Colext/Macondo
Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior
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El cuadro que nos ofrece la Colombia de hoy, intimidada por s� misma, 
acorralada por s� misma, hundida en un nudo de guerras crueles y est�riles, 
donde todos los que obtienen alg�n beneficio cierran los ojos y se dicen de 
nuevo que es s�lo por ahora, que ya pasar� la tormenta, ese cuadro confuso 
podr�a ser descrito por estos versos de W.B. Yeats: "Los mejores carecen de 
toda convicci�n, En tanto que los peores Est�n llenos de apasionada 
intensidad."
S�, el mal de Colombia es la incapacidad de reaccionar, la p�rdida de la 
confianza, la p�rdida de la esperanza, la abrumadora falta de car�cter que 
hace que hayamos cometido el error de llegar a la sociedad que tenemos y en 
vez de reconocerlo cerremos los ojos, neg�ndonos a la dif�cil pero 
prometedora transformaci�n que nos est� exigiendo la historia. S�lo cuando 
las grandes multitudes de este pa�s, incluidos los sectores dirigentes que 
sean capaces de cambiar su necedad por algo m�s inteligente y m�s pr�ctico, 
se llenen de la convicci�n de que el pa�s ser�a mejor si nos dej�ramos de 
imposturas, de simulaciones y de exclusiones; s�lo cuando el pa�s abatido y 
desconfiado se llene de la apasionada intensidad que hoy s�lo tienen los 
que viven de la guerra y del caos, nos haremos dignos de un destino 
distinto, y podremos cambiar este coro de quejas in�tiles que se oye en 
todas partes, por algo m�s alegre y m�s fecundo.
Nos gustar�a que los tel�fonos p�blicos sirvieran para hacer llamadas; que 
funcionaran los medios de transporte: que las autorrutas sirvieran para ser 
transitadas, que estuvieran se�alizadas correctamente para que no nos 
cueste tanto trabajo el viaje m�s elemental; que la tecnolog�a que usamos 
consulte al pa�s en el que se aplica, y as� no se hundan las carreteras 
porque esto ni se agrieten porque aquello; que los productos de nuestra 
naturaleza sean conocidos y utilizados de un modo razonable, que no 
permitamos que sean otros pueblos y otros prejuicios los que nos dicten 
c�mo manejar nuestras riquezas; que la Justicia funcione. Pero para ello es 
necesario saber c�mo somos y a qu� podemos comprometernos en un contrato 
social. Llevamos siglos desobedeciendo c�digos perfectos, transgrediendo 
normatividades admirables y vanaglori�ndonos de la perfecci�n de unas 
instituciones a las que nadie respeta.
Nos gustar�a que los puentes no se cayeran. Que las fuerzas armadas 
sirvieran para defender la vida, honra y bienes de los ciudadanos. Que 
tuvi�ramos de verdad derecho al trabajo. Que el trabajo, como quer�a Jorge 
Eli�cer Gait�n, fuera tan valorado entre nosotros como en esos pueblos a 
los que tanto admiramos y de los que tan poco aprendemos por entregarnos 
s�lo a la vana simulaci�n. Nos gustar�a vivir en un pa�s de gente digna, 
donde la pobreza no signifique desprecio social ni miseria moral, donde el 
Estado se esfuerce por dignificar a la poblaci�n; donde los polic�as tengan 
para los pobres algo mejor que garrotes y aprendan a ser los servidores de 
la comunidad, en vez de las potestades arbitrarias que ahora se ven 
obligados a ser.
Quisi�ramos encontrar a lo largo y ancho de la incomparable geograf�a 
nacional pueblos dignos y serenos; que lo mejor que somos aflore en 
nuestros rostros; que no se mueran esa nobleza, esa hospitalidad, esa 
familiaridad que siempre caracterizaron a nuestros pueblos campesinos y que 
alientan todav�a bajo las tensiones y las violencias de la modernidad.
Nos gustar�a ver los ferrocarriles, los astilleros, los puertos; ver los 
litorales favorecidos por un Estado verdaderamente nacional y 
verdaderamente respetuoso. Y nos gustar�a que el Estado colombiano, que ya 
ha obligado a la naci�n no s�lo a vivir sin est�mulos y sin protecci�n, 
sino a vivir a pesar de sus instituciones, se convirtiera en un Estado 
m�nimamente eficaz en las cuestiones b�sicas de inter�s p�blico que le 
ata�en, dejara de ser un instrumento para defender privilegios y garantizar 
desigualdades, y nos diera, como quer�a Borges de todo Estado, "un severo 
m�nimo de gobierno".
