Colext/Macondo
Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior
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�No tenemos entonces ninguna virtud? Yo creo que tenemos muchas. Pero la 
verdad es que s�lo las advertiremos cuando reconozcamos nuestros defectos. 
Uno de ellos es la simulaci�n. Es un defecto que nace del sentimiento de 
inferioridad. La se�orita que viaja a Miami siente que por ser colombiana 
es naturalmente inferior a los norteamericanos. As� que al volver intentar� 
mostrar que su viaje la ha transformado por el m�todo abreviado en una 
extranjera, o ha aligerado su vergonzosa condici�n criolla. Simular� 
entonces pertenecer a esa tradici�n ilustre. As�, esa simulaci�n, esa 
impostura, que parece arrogancia, es un acto de servilismo y de rid�cula 
humildad. Es lo que pasa cuando los publicistas criollos hablan entre s� en 
ingl�s para deslumbrarse mutuamente, cuando los j�venes tratan de 
impresionarse con las marcas de las prendas que usan. Toda autenticidad es 
considerada una penuria, porque se tiene un sentimiento profundo de 
indignidad y de peque�ez, entonces hay que afirmarse en las marcas, en las 
poses, en los s�mbolos. El joven que pase unos meses en Francia llegar� 
visiblemente met�dico, el que pase unos en Alemania llegar� severamente 
sistem�tico, y ello en principio no evidencia capacidad de aprendizaje ni 
hospitalidad mental sino la misma antigua debilidad de car�cter. Esa que 
hace que los comerciales de televisi�n est�n llenos de gente de rasgos 
finos y ojos claros, porque los mestizos que manejan el pa�s desde siempre 
siguen avergonzados de sus rostros, de su lenguaje, de su esp�ritu: s�lo 
las fisonom�as sacralizadas por una est�tica servil, s�lo los gustos 
heredados por nuestra tradicional falta de originalidad, pueden ser 
expresados. As� seguimos jugando al juego de que somos exclusivamente una 
naci�n blanca, cat�lica y liberal, aunque nuestras ciudades sean el ejemplo 
de mestizaje y de mulataje m�s notable del continente; aunque nuestra vida 
religiosa sea la m�s asombrosa combinaci�n de espiritismo, santer�a, 
brujer�a, animismo e hipocres�a que pueda encontrarse: aunque nuestra vida 
pol�tica se caracterice porque el presidente de la rep�blica es elegido por 
el diez por ciento de la poblaci�n, exactamente el mismo porcentaje que 
vive directa o indirectamente del Estado.
Desde muy temprano en nuestro pa�s se dio esa tendencia a excluir y 
descalificar a los otros, que nos ha tra�do hasta las cimas de intolerancia 
y de hostilidad social que hoy padecemos. Un colombiano casi no se reconoce 
en otro si no median una larga serie de comprobaciones de tipo �tnico, 
econ�mico, pol�tico, social y familiar; si no se hace una pormenorizada 
exploraci�n acerca del sitio en que trabaja, el barrio en que vive, la ropa 
que usa y la gente que conoce. Y por supuesto esta hostilidad no es s�lo de 
los ricos hacia los pobres: �stos a su vez sienten el malestar de 
relacionarse con gente que pertenece a otro mundo, y no dejan de expresar 
el desagrado que les causa el ritual de simulaciones que caracteriza la 
vida social de las otras clases. El desprecio se�orial por los humildes 
tiene en este pa�s uno de sus mayores reductos. Muchos creer�an que esto es 
un fen�meno universal, pero basta visitar otros pa�ses para comprender que 
en ellos ciertos principios de la democracia son realidades, no perfectas 
por supuesto, pero s� mucho m�s aproximadas al ideal que la democracia 
sugiere. Pa�ses sin condiciones extremas de miseria, pa�ses que respetan el 
trabajo humano, lo valoran y lo recompensan, pa�ses que no se permiten la 
indignidad de tener sus calles infestadas de mendigos, pa�ses que no se 
permiten el espect�culo degradante de tener en las calles personas que se 
alimentan de las basuras. Porque ah� est�n desnudos el absurdo y la 
insignificancia de nuestras �nfulas cortesanas. Mientras en Norteam�rica se 
dice simplemente "La Casa Blanca", para aludir al centro de gobierno m�s 
poderoso del planeta, en este pa�s la sede de gobierno sigue llam�ndose 
"Palacio", como aprendimos a decirlo desde los tiempos en que la sombra del 
Escorial daba penumbra a nuestras almas. Y los gobiernos no sienten 
verg�enza de que El Palacio est� a unos cuantos metros del �ltimo pozo de 
la miseria humana: "La Calle del Cartucho" donde se confunden con la basura 
y con las costras de la tierra numerosos seres humanos de esos que nuestra 
insensibilidad llama "desechables". Pero tal vez lo que quieren los 
gobiernos es que se advierta en ese s�mbolo: el poder y la escoria 
conviviendo en el mismo barrio, la plenitud caricatural de nuestras 
instituciones.
