Cien mil terroristas

Carlos Alberto Montaner

Bush son� genuinamente preocupado. Las tropas de Bin Laden van dejando un rastro escalofriante en su retirada. Cada cueva que se examina, cada escondite que se escudri�a, cada prisionero que se interroga muestra una creciente trama de conspiradores siniestros e imaginativos dispuestos a incendiar al mundo. No son cuatro locos enriquecidos por el petr�leo del Medio Oriente. Son miles --cien mil dijo el presidente--, generalmente educados, unidos por el fanatismo religioso y por el lazo m�s fuerte que conoce la humanidad: el odio a un enemigo previamente demonizado.

El peligro es mucho mayor que el que se supon�a el 11 de septiembre del 2001. Bin Laden no es la cabeza de una organizaci�n terrorista, sino el caudillo de una cruzada religiosa planetaria. Sus aliados y c�mplices han sido reclutados en toda la enorme geograf�a del islam. Estados Unidos, claro, es la encarnaci�n del mal, pero Inglaterra, Francia o Alemania no marchan demasiado lejos en la lista de blancos posibles. Incluso Espa�a, que en el pasado, hace apenas quinientos a�os --la memoria religiosa es larga e implacable--, hab�a expulsado a los ``moros'', resulta un odiado adversario. Todos son infieles y el Cor�n --o la interpretaci�n radical de este libro-- ordenaba destruirlos o castigarlos severamente.

Los planes encontrados no excluyen ning�n proyecto sanguinario: armas nucleares, envenenamientos masivos, guerra bacteriol�gica, gases devastadores. Algunos son tan terribles que no faltan quienes piensan que la destrucci�n de las torres gemelas fue un hecho afortunado: con apenas tres mil muertos Estados Unidos pudo reaccionar y evitar males mayores. �Qu� hubiera pasado en el desprevenido pa�s si el primer mazazo de Al Qaida hubiera sido la introducci�n de la viruela por el simple procedimiento de poner en circulaci�n a veinte ``m�rtires'' demacrados y sombr�os, previamente inoculados, que en la fase de contagio, todav�a indetectables, recorrieran incesantemente la naci�n, desde California a New York y desde Alaska a Florida, hasta desfallecer en alg�n hotel de mala (y santa) muerte? �Y qu� hubiera sucedido si el primer golpe hubiese sido la detonaci�n en Manhattan de una ``bomba sucia'' radioactiva, adquirida en Ucrania tras el desbarajuste comunista y subrepticiamente trasladada a New York por la misma ruta que sigue la droga turca, algo aparentemente al alcance tecnol�gico y econ�mico de Bin Laden y sus secuaces?

La peligrosidad potencial de estos hechos est� dictando los movimientos estrat�gicos norteamericanos. Las operaciones en Filipinas son mucho m�s que una represalia. En las selvas de ese archipi�lago, en las zonas penetradas por el islam, hay una ``tierra sin ley'' en la que Al Qaida adiestraba a sus partidarios. Estados Unidos se propone guiar a los ej�rcitos de Manila hasta exterminar ese foco insurrecto. El principio es el mismo que los llev� a derrocar al gobierno de los talibanes: no puede haber en el planeta ning�n territorio que escape al control de un estado responsable de sus actos. Si el estado se niega --como sucedi� con los talibanes en Afganist�n--, Washington y sus aliados act�an por su propia cuenta y destruyen al gobierno que se niega a cumplir con sus deberes policiacos dom�sticos.

Am�rica Latina no est� exenta de las consecuencias de este planteamiento. El polit�logo argentino Julio Cirino lo advirti� recientemente en una conferencia dictada en Madrid: en Am�rica Latina hay varios espacios de los denominados ``tierra sin ley''. Son territorios a los que no llega la mano del estado, en donde los subversivos, narcotraficantes, y todo g�nero de delincuentes internacionales, se organizan, adiestran, esconden e intercambian favores. El mayor de estos focos es hoy el espacio irresponsablemente concedido por el gobierno de Bogot� a las FARC, pero tambi�n hay sitios parecidos en las fronteras que Colombia comparte con Panam�, Venezuela, Ecuador y Per�. Algo muy similar a lo que sucede en la amplia zona lim�trofe entre Brasil, Argentina y Paraguay.

Pero si muy grave es la existencia de ``territorios sin ley'' en Am�rica Latina, los casos de Venezuela y Cuba a�aden al conflicto una especial dimensi�n de riesgo. Son naciones en las que los gobiernos simpatizan con los terroristas. Es verdad que Castro, que le ha visto las orejas al lobo, no deja de hacer se�ales obsecuentes a Bush, y facilita la detenci�n de los talibanes en Guant�namo, pero no es menos cierto que varias semanas antes del 11 de septiembre el viejo dictador recorr�a los pa�ses isl�micos m�s radicales agitando la bandera antinorteamericana y asegurando en Teher�n que muy pronto y muy f�cilmente pod�an poner al yanqui de rodillas.

Por otra parte, la amorosa carta enviada por el presidente Hugo Ch�vez al terrorista asesino Carlos Ilich Ram�rez, preso en Par�s por sus matanzas y secuestros, no deja espacio a la duda: son compa�eros de ruta. El Chacal, conmovido, lo declar� su leg�timo heredero. En Washington y en Londres, en Par�s y en Berl�n, incluso en Madrid, tomaron nota. ``O se est� con nosotros o contra nosotros'', dijo Bush. Ch�vez eligi� estar con los terroristas y apoyar a las guerrillas comunistas colombianas. Su flamante canciller es famoso por cultivar esos v�nculos. Tres combativas periodistas venezolanas --Poleo, Colomine y Salazar--, mediante un v�deo incriminatorio, acaban de demostrar, otra vez, los lazos del ej�rcito con las FARC. Es dif�cil pensar que un gobernante como Ch�vez, hoy detestado por el ochenta por ciento de su pueblo, pueda permanecer mucho tiempo m�s en el poder. Cien mil terroristas son demasiados. La lucha ser� a muerte.

Febrero 3, 2002

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