Colext/Macondo
Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior
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Gracias, doncarlitosS, por haber enviado la copia de ese art�culo. Es en
verdad muy cierto que mientras no nos auto-examinemos de buena f�, y no
sigamos diciendo que "los colombianos somos los m�s inteligentes, los m�s
rumberos y los m�s vivos del mundo" como manifest� un colega en una rueda
oficial de prensa ac� en SATX, no vamos a salir de esta arena movediza donde
estamos empotrados, no por nuestra propia culpa sino porque "los que nos
tienen envidia nos empujan..."

PANGosaurus2002

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----- Original Message -----
From: "Carlos Saavedra" <[EMAIL PROTECTED]>
To: <[EMAIL PROTECTED]>
Sent: Thursday, January 31, 2002 4:47 PM
Subject: Colext: Lo que le falta a Colombia # 3. Por William Ospina


Colext/Macondo
Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior
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El cuadro que nos ofrece la Colombia de hoy, intimidada por s� misma,
acorralada por s� misma, hundida en un nudo de guerras crueles y est�riles,
donde todos los que obtienen alg�n beneficio cierran los ojos y se dicen de
nuevo que es s�lo por ahora, que ya pasar� la tormenta, ese cuadro confuso
podr�a ser descrito por estos versos de W.B. Yeats: "Los mejores carecen de
toda convicci�n, En tanto que los peores Est�n llenos de apasionada
intensidad."
S�, el mal de Colombia es la incapacidad de reaccionar, la p�rdida de la
confianza, la p�rdida de la esperanza, la abrumadora falta de car�cter que
hace que hayamos cometido el error de llegar a la sociedad que tenemos y en
vez de reconocerlo cerremos los ojos, neg�ndonos a la dif�cil pero
prometedora transformaci�n que nos est� exigiendo la historia. S�lo cuando
las grandes multitudes de este pa�s, incluidos los sectores dirigentes que
sean capaces de cambiar su necedad por algo m�s inteligente y m�s pr�ctico,
se llenen de la convicci�n de que el pa�s ser�a mejor si nos dej�ramos de
imposturas, de simulaciones y de exclusiones; s�lo cuando el pa�s abatido y
desconfiado se llene de la apasionada intensidad que hoy s�lo tienen los
que viven de la guerra y del caos, nos haremos dignos de un destino
distinto, y podremos cambiar este coro de quejas in�tiles que se oye en
todas partes, por algo m�s alegre y m�s fecundo.
Nos gustar�a que los tel�fonos p�blicos sirvieran para hacer llamadas; que
funcionaran los medios de transporte: que las autorrutas sirvieran para ser
transitadas, que estuvieran se�alizadas correctamente para que no nos
cueste tanto trabajo el viaje m�s elemental; que la tecnolog�a que usamos
consulte al pa�s en el que se aplica, y as� no se hundan las carreteras
porque esto ni se agrieten porque aquello; que los productos de nuestra
naturaleza sean conocidos y utilizados de un modo razonable, que no
permitamos que sean otros pueblos y otros prejuicios los que nos dicten
c�mo manejar nuestras riquezas; que la Justicia funcione. Pero para ello es
necesario saber c�mo somos y a qu� podemos comprometernos en un contrato
social. Llevamos siglos desobedeciendo c�digos perfectos, transgrediendo
normatividades admirables y vanaglori�ndonos de la perfecci�n de unas
instituciones a las que nadie respeta.
Nos gustar�a que los puentes no se cayeran. Que las fuerzas armadas
sirvieran para defender la vida, honra y bienes de los ciudadanos. Que
tuvi�ramos de verdad derecho al trabajo. Que el trabajo, como quer�a Jorge
Eli�cer Gait�n, fuera tan valorado entre nosotros como en esos pueblos a
los que tanto admiramos y de los que tan poco aprendemos por entregarnos
s�lo a la vana simulaci�n. Nos gustar�a vivir en un pa�s de gente digna,
donde la pobreza no signifique desprecio social ni miseria moral, donde el
Estado se esfuerce por dignificar a la poblaci�n; donde los polic�as tengan
para los pobres algo mejor que garrotes y aprendan a ser los servidores de
la comunidad, en vez de las potestades arbitrarias que ahora se ven
obligados a ser.
Quisi�ramos encontrar a lo largo y ancho de la incomparable geograf�a
nacional pueblos dignos y serenos; que lo mejor que somos aflore en
nuestros rostros; que no se mueran esa nobleza, esa hospitalidad, esa
familiaridad que siempre caracterizaron a nuestros pueblos campesinos y que
alientan todav�a bajo las tensiones y las violencias de la modernidad.