Tradicionalmente los pa�ses logran una identificaci�n consigo mismos a 
partir de sentirse miembros de una misma etnia, de una misma tradici�n, a 
partir de la evidencia de unas afinidades. Pero la principal caracter�stica 
de la modernidad inaugurada por el Descubrimiento de Am�rica, es la 
convergencia sobre cada territorio de la mayor diversidad �tnica, religiosa 
y cultural imaginable.
Los imperios siempre fueron v�ctimas de una contradicci�n profunda. 
Pretenden unificar al mundo bajo una sola potestad, pero en este af�n 
arrancan a las culturas particulares de sus nichos aislados y las ponen en 
contacto con otras. El resultado no suele ser la disoluci�n de las naciones 
y de las tribus bajo el influjo de la cultura oficial, sino m�s bien una 
exacerbaci�n de los nacionalismos. El Imperio Romano fracas� en el intento 
de unir a la humanidad, siguiendo la divisa de Alejandro: Un solo imperio 
bajo un solo Dios. Las culturas locales nunca dejaron de existir, y hoy, 
veinte siglos despu�s, Europa es un continente tan escindido en culturas 
particulares, en tradiciones y lenguas distintas, como lo era cuando el 
imperio intentaba prevalecer. Finalmente el arrogante poder de los 
emperadores y los patricios sucumbi� a las migraciones que el mismo poder 
de Roma suscitaba. La espl�ndida y turbulenta capital se convirti� en un 
centro magn�tico que atra�a hombres y mujeres de todos los confines, y ese 
asedio de las orillas contra el centro del Imperio es lo que llamamos su 
declinaci�n y ca�da. Hoy ocurre algo an�logo. El gran imperio 
contempor�neo, al exaltar su modelo de vida como ley universal, no logra 
impedir que las cr�dulas muchedumbres del planeta se precipiten hacia el 
centro atra�das por el im�n irresistible. Pero las hordas de inmigrantes no 
vienen a someterse a los paradigmas de la civilizaci�n, vienen �vidas de 
aprovechar sus ventajas sin renunciar a sus peculiaridades nacionales. 
Alguna vez los inmigrantes al territorio norteamericano, por ejemplo, 
buscaban ser americanos, olvidar en el esplendor de su nueva condici�n las 
penurias de sus viejas patrias, la persecuci�n y la pobreza. Am�rica era el 
reino de la esperanza. Hoy nadie ignora que los pobres del mundo llegan 
all�, no porque est�n decepcionados de sus patrias de origen, a las que 
llevan cada vez m�s ardientes en el coraz�n, sino porque los arrastra la 
necesidad. Am�rica no es ya reino de esperanza sino reino de desesperaci�n. 
No es extra�o que los inmigrantes aprovechen las ventajas del nuevo mundo 
pero se sientan pertenecer cada vez m�s al peque�o pa�s del que proceden, y 
ello es m�s fuerte a�n porque las comunicaciones modernas les permiten un 
contacto casi cotidiano con sus or�genes.
Colombia fue incorporada a la modernidad por el Descubrimiento, y ser�a 
dif�cil encontrar una naci�n que re�na en su seno tantas contradicciones 
t�picas de nuestra �poca. Est� en ella desde el comienzo el conflicto entre 
los pueblos nativos y los pueblos invasores. Como este conflicto no llev� a 
un exterminio de la poblaci�n nativa al modo de Norteam�rica, surgi� un 
tercer elemento en conflicto, el mestizaje, que por ser hijo de razas que 
se repel�an y se descalificaban mutuamente, no vino a ser una s�ntesis sino 
un nuevo contendor, incapaz de identificarse consigo mismo y que busc� 
siempre en lo distante y en lo ilustre su justificaci�n y su lenguaje. 
