Uribe y la derrota de las narcoguerrillas comunistas
Carlos Alberto Montaner
En mayo los colombianos volver�n a las urnas. Si fuera hoy, a tenor de las encuestas, la primera vuelta la ganar�a Alvaro Uribe, un economista y abogado de 47 a�os, exitoso ex gobernador de Antioquia, la regi�n m�s pr�spera de Colombia, candidato independiente que procede de las filas del liberalismo, a quien se le atribuyen tres virtudes esenciales: honradez, eficiencia y firmeza. En segundo lugar quedar�a Horacio Serpa, un elocuente liberal de la vieja guardia del partido, todo bigote y maquinaria, y en tercero, la encantadora Noem� San�n, batalladora, incansable, muy cercana a al Partido Conservador, cuya candidatura se desvanece en la medida en que se acercan las elecciones.
Hace cuatro meses muy poca gente apostaba por Uribe. Se le respetaba por su excelente labor como gobernador de Antioquia, pero su discurso resultaba inquietante. Uribe no quer�a hablar de la paz, sino hacerla en serio, a corto plazo, o, de lo contrario, proceder a la derrota de los enemigos de la democracia. Entend�a que para las narcoguerrillas comunistas de las FARC y del ELN, las negociaciones no eran un camino hacia la pacificaci�n del pa�s, sino una estrategia para desgastar y desmoralizar a los dem�cratas dentro de lo que se conoce como la �t�ctica de la guerra prolongada�. Algo similar a lo que hicieron los chinos en la d�cada de los cuarenta y los vietnamitas treinta a�os m�s tarde. Se pelea, se gana terreno, se conversa, se crean falsas ilusiones, y as� hasta que el enemigo, agotado, comienza a admitir la posibilidad, primero, del cogobierno -entregarle al adversario una cuota de poder y el control de algunas instituciones-, hasta que, finalmente, acepta el fracaso inevitable y coloca d�cilmente su cabeza en la guillotina.
Uribe comprend�a muy bien la estrategia negociadora de las narcoguerrilla. Cuando un grupo armado reta al poder legalmente establecido y �ste no puede o no quiere aplicar la ley y acepta parlamentar, hablar, llegar a acuerdos, el mensaje que transmite es muy claro: �no podemos ganar; nos vemos obligados a pactar�. O sea, el tipo de actitud que desmoraliza a la sociedad y, muy especialmente, a las Fuerzas Armadas. Si a esto se le suma el inmenso disparate de haberle entregado a las FARC cuarenta y dos mil kil�metros cuadrados de santuario, acto que los convierte en beligerantes leg�timos, se puede entender que las narcoguerrillas comunistas sientan que, en efecto, est�n ganando la guerra e insistan en la necesidad de continuar conversando hasta el momento final de la victoria.
Ante la t�ctica de los insurgentes, tanto Serpa como Noem� optaron por suscribir leves variantes del lenguaje arcang�lico de Andr�s Pastrana. Supon�an que los colombianos no estaban dispuestos a resistir a los agresores, de manera que la rentabilidad pol�tica se obten�a con el discurso pacifista. �lvaro Uribe, por el contrario, se neg� tajantemente a continuar esos vac�os ejercicios ret�ricos. Su propuesta era muy clara y firme: veinte o treinta mil narcoguerrilleros comunistas, m�s los grupos armados de derecha -a los que tambi�n se opon�a firmemente-, no pod�an poner de rodillas a cuarenta millones de colombianos decididos a vivir en un pa�s libre. La paz era posible, siempre que el Estado recobrara el control sobre el territorio cedido a los subversivos, �stos depusieran las armas y los organismos internacionales vigilaran el proceso atentamente. De lo contrario, habr�a que derrotarlos en el campo de batalla y someterlos a la autoridad de la ley.
Los colombianos han cre�do en su propuesta. A Uribe, sin duda, le beneficia la atm�sfera posterior al 11 de septiembre. No s�lo porque, de ganar la presidencia, encontrar� una mejor comprensi�n en Washington y abundante ayuda militar, sino porque el patriotismo y la resistencia a la agresi�n son siempre contagiosos. Uribe ha dicho que, si fuera necesario, pedir�a ayuda internacional para ganar la guerra, y el 80 por ciento de los colombianos ha estado de acuerdo con esa hipot�tica solicitud. Si un l�der de este tipo, claramente churchilliano, llega al caser�n de Nari�o e invoca el Tratado Interamericano de Asistencia Rec�proca (TIAR) para salvar la democracia colombiana, no ser�a imposible la concertaci�n de una gran alianza internacional que suministrara armas y hasta tropas para liquidar a unas narcoguerrillas que ya han hecho met�stasis en las fronteras de Ecuador y Per�, y que cuentan, por cierto, con la irresponsable complicidad del gobierno de Hugo Ch�vez, el gran alborotador de ese inestable vecindario.
Naturalmente, los hombres de Tiro Fijo y del ELN tratar�n por todos los medios de asesinar a Uribe antes de la cita electoral de mayo. Ya le han hecho 15 atentados y seguir�n intentando matarlo. Pero esa no es la �nica forma de cerrarle el paso que tienen a su alcance. Tambi�n pudieran ensayar alg�n efectista gesto de paz falsamente encaminado a revitalizar las esperanzas de los colombianos para llevarlos al terreno de un candidato menos en�rgico y decidido a dar la batalla definitiva. No creo, sin embargo, que los colombianos caigan en una trampa tan burda. Los cuatro a�os de Andr�s Pastrana deben haber servido para eliminarles cualquier vestigio de ingenuidad. En esa golpeada sociedad ya queda muy poca gente ilusionada con la buena voluntad de las narcoguerrillas comunistas. Por eso los colombianos comienzan a pensar en la victoria. En Uribe.