Nos gustar�a ver los ferrocarriles, los astilleros, los puertos; ver los
litorales favorecidos por un Estado verdaderamente nacional y
verdaderamente respetuoso. Y nos gustar�a que el Estado colombiano, que ya
ha obligado a la naci�n no s�lo a vivir sin est�mulos y sin protecci�n,
sino a vivir a pesar de sus instituciones, se convirtiera en un Estado
m�nimamente eficaz en las cuestiones b�sicas de inter�s p�blico que le
ata�en, dejara de ser un instrumento para defender privilegios y garantizar
desigualdades, y nos diera, como quer�a Borges de todo Estado, "un severo
m�nimo de gobierno".
En Colombia hoy no se trata de construir un Estado infinitamente poderoso,
intervencionista y molesto, ya que la sociedad por fortuna ha aprendido a
vivir sin �l, sino de desmontar la iniquidad de un Estado antipopular y
abusivo, cambi�ndolo por una administraci�n simple pero respetable y
activa, que le sirva a la sociedad para desplegar sus posibilidades y para
enfrentar la rica e ind�cil naturaleza que nos ha correspondido. Un Estado
que por fin se parezca al pa�s, y que est� dirigido por una voluntad
nacional. Pero para que eso pueda ocurrir, el Estado de los privilegios,
las simulaciones y las imposturas, el Estado de la corrupci�n y del saqueo,
de la insensibilidad y del irrespeto por el ciudadano debe desaparecer de
un modo absoluto y no merece la menor consideraci�n. Sus funcionarios, sus
autoridades y sus pol�ticos son apenas producto de los malos h�bitos de una
larga historia; no son ellos la causa sino la consecuencia del Estado que
existe, as� como el Estado es la consecuencia de la sociedad que somos y
que debe cambiar si queremos sobrevivir.
As�, es claro para m� que no es el Estado el que puede cambiar a la
sociedad, sino por el contrario la sociedad la que debe cambiar al Estado:
no s�lo su administraci�n y sus funcionarios sino su estructura y su
l�gica. Pero para ello la sociedad misma debe hacerse otra, y s�lo de la
iniciativa social no estatal podr� salir esa sociedad nueva cuyo fundamento
sea la semilla moral que hay en todos, y la insatisfacci�n y el hast�o que
ya siente la sociedad entera.
Colombia es hoy un pa�s donde los pobres no pueden comer, la clase media no
puede comprar y los ricos no pueden dormir. S�lo cambiando nuestra manera
de estar juntos, s�lo convocando a la dignidad de millones de seres e
inst�ndolos a ser el pa�s, su rostro, sus voceros y sus prop�sitos, s�lo
dando por fin su lugar en la historia a las mayor�as excluidas y degradadas
por una arrogancia asombrosa, podremos esperar un pa�s donde de nuevo sea
motivo de orgullo y de grandeza vivir y morir.
Lo que nos ense�an las sociedades modernas es que todos estamos en las
manos de todos. �Durante cu�nto tiempo se resignar�n los privilegiados a
pagar sus privilegios con zozobra, avanzando por las avenidas entre nubes
de guardaespaldas, s�lo porque el pa�s en que nacieron ha dejado de ser una
patria y se ha erizado de enemigos? �Cu�nto tiempo tardar�n en entender que
algo anda mal en el orden social si los ancianos no pueden caminar
sosegadamente por los parques, si la desaparici�n accidental de un ni�o en
un centro comercial produce un espanto indescriptible?
Nuestro mundo se ha enrarecido, pero �c�mo extra�arnos de eso si su
historia ha sido un proceso creciente de expropiaci�n, no s�lo de los
haberes materiales sino de la dignidad y de la misma condici�n humana de
legiones y legiones de seres? Si los funcionarios del Estado delinquen, si
los depositarios de la fe p�blica saquean el tesoro, si los encargados de
defender la ley y de velar por su majestad no se sienten sometidos a ella y
la violan a su antojo, �c�mo podremos reclamar que se comporten como
ciudadanos los que crecen en el abandono, formados en la amargura y el
resentimiento, los que no tienen nada que agradecerle a la sociedad, los
que no esperan nada de ella? Es f�cil descargar censuras y reprobaciones,
pero un pa�s digno no es ya algo que se nos deba por justicia, sino algo
que tenemos que merecer por nuestros actos.
Como me dec�a hace poco un amigo, empezar de cero ser�a m�s f�cil. Si la
tarea fuera cambiar al gobierno, o cambiar a los funcionarios, o cambiar al
estado, todo ser�a relativamente sencillo. Ser�a un problema de campa�as
electorales, o de campa�as moralizadoras, o a lo sumo de grandes cambios
constitucionales. Pero es algo m�s vasto y a la vez m�s sutil lo que se
requiere: es cambiar ese modo de nuestro ser que es el substrato en que
reposa todo el desorden de nuestra naci�n. Y el principal legado de nuestro
ser colombiano tiene que ver con lo que m�s n�tidamente nos tipifica desde
el comienzo.