Est�n tambi�n los pueblos afroamericanos, cuyos padres llegaron en 
condici�n de extranjeros y de esclavos. Sus hijos actuales, liberados 
te�ricamente de la esclavitud, siguen siendo mirados como extranjeros por 
el resto de la sociedad, y a�n no han emprendido una gran toma de posesi�n 
del mundo al que irrenunciablemente pertenecen. Pero adem�s de los 
conflictos �tnicos, negados enf�ticamente por el establecimiento aunque 
saltan a la vista de mil maneras distintas en la vida diaria, un conflicto 
m�s hondo es el que se da entre las �lites econ�micas y pol�ticas y el 
resto de la sociedad, discriminado por su pobreza y excluido de toda 
oportunidad. A esto se a�ade el hecho de que a partir de los a�os cuarenta 
comenz� un proceso descomunal de �xodo de los campesinos hacia las 
ciudades, huyendo de la despiadada violencia rural, proceso que invirti� en 
menos de medio siglo las proporciones de poblaci�n urbana y de poblaci�n 
campesina. Esto no ser�a tan grave si no fuera porque ese reducido sector 
urbano, acaudillado por la arrogante capital de la rep�blica, se 
avergonzaba profundamente del pa�s al que pertenec�a, y recibi� a los 
campesinos con una incomprensi�n, una hostilidad y una inhumanidad 
verdaderamente oprobiosas. Los campesinos ven�an de una cultura largamente 
establecida. Ten�an una sabidur�a en su relaci�n con la tierra, un lenguaje 
lleno de gracia, en el que la rudeza y la ternura encontraban una expresi�n 
elocuente y vivaz. Eran seres dignos y serenos incorporados a una relaci�n 
profunda y provechosa con el mundo. De la noche a la ma�ana, estos seres se 
vieron arrastrados por un viento furioso que los arranc� a la antigua 
firmeza de su universo y los arroj� sin defensas en un mundo implacable. Su 
sencillez fue recibida como ignorancia, su nobleza como estupidez, su 
sabidur�a elemental como torpeza. Es imposible describir de cu�ntas maneras 
las inmensas masas de campesinos expulsados se vieron de pronto convertidos 
en extranjeros en su propia patria, y el calificativo de "monta�ero" se 
convirti� en el estigma con el cual Colombia le dio la espalda a su pasado 
y abandon� a sus hijos en manos de los prejuicios de la modernidad. De 
pronto el pa�s de la simulaci�n, incapaz de construir algo propio en qu� 
reconocerse, descubr�a los paradigmas del progreso s�lo para utilizarlos 
contra s� mismo, y se plegaba como siempre, sin criterio, sin car�cter, sin 
reflexi�n y sin memoria, a los dictados de un hipot�tico mundo superior.
La principal caracter�stica de las clases dirigentes colombianas no ha sido 
la maldad, la crueldad o la falta de nobleza, sino fundamentalmente la 
estupidez. O, mejor dicho, es de esa estupidez que brotan como cabezas de 
hidra todos los otros males. En todos los pa�ses del mundo hay ricos y 
pobres, hay gentes favorecidas por la fortuna y gentes abandonadas por 
ella. Pero las clases dirigentes del gran mundo no s�lo asumieron desde 
temprano sus deberes patri�ticos, se identificaron con la realidad a la que 
pertenec�an y admitieron un principio de dignidad en las multitudes de sus 
naciones, sino que intentaron ser coherentes. Cuando fundaron instituciones 
basadas en principios elementales de igualdad de oportunidades y de respeto 
por la dignidad humana, procuraron al menos ser fieles a esos principios. 
Algo les ense�� que uno no puede impunemente permitir que proliferen la 
miseria y la indignidad. A ello contribuy� en muchas partes la �tica de 
unas religiones que se sent�an responsables por sus fieles, una �tica que 
compromet�a la conducta, mientras ya se sabe que la �tica religiosa de 
nuestra naci�n se basa asombrosamente en el criterio de que "el que peca y 
reza empata", y sugiere que la vida religiosa no consiste en obrar bien 
sino en arrepentirse a tiempo. Aqu� las gentes se sienten cumpliendo con 
sus deberes religiosos no si son nobles y generosas con los dem�s, de 
acuerdo con el precepto de Cristo, sino si cumplen con la liturgia. Para 
salvarse no hab�a que cumplir con la humanidad, bastaba cumplir con la 
Iglesia.
Desde temprano se permiti�, pues, que proliferara aqu� la pobreza, porque 
esos seres de otras razas y otras culturas no merec�an el respeto y la 
solicitud de la "gente bien", y apenas s� eran dignos de caridad. Por eso 
desde los tiempos coloniales hay en Bogot� "gamines", y no deja de ser 
significativo que hasta para nombrarlos se haya recurrido a la impostura de 
otra lengua. Llam�ndolos as�, a la francesa, no s�lo se legitimaba su 
existencia, sino que se establec�a una distancia cultural con ellos. Hasta 
los ni�os indigentes les serv�an a estos criollos sin car�cter para 
sentirse superiores, para sentirse finos e ilustres.