En Colombia hoy no se trata de construir un Estado infinitamente poderoso, 
intervencionista y molesto, ya que la sociedad por fortuna ha aprendido a 
vivir sin �l, sino de desmontar la iniquidad de un Estado antipopular y 
abusivo, cambi�ndolo por una administraci�n simple pero respetable y 
activa, que le sirva a la sociedad para desplegar sus posibilidades y para 
enfrentar la rica e ind�cil naturaleza que nos ha correspondido. Un Estado 
que por fin se parezca al pa�s, y que est� dirigido por una voluntad 
nacional. Pero para que eso pueda ocurrir, el Estado de los privilegios, 
las simulaciones y las imposturas, el Estado de la corrupci�n y del saqueo, 
de la insensibilidad y del irrespeto por el ciudadano debe desaparecer de 
un modo absoluto y no merece la menor consideraci�n. Sus funcionarios, sus 
autoridades y sus pol�ticos son apenas producto de los malos h�bitos de una 
larga historia; no son ellos la causa sino la consecuencia del Estado que 
existe, as� como el Estado es la consecuencia de la sociedad que somos y 
que debe cambiar si queremos sobrevivir.
As�, es claro para m� que no es el Estado el que puede cambiar a la 
sociedad, sino por el contrario la sociedad la que debe cambiar al Estado: 
no s�lo su administraci�n y sus funcionarios sino su estructura y su 
l�gica. Pero para ello la sociedad misma debe hacerse otra, y s�lo de la 
iniciativa social no estatal podr� salir esa sociedad nueva cuyo fundamento 
sea la semilla moral que hay en todos, y la insatisfacci�n y el hast�o que 
ya siente la sociedad entera.
Colombia es hoy un pa�s donde los pobres no pueden comer, la clase media no 
puede comprar y los ricos no pueden dormir. S�lo cambiando nuestra manera 
de estar juntos, s�lo convocando a la dignidad de millones de seres e 
inst�ndolos a ser el pa�s, su rostro, sus voceros y sus prop�sitos, s�lo 
dando por fin su lugar en la historia a las mayor�as excluidas y degradadas 
por una arrogancia asombrosa, podremos esperar un pa�s donde de nuevo sea 
motivo de orgullo y de grandeza vivir y morir.
Lo que nos ense�an las sociedades modernas es que todos estamos en las 
manos de todos. �Durante cu�nto tiempo se resignar�n los privilegiados a 
pagar sus privilegios con zozobra, avanzando por las avenidas entre nubes 
de guardaespaldas, s�lo porque el pa�s en que nacieron ha dejado de ser una 
patria y se ha erizado de enemigos? �Cu�nto tiempo tardar�n en entender que 
algo anda mal en el orden social si los ancianos no pueden caminar 
sosegadamente por los parques, si la desaparici�n accidental de un ni�o en 
un centro comercial produce un espanto indescriptible?
Nuestro mundo se ha enrarecido, pero �c�mo extra�arnos de eso si su 
historia ha sido un proceso creciente de expropiaci�n, no s�lo de los 
haberes materiales sino de la dignidad y de la misma condici�n humana de 
legiones y legiones de seres? Si los funcionarios del Estado delinquen, si 
los depositarios de la fe p�blica saquean el tesoro, si los encargados de 
defender la ley y de velar por su majestad no se sienten sometidos a ella y 
la violan a su antojo, �c�mo podremos reclamar que se comporten como 
ciudadanos los que crecen en el abandono, formados en la amargura y el 
resentimiento, los que no tienen nada que agradecerle a la sociedad, los 
que no esperan nada de ella? Es f�cil descargar censuras y reprobaciones, 
pero un pa�s digno no es ya algo que se nos deba por justicia, sino algo 
que tenemos que merecer por nuestros actos.
Como me dec�a hace poco un amigo, empezar de cero ser�a m�s f�cil. Si la 
tarea fuera cambiar al gobierno, o cambiar a los funcionarios, o cambiar al 
estado, todo ser�a relativamente sencillo. Ser�a un problema de campa�as 
electorales, o de campa�as moralizadoras, o a lo sumo de grandes cambios 
constitucionales. Pero es algo m�s vasto y a la vez m�s sutil lo que se 
requiere: es cambiar ese modo de nuestro ser que es el substrato en que 
reposa todo el desorden de nuestra naci�n. Y el principal legado de nuestro 
ser colombiano tiene que ver con lo que m�s n�tidamente nos tipifica desde 
el comienzo.
La tarea m�s urgente de la humanidad en general es la tarea de reconocerse 
en el otro, la tarea de asumir la diferencia como una riqueza, la tarea de 
aprender a relacionarnos con los dem�s sin exigirles que se plieguen a lo 
que somos o que asuman nuestra verdad. Frente a los fascismos que hoy 
resurgen en tantos lugares del planeta se alza esta urgencia de hacer que 
en el mundo persista la diversidad de la que depende la vida misma. El 
triunfo de un solo modelo, de un solo camino, de una sola verdad, de una 
sola est�tica, de una sola lengua, es una amenaza tan grande como lo ser�a 
en el reino animal el triunfo de una sola especie o en el reino vegetal el 
triunfo de un solo �rbol o de un solo helecho.
