Estados Unidos, nosotros y Hugo Ch�vez

Carlos Alberto Montaner

Cuentan los venezolanos del entorno de Hugo Ch�vez que el coronel tuvo un espasmo de placer cuando vio la macabra obra destructiva de Ben Laden en New York. Parece que dio un salto de alegr�a, se le cay� la boina roja, y llam� a Fidel Castro por tel�fono para coordinar sus posiciones oficiales. Su razonamiento era muy elemental: �ellos se lo buscaron�. La historia no me consta, pero puede ser cierta. Para una persona que admira a Carlos Ilich Ram�rez, el Chacal el mayor terrorista producido por Am�rica Latina, hasta el punto de escribirle una carta de respeto y solidaridad a su prisi�n parisina, �c�mo dudar que lo hace feliz el dolor infligido a los estadounidenses? Lo coherente es eso, y con toda seguridad no estaba solo en su mezquina celebraci�n. La verdad es que la izquierda tercermundista disfruta intensamente cuando Estados Unidos padece alg�n descalabro. Grita. Descorcha champ�n. Desempolva los viejos libros marxistas y se congratula de la clarividencia del barbudo profeta. Nada hace m�s feliz a ese mundillo rencoroso que ver humillada a la primera potencia del planeta, o leer en la prensa que el gran pa�s ha entrado en una recesi�n econ�mica.

Menudo disparate. Estas pobres gentes no entienden que alegrarse de las desgracias norteamericanas es algo tan est�pido como vitorear los sufrimientos propios. Cuando un pa�s es el centro de la civilizaci�n planetaria, y produce el 25 por ciento de los bienes y servicios que crea nuestra especie, y genera el 70 por ciento de los hallazgos t�cnicos y cient�ficos que afectan nuestro modo de vida, y consume el 30 por ciento de las exportaciones mundiales, y maneja m�s de la mitad de las instituciones financieras que hacen posible nuestro desarrollo, lo que le suceda jam�s puede ser ajeno a nosotros. Lo que all� ocurra, para bien o para mal, nos afectar� exactamente en la misma direcci�n que le afecte a �l. Si a los estadounidenses les va bien, a nosotros, en alguna medida, nos ir� bien. Y si a ellos les va mal, a nosotros, inevitablemente, nos ir� peor.

Esas son las reglas del juego. Y ni siquiera es v�lido pensar que las limitadas relaciones directas con Estados Unidos nos ponen a salvo de esta realidad. El cono sur del continente americano, es cierto, comercia con mayor intensidad con Europa que con USA, pero el dato posee escasa importancia: Europa y Jap�n realizan el 80 por ciento de sus transacciones con Estados Unidos, de manera que el efecto, por carambola, es el mismo. Ya no hay naciones, sino grandes espacios econ�micos estrechamente interrelacionados, dominados por tres centros de poder: Estados Unidos, la Uni�n Europea y Jap�n, y de los tres, por diversas razones, el que m�s cuenta, precisamente, es el de los gringos. 

Hace unos cuantos siglos, Ren� Descartes, aquel melanc�lico fil�sofo franc�s de grandes ojeras, se propuso averiguar d�nde radicaba la esencia de la persona y puso en pr�ctica una curiosa carnicer�a virtual. Se pregunt� si �l seguir�a siendo el mismo si se cortaba una mano. Concluy� que s�. Seguir�a siendo Ren� Descartes, hijo de un notario de provincias, pero manco. Luego continu� con la otra mano, con un pie, con una oreja, etc�tera, hasta llegar a su privilegiada cabeza. �Qu� pasar�a si se la cortaba? Si se la rebanaba, claro, dejaba de ser �l. �l era, �l exist�a, porque pensaba. �l pod�a pensarse sin manos o sin piernas, pero no pod�a ser si no pensaba. �Cogito, ergo sum�. Latinazgo que el se�or Ch�vez probablemente escribe con jota y relaciona con un esguince del tobillo o algo parecido.

�A cuento de qu� viene esta historia? A que esa prueba tambi�n se puede llevar a cabo sobre un planisferio para tratar de entender d�nde radica la esencia de nuestra vida social. Pregunt�monos que nos ocurrir�a, por ejemplo, si amputamos Burundi. Pr�cticamente nada. Un ara�azo imperceptible. �Y si el tajo lo damos en Francia? La herida es grave, pero sobrevivimos. El tama�o de la econom�a francesa es grande, pero el aporte franc�s a la cultura planetaria ciencia y t�cnica incluidas es cada vez menor, y la tendencia es hacia una creciente insignificancia relativa. Lavoisier, V�ctor Hugo, Pasteur, incluso Monet o Renoir, hoy suelen nacer en otras latitudes. Hagamos ahora la prueba estadounidense. Borremos s�bitamente a ese pa�s del mapa. �Qu� pasa? Acaece una cat�strofe incalculable: colapsa la econom�a mundial por la desaparici�n del consumo norteamericano, se secan casi todas las innovaciones t�cnicas relevantes, se esfuman miles de remedios m�gicos para curar nuestras enfermedades, desaparecen modos muy populares de divertirse desde el cine de masas hasta la m�sica juvenil y el planeta entra en una crisis de la que tardar�a muchas d�cadas en recuperarse. En Am�rica Latina, sencillamente, eso significa hambre. Una hambruna terrible y devastadora.

Lo que quiero decir es que Estados Unidos, por su tama�o, su ubicuidad, su enorme importancia en el dise�o de los modos de vida que se imponen en el mundo, no es �otro� pa�s, sino la parte central del nuestro, ya sea �ste Uruguay, Espa�a o Jap�n. Y lo que vale la pena entender es que cuando un peque�o ej�rcito de locos delirantes pulveriza las Torres Gemelas, los da�os son tambi�n nuestros porque todos formamos parte del mismo organismo. Y al dedo me�ique, por muy distante y humilde que sea, no puede resultarle indiferente que le machaquen el cerebro que gobierna sus movimientos. �No hay nadie en Venezuela que pueda explicarle al se�or Ch�vez un asunto tan obvio?

Octubre 14, 2001

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