La tarea m�s urgente de la humanidad en general es la tarea de reconocerse
en el otro, la tarea de asumir la diferencia como una riqueza, la tarea de
aprender a relacionarnos con los dem�s sin exigirles que se plieguen a lo
que somos o que asuman nuestra verdad. Frente a los fascismos que hoy
resurgen en tantos lugares del planeta se alza esta urgencia de hacer que
en el mundo persista la diversidad de la que depende la vida misma. El
triunfo de un solo modelo, de un solo camino, de una sola verdad, de una
sola est�tica, de una sola lengua, es una amenaza tan grande como lo ser�a
en el reino animal el triunfo de una sola especie o en el reino vegetal el
triunfo de un solo �rbol o de un solo helecho.
En esta defensa de la diversidad cabe la lucha por la existencia de muchas
naciones distintas, con sus lenguas distintas, con sus culturas, con sus
indumentarias, con sus dioses y, si se quiere, con sus prejuicios. Y as� se
ve mejor el peligro de las hegemon�as y de los imperialismos. Cuando la
guerra de los "boers" en Sud�frica, a comienzos de siglo, Chesterton se
declar� partidario de los nacionalistas sudafricanos en nombre del
nacionalismo ingl�s. Acusado de traici�n respondi�: "Yo soy nacionalista.
Ser nacionalista no es s�lo querer a la propia naci�n sino aceptar que los
dem�s tengan la suya. Ser imperialista, en cambio, es en nombre de la
propia naci�n querer quitarle su naci�n a los otros".
Es en esta lucha por el reconocimiento del otro y el respeto por �l donde
se inscribe en nuestro tiempo la singular tarea de los colombianos. Porque
como muchos pa�ses modernos y acaso un poco m�s, Colombia es por excelencia
el pa�s del otro. Y toda su desdicha ha consistido en la incapacidad de
reconocerse en el otro porque el otro es siempre distinto, no es el
hermano, ni el miembro de la etnia, ni el miembro de la tribu, ni el
correligionario, ni el miembro de la misma clase social, ni del mismo
partido. Cada colombiano es "el otro", lo distinto, lo que no se confunde
conmigo. Esta extrema individualidad es el fruto de todas las tensiones de
Occidente condensadas en un solo territorio. Del choque entre Europa y
Am�rica, del choque entre los blancos y los indios, del choque entre los
cat�licos y los paganos, del choque entre los amos y los esclavos, del
choque entre las metr�polis y las colonias, del choque entre la barbarie y
la civilizaci�n (y la imposibilidad de saber cu�l es cu�l), del choque
entre los peninsulares y los criollos, del choque entre la capital y la
provincia, del choque entre los citadinos y los "monta�eros", del choque
entre los ricos y los pobres, del choque entre los educados y los
ignorantes, del choque entre los funcionarios y los particulares, del
choque entre los caribe�os y los andinos, del choque entre los que son
gente y los que no son gente, del choque entre los federalistas y los
centralistas, del choque entre los tradicionalistas y los radicales, del
choque entre los camanduleros y los comecuras, del choque entre los
liberales y los conservadores, del choque entre los bandoleros y las gentes
de bien, del choque entre las fuerzas armadas y los subversivos, de las
largas y rec�procas descalificaciones entre todos estos bandos que se odian
y se niegan, sin saber que no son m�s que los herederos y los perpetuadores
de una antigua maldici�n, en el pa�s de los odios heredados y de las
pedagog�as de la intolerancia y del resentimiento. Cada colombiano es "el
otro", y tendr� que luchar contra su propio coraz�n para lograr ser un poco
m�s generoso, un poco m�s tolerante, un poco m�s amistoso, un poco m�s
hospitalario. Si no lo hacemos, seguiremos siendo el melanc�lico pa�s donde
ser inteligente consiste en ser "avispado", es decir, capaz de enga�ar al
otro sin escr�pulos; donde ser noble es ser idiota, donde diferir de los
otros es despertar el coro de las murmuraciones, y donde una suerte de
oscuro y agazapado fascismo sigue nutri�ndose del odio y de la exclusi�n.
Borges habla de los hidr�grafos que afirmaban que basta un solo rub� para
desviar el curso de un r�o. Bastar�a una sola cosa para que Colombia cambie
hasta lo inimaginable. Bastar�a que cada Colombiano se hiciera capaz de
aceptar al otro, de aceptar la dignidad de lo que es distinto, y se
sintiera capaz de respetar lo que no se le parece. Ese es el cambio a la
vez vasto y sutil del que hablaba. Esa es tal vez la �nica revoluci�n que
necesita Colombia.
(Art�culo publicado en Sistema de Comunicaci�n para la Paz, SIPAZ, "Esta es
la Colombia que no se ve". Tomado de Info-ong.org 165, 9 de enero de 2002)
(*) William Ospina (Padua, Tolima, 1954). Poeta, ensayista y traductor. Ha
publicado, entre otros, El pa�s del viento (1992), Es tarde para el hombre
(1994), Esos extra�os pr�fugos de Occidente (1994), �Con qui�n habla
Virginia caminando hacia el agua? (1995) y �D�nde est� la franja amarilla?
(1997). El presente texto es el primer cap�tulo del libro sobre don Juan de
Castellanos.


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