-- un viejo y espeluznante Museo de la Inquisici�n.
Ser�a absurdo no aprovechar ahora los videos de Montesinos. Exhibir tanta
miseria humana acaso sirva para impedir que se repitan los cr�menes. Ese es el
prop�sito de Alvaro Vargas Llosa.
Abril 1, 2001
Firmas Press
