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ELPAIS.ES
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El poder del dinero en la pol�tica estadounidense

Por WILLIAM PFAFF

William Pfaff es analista estadounidense. Los Angeles Times.                 
  Syndicate._
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Es posible el caso Enron se convierta en la primavera de 2002 en el sucesor 
del caso M�nica Lewinsky, pero hablar de �l como esc�ndalo es no hablar del 
verdadero problema del pa�s, que es el poder que el dinero ejerce sobre la 
pol�tica.

El asunto Enron es otro esc�ndalo pol�tico-empresarial del mont�n, m�s 
barroco de lo habitual por su alcance e ingeniosidad. Sin embargo, hasta el 
momento de escribir estas l�neas no se ha encontrado nada que sea ilegal en 
la relaci�n de Enron con la Administraci�n de Bush ni con los legisladores 
del Gobierno.

Enron no es m�s que otra demostraci�n del papel del dinero empresarial en el 
sistema estadounidense. Lo que est� podrido es el sistema.

La arena pol�tica estadounidense ha dejado de ser un espacio en el compet�an 
m�s o menos libremente unas opiniones e intereses opuestos, para convertirse 
en un sistema que garantiza la dominaci�n de la empresa sobre la pol�tica 
econ�mica y social de la naci�n, as� como una notable influencia de la 
empresa en las decisiones de pol�tica exterior. El dinero ha ejercido el 
control sobre la pol�tica desde que el Tribunal Supremo interpret� que el 
gasto en las campa�as y las donaciones a los candidatos pol�ticos son formas 
de libertad de expresi�n protegidas por la Constituci�n. (Esta resoluci�n, 
en el caso Buckley contra Valeo, se dict� en 1976, y se refer�a al gasto en 
unas elecciones al Congreso).

La consecuencia l�gica de aquella resoluci�n fue adjudicar la victoria a los 
que gastan m�s dinero en las campa�as electorales y excluir a la mayor�a de 
los candidatos, que no reciben apoyo de los intereses empresariales o 
sindicales. Y generalmente, los que han aportado dinero a las campa�as 
rentabilizan su inversi�n porque los candidatos victoriosos quieren ser 
reelegidos. Parece que la mayor�a del tribunal no opuso reparos a esta 
consecuencia.

La raz�n de ser de las empresas es ganar dinero para sus inversores y para 
los ejecutivos que las dirigen. La actual doctrina empresarial ha 
subordinado los otros fines -producir bienes y servicios y dar empleo a los 
trabajadores- a la b�squeda del m�ximo beneficio sobre el capital.

Por consiguiente, el caso Enron no tiene en s� nada de sorprendente. Es el 
mayor esc�ndalo empresarial hasta la fecha, pero nada m�s; despu�s habr� 
otros.

La estrecha relaci�n de la empresa con el presidente Bush y con muchos otros 
miembros de su Gobierno a�ade emoci�n al caso. Y hay un hecho inaudito, que 
Enron no pagara impuestos en cuatro de los �ltimos cinco a�os, y que el 
pen�ltimo acto de la directiva fuera saquear el fondo de pensiones de sus 
empleados. Con todo, la �nica sorpresa es que el consejo de administraci�n 
'suspendiera' el c�digo �tico proclamado por la empresa a fin de posibilitar 
las maniobras necesarias para que la deuda no apareciera en las cuentas 
p�blicas de la empresa y para enmascarar la verdadera situaci�n ante los 
inversores.

La conducta del consejo es un ejemplo deprimente de la actual sociedad 
estadounidense. El consejo estaba compuesto por un conjunto irreprochable de 
destacados miembros de la comunidad y del mundo empresarial, como la mayor�a 
de los consejos de administraci�n de las empresas. Entre sus miembros hab�a 
un ex legislador del Gobierno, un ex decano de la Facultad de Empresariales 
de Stanford, el decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Tejas, 
el ex presidente y el presidente em�rito del centro para la lucha contra el 
c�ncer de la misma universidad (que se benefici� de las actividades 
filantr�picas de Enron). Nueve de los 14 consejeros estaban relacionados con 
instituciones que hab�an recibido apoyo en el marco de las actividades 
filantr�picas de la empresa; eran asesores de Enron; o ten�an v�nculos con 
empresas propiedad de Enron, o ten�an participaciones en Enron, o hac�an 
negocios con Enron. La composici�n de este consejo deber�a haber inspirado 
dudas sobre su independencia, pero probablemente no se diferencie mucho de 
los consejos de otras empresas con buenas conexiones pol�ticas.

Que un grupo tan convencional de personas eminentes estuviera dispuesto a 
renunciar al c�digo �tico de la empresa cuan do �ste se convirti� en un 
obst�culo para las argucias empresariales a la hora de eludir el pago de 
impuestos dice mucho sobre los c�digos �ticos de las empresas (suponiendo 
que no lo hubi�ramos adivinado ya).

Por otra parte, la conformidad -de hecho, parec�a m�s bien prisa- de los 
contables y abogados de Arthur Andersen a la hora de borrar las pistas y 
destruir documentos no es, por desgracia, tan sorprendente. Desde que las 
grandes empresas de contabilidad entraron en el negocio de la asesor�a, han 
surgido muchas dudas respecto a su objetividad.

S�lo ahora va tomando forma el esc�ndalo, a medida que la prensa va 
estrechando el cerco en torno a las muchas conexiones de la Administraci�n 
con Kenneth Lay y su empresa. Pero lo verdaderamente importante y 
escandaloso es que el propio sistema pol�tico estadounidense se encuentre 
ahora bajo la influencia dominante del mundo empresarial, sobre todo de las 
sociedades e intereses financieros m�s importantes, en detrimento de otros 
grupos de la sociedad con aspiraciones leg�timas a gobernar.

Ya ha pasado antes. Pas� en el periodo posterior a la guerra civil, cuando 
el moderno capitalismo estadounidense empezaba a tomar forma y a provocar 
explotaci�n y abusos que dieron lugar al periodismo reformista 'revelador de 
esc�ndalos' y a la normativa empresarial establecida bajo las 
administraciones de Theodore Roosevelt.

Pas� despu�s de la I Guerra Mundial, y desemboc� en el crash del 1929. A 
continuaci�n vino el control de los mercados de valores y de la banca con el 
New Deal, cuyo resultado fue el modelo empresarial del capitalismo 'de 
participaci�n' tras la II Guerra Mundial, en el que se proteg�an los 
intereses de los trabajadores y de la comunidad.

Hoy es dudoso que sea posible una nueva reforma. Los pol�ticos aborrecen el 
actual sistema de gasto ilimitado en las campa�as pol�ticas, pero al mundo 
empresarial le viene muy bien. Mientras las campa�as pol�ticas nacionales 
sigan exigiendo sumas fara�nicas, no se elegir� una mayor�a reformista. 
Mientras gastar dinero siga siendo una forma de libertad de expresi�n 
protegida, el sistema estadounidense permanecer� bloqueado.

http://www.elpais.es/articulo.html?xref=20020131elpepiopi_10&type=Tes&anchor=elpepiopi&d_date=20020131



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    cortesia de Anibal Monsalve Salazar

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