En esta defensa de la diversidad cabe la lucha por la existencia de muchas 
naciones distintas, con sus lenguas distintas, con sus culturas, con sus 
indumentarias, con sus dioses y, si se quiere, con sus prejuicios. Y as� se 
ve mejor el peligro de las hegemon�as y de los imperialismos. Cuando la 
guerra de los "boers" en Sud�frica, a comienzos de siglo, Chesterton se 
declar� partidario de los nacionalistas sudafricanos en nombre del 
nacionalismo ingl�s. Acusado de traici�n respondi�: "Yo soy nacionalista. 
Ser nacionalista no es s�lo querer a la propia naci�n sino aceptar que los 
dem�s tengan la suya. Ser imperialista, en cambio, es en nombre de la 
propia naci�n querer quitarle su naci�n a los otros".
Es en esta lucha por el reconocimiento del otro y el respeto por �l donde 
se inscribe en nuestro tiempo la singular tarea de los colombianos. Porque 
como muchos pa�ses modernos y acaso un poco m�s, Colombia es por excelencia 
el pa�s del otro. Y toda su desdicha ha consistido en la incapacidad de 
reconocerse en el otro porque el otro es siempre distinto, no es el 
hermano, ni el miembro de la etnia, ni el miembro de la tribu, ni el 
correligionario, ni el miembro de la misma clase social, ni del mismo 
partido. Cada colombiano es "el otro", lo distinto, lo que no se confunde 
conmigo. Esta extrema individualidad es el fruto de todas las tensiones de 
Occidente condensadas en un solo territorio. Del choque entre Europa y 
Am�rica, del choque entre los blancos y los indios, del choque entre los 
cat�licos y los paganos, del choque entre los amos y los esclavos, del 
choque entre las metr�polis y las colonias, del choque entre la barbarie y 
la civilizaci�n (y la imposibilidad de saber cu�l es cu�l), del choque 
entre los peninsulares y los criollos, del choque entre la capital y la 
provincia, del choque entre los citadinos y los "monta�eros", del choque 
entre los ricos y los pobres, del choque entre los educados y los 
ignorantes, del choque entre los funcionarios y los particulares, del 
choque entre los caribe�os y los andinos, del choque entre los que son 
gente y los que no son gente, del choque entre los federalistas y los 
centralistas, del choque entre los tradicionalistas y los radicales, del 
choque entre los camanduleros y los comecuras, del choque entre los 
liberales y los conservadores, del choque entre los bandoleros y las gentes 
de bien, del choque entre las fuerzas armadas y los subversivos, de las 
largas y rec�procas descalificaciones entre todos estos bandos que se odian 
y se niegan, sin saber que no son m�s que los herederos y los perpetuadores 
de una antigua maldici�n, en el pa�s de los odios heredados y de las 
pedagog�as de la intolerancia y del resentimiento. Cada colombiano es "el 
otro", y tendr� que luchar contra su propio coraz�n para lograr ser un poco 
m�s generoso, un poco m�s tolerante, un poco m�s amistoso, un poco m�s 
hospitalario. Si no lo hacemos, seguiremos siendo el melanc�lico pa�s donde 
ser inteligente consiste en ser "avispado", es decir, capaz de enga�ar al 
otro sin escr�pulos; donde ser noble es ser idiota, donde diferir de los 
otros es despertar el coro de las murmuraciones, y donde una suerte de 
oscuro y agazapado fascismo sigue nutri�ndose del odio y de la exclusi�n.
Borges habla de los hidr�grafos que afirmaban que basta un solo rub� para 
desviar el curso de un r�o. Bastar�a una sola cosa para que Colombia cambie 
hasta lo inimaginable. Bastar�a que cada Colombiano se hiciera capaz de 
aceptar al otro, de aceptar la dignidad de lo que es distinto, y se 
sintiera capaz de respetar lo que no se le parece. Ese es el cambio a la 
vez vasto y sutil del que hablaba. Esa es tal vez la �nica revoluci�n que 
necesita Colombia.
(Art�culo publicado en Sistema de Comunicaci�n para la Paz, SIPAZ, "Esta es 
la Colombia que no se ve". Tomado de Info-ong.org 165, 9 de enero de 2002)
(*) William Ospina (Padua, Tolima, 1954). Poeta, ensayista y traductor. Ha 
publicado, entre otros, El pa�s del viento (1992), Es tarde para el hombre 
(1994), Esos extra�os pr�fugos de Occidente (1994), �Con qui�n habla 
Virginia caminando hacia el agua? (1995) y �D�nde est� la franja amarilla? 
(1997). El presente texto es el primer cap�tulo del libro sobre don Juan de 
Castellanos. 


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    cortesia de Anibal Monsalve Salazar

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