Carnicer�a y cultura

Carlos Alberto Montaner

 

Madrid -- En Pakist�n, uno de los asesinos de Danny Pearl, el corresponsal de 'The Wall Street Journal', asumi� su crimen con toda tranquilidad y amenaz� a los norteamericanos con el cercano exterminio de su civilizaci�n. ''Vendan r�pido los d�lares que tienen, pues pronto valdr�n muy poco'', advirti� en un tono amenazante. Y no era una fanfarronada. Parec�a muy convencido de cuanto dec�a.

Curiosa y tr�gicamente, no es un caso �nico de jihadismo delirante. La jihad, como se sabe, es la guerra santa contra los infieles. El mismo domingo en el que el Pent�gono anunci� el fin triunfante de la Operaci�n Anaconda, con el saldo de 500 talibanes y miembros de Al Qaida muertos, el New York Times publicaba decenas de documentos ocupados a los terroristas. Estaban escritos en �rabe, en urdu, en farsi o en cualquiera de las cuarenta lenguas en las que se lee el Cor�n y se invoca el nombre de Al� y de su profeta Mahoma. Se trataba de juramentos de adhesi�n a la secta, de planes para golpear a los infieles con armas siniestras, y de diversos documentos a mitad de camino entre los arrebatos m�sticos, la literatura hagiogr�fica y la pasi�n por la muerte propia y la ajena.

Hay que leer esos papeles --la traducci�n, quiero decir-- para darse cuenta de lo absurdo que resulta pensar que existe alguna forma racional de disuadir a estos fan�ticos. No se trata de un error intelectual ni de una cierta apreciaci�n hist�rica. No es un problema pol�tico ni econ�mico. Es cierto que la existencia del estado de Israel en territorio palestino parece incomodarlos, pero diera la impresi�n de tratarse de una coartada para la lucha m�s que de una cuesti�n fundamental. Tampoco se desprende de estos textos que quienes los escriben son unos tipos primitivos e incultos. Por el contrario: los cabecillas suelen ser personas muy instruidas y con largas estancias en el extranjero. Conocen Londres y Nueva York, Par�s y Berl�n. Han estudiado en buenas universidades occidentales. Tienen, sin embargo, una visi�n teol�gica de la realidad, de la que deducen una misi�n sagrada: acabar con los infieles y morir gloriosamente en el esfuerzo. Con todos los infieles: cristianos, jud�os y ateos --supongo que en alg�n momento les llegar� su turno a los sinto�stas o a los budistas--, porque todos son igualmente despreciables a los ojos de estos santones imbuidos por la certeza de que defienden la m�s sagrada de las causas. El mundo est� hecho de malos y buenos. Dios los ha designado para que exterminen a los malos.

La paradoja consiste en que si bien Al� les ha encomendado esta sanguinaria tarea a sus creyentes, resulta que los grandes expertos en hacer la guerra y liquidar a sus adversarios no son ellos, sino las potencias occidentales elegidas como v�ctimas. As� ha sido desde que, primero los griegos y luego los romanos, aplicaron la racionalidad, la investigaci�n, la ciencia y la t�cnica a la actividad militar. En el pasado las tropas pod�an ser espa�olas, italianas, francesas, alemanas o inglesas, pero todas participaban de una misma tradici�n que arranca en la implacable infanter�a griega --los temibles hoplitas-- y llega con parecidos principios hasta la Fuerza Delta americana. Es curioso saber que el mayor compromiso de aquellos soldados primitivos era, como el de las tropas especiales norteamericanas, no abandonar a los heridos y rescatar a los sitiados.

Occidente ha sido, entre otras cosas, la m�s eficiente m�quina de matar enemigos que conoce la historia. Por eso, cuando las luchas han sido intestinas, de europeos o sus descendientes contra ellos mismos --la Primera y la Segunda Guerra son buenos ejemplos--, los niveles de violencia y el n�mero de cad�veres no han tenido parang�n. Arqu�medes no s�lo invent� tornillos, desarroll� la geometr�a y creo la hidrost�tica, sino fue capaz de incendiar las naves romanas con un sistema de espejos c�ncavos utilizados como un rayo invisible. Leonardo no s�lo era el delicado pintor de la Gioconda, sino el dise�ador de terribles m�quinas de guerra erizadas de filosas aristas. Cervantes estaba m�s orgulloso de su participaci�n en la batalla naval de Lepanto --fundamentalmente el acuchillamiento de los n�ufragos, como era la costumbre de la �poca-- que de la redacci�n de El Quijote.

Es una l�stima que estos locos de Al Qaida no tengan la curiosidad de asomarse a Carnage and Culture, (Carnicer�a y cultura), obra publicada por Doubleday, escrita por el historiador V�ctor Davis Hanson, profesor de California State University. Ah� encontrar�an un recuento escalofriantemente desapasionado, amoral si se quiere, de la casi infinita habilidad para matar adversarios desarrollada por Occidente a lo largo de m�s de dos mil quinientos a�os de historia continuada. Cuando terminaba de leerlo aparec�a el largo reportaje del Times sobre los papeles de los hombres de Bin Laden, y llegaba a su fin exitosamente la Operaci�n Anaconda. Lo que m�s me impresion� fue ver y escuchar a un militar norteamericano que explicaba la naturaleza de la misi�n realizada. ''Los talibanes --dijo sin ninguna emoci�n especial-- dicen querer estar cerca de Al� y aseguran que tambi�n Al� los quiere en su entorno. Nuestra tarea es complacerlos a todos. Ya matamos quinientos. Apenas tuvimos bajas.'' Estos dementes, los alqadianos, no tienen idea de d�nde se han metido.

Marzo 24, 2002

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