El juego de las alianzas

Carlos Alberto Montaner

Madrid -- El se�or Bin Laden no pudo imaginarse la profundidad del enredo que provocar�a su ataque salvaje contra Estados Unidos. Cuando se disip� el humo de las ruinas neoyorquinas apareci� un pa�s distinto. Estados Unidos ya no se autopercibe como una superpotencia indestructible, optimista y admirada, defensora de la democracia, la econom�a de mercado y los valores occidentales, sino como una naci�n vulnerable y amenazada, v�ctima injusta de una mala imagen muy generalizada, que lucha por no dejarse arrebatar su forma de vida.

Eso, naturalmente, afecta el modo norteamericano de relacionarse con el resto del mundo. La consecuencia m�s dr�stica del derribo de las torres gemelas, el ataque al Pent�gono y las deliberadas infecciones de �ntrax, no ser� la guerra planetaria contra el terrorismo, sino una modificaci�n sustancial en el sistema de alianzas internacionales. Al cambiar las prioridades de Washington, cambia tambi�n la escala con que se valora a amigos, enemigos e indiferentes.

Lo m�s importante es lo sucedido con Rusia. El se�or Putin, muy h�bilmente, encontr� una v�a diferente de acercarse a Washington. Ya no es el representante de una cleptocracia caotizada tras el fin del modelo comunista, siempre con la mano extendida para recibir pr�stamos blandos, sino un jefe de estado militarmente poderoso, poseedor de veinte mil ojivas nucleares, finalmente decidido a colocarse junto a Estados Unidos en un momento crucial. El apoyo es total en producci�n de petr�leo para bajar el precio de la energ�a y en materia de entrega de inteligencia sobre Afganist�n y los talibanes. Pero ah� no termina la colaboraci�n: como gesto supremo de buena voluntad, Mosc� cierra una base naval en Vietnam y la estaci�n de espionaje electr�nico m�s grande del mundo, "Lourdes'', situada en las afueras de La Habana, desde la cual interceptaban todas las comunicaciones militares y civiles de la costa atl�ntica norteamericana, incluidas muchas conversaciones privadas de senadores, congresistas y oficiales de la CIA y del Pent�gono. A partir de ahora lo probable es que Rusia comparta con su flamante aliado cuanto sabe de la Cuba de Castro y de los otros reg�menes militantemente antiyanquis. Es probable que ya lo est� haciendo.

Tal vez la �nica buena noticia asociada a la carnicer�a de las torres gemelas es �sa: el regreso del gobierno ruso al �mbito de las potencias occidentales, v�nculos que se interrumpieron en 1917 con el derrocamiento de los zares y el establecimiento de la dictadura comunista. Hasta ese momento, Rusia, desde el siglo XVI, hab�a hecho un esfuerzo permanente por alejarse de su componente oriental, convencidos los zares de que el progreso y la modernidad s�lo eran posibles si se acercaban, como trataron de hacer, a los modos de producci�n y al comportamiento social de Alemania, de Inglaterra y, muy especialmente, de Francia. Ese razonamiento, que fue una convicci�n profunda entre los �ltimos Romanov, vuelve ahora, pero con un punto de referencia distinto: Estados Unidos es el modelo. Putin quiere que su pa�s alcance los niveles de prosperidad y estabilidad de Estados Unidos y por eso se ha colocado al lado de la naci�n norteamericana. Quiere ser su socio, no su competidor. Con ello se garantiza, adem�s, en este nuevo clima de cooperaci�n, la ausencia de cr�ticas norteamericanas a sus ``asuntos internos''. Ahora, si lo cree necesario, podr� machacar minuciosamente a los chechenos u otros pueblos d�scolos sin enfrentarse a las censuras auspiciadas por Washington.

Si este juego de alianzas beneficia a los rusos, no hay duda que perjudica a los israel�es. El se�or Sharon tiene cierta raz�n cuando ve con temor las apresuradas concesiones de Bush a los palestinos. Washington sab�a que las excelentes relaciones con Israel le acarreaban la enemistad del mundo isl�mico, pero no le importaba porque no pagaba por ello un precio demasiado alto. Tras el 11 de septiembre termin� esa lectura del conflicto y se pas� a otro tipo de an�lisis: primero est� la seguridad norteamericana y luego la seguridad de Israel. De ah� se deriv� una conclusi�n: admitamos la creaci�n a corto plazo de un estado palestino para mejorar las relaciones con los gobiernos isl�micos.

Pero el asunto que inquieta a los israel�es no es �se sino otro m�s dram�tico: �dejar�n los fundamentalistas de procurar la destrucci�n de Israel tras el surgimiento de esta nueva naci�n mahometana, o se sentir�n envalentonados para tratar de exterminar a los jud�os? Vale la pena repetir el art�culo siete de los estatutos de Hamas, la organizaci�n terrorista isl�mica, citado por Bruce Hoffman en A mano armada: Historia del terrorismo: ``El tiempo de la redenci�n no llegar� hasta que los musulmanes luchen contra los jud�os y los maten, y hasta que los jud�os tengan que esconderse tras �rboles y rocas cuando suene el grito de `musulm�n, aqu� se esconde un jud�o. Ven y m�talo' ''. Porque ni siquiera se trata de odio a los israel�es por razones territoriales. Como sue�a y promete el im�n Ahmad Ibrahim, l�der de Hamas: ``Seis millones de descendientes de los monos (jud�os) ahora rigen todas las naciones del mundo, pero su d�a llegar�. �Al�, m�talos a todos, que no quede ni uno!''. Con esos truenos, la verdad, Israel no puede bajar la guardia. Ser�a suicida.

Octubre 28, 2001

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