Desde los años ochenta los gobiernos europeos se
plantean recortes a las prestaciones sanitarias y
sociales, que caracterizaban el Estado del
Bienestar (redistribución fiscal de la renta que garantiza
para toda la población: pensiones, atención sanitaria, servicios
sociales, educación, seguro de desempleo; adoptada
por los gobiernos socialdemócratas en época de crecimiento
económico, para legitimarse y posibilitar cierta
armonía social). Se responsabiliza a la Seguridad Social
de la crisis económica iniciada en los años setenta y se
pretende su limitación en aras de una supuesta mejora de
la inversión y el empleo. Y se buscan soluciones -el
intento de privatización del National Health Service por
parte del gobierno de Margaret Thatcher o de introducir
tasas en Italia, que no prosperaron debido a la protesta
social- para introducir una lógica de mercado en unos
sistemas hasta ahora protegidos por su utilidad social. En
un informe del Banco Mundial, hecho público en 1987,
sobre "Financiación de los Servicios Sanitarios en los
países en desarrollo: un programa de reformas", se
recomienda una serie de medidas, aplicables a prácticamente
todos los países, que pueden resumirse en: 1) Trasladar
a los usuarios los gastos en el uso de las prestaciones;
2) Ofrecer esquemas de aseguramiento para los
principales casos de riesgo; 3) Utilizar de forma eficaz
los recursos privados; 4) Descentralizar los servicios
sanitarios públicos". Seis años después, en el "Informe
sobre desarrollo mundial de 1993", dedicado a "Invertir
en salud", los expertos del Banco Mundial insisten en
medidas sanitarias que tiendan a disminuir la Carga
Global de Morbilidad al menor coste posible, proponiendo
dos estrategias: 1) la introducción de las fuerzas del
mercado en el ámbito sanitario; y 2) la "correcta" asignación
de recursos públicos con criterios de eficiencia
técnica e instrumental, por medio de intervenciones de
alta efectividad y bajo coste." El Banco Mundial apela al
"homo oeconomicus" frente a factores de legitimación
social.
Rafael Huertas nos introduce con estos informes del
Banco Mundial en el escenario sanitario de fin de milenio,
tan lejos del eslogan de la OMS de las últimas
décadas: Salud para todos en el año 2000. El texto recupera
el lenguaje sanitario de la izquierda, se hunde en sus
raíces: Semashko, Sigerist, Milton Terris, plantando cara
a la política neoliberal, a su falacia de eficiencia
(respuesta neoliberal que trasciende el ámbito clásico de
la derecha). Estamos con Ignacio Ramonet (El socialconformismo,
Le Monde Diplomátique, abril, 1999)
cuando plantea que también para la socialdemocracia,
que reina en solitario en los grandes países europeos, la
política es la economía; la economía son las finanzas; y
las finanzas son los mercados.
Huertas analiza la repercusión en España de esta política
neoliberal, la llegada, tardía, del mercado interno y la
competencia reguladora, cuando ya ha sido retirada en
países precursores por su fracaso (una de las primeras
medidas del gobierno de Blair), el espejismo y la trampa
de la privatización de los servicios que tienta al Sistema
sanitario español desde el Informe Abril (1991). La
mejora de la microgestión es imprescindible en una
administración como la nuestra, rígida, burocratizada,
ineficiente, pero el uso de herramientas de flexibilidad
no significa la venta del patrimonio público, ni la pérdida
del control público de la calidad de las prestaciones en
áreas tan sensibles como la sanidad, los servicios sociales
o las pensiones (el problema no es que los centros sani-
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Salud y mercado
RAFAEL HUERTAS
Neoliberalismo y políticas de salud
Madrid
El Viejo Topo/FIM, 1998
Crítica de Libros
tarios se conviertan en empresas públicas sujetas al derecho
privado como un procedimiento de agilizar la
gestión, siempre que sus objetivos sean mejorar la calidad
de la cobertura a toda la población. El problema
surge cuando se trata de aumentar los ingresos de los
proveedores o hacer más rentables y competitivos los servicios
limitando prestaciones). En cualquier caso, "no
cabe duda (p. 51) que la política de conciertos acaba
diluyendo la diferenciación entre lo público y lo privado,
lo que lleva a afirmar que si se garantiza la asistencia,
resulta indiferente que la provisión de servicios sea
pública o privada. Afirmación cuando menos arriesgada,
si tenemos en cuenta que la obtención de plusvalía es la
razón de ser de la empresa privada. La experiencia catalana
nos enseña que, aun con recursos públicos, el sector
privado se hace cargo de la atención del 30% de la
población, la más pudiente, habiéndose creado una medicina
privada para las clases altas y medias altas, y un sector
público infrautilizado y masificado para las clases
populares... La escandalosa consecuencia de todo ello es
que se produce una verdadera parasitación de lo público
por lo privado ya que son fondos públicos los que acaban
pagando las pruebas diagnósticas o las intervenciones
quirúrgica realizadas en clínicas privadas a pacientes asegurados".
Especial interés tiene el capítulo dedicado a la Atención
Primaria de Salud y a la Medicina Basada en la
Evidencia. Respecto a esta última, Huertas reflexiona
sobre el abandono de la clínica que supone la aparición
de los nuevos expertos en "evidenciología", de centros de
consenso o "industria de la evidencia" que sustituyen al
médico que "ve" pacientes. La falta de la capacitación
necesaria no puede ser liderada por profesionales alejados
de la práctica, por la selección de las secciones de
Métodos y Resultados de determinados aparatos de
saber: limitados por sus propios condicionamientos.
Alerta, Rafael Huertas, que sea en la Atención Primaria,
uno de los logros de la reforma sanitaria española, pero
hoy atravesada por cierto estancamiento del conjunto del
sistema (el área de salud, la atención especializada, la
prevención, la descentralización), donde en España se
está ensayando este modelo que acerca la medicina al
intento de un pensamiento único en la ciencia y en la
vida.
Termina Huertas reclamando una refundación de la
izquierda en la que tenga cabida todo el pluralismo
emancipatorio existente sin que nadie renuncie a su identidad,
que sea capaz de convocar y de conmover a la
sociedad y que cristalice en un proyecto común capaz de
articular la impugnación de la sociedad capitalista en el
plano real y no sólo institucional.
Leer el libro de Huertas importa para salir de la complaciente
atmósfera que nos envuelve, donde todo vale,
donde en aras del consenso (comodidad) la izquierda (o
como hoy quiera llamársele a los defensores de lo público,
de la lucha contra las desigualdades) ha abandonado
sus posiciones críticas y éticas. Y como señala Javier
Mugerza (En Neoliberalismo vs. democracia, La
Piqueta, 1998) los principios éticos no pueden desaparecer
del horizonte porque sin ellos el pensamiento crítico
se vendría abajo y la izquierda sin pensamiento crítico ya
no merecería el título de tal.
Manuel Desviat
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Crítica de Libros. Salud y mercado

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