La idea de que la pobreza es problema de los pobres se abri� muy f�cilmente 
camino en estas tierras de Dios. Desde entonces los poderosos sintieron que 
cumpl�an suficientemente con su deber si destinaban una fracci�n de sus 
riquezas a la caridad. Pero el Estado existi� desde el comienzo para 
defender privilegios, y a pesar de pregonar con clarines su ra�z 
republicana y revolucionaria, era ya ese engendro bifronte que seguir�a 
siendo por siglos. Ten�a un rostro para atender a los poderosos, hecho de 
deferencia y de servilismo, y otro, hecho de arrogancia y de ferocidad, 
para despachar a los pobres.
Las castas sensatas de otras naciones comprendieron que permitir la 
generalizaci�n de la miseria es avivar un peligro extremo. La pobreza no es 
problema de los pobres, es problema de toda la sociedad, y bien dijo 
Bernard Shaw hace muchas d�cadas que permitir que haya miseria es permitir 
que la sociedad entera se corrompa. Esa insensibilidad, ese ego�smo, esa 
falta de compromiso con los dem�s no nos los cobrar�n en el infierno, nos 
los est�n cobrando aqu�, en la tierra. Por permitir que haya miserables, 
seres desamparados que crecen en el hambre, en la indignidad y en la 
incertidumbre, todo lo dem�s va arruin�ndose. No es que en este pa�s los 
pobres no puedan vivir, es que ya tampoco los ricos pueden hacerlo. 
Permitir que haya extrema pobreza es hacer que crezcan las verjas en torno 
a las residencias, que se multipliquen las cerraduras, que sea necesario un 
ej�rcito de vigilantes privados; es hacer que ya los hijos no puedan ir 
tranquilos al colegio, que no puedan salir confiadamente a los parques. La 
clamorosa estupidez de los due�os del pa�s ha hecho finalmente que tampoco 
ellos puedan ser los due�os del pa�s, que las calles sean tierra de nadie, 
que todos nos sintamos sentados sobre un polvor�n.
Ahora, por fin, quienes se lucraron siempre de las miserias nacionales, los 
que aun de la pobreza de los otros hicieron su negocio, comienzan a sentir 
que "algo hiede en Dinamarca" y se apresuran a buscar, como siempre, al 
culpable. Tardar�n en comprender, como Edipo, qui�n es el responsable de 
las pestes de Tebas. Una incre�ble estupidez hizo que finalmente nadie 
pueda ya disfrutar de lo que tiene, y el pa�s del ego�smo, de la mezquindad 
y de la exclusi�n se devora a s� mismo mientras se pregunta por qu�, si 
todos so�amos la felicidad y la prosperidad, todos nos vemos hundidos en la 
incertidumbre y ahogados por el mal. Entonces nos agitamos se�alando el mal 
fuera de nosotros, en la falta de valores de los dem�s, en la p�rdida de 
las virtudes republicanas por parte del resto, en una sat�nica conspiraci�n 
de malvados, porque no somos capaces de mirar nuestro coraz�n.
Chesterton dec�a que el bien no consiste simplemente en abstenerse de hacer 
el mal, que el bien no puede ser una virtud meramente negativa y pasiva, 
que el bien debe ser algo que obra, algo perceptible por sus frutos, as� 
como el blanco es un color y no una simple ausencia de color.
Por eso he dicho al comienzo que el peor de los males de Colombia no es lo 
que se ve sino lo que no se ve. El inmenso pueblo excluido que no se 
manifiesta, o que tan plenamente ha perdido la confianza que prefiri� 
replegarse hacia la vida personal, vivir al margen del Estado corrupto y 
hostil, procurando salvarse solo, como pueda, y entregado a la tarea a la 
vez precaria y heroica de rebuscar la subsistencia en una lucha de todos 
contra todos, porque ning�n prop�sito colectivo puede ser reivindicado, 
porque ya nadie puede sentirse parte digna y orgullosa de una naci�n.
Ello es comprensible en la medida en que la ret�rica nacional envileci� 
todo el lenguaje de las grandes causas, malgast� todas esas palabras 
enormes, esas abstracciones ilustres, hasta convertirlas en s�mbolos de la 
traici�n y de la impostura. Creo sinceramente que despu�s de Jorge Eli�cer 
Gait�n ning�n pol�tico ha vuelto a pronunciar palabras que de veras 
instauren una comunidad, unos lazos de solidaridad entre los colombianos. 
Desde entonces Colombia sigue despidiendo sus esperanzas en los cementerios 
y ahora, como un alto s�mbolo de la �poca, "no cree en nada". 


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    cortesia de Anibal Monsalve Salazar

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