Ch�vez o el dictador impotente
Carlos Alberto Montaner
Juro que el t�tulo de este art�culo no es un diagn�stico m�dico sino la descripci�n de un hecho pol�tico. La crisis venezolana no es endocrina sino auditiva. Hay ruido de cacerolas, incluso grabado en casetes y CD-Roms para no tener que golpear los cacharros de cocina. Eso se llama resistencia high-tec. Hay ruido de sables en los cuarteles, sordo, pero extendido, de cuya intensidad recientemente fueron buena muestra las protestas p�blicas de un par de oficiales que dieron su do de ingle. Hay ruido en la prensa, que no se calla, aunque la acosen y amenacen. Hay ruido en los estadios y sitios p�blicos, cuando entra Ch�vez y el respetable le recuerda a la inocente autora de sus d�as. Hay ruido en los p�lpitos de las iglesias, en las universidades, en las empresas, entre los campesinos. Es el ruido total.
�Qu� ha pasado? �Por qu� ese concierto? Algo curioso. Ch�vez se aprovech� del razonable descontento de los venezolanos con el mal funcionamiento del sector p�blico y en tres elecciones sucesivas secuestr� y redise�� el Estado venezolano a la medida de sus fantas�as revolucionarias. Cuando comenz� su carrera pol�tica ten�a a la sociedad a su favor y al Estado en contra. Recurri� a las urnas, cambi� al Estado, se lo pas� por el forro de una nueva rep�blica, y puso proa hacia un feliz destino libio-cubano basado en las locuras te�ricas de un fascista argentino pre�ado por el fundamentalismo isl�mico en una temporada antisemita de pasi�n iran�. �Resultado? Ahora Ch�vez tiene el Estado a su favor y a la sociedad civil en contra.
Ch�vez no entend�a que los venezolanos no quer�an una revoluci�n, ni a un presidente pelotero, ni a un charlat�n de feria, ni enfrentarse a los vecinos colombianos respaldando a las narcoguerrillas comunistas, ni irritar a Washington, ni armar una verbena �bolivariana� antiimperialista por medio continente, ni quer�an ejercer la caridad con el menesteroso Castro, tan viejo, tan pobre y tan loco, empe�ado en mantener un sistema absurdo que es la versi�n socialista del perro del hortelano: ni produce ni deja producir. Los venezolanos s�lo quer�an buena gerencia, crecimiento econ�mico, honradez en el manejo de los recursos, sensatez y caras nuevas. La indignaci�n general que llev� a Ch�vez al poder no era contra el sistema sino contra sus fallos. Las cuatro d�cadas de libertad y democracia que los venezolanos hab�an disfrutado desde la ca�da de P�rez Jim�nez hab�an calado hondo: estaban inconformes, pero eran profundamente dem�cratas y adictos a la libertad y la tolerancia.
Naturalmente, a un pueblo con esas caracter�sticas es muy dif�cil arrastrarlo voluntariamente a un sistema totalitario. Los venezolanos, con cierta dosis de ingenuidad, permitieron que Ch�vez creara una maquinaria estatal al servicio de sus delirios, pero cuando le vieron las orejas al dictador salieron a protestar. Pronto descubrieron que con Ch�vez hab�a m�s corrupci�n que en el periodo democr�tico. Y hab�a m�s ineficiencia, m�s despilfarro, m�s arbitrariedades. Ch�vez hab�a multiplicado los males de sus antecesores, pero les a�ad�a el peligroso aditamento de una aventura revolucionaria latinoamericana que crispaba a toda la sociedad: en menos de tres a�os se hab�a peleado con la Iglesia, con los sindicatos, con los estudiantes y con las tres cuartas partes de las fuerzas armadas. Seg�n las encuestas m�s fiables, hoy la proporci�n de quienes lo apoyan anda por el veinte por ciento. El 80 restante lo quiere fuera del gobierno, y de ser posible, disfrutando de la c�lida hospitalidad habanera.
El panorama, pues, es muy obvio: Ch�vez no puede hacer su revoluci�n porque tiene a casi todo el pa�s en contra. No puede apoderarse de los peri�dicos, ni fusilar enemigos al amanecer, ni apalear a los indiferentes hasta convertirlos en sujetos d�ciles a su voz de mando, ni puede extender los tent�culos de su polic�a pol�tica, porque son decenas de miles los militares que aborrecen su gobierno. La sociedad civil, por otra parte, carece de mecanismos legales para poner fin a esta pesadilla porque las instituciones del Estado est�n en poder de Ch�vez. �C�mo se rompe este empate? Probablemente, cuando la naci�n se haga a�n m�s ingobernable y el locuaz coronel tire la toalla ante las presiones que tendr� que sufrir desde todos los �ngulos.
Nota final: cuando Ch�vez sea historia antigua -tal vez pronto- habr� que evaluar el papel de seis mujeres periodistas en esta batalla de la sociedad civil contra el Estado. Chapeau ante estas mujeres aguerridas e incansables: Patricia Poleo -premio de periodismo Rey de Espa�a, autora del apasionante libro Tras la huella de Montesinos-, Marianella Salazar, Martha Colomina, Eleonora Bruzual, Ib�yise Pacheco y Maky Arenas. �Dios m�o! Contra esa media docena de mujeres no hay quien pueda. Ch�vez -y eso se ver�- no pudo.
Febrero